Diagnóstico Político

Conflicto y justicia

2007-05-09

El país está demandando un nuevo pacto, incluso para salir de la sordera...

Ricardo Pascoe Pierce, El Universa

El reclamo de justicia se escucha en todo el país. Justicia a secas, con salarios más justos, respeto a derechos constitucionales y legales, un reparto más equitativo del ingreso nacional. Justicia política, por una representación veraz de los intereses de las distintas corrientes que componen el tejido nacional, la composición de un país plural y respetuoso de su diversidad ideológica, política y religiosa. Justicia social, asegurando el acceso a los servicios básicos: educación, salud y vivienda. Justicia legal, donde el estado de derecho no debiera ser letra muerta, ni tampoco el sistema judicial (Carlos Ahumada dixit ), independientemente del ingreso personal.

La concentración del ingreso en México es la otra cara de la violencia del narcotráfico. Son dos fenómenos perversamente vinculados e interrelacionados por la realidad del país. ¿Cómo le pides a un pobre que no acumule riqueza, por la vía que sea, cuando el dinero se acumula en tan pocas manos? En este caso, ¿cómo se definen los linderos de la justicia y, agregaría, la grandeza de un país?

México es una nación de personas, no de ángeles. Nos movemos, como cultura, entre lo sublime y lo vulgar. Entre el libertario desnudo masivo del domingo y el clientelismo del paro "por tiempo indefinido" del lunes. Tenemos que lograr que ambas condiciones -lo sublime y lo vulgar- puedan convivir en territorio esencialmente hostil.

A una sociedad como la nuestra se le imponen dos tareas esenciales. Por un lado, crear las mejores condiciones para producir más riqueza global. Esto es, aceptar los métodos para incrementar la productividad, adaptar nuevas tecnologías para ese fin, flexibilizar la mano de obra para que se adapte a las nuevas condiciones de trabajo, cambiar giros productivos en función de las realidades y exigencias del mercado mundial, establecer las alianzas estratégicas con los sectores de capital que pueden impulsar o catalizar la producción y productividad de una rama de la economía, además de hacerla más competitiva en la globalidad. Todo lo anterior exige una fuerza de trabajo dispuesta a aceptar la rotación laboral, la capacitación polivalente y la flexibilización de los mecanismos de salario, por productividad y destajo.

La segunda tarea, derivada de la anterior, implica un compromiso social por asegurar un reparto más equitativo de la riqueza generada por las manos laboriosas. A cambio de la flexibilidad laboral, debe haber un compromiso por asegurar que todos tengan techo, educación y alimento. ¿Es utópico pretender ello? No lo creo. Lo que sucede es que estamos muy mal organizados para cumplir con el pacto político que exige ese arreglo esencial de la sociedad. Tanto que, mientras el ingreso nacional se concentra más y más (hoy por hoy ya es un problema de seguridad nacional), crece la inconformidad y los conflictos sociales.

Este fue el tema subyacente en la contienda presidencial del año pasado. El pacto social y político que siguió a la Revolución Mexicana se desvaneció con el tiempo, debido a las condiciones impuestas por las transformaciones estructurales económicas y políticas del mundo. Las formas y los procesos de producción se han transformado radicalmente. El hombre más rico del mundo, Bill Gates, lo es, irónicamente, por ser revolucionario. Pocas personas han hecho tanto por transformar la vida, la cotidiana y la productiva, del mundo como él. Quizá algo comparable sería la cadena de producción del fordismo.

El país está demandando un nuevo pacto, incluso para salir de la sordera confrontativa que caracteriza a la política nacional. El movimiento antireformas lo es tanto por resistencias al cambio (un conservadurismo acendrado recorre el sindicalismo mexicano) como por la comprensible falta de certeza de que algo bueno saldrá de todo ello. La huelga nacional anunciada para el lunes pasado, que habría de convertirse en un paro por tiempo indefinido, fue un fracaso notable. Pero, a pesar de ello, los presagios que anunciaba existen, y deben ser atendidos.

No nos podemos equivocar de ruta, ya sea por encono ideológico o confrontación política. Es tiempo de encontrar el equilibrio necesario (no justo ni conveniente, sino necesario) entre mercado y Estado en la economía. Si bien una economía sobreregulada por el Estado incurre en costosas distorsiones, lo mismo una economía dirigida por las fuerzas del mercado, aunque éstas sean distintas. México requiere ese equilibrio para tener una economía competitiva, al mismo tiempo que cuente con un Estado que asegure un reparto más equitativo del ingreso per cápita.

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Analista político 



AAG