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Una oración por la quietud


2017-10-06

Ron Rolheiser

Deteneos y sabed que yo soy Dios 

La escritura nos asegura que, si estamos en sosiego, lograremos conocer a Dios; pero llegar a la quietud… es más fácil decirlo que hacerlo.

Como Blaise Pascal aseguró una vez: “Todas las miserias de la persona humana vienen de que nadie puede permanecer en sosiego durante una hora”. Lograr la tranquilidad parece que está más allá de nosotros mismos, y esto nos deja con un cierto dilema: necesitamos quietud para encontrar a Dios, pero necesitamos la ayuda de Dios para encontrar la quietud. Con esto en mente, ofrezco una oración por la quietud.

Dios de la quietud y el sosiego…
    
Calma la agitación de mi juventud: aquieta esa hambre que me haría estar por doquiera, esa hambre de estar conectado a todos, que quiere ver y gustar todo lo que hay, que me priva de la paz la noche del viernes. Calma esos grandiosos sueños que me quieren hacer sobresalir, ser especial. Dame la gracia de vivir más gozosamente dentro de mi propia piel.
    
Calma la fiebre que respiro de toda la energía que me envuelve, que hace sentir pequeña mi vida. Déjame saber que mi propia vida es bastante, que no necesito hacer una afirmación de mí mismo, aun cuando todo el mundo señale esto de mí desde un millón de pantallas electrónicas. Dame la gracia de apoyarme en la paz en mi propia vida.
    
Calma mi sexualidad, ordena mis deseos de promiscuidad, mis concupiscencias, mi dolor polimorfo, mi implacable necesidad de más intimidad. Acalla y ordena mis deseos terrenos sin quitarlos. Dame la gracia de ver a otros sin un egoísta color sexual.
    
Calma mi ansiedad, mis angustias, mis inquietudes, y líbrame de estar siempre fuera del momento presente. Que las inquietudes de cada día sean suficientes en sí mismas. Dame la gracia de saber que tú has pronunciado mi nombre con amor, que mi nombre está escrito en el cielo, que soy libre de vivir sin ansiedad.
    
Calma mi implacable necesidad de estar ocupado todo el tiempo, de ocuparme de mí mismo, de estar siempre planeando para mañana, de llenar todo minuto con alguna actividad, de buscar alboroto más bien que silencio.  Alivia la desconocida ira que siento por no llevar a cabo mucho de lo que he deseado en mi vida, el fracaso que siento ante todo lo que he dejado sin experimentar ni acabar. Calma en mí la amargura que viene del fracaso. Líbrame de los celos que vienen sin ser llamados cuando acepto de mala gana los límites de mi vida. Dame la gracia de aceptar lo que la circunstancia y el fracaso me han dejado.
    
Calma en mí el temor de mi propia sombra, el temor que siento ante las poderosas y oscuras fuerzas que inconscientemente me amenazan. Dame el coraje de afrontar mi oscuridad como también mi luminosidad. Dame la gracia de no tener miedo ante mi propia complejidad.
    
Calma en mí el congénito miedo de que no soy amado, de que no soy digno de ser amado, de que el amor tiene que ser ganado, de que necesito ser más digno. Acalla en mí la persistente sospecha de que nunca se me tiene en cuenta, de que soy raro, un extraño, de que las cosas son injustas y de que no soy respetado ni reconocido por quien soy. Dame la gracia de saber que soy un hijo amado de un Dios cuyo amor no necesita ser ganado.
    
Calma en mí mi falso temor de ti, mi propensión a una piedad mal dirigida, mi necesidad de tratarte como a un dignatario distante y temido más bien que como a un amigo cercano. Dame la gracia de relacionarme contigo de una manera intensa, como un confiado amigo con el que puedo bromear, competir y relacionarme con humor e intimidad.
    
Calma mis implacables pensamientos, los rencores que alimento de mi pasado, de las traiciones que he sufrido, de la negatividad y abusos a los que he estado sujeto. Acalla en mí la culpa que cargo de mis propias traiciones. Calma en mí todo lo que está herido, no resuelto, amargo  e incapaz de perdonar. Dame la tranquilidad que viene del perdón.
    
Calma en mí mis dudas, mis ansiedades sobre tu existencia, sobre tu interés y sobre tu fidelidad. Acalla en mí la compulsión a dejar una marca, a plantar un árbol, a tener un hijo, a escribir un libro, a crear alguna forma de inmortalidad para mí mismo. Dame la gracia de confiar, aun en la oscuridad y duda, en que me darás la inmortalidad.

Calma mi corazón para que pueda saber que tú eres Dios, para que pueda saber que tú creas y sustentas cada aliento mío, que en cada segundo llamas a la existencia al universo entero -yo mismo no menos que todos los demás soy tu amado- que quieres que nuestras vidas florezcan, que deseas nuestra felicidad, que nada cae fuera de tu amor y cuidado, y que todo y todos están seguros en tus amorosas y cuidadosas manos, en este mundo y en el futuro.       



yoselin


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