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Qué maravilla es el mar... reflejo de Dios


2017-12-04

Por Saúl Castiblanco

El mar es una maravilla. Visto en lo que representa y en el sano deleite que puede ofrecer.

Primero su variedad, pues hay mares de todo tipo. Imaginemos ahora un mar caribeño, de un día soleado, preferiblemente que podamos contemplarlo solitarios, desde una ancha playa de fina y blanca arena.

Imaginémoslo no con un sol de total exposición, sino con un sol de suave abrazo cálido pero de brillante iluminación, por ejemplo un sol de atardecer.

Veremos con encanto y benevolencia esas pequeñas "estrellitas" que aparecen y desaparecen delicadas en la arena, pues si observamos con cuidado, de la arena cuando se camina van emergiendo pequeñas luces con el reflejo del sol.

Llegando al lugar donde se unen el agua y la arena, nos encantaremos con la espuma, que dependiendo de la fuerza de las olas será una espuma harto burbujeante, o una espuma tímida, blanca y suave.

Las olas son una maravilla, por sus formas, porque normalmente en la playa son benignas, entretenidas, a veces por su fortaleza, por sus sonidos que terminan siendo acompasados, porque cuando están por romperse forman cortinas de agua singulares, traslúcidas, bellas.

El mar es también bello por la fauna que comúnmente lo acompaña. Por ejemplo pelícanos que a veces surcan en vuelo rasante a pocos milímetros de la superficie, escrutando rápidamente si hay algún pez en descuido que le puede ser mortal. Graciosos son esos pelícanos a veces que se posan como islas a pocos metros de la playa, impávidos, subiendo y bajando con el mecerse de las olas, dando una impresión de que el tiempo se les detuvo en una eterna estabilidad.

O tal vez sean las gaviotas, con su trinar no melodioso pero no chocante, gaviotas de vuelo corto que se clavan en picadas decididas, a veces infructuosas, a veces premiadas con el incauto y prisionero pez.

Es pintoresco el mar cuando unos pescadores recogen la red hacia la playa, eso es un verdadero espectáculo. La red se va cerrando y cerrando, las aves se van aproximando, hasta el momento en que ya muy cerca de la playa los peces saltan fuera del agua sin posibilidad de escape. Tal vez alguna gaviota quiera robar algún pez, pero ahí están atentos los pescadores para ahuyentarlos. Y cuando la red se cierra por completo, los pescadores recogen el premio de varias horas de esfuerzo, que con sardinas, o róbalos, a veces alguno que otro cangrejo, a veces peces un poco más exóticos, comúnmente esa gran variedad que evidencia la múltiple riqueza que tiene el mar.

Unas últimas líneas para los colores del mar, tal vez su aspecto más fabuloso. No se sabe qué decir. Si es un atardecer marítimo, pocas acuarelas u óleos logran alcanzar tal belleza. Si es el color del mar, son los azules, los verdes, los aguamarinas, los reflejos dorados del sol sobre el agua, que expuestos en la inmensidad del mar nos obnubilan. Lo único que hay que hacer ahí es contemplar con éxtasis.

Contemplar con éxtasis y usar de la imaginación.

Si así es el mar, como será el cielo. El mar nos habla de un mundo maravilloso que incluso está por encima de él. Pues corresponde a Dios y Dios tiene riquezas mayores que el mar. El mar nos puede llevar a Dios, y a ese mundo perfecto en que los bienaventurados habitan junto a Dios, por toda la eternidad.


 



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