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Ahí vienen los robots y los suecos no tienen problemas con eso 


2018-01-03

Peter S. Goodman, The New York Times

GARPENBERG, Suecia — Desde el interior de la sala de control incrustada en las rocas a casi un kilómetro de profundidad, Mika Persson puede ver los robots en marcha que supuestamente vienen a quitarle su trabajo en la mina de New Boliden.

No tiene ningún problema con eso.

El sistema de asistencia social de Suecia, famoso por su generosidad, hace que en este lugar no se preocupen por la automatización —o, es más, casi por ninguna cosa—.

Persson, de 35 años, se sienta frente a cuatro pantallas de computadora; una de ellas muestra el cargador que él maneja mientras levanta roca dinamitada que contiene plata, zinc y plomo. Si descendiera al pozo de la mina a operar el cargador de forma manual, inhalaría polvo y el humo de los escapes. En cambio, se reclina en una silla de oficina y controla la máquina con una palanca de mando.

Está consciente de que los robots evolucionan día con día. Boliden está probando vehículos autónomos para remplazar a los choferes de camiones. Sin embargo, Persson supone que siempre se necesitarán personas que mantengan las máquinas funcionando. Tiene fe en el modelo económico de Suecia y sus protecciones en contra del tormento del desempleo.

“En realidad, no estoy preocupado”, confesó. “Hay tantos trabajos en esta mina que, incluso si desapareciera este trabajo, nos darán otro. La empresa nos protegerá”.

En la mayor parte del mundo, la ansiedad entre la gente cuyo sustento depende de su sueldo está aumentando debido a una ola potencial de desempleo que la automatización amenaza con provocar. Según el cuento de terror, la globalización obligó a las personas de las tierras más ricas como América del Norte y Europa a competir de forma directa con trabajadores más baratos de Asia y Latinoamérica, lo cual propagó el desempleo. En la actualidad, los robots se acercan para rematar a los humanos.

Sin embargo, ese discurso no es muy popular en Suecia ni en sus vecinos escandinavos, donde los sindicatos son poderosos; el apoyo gubernamental es abundante y la confianza entre empleadores y empleados, profunda. En este lugar, los robots tan solo son otro medio para hacer a las empresas más eficientes. Mientras los empleadores prosperan, los trabajadores han obtenido de manera constante una rebanada proporcional de los ingresos: un contraste drástico con Estados Unidos y el Reino Unido, donde los salarios se han estancado a pesar de que las ganancias corporativas se han disparado.

“En Suecia, si le preguntas a un líder sindical si le tiene miedo a la nueva tecnología, la respuesta será: ‘No, me da miedo la tecnología vieja’”, comentó la ministra sueca para el Empleo y la Integración, Ylva Johansson. “Los trabajos desaparecen, así que capacitamos a la gente para los trabajos nuevos. No protegemos los trabajos, pero sí protegemos a los trabajadores”.

Un colchón para la innovación

Los estadounidenses suelen desestimar a los países nórdicos pues los consideran un reino de socialistas que aman ser protegidos por el Estado, en contraste con los capitalistas temerarios que gobiernan en lugares como Silicon Valley. Sin embargo, Suecia presenta la posibilidad de que, en una era de automatización, la innovación podría avanzar de mejor manera manteniendo suficiente colchón ante el fracaso.

“Una buena red de seguridad es positiva para las iniciativas empresariales”, señaló Carl Melin, el director de políticas de Futurion, un instituto de investigación en Estocolmo. “Si un proyecto no tuvo éxito, no se debe ir a la bancarrota”.

En Suecia, ochenta por ciento de los habitantes expresan opiniones positivas respecto de los robots y la inteligencia artificial, de acuerdo con una encuesta que la Comisión Europea realizó este año. En contraste, una encuesta que efectuó el Pew Research Center encontró que el 72 por ciento de los estadounidenses estaban “preocupados” sobre un futuro en el cual los robots y las computadoras sustituyeran a los humanos.

En Estados Unidos, donde la mayoría de las personas depende de empleadores para sus seguros de salud, perder un trabajo puede desencadenar una caída catastrófica. Provoca que los trabajadores se muestren reacios a dejar sus trabajos para forjar carreras que podrían ser más lucrativas. Provoca que los sindicatos tiendan a proteger los trabajos sobre todo lo demás.

Sin embargo, en Suecia y el resto de Escandinavia, los gobiernos proveen atención médica además de educación gratuita. Pagan generosos beneficios a los desempleados, mientras los empleadores financian vastos programas de capacitación laboral. Por lo general, los sindicatos aceptan la automatización como una ventaja competitiva que vuelve más seguros los trabajos.

Hacer que Estados Unidos se parezca más a Escandinavia implicaría costos que chocarían con el fervor de los recortes fiscales dominante en la política estadounidense en décadas recientes.

Suecia, Dinamarca y Finlandia gastan más del 27 por ciento de su derrama económica anual en servicios de gobierno para ayudar a los desempleados y otros grupos vulnerables, según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, OCDE. Estados Unidos dedica menos del 20 por ciento de su economía a este tipo de programas.

Para los negocios suecos, estos gastos producen un dividendo clave: los empleados han demostrado ser receptivos a asimilar la nueva tecnología.

“Si no aceptamos la tecnología y ganar dinero, bueno, entonces cerraríamos nuestros negocios”, afirmó Magnus Westerlund, de 35 años, vicepresidente de una organización sindical a nivel local que representa a los trabajadores de dos minas de Boliden. “No se requiere un título de matemático para hacer los cálculos”.

En la mina que se encuentra debajo de un helado bosque de pinos en Garpenberg, a 177 kilómetros al noroeste de Estocolmo, Persson y sus colegas ganan cerca de 500,000 coronas al año (casi 60,000 dólares). Tienen cinco semanas de vacaciones. Conforme a la ley sueca, cuando nace un bebé, los padres tienen 480 días de licencia médica y de familia para repartirse entre ellos. Ningún robot va a cambiar nada de eso, aseguró Persson.

“Es una forma de pensar de los suecos”, explicó Erik Lundstrom, de 41 años y padre de dos hijos, quien trabaja junto a Persson. “Si haces algo por la empresa, la empresa te da algo a cambio”.

Proyecciones laborales desalentadoras

Esta premisa se está enfrentando a una prueba formidable. Nadie sabe cuántos trabajos están bajo la amenaza de los robots y otras formas de automatización, pero las proyecciones sugieren una sacudida potencial.

En un estudio de 2016 realizado por el Foro Económico Mundial, se hicieron encuestas en quince economías importantes que en conjunto representan dos terceras partes de la fuerza laboral del mundo —cerca de 1860 millones de trabajadores— y se concluyó que el ascenso de los robots y la inteligencia artificial destruirá una red de 5,1 millones de empleos para 2020.

Un par de investigadores de la Universidad de Oxford concluyeron que casi la mitad de los trabajos en Estados Unidos podrían ser remplazados con robots y otras formas de automatización en las próximas dos décadas.

Cuando los cajeros automáticos llegaron por primera vez a las sucursales de los bancos a finales de la década de los sesenta, algunas personas predijeron la extinción de los humanos que trabajaban en los bancos. Sin embargo, el empleo incrementó a medida que los bancos invirtieron los ahorros en nuevas áreas como los préstamos hipotecarios y los seguros. Podrían desarrollarse tendencias similares de nueva cuenta.

No obstante, aun si los robots crean más trabajos de los que eliminan, muchas personas necesitarán buscar nuevas carreras.

Los suecos y sus camaradas nórdicos han demostrado tener éxito en el manejo de ese tipo de transiciones. Los consejos de seguridad laboral recibieron financiamiento de los empleadores para que las personas que perdieron sus trabajos encontraran otros nuevos.

Mantener la red de seguridad social de Suecia también requiere que la gente siga pagando impuestos cercanos al 60 por ciento. Sin embargo, debido a que Suecia acepta grandes cantidades de inmigrantes provenientes de naciones afectadas por los conflictos, ese apoyo podría menguar. Muchos no tienen la educación suficiente y podría ser difícil que encuentren trabajo. Si un gran número termina dependiendo de las dádivas del gobierno, podría provocar una respuesta negativa.

“Hay riesgo de que el contrato social pueda romperse”, afirmó Marten Blix, un economista del Instituto de Investigación de Economía Industrial con sede en Estocolmo.

Por ahora, el contrato social perdura y, en la mina de Boliden, prevalece una sensación de calma.



yoselin


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