Diagnóstico Político

La paradoja del poder

2006-12-20

El Presidente sigue siendo depositario de una importante cantidad de facultades, pero no dispone de...

Por: Diego Valadés
El Universal

A diferencia de hace seis años, el actual gobierno comenzó navegando a contracorriente. Pese a las grandes expectativas que al principio inspiró, el anterior presidente nunca advirtió la magnitud de sus responsabilidades ni de sus posibilidades; todos conocemos su pequeña historia. Ahora las circunstancias son inversas, y poco se espera de un nuevo gobierno que desde antes de instalarse era objeto del severo cuestionamiento por un amplio sector y que sólo ha contado con el apoyo condicionado, oneroso, de otro sector político.

Es deseable que, en contraste con su antecesor, este gobierno sí promueva los cambios institucionales requeridos; las incógnitas consisten en saber si querrá y podrá. Ahora bien, ¿por qué todos insistimos en la responsabilidad presidencial, si por otra parte afirmamos la necesidad de superar el paternalismo? Las exigencias suelen dirigirse al Presidente, conforme a la antigua usanza. En realidad, ¿qué tanto dependemos de la voluntad presidencial? ¿Podemos seguir formulando nuestras demandas ante el Presidente sin desvirtuar con ello la vocación democrática del país?

Según las apariencias, las presiones sobre el Presidente son muy elevadas. Resulta evidente que hay una relación directa entre la magnitud de los intereses en juego y las resistencias al cambio institucional. Quienes desean obtener ventaja en sus negociaciones políticas con el gobierno, se ven beneficiados por la estructura vigente del poder, porque en un sistema político competitivo y plural, la alta concentración de facultades hace al Presidente más vulnerable de lo que parece.

Durante la etapa de partido hegemónico el presidente contaba, para hacer frente a las presiones, con un vasto aparato de poder que respondía a su voz de mando. El Congreso, el partido y sus sectores, y los gobiernos locales, actuaban con sincronía y disciplina, arropando las decisiones mayores del presidente y poniéndolo a resguardo cuando era sometido a las duras pruebas que siempre esperan al titular del Poder Ejecutivo.

En este sentido, los tiempos sí han cambiado. El Presidente sigue siendo depositario de una importante cantidad de facultades, pero no dispone de un sistema político disciplinado que lo apoye. Más aún, el Presidente se encuentra sujeto a un acoso sistemático que le exige retazos de poder. A la inversa de la lógica anterior, ahora el Congreso, los partidos y los gobernadores tienen su propia agenda de exigencias y actúan conforme a la regla convencional de la negociación: dando y dando (o como decían los clásicos, do ut des, porque esto no acaba de inventarse). A este intenso regateo se suma otro factor que apareció en la fase final del partido hegemónico: la fuerza creciente de las corporaciones nacionales y extranjeras.

Visto así el panorama, la presidencia es un ejemplo de la paradoja del poder: en una democracia el poder político muy concentrado queda expuesto al acoso; es un poder sitiado por una miríada de intereses que no dudan en ejercer toda la presión necesaria para satisfacer sus aspiraciones, y que apenas encuentran un balance natural, darwiniano, en el contrapoder ejercido por otros intereses excluyentes que disputan entre sí la obtención de los mismos objetivos.

Todo eso afecta el funcionamiento de las instituciones en una democracia todavía imperfecta. El anterior presidente estaba muy lejos de entender ese fenómeno, porque de la política sólo le interesaron las exterioridades mediáticas, y porque desconocía el valor del derecho para el funcionamiento del Estado. No supo descifrar que la persona más interesada en la reforma del Estado debía ser el mismísimo presidente de la República. Por eso aludí más arriba al presidente como el factor predominante en la reforma del poder: porque a nadie puede beneficiar más que a él.

Una reforma bien diseñada permitiría consolidar la democracia y el Presidente podría construir apoyos institucionales para sortear las presiones incontroladas, que tienden a aumentar. El descrédito de los partidos, la fragmentación el Congreso, el caciquismo renaciente, la voracidad de las corporaciones y la indiferencia de la ciudadanía, son problemas esenciales que una democracia debe resolver. Si el Presidente se escucha a sí mismo, sabrá que no debe transcurrir mucho tiempo antes de hacer un esfuerzo serio y eficaz para promover la renovación del panorama institucional y reforzar así su propia posición.

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Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM



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