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Yihadismo en el Sahel: la expansión de la amenaza oscura


2018-04-13

Ignacio Fuente Cobo | IEEE | EFE

El Sahel, una de las regiones más pobres de África, es un territorio extraordinariamente complejo en el que las organizaciones yihadistas coexisten e interactúan con organizaciones criminales, milicias étnicas, grupos armados y autoridades, creando un ambiente de inseguridad que dificulta las acciones de los gobiernos y favorece la expansión del mensaje yihadista.

Aunque el origen de la presencia yihadista en el Sahel se remonta a la decisión de las autoridades de Argelia de no reconocer el triunfo islamista en las elecciones de 1992, ha sido en la última década cuando ha adquirido mayor relevancia, merced al protagonismo de las dos principales organizaciones yihadistas a nivel internacional: Al Qaeda y el Daesh.

Al Qaeda comenzó a hacerse fuerte en la zona cuando muchos de los combatientes del grupo terrorista argelino Grupo Islámico Armado (GIA) abandonaron su disciplina para formar el Grupo Salafista Para la Predicación y el Combate (GSPC). Una operación considerada de marketing y puramente cosmética debido a la pérdida de apoyo entre los ciudadanos por la brutalidad de las acciones del GIA.

El GSPC se convirtió en franquicia de Al Qaeda en 2007, bajo el nombre de Al Qaeda en la Tierra del Magreb Islámico (AQMI). La estrategia supuso la internacionalización de los objetivos de un grupo que a partir de este momento transcendía las fronteras de Argelia y aspiraba a la creación de un emirato islámico en el Magreb.

El fracaso de las operaciones en el norte de Argelia y su incapacidad de actuar en Europa, como originalmente había previsto Osaba ben Laden, llevó al grupo a expandirse hacia el sur. De este modo Al Qaeda incrementó el perfil internacional de la nueva franquicia cuyo liderazgo siguió siendo argelino, aunque reforzado por voluntarios llegados de Mali, Mauritania, Nigeria y Senegal.

Esto dio lugar a una “yihad negra” de carácter local, en la que los combatientes vivían e interactuaban con la población, lo que supuso para los estados de África Occidental una amenaza de carácter endógeno y difuso. A la vez sus actividades criminales se expandieron y se establecieron relaciones estrechas con redes de contrabandistas y narcotraficantes.

Por su parte, la historia del Daesh en el norte de África es más reciente. A partir de 2014 su meteórico auge cuestionó el dominio de su rival en la región, de manera análoga a como había ocurrido en Irak y Siria. En dos años consiguieron importantes éxitos militares en Libia y victorias simbólicas como el juramento de lealtad por parte de Boko Haram en Nigeria y de la facción Al-Morabitum en Mali.

Estos éxitos militares produjeron fuertes disensiones en el yihadismo norteafricano, cuyos dirigentes se vieron sometidos al dilema de aceptar la llamada del emir del Estado Islámico, Abu Bakr al-bagdadi, para unirse a su autoproclamado califato o seguir como franquicias de Al Qaeda. El avance del Daesh, que en ciertos momentos parecía imparable, hizo que muchos grupos regionales cambiaran de lealtad.

El predominio del Daesh comenzó a declinar en 2016 tras sus derrotas militares en Libia y sobre todo por la decepción que produjo entre sus filas la paulatina pérdida de los territorios conquistados tanto en Irak como en Siria. Si a ello añadimos la capacidad de las distintas franquicias de Al Qaeda de contrarrestar las intenciones expansivas del Daesh atacando a las facciones que desertaban y ejecutando a los supuestos simpatizantes de su rival, nos encontramos con una recuperación en el Sahel de la organización creada por Ben Laden.

Su recuperada fortaleza, como lo ha demostrado el retorno de diversos grupos que habían desertado de Al Qaeda para unirse al Daesh, parece indicar el triunfo de la primera en la disputa que habían mantenido durante los dos últimos años. Además, su extraordinaria capacidad para sobrevivir en circunstancias especialmente adversas nos llevan a pensar que Al Qaeda en el Magreb, una organización implantada en el Sahel antes que el Daesh, seguirá allí cuando este último se haya ido.

En definitiva, en un entorno donde la decadencia del Daesh está siendo compensada por el resurgimiento de Al Qaeda, resulta imprescindible resolver favorablemente la compleja ecuación entre seguridad y desarrollo (tanto político, económico como social), si se quiere evitar que el terrorismo yihadista continúe expandiéndose por la región y termine por convertirse en una temible amenaza muy difícil de erradicar.



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