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Donald Trump amordaza el debate sobre las armas 


2017-10-06

PABLO PARDO / El Mundo

Se mire como se mire, es un fallo de la democracia. El 84% de las personas que poseen armas de fuego en EU están a favor de que se prohíba la venta de armas a personas con problemas de salud mental o antecedentes penales; el 67% apoya las demandas a los vendedores de armas que venden conscientemente ametralladoras, pistolas o escopetas a personas sospechosas; el 50% apoya una ley que prohíba el acceso de los menores a las armas de fuego; y el 78%, que se declare ilegal la adquisición de armas por personas con órdenes de alejamiento por violencia doméstica.

Son datos del Centro para la Investigación de las Armas de la Universidad Johns Hopkins. Y unos datos que chocan con el hecho de que el sistema regulatorio en Estados Unidos avanza desde 1986 forma casi imparable hacia una liberalización cada día mayor de las armas de fuego. Cuando Donald Trump, visitó el miércoles a los heridos de la matanza del domingo en Las Vegas y un periodista le preguntó por el control de las armas, replicó: "No vamos a hablar de eso hoy".

Un presidente tan proclive a dar su opinión, en Twitter, en persona, o por medio de sus portavoces, acerca de todo, y que ayer pidió a al Congreso que investigue a los medios de comunicación del país, ha guardado un piadoso silencio ante los 59 muertos, una cifra que en realidad es diminuta cuando se compara con los aproximadamente 33,000 estadounidenses que fallecen cada año a tiros, dos tercios de ellos por suicidio. No hay duda de que, si el autor de la carnicería, Stephen Paddock, hubiera sido musulmán - como dijeron la web estatal rusa Sputnik, y las páginas de ultraderecha como Gateway Pundit y Blogspot, y como destacaron en sus servicios de noticias Facebook y Google - la reacción hubiera sido muy diferente.
Armas semiautomáticas a la venta en una armería en Las Vegas. ROBYN BECKAFP

Por ahora, la única reacción real es una propuesta de los republicanos de la Cámara de Representantes para impedir la modificación de armas de fuego como la que llevó a cabo Paddock, para poder pasar de disparar una bala a varias docenas por segundo. Cambiar un rifle semiautomático en una ametralladora cuenta menos de 40 euros, y fue autorizado, precisamente, con Barack Obama siendo presidente. En una medida casi sin precedentes, la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés), ha apoyado la idea. La Casa Blanca también ha mostrado su respaldo a la decisión que, sin embargo, todavía afronta un escollo considerable en el Senado, donde debería ser aprobada por 60 de los 100 senadores, lo que no está claro.

Esa medida, sin embargo, es de mínimos. La indiferencia de los poderes públicos hacia la regulación de las armas de fuego queda de manifiesto en el hecho de que, desde hace 21 años, el Congreso no ha dado ni un dólar a los organismos públicos para que investiguen esas armas como factor relevante para la salud pública. Tal vez eso se deba a que en 1996, el último año en el que se llevaron a cabo estudios, resultó que en una vivienda en la que hay un arma tiene un cuatro veces más posibilidades de que se produzca una muerte a tiros, y seis un suicidio, que en una que no la tiene. Las armas, así pues, no salvan vidas. Algo lógico, si se tiene en cuenta que están hechas para matar.

Ni siquiera ser sospechoso de terrorismo obstaculiza el derecho de los estadounidenses a llevar un AR-15, similar a las armas reglamentarias de los soldados en Afganistán. En 2015, personas que están en la lista de sospechosos de terrorismo del FBI trataron de comprar armas de fuego en armerías en 244 ocasiones; en 223 (el 91%) lo lograron. Hay que tener en cuenta que esa lista es incompleta, porque no incluye las compras directas de un propietario a otro, ni en ferias de armas. En ninguno de esos casos la ley exige ningún documento.
Armas de guerra a precio de saldo

Hoy se cumplen dos años del día en el que el autor de estas líneas pudo haber comprado un rifle por 75 dólares (63,75 euros) en la Feria de Armas del Centro de Exposiciones de Dulles, en Virginia, donde está el principal aeropuerto de la ciudad de Washington, sin que nadie le pidiera ni un solo papel. Y ¿por qué iban a hacerlo? La ley en Virginia permite a todo mayor de 12 años de edad hacerse con un arma. En Estados Unidos es infinitamente más difícil abrir una cuenta en el banco, o comprar un teléfono, que adquirir una ametralladora.

Así es como se llega a situaciones rutinarias, como que los institutos entren en lo que se llama 'lockdowns' ('cierre', o 'bloqueo') en los que los estudiantes no pueden abandonar las aulas y deben refugiarse en armarios porque los profesores encuentran pistolas en las taquillas. Eso no es algo exclusivo de barrios problemáticos, sino que pasa en todas partes. La periferia de Washington, con su concentración de militares, espías, y empleados de empresas de defensa tiene más armas que Karachi, una ciudad de 10 millones de personas en Pakistán famosa por su violencia religiosa.

Lo cual lleva a la cuestión del fracaso de la democracia. ¿Por qué el sistema político de EU no hace como demandan sus ciudadanos, y controla la tenencia y compraventa de armas de fuego?

La respuesta es simple: por la estructura institucional de ese poder político. El peso político de las zonas rurales en EU es mucho mayor que el de las áreas urbanas. Un senador de California representa a 19,6 millones de personas; uno de Wyoming o de Vermont, a 290,000 y 310,000, respectivamente. Wyoming y Vermont son estados rurales, en los que hay devoción por las armas. A fin de cuentas, Bernie Sanders, el líder de la izquierda demócrata y senador por Vermont, defiende el derecho a tener armas automáticas. El sistema político de EU juega a favor de las armas. Los 33,000 muertos que éstas causan cada año son relegados al silencio. 



yoselin


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