Trascendental

Más allá del bien y del mal

2010-04-17

De modo que su arrepentimiento sólo puso al descubierto lo que las insidiosas convenciones...

Autor: Higinio Marín

El nuevo paraíso moral, también en su última y modesta versión consumista, no es como aquel del que disfrutaron los primeros antes de comer del árbol de la ciencia del bien y del mal...
 
El Congreso Internacional de Teología Moral, recientemente celebrado en la Universidad Católica San Antonio, ha servido, entre otras muchas cuestiones, para mostrar, desde diversos y esclarecedores puntos de vista, que vivimos tiempos paradójicos, en los que nuestra cultura, como si de un enorme desván se tratara, hace posible encontrar una idea y su contraria dispuestas de modo que, lejos de oponerse, se sostienen mutuamente.

Particularmente en cuestiones morales, nuestra época y sus creencias más típicas presentan un bifrontismo, en apariencia contradictorio: mientras sigue vigente el empeño emancipador del sujeto moral en sus versiones más postreras y extremas, que proclaman la ilegitimidad de cualquier autoridad, norma o principio que maticen la absoluta autonomía de una libertad humana soberana de sí misma, paralelamente crecen y se extienden por doquier los nuevos –y viejos– determinismos que coinciden en disolver la autonomía moral personal bajo el peso de las prefiguraciones genéticas, psicológicas, sociales, históricas y económicas (sin olvidar las astrales y para normales) de la conducta humana.

El mismo empeño con el que se declara intolerable la noción de una ley moral universal, se transforma en vaga complacencia ante las potenciales capacidades predictivas de la investigación genética acerca de la conducta humana, o ante la supuesta fuerza determinante de las estructuras sociolingüísticas, por ejemplo. De modo que el énfasis en la autonomía ilimitada del sujeto moral se resuelve, como si del impulso de un movimiento circular se tratara, en la disolución de ese mismo sujeto en toda suerte de determinismos; y vuelta a empezar.

No obstante, tanto la idea de una libertad opuesta a la universalidad objetiva de la norma moral, como la de un sujeto disuelto en las fuerzas vitales preconscientes, o en las dinámicas sociohistóricas, tienen en común que son formas de situarse más allá del bien y del mal. Y ésa es, al menos, una de las claves desde la que se esclarecen buena parte de las contradicciones morales de nuestro tiempo: la obsesión que rige la historia de las ideas morales en Europa es, desde hace ya más de un siglo, la exculpación del sujeto humano; la disolución de la culpa mediante la construcción histórica de una nueva forma de inocencia.

El nuevo paraíso moral

El nuevo paraíso moral, también en su última y modesta versión consumista, no es como aquel del que disfrutaron los primeros antes de comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, sino el que se sigue de la erradicación de conocimiento alguno acerca del bien y del mal que pueda resultar inculpatorio de la conciencia que, de ese modo, repudia su ascendencia judeocristiana.

La revolución hippie de los años sesenta, el relativismo cultural y moral dominante durante casi todo el siglo XX, la reedición ecologista de la roussoniana bondad del hombre natural, la ilimitada con - fianza en el poder curativo de la supresión de las represiones preconscientes, y la más antigua sanción nietzscheana de la muerte de Dios, o la actual y exitosa difusión del budismo y las difusas espiritualidades de la new way, son algunas de las múltiples y poliédricas formas del agónico esfuerzo exculpatorio que ha poseído los dos últimos siglos de la cultura moral europea.

Pero, paradójica e inevitablemente, la eficacia de nuestra cultura en la erradicación de la culpa y de su posibilidad es correlativa a la pérdida de densidad y consistencia de la persona como sujeto moral libre y responsable. Y es que existe una inevitable simetría de proporcionalidades inversas entre la libertad y el mal, de modo que si no se reconoce la banalidad terrible del mal, lo que se banaliza es la misma libertad del sujeto que se pretendía emancipar.

Por inoportuno y desaconsejable que resulte, no es menos cierto que la doctrina cristiana acerca de la existencia del infierno es el eco reverso de la afirmación de la libertad del hombre, y de su alcance y capacidad efectiva para el bien. Ni siquiera la certera filosofía moral de los filósofos de la Escuela de Atenas alcanzó a concebir el valor y alcance que presta a la acción y libertad humanas el escenario (inédito hasta el cristianismo) de la vida y las acciones del hombre como interlocución con un Dios personal y providente.

Seguramente Aristóteles y sus discípulos, incluidos los teólogos y filósofos islámicos medievales, habrían considerado como locura, e incluso injusticia, el hecho de que una sola acción bastara para revocar la orientación de toda una vida de maldades: una golondrina no hace verano, repite Aristóteles en su Ética a Nicómaco. Y, sin embargo, eso es lo que nos cuentan los evangelios que sucedió con el buen ladrón. Es más que probable que el arrepentimiento humano carezca del poder de modificar el signo moral de una vida entera, pero el perdón divino invocado por el arrepentimiento de un hombre sí tiene ese poder.

Lo curioso del caso es que, si se adopta una perspectiva como la aristotélica, que como es lógico no creía en el cielo ni en el infierno, ni en la consiguiente radicalidad decisiva de las acciones humanas, entonces el buen ladrón no habría sido un hombre realmente malo, sino, a lo sumo, un hombre arrastrado por las circunstancias desgraciadas de su pobre existencia.

De modo que su arrepentimiento sólo puso al descubierto lo que las insidiosas convenciones sociales –diríamos hoy– ocultaban bajo la condena y marginalidad social: su inocente bondad.

Es posible, desde luego, que aquel hombre fuera realmente bueno antes de que su arrepentimiento lo expresara, pero en tal caso lo que no queda del todo claro es qué tuvo entonces de realmente decisivo el hecho de que fuera Cristo el ajusticiado que moría a su lado y que escuchó su súplica. Mientras que, si se supone que su vida había sido tan responsable y consciente como la de su compañero, no sólo se abre como un misterio feliz el hecho de que fuera Cristo su compañero de agonía, sino que la propia acción humana del arrepentimiento cobra la clase de altura y profundidad decisivas que, con justicia, merecen el nombre de libertad. Yes que más allá del bien y del mal no se extiende el reino de la libertad inocente y emancipada, sino el de su disipación en la pretendida y banal equivalencia del bien y del mal.



EEM