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Reflexiones sobre un gran fracaso


2018-01-06

NORMAN BIRNBAUM, Política Exterior

El antiguo baluarte de la democracia occidental, Estados Unidos, necesita con urgencia la ayuda europea. El país no puede corregir por sí solo el error de la presidencia de Donald Trump.

La política exterior de Estados Unidos no es discernible de su política interior y, en efecto, constituye a menudo un elemento fundamental de nuestros procesos políticos. Las elecciones presidencial y legislativa, la toma de decisiones presupuestarias que afectan a toda la economía o los conceptos culturales que modelan nuestra cotidianidad son diseñados y rediseñados con argumentos de política exterior. El escenario de la política exterior ha sido testigo de la usurpación de poder por parte de los presidentes –en flagrante incumplimiento de la Constitución–, de la proliferación de agencias gubernamentales que atacan sin descanso nuestras libertades y de la indignante brutalización de la psique nacional. La invención sistemática de falsedades se ha convertido en un indispensable instrumento de gobierno. Una ciudadanía enormemente ignorante de la historia de su propio país y de la de los demás, que se conforma con cantar al viento un eslogan enteramente ficticio y que afirma que EU es “la mejor nación del mundo” (The Greatest Nation on Earth). Nuestras élites universitarias y un gran número de confesiones son tan responsables de esta situación como el más cínico y amoral de los políticos.

La elección de Donald Trump –un hombre ignorante, racista y misógino; un delincuente financiero aquejado de extremados trastornos de personalidad– inflige al mundo un gran daño, pues exacerba la posibilidad del caos y la guerra. Trump recibiría con los brazos abiertos el conflicto bélico contra Irán, Corea del Norte o Venezuela, pues le permitiría reprimir políticamente y satisfaría las fantasías de poder de su propio electorado. El 41 % del censo estadounidense no acudió a votar en unas elecciones en que Trump perdió el voto por más de dos millones de sufragios. Pudo acceder al cargo, empero, en virtud de un sistema electoral creado originalmente para proteger la esclavitud en algunos de los primeros Estados. La política exterior entró en el debate electoral en 2015, cuando Trump sacó a relucir el eslogan America First, utilizado originalmente entre 1940 y 1941, cuando se intentó bloquear el apoyo prestado por Franklin D. Roosevelt en la guerra contra Alemania, primero a Reino Unido y luego a la Unión Soviética. En el electorado de Trump se dan una serie de interesantes continuidades. Quienes en 1940 y 1941 apoyaban el America First eran, por un lado, miembros de grupos étnicos (alemanes, irlandeses, italianos) que no querían el alineamiento con Reino Unido; por otro, antisemitas; y, por fin, defensores de que EU actuase siempre en solitario.

Durante la campaña electoral de 2016, los individuos y grupos que hasta entonces estaban a cargo de la política exterior estadounidense tacharon reiteradamente a Trump de aislacionista. Dicha afirmación es correcta en lo referido a su desdén por las alianzas y por la opinión del resto de países, pero engañosa en el sentido de que Trump sí prevé que EU desempeñe un papel fundamental (aunque confuso) en la política internacional. Habría de ser, según él, una gran potencia que no rinda cuentas ante ninguna otra nación u organización internacional. Trump es, seguramente sin saberlo, heredero de Henry Cabot Lodge, senador por Massachusetts que lideró la exitosa oposición a la entrada de EU en la Sociedad de Naciones tras la Primera Guerra Mundial. En las elecciones, Trump cargó repetidamente contra presidentes anteriores, especialmente los más recientes, acusándolos de “débiles”. Acusó además a los aliados europeos de no obedecer ni implicarse lo suficiente y amenazó con el uso de la fuerza militar en conflictos grandes y pequeños.

Antes de las elecciones, las élites de la política exterior advirtieron a la nación sobre Trump. Según daban a entender las encuestas, a la mayoría de votantes del actual presidente los empujaba el descontento económico y social. Y, sin embargo, hacían oídos sordos al consejo de los profesionales del mundo de la empresa y las finanzas, los académicos, los funcionarios y los militares que habían liderado hasta entonces la política exterior. La decisión de esos votantes de optar por Trump puede compararse al hecho de que toleren e incluso aprueben la vulgaridad del entonces candidato: estamos hablando de una revuelta plebeya y provinciana.

Se impone un análisis matizado. Muchos votantes republicanos, políticos con cargos de diverso tipo y donantes adinerados –corruptores en gran parte de la vida pública– son muy capaces de refrenar su entusiasmo por la persona de Trump. No obstante, les entusiasman la destrucción sistemática de las prestaciones sociales y de nuestro sistema de derecho, la retirada del Acuerdo de París y los ataques al ecologismo. Les motivan enormemente, además, los proyectados recortes fiscales al gran capital y la intención clara de retrasar el reloj medio siglo en lo concerniente a las minorías (incluida la mujer). Las iglesias protestantes fundamentalistas, con su interpretación literal de la Biblia, y también los tradicionalistas católicos, ven en Trump a un claro antagonista de la seglar neutralidad de la esfera pública. Estos factores explican la obstinada negativa de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes y el Senado a plantearse siquiera la impugnación del presidente. De igual manera, en política exterior, quienes desconfían de las viejas alianzas y se niegan a plantear otras nuevas, quienes no creen en la negociación con los enemigos de la hegemonía estadounidense, quienes recelan de defender los derechos humanos y civiles y, ante todo, quienes buscan la expansión y total renovación tecnológica de nuestras fuerzas armadas, están todos ellos dispuestos a aceptar las amenazas presidenciales de destruir Corea del Norte y la evidente afinidad de Trump con regímenes autoritarios, entre otros comportamientos.

Se dice a menudo que el consejero de Seguridad Nacional del presidente, el jefe de gabinete de la Casa Blanca y los secretarios de Defensa y Estado son unos entregados servidores a la patria y que ponen coto al presidente. Aquí es necesaria también una visión más pormenorizada. Todos son generales, salvo el secretario del Estado, que es exdirector del gigante petroquímico Exxon Mobile. Los generales necesitan militarizar la política exterior estadounidense, que ya estaba militarizada; por su lado, el secretario de Estado no necesita luchar por los intereses financieros y empresariales estadounidenses, muy explicitados ya en presidencias anteriores. Es muy cierto que Barack Obama (quien despierta en el actual presidente un odio obsesivo) dio varios pasos importantes para introducir el multilateralismo y la inteligencia operativa en nuestra política exterior: logró firmar con Irán un pacto que ahora Trump pone en peligro, negoció los acuerdos por el clima que Trump repudia, retomó las relaciones diplomáticas con Cuba y dio una lección dolorosa a una nación parcialmente escéptica: no mandamos en el mundo y no podemos mandar. Obama, no obstante, no se planteó la retirada total de Afganistán ni le parecía mal que la potestad de declarar guerras le fuese arrebatada inconstitucionalmente al Congreso por una presidencia de corte imperial hace más de un siglo. Envió drones y escuadrones de la muerte a liquidar islamistas y otras fuerzas hostiles, permitió que Arabia Saudí condicionase gran parte de nuestras políticas en Oriente Próximo y no dio lo mejor de sí mismo para evitar que Israel pusiera fin a la opresión contra Palestina. Fracasó, también, a la hora de rebajar las agresivas provocaciones del Pentágono hacia China en el Pacífico occidental.

Desmantelar la política exterior

Tanto el presidente John F. Kennedy –en su discurso de junio de 1963– como el senador Robert Kennedy –durante su campaña presidencial, cinco años más tarde– reclamaron un cambio fundamental en la política estadounidense. El asesinato de ambos bien podría haber servido a Obama para darse cuenta de que, en casos extremos, el aparato de la política exterior posee medios para protegerse. No sabemos si, fuera de los que trascendieron a los medios de comunicación, Obama sufrió más atentados.

El poder del presidente en el ámbito de la política exterior es mucho, pero no ilimitado. En efecto, el presidente lidera el aparato pero es, a la vez, su prisionero. El Congreso –más específicamente, determinados grupos de congresistas oficial y oficiosamente capacitados– controla las finanzas, mantiene relaciones a largo plazo con los funcionarios de carrera de diversos departamentos y tiene línea directa con medios de comunicación y grupos de interés de todo tipo. Son muy influyentes los miembros de las comisiones de la Cámara de Representantes y del Senado relacionadas con fuerzas armadas, política exterior, inteligencia y finanzas.

Los departamentos están acostumbrados a ver a los presidentes llegar y marcharse, y los funcionarios de carrera que sirven a uno u otro interés ideológico o material hacen gala de una notable paciencia a ese respecto. Sabedores de ello, Trump y su séquito han atacado de manera directa al departamento de Estado dejando un gran número de vacantes clave. El desdén que el presidente abiertamente ha demostrado por su secretario de Estado es tan absurdo como chocante en el ámbito de la política exterior, y pretende reforzar la posición del presidente ante sus electores, que no son precisamente lectores de Foreign Affairs.
El presidente tampoco se ha mostrado demasiado atento con las fuerzas armadas, afirmando que planea reemplazar al oficial al mando de las tropas en Afganistán, tachándolo de incompetente por no haber ganado la guerra. De nuevo, el electorado de Trump ignora parte de la realidad que atañe a este hecho: las complejidades de la situación afgana. Hasta ahora, el consejero presidencial de Seguridad Nacional, el Estado Mayor Conjunto y el secretario de Defensa han impedido que el presidente tome medidas irrevocables conducentes al desastre, pero no está del todo claro que sean capaces de ponerle coto durante mucho tiempo más. Cuanto más evidente sea esta capacidad restrictiva y más se escriba sobre ella, mayor será la posibilidad de que Trump los sustituya por individuos que se plieguen mejor a sus designios.

El gasto militar equivale a aproximadamente un 15% del presupuesto federal y la partida para los veteranos del ejército (pensiones y prestaciones sociales) a un 6% más. Las fuerzas armadas tal vez no puedan detener un ataque con misiles contra la patria, pero tienen proveedores o construyen instalaciones militares en todas las circunscripciones electorales, lo que les otorga una considerable influencia política. Por otro lado, el fin del servicio militar obligatorio plantea un grave problema para la democracia estadounidense. Este fue cancelado después de la guerra de Vietnam, debido al movimiento de insumisión de los jóvenes que se negaron a luchar en ella. Hay otro asunto de intenso debate entre los oficiales de alto rango: el bajo nivel educativo y la mala salud generalizada (adicción a las drogas) hacen que muchos potenciales reclutas no sean aptos para el servicio. Un 1% de la población estadounidense está cumpliendo actualmente el servicio militar. La tradición familiar convierte a los militares en un grupo cada vez más aislado del resto de la nación. Acentúa esta situación el hecho de que una parte significativa de las élites militares obtenga doctorados en las principales universidades del país a mitad de su carrera en las fuerzas armadas: los militares conocen mejor al resto de la sociedad de lo que nosotros los conocemos a ellos. Existe el riesgo de que los militares lleguen a considerarse no siervos, sino amos del Estado.

En McLean’s, un restaurante familiar cercano a la sede de la CIA, en Virginia, se reúnen altos cargos jubilados y activos. La agencia no es uniforme en sus quehaceres y posturas, pero desde su creación, en 1947, ha tenido un papel muy destacado –y a menudo disimulado– en el desarrollo y la conducción de la política exterior. Aunque en teoría debe abstenerse de participar en asuntos internos, la CIA ha permeado profundamente los sectores académico y periodístico estadounidenses. El director atiende a las órdenes directas del presidente, pero no está nada claro que conozca en detalle el alcance de las actividades de la agencia. (El difunto novelista Norman Mailer escribió una novela sobre la CIA y fue invitado por la agencia para dar una charla sobre ella). Otras agencias de inteligencia nacionales colaboran para recopilar, constitucionalmente o no, enormes cantidades de datos sobre ciudadanos estadounidenses y de otros países. La CIA ha intervenido para influir en la elección de nuevos gobernantes en países como Australia, Brasil, Chile, Indonesia o Irán, entre otros. Hay en marcha un extendido debate acerca de la existencia de un supuesto “Estado profundo” que estaría, hipotéticamente, en manos de la agencia o un segmento de ella. Este supuesto Estado profundo no lo sería tanto, sin embargo: el observador interesado puede estar al corriente de gran parte de lo que ocurre en la vida política estadounidense sin demasiado esfuerzo.

Por fin, en esta escueta nómina de responsables gubernamentales del ámbito de la política exterior deben figurar los departamentos de Comercio y Hacienda. Una gran parte del PIB estadounidense recae en la exportación e importación de productos y servicios financieros. Las sanciones impuestas por EU a naciones consideradas rivales suelen ser fundamentalmente económicas. Los secretarios del Tesoro y de Comercio provienen por lo general del sector privado, el cual influye sobremanera en la política a través de las donaciones a candidatos. La política de nombramientos de los principales partidos políticos nos recuerda –si es que alguien lo había olvidado– que en EU no hay un sector público o un Estado realmente autónomos.

La política exterior es, desde luego, de gran interés para el mundo académico y el periodismo. La expansión del poder estadounidense tras la Segunda Guerra Mundial suscitó una inmediata respuesta académica, así como la propagación de los estudios en relaciones internacionales por instituciones universitarias grandes y pequeñas. El intercambio entre académicos y gobierno es continuo. Madeleine Albright, Zbigniew Brzezinski, McGeorge Bundy, Henry Kissinger, Condoleezza Rice y otros llegaron al gobierno desde la universidad. Una de las consecuencias de este hecho ha sido la progresiva incorporación de las universidades a la formulación de políticas reales, lo que ha supuesto una consiguiente reducción en la capacidad de la academia para desarrollar un pensamiento autónomo. La aparición de centros de investigación independizados de las universidades y enfocados ante todo en la política internacional sirve, al menos, para propugnar la apertura, pues muchos de ellos no disimulan su posicionamiento político.
El periodismo también ha sufrido una remodelación clara a manos de quienes persiguen la hegemonía estadounidense. Son muy numerosos los periodistas que, tanto en Washington como en el extranjero, redactan diariamente noticias con premisas que suelen identificarse con las del gobierno o las fuerzas armadas, instituciones de cuyas actividades deben hacer crónica.

Dicho esto, académicos y periodistas han mantenido una presencia muy activa en un amplio movimiento de oposición que, desde el inicio de la guerra fría, en 1945, ha puesto en tela de juicio la esencia intelectual y moral de la política exterior estadounidense. Este movimiento en muchas ocasiones recibe el apoyo de diversas iglesias y confesiones, se alinea puntualmente con destacados legisladores –como el senador William Fulbright, muy crítico con la guerra de Vietnam–, y a lo largo de los años ha mantenido posiciones en asuntos como el control de armas, la protección medioambiental o los derechos humanos y civiles que, antaño rechazadas por el gobierno, figuran hoy en el programa de varias administraciones estadounidenses. En mi opinión, la brutalidad y el enardecimiento de las políticas de Trump se deben en gran parte a su repugnancia personal por la moralidad que domina el mundo de sus críticos. Estos, por cierto, podrían reivindicar como portavoz contra viento y marea a su predecesor, Obama.

Lo que se ignora del mundo

EU es una democracia que reivindica un estatus ejemplar (“la mejor nación del mundo”). Las sucesivas administraciones han desarrollado proyectos allende sus fronteras a favor de la democracia y los derechos humanos, pero sus decisiones geopolíticas han alineado en el pasado y continúan alineando hoy a EU con regímenes autoritarios, crueles y asesinos. Esta contradicción ha dificultado el debate entre los estadounidenses e incluso lo ha hecho peligroso, pues amenaza con deslegitimar nuestra presencia en el resto del planeta. Hace décadas fuimos condenados al ostracismo quienes pensábamos que la intromisión de la CIA en el debate académico e intelectual amenazaba el pluralismo y la libertad de opinión. En 1962, publiqué un artículo en la influyente revista Partisan Review titulado “The Coming End of Anti-Communism” (El inminente final del anticomunismo), que se leyó en el Kremlin y la Casa Blanca y anticipaba el largo y tortuoso camino hacia la cohabitación. Partisan Review, sin embargo, terminó perdiendo la financiación encubierta que recibía de la CIA.

Decididamente, la política exterior de EU no se ha construido según un modelo de práctica democrática. La mayoría estadounidense ha preferido dejarla en manos de las élites de la nación y, en última instancia, de las inexorables burocracias militares y políticas que estas controlan. Un muy elevado número de ciudadanos ha servido en las fuerzas armadas en el extranjero, muchos tienen lazos familiares con ciudadanos de otras naciones, hay mucho turismo. Los estadounidenses hacen gala, a menudo, de una soberana indiferencia al respecto del mundo extramuros, a la cual se suma una considerable ignorancia. La formación que nuestras escuelas ofrecen acerca de la historia de otros países o de la nuestra propia es extremadamente rudimentaria. En universidades y demás instituciones de educación superior, el conocimiento del mundo no es un epígrafe más de la cultura compartida, sino un activo para quien desea desarrollar su carrera profesional.

El patrón se ha roto, como se rompió durante las tumultuosas protestas contra la guerra de Vietnam, cuando muchos ciudadanos decidieron respaldar a sus hijos e hijas que servían en las fuerzas armadas y exigir el fin del conflicto. El atentado contras las Torres Gemelas y posteriores actos de terrorismo dentro del territorio estadounidense han espoleado el prejuicio antiislámico y dado pie a monstruosas falsedades. Un 20% de la población estadounidense creía en el pasado y sigue creyendo hoy sin duda que Obama es musulmán y nació en Kenia y que, por ello, fue un presidente ilegítimo.

Gran parte del debate acerca de la política exterior, por tanto, se desarrolla ante una audiencia que ha elegido no prestar atención o que ha respondido a él plebiscitariamente. En este escenario, Trump ha sabido sacar partido a sus habilidades de feroz animal mediático, dejando para sus oponentes las aparatosas complejidades de la historia.

Estas, sin embargo, persisten. La relación de EU con Rusia está hoy inextricablemente ligada a la cuestión de la injerencia de este país en las elecciones de 2016, a favor de Trump. Un fiscal especial investiga actualmente si Trump fue cómplice, lo que podría conducir a su destitución. Han quedado en suspenso otros asuntos, como la situación en Ucrania y el resto de la frontera occidental rusa, o los acuerdos sobre armamento entre ambas potencias. Tal situación ha tenido una afortunada consecuencia: ha dado espacio de maniobra a Alemania, a la que, por descontado, interesan tanto la negociación como la coexistencia pacífica, por mucho que estas se posterguen.

Es obvio que Trump no comprende los imperativos que han impulsado a las naciones del Viejo Continente al proyecto europeo. De sus intervenciones sobre el particular –aunque su postura, además de superficial, varía contradictoriamente en periodos muy breves de tiempo– se deduce una aparente aversión al proyecto europeísta, explicada por su desapego a la tradición europea de redistribuir la riqueza y reglamentar economía y sociedad. Salta a la vista, por otro lado, la afinidad entre Trump y el nacionalismo xenófobo de algunos gobiernos de Europa.

En Asia, el principal problema de EU sigue siendo China, ya que solo el gigante asiático puede alentar a Corea del Norte a dar el primer paso hacia alguna forma racional de entender el Estado. Trump está especialmente mal dotado para tratar con China, pues la idea que tiene el presidente de EU del intercambio comercial está arraigada en el capitalismo industrial de mediados del siglo XX. Nadie le ha dicho aún a Trump que esos años no volverán. Por otro lado, la violencia verbal de Trump hacia Corea del Norte es especialmente peligrosa. Por último, la aparente incapacidad general de EU para interiorizar la idea de “marcharse” enredará a Trump en una guerra interminable en Afganistán.

La intención de Trump de dar carpetazo al acuerdo con Irán es coherente con su apoyo incondicional a la ocupación de Palestina por parte de Israel: en opinión del presidente, un mundo en el que EU da órdenes no solo es deseable, sino perfectamente posible. Esta es su fantasía política, homóloga a otra de ámbito doméstico: volver a la situación de 1954, año en que, al poner fin a la segregación racial en los Estados del Sur, el Tribunal Supremo abrió las puertas a cambios sociales por los que luchamos desde entonces.

Mientras redacto estas líneas, el presidente de la comisión de Relaciones Exteriores del Senado, el senador republicano Bob Corker, reitera su convencimiento de que Trump no es apto para el cargo. Sin embargo, Corker había declarado previamente que no tratará de renovar el cargo en 2018. Muchos críticos con Trump, en efecto, temen la capacidad del presidente para incitar a sus partidarios a la violencia y servirse de ella. ¿Es el sistema político estadounidense incapaz de corregir el terrible error de haber sentado a Trump en la Casa Blanca? Ciertamente, podríamos recibir más ayuda europea; por ejemplo, los países europeos podrían recuperar el control de las bases de la OTAN desde las cuales las fuerzas armadas estadounidenses llevan a cabo, sin obstáculos de ningún tipo, cualquier misión que el gobierno ordene.

Existen similitudes entre la crisis europea y la estadounidense. Trump debe su victoria a la muy determinada movilización de racistas y xenófobos, a la demonización de los musulmanes y a una vuelta de ese darwinismo social que marcó los periodos más desenfrenados de codicia y explotación por parte de EU. Concluiré afirmando sin un ápice de duda algo que ya he escrito en otras ocasiones: Trump es perfectamente capaz de declarar una guerra para justificar el asalto a las libertades civiles y el golpe de Estado permanente. El antiguo baluarte de la democracia occidental, Estados Unidos, necesita desesperadamente la ayuda europea, en asuntos grandes y pequeños.



JMRS


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