Calamidades

Qué hacer

2014-05-12

El 6 de abril de 2011 el escalpelo de Javier dio precisión al grito para mostrar los...

Gustavo Esteva, La Jornada

Hace tiempo estamos hasta la madre. Fuimos millones los que formamos filas con Javier Sicilia: "Estamos hasta la madre de ustedes, políticos… porque en sus luchas por el poder han desgarrado el tejido de la nación". De ustedes, criminales, estamos hasta la madre de su violencia, de su pérdida de honorabilidad, de su crueldad, de su sinsentido.

El 6 de abril de 2011 el escalpelo de Javier dio precisión al grito para mostrar los cánceres que padecemos: los poderes constituidos; las policías; los partidos políticos; el capital; los medios; las iglesias; los sindicatos… Acotó bien sus omisiones y complicidades en la destrucción de nuestros ámbitos de convivencia, nuestro suelo, nuestras relaciones de soporte mutuo, hundiéndonos en el horror de la violencia, la miseria y el miedo. No olvidó Javier nuestras propias traiciones, nuestra propia irresponsabilidad.

En estos tres años el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad recorrió el país, tocó todas las puertas, se abrió a todas las formas del diálogo. A pesar de sus logros, estamos hoy peor que entonces. Se cerraron oportunidades que hace tres años parecían posibles. Se extinguieron esperanzas que entonces podían abrigarse.

El asesinato del matrimonio Chao en la misma ciudad en que mataron al hijo de Javier Sicilia, con semejante barbarie, ilustra del peor modo imaginable la situación, bien descrita por el secretario de Gobernación el 8 de mayo cuando prometió que el Estado asumiría su responsabilidad en materia de seguridad. Es decir: reconoció que no la había asumido.

El protego ergo obligo (protejo, por tanto, obligo) sustenta el Estado-nación. Los ciudadanos otorgan al gobierno el monopolio de la violencia legítima para que los proteja. Al hacerlo, se subordinan a su protector. Como subrayaba Hobbes, el propósito de su Leviatán es inculcar en el ciudadano la mutua relación entre protección y obediencia. Ser obediente es el precio que debe pagarse por ser protegido. El ciudadano acepta ser súbdito a cambio de protección.

Al perder el gobierno el monopolio de la violencia, en buena parte del país la gente queda subordinada a un poder criminal. Al mismo tiempo, el gobierno se ha convertido en empresario de la violencia, en su promotor. No sólo es ya imposible distinguir con claridad el mundo de las instituciones y el del crimen, que se superponen y confunden. Es que el gobierno está organizando el crimen, impulsándolo, respaldándolo. Así debe verse lo que ocurrió esta semana en La Realidad, en Chiapas.

Bajo la máscara de una de las organizaciones que actúan como personeros de arriba y como paramilitares para obtener migajas, los gobiernos realizaron una agresión de extrema gravedad contra una comunidad zapatista que estaba dedicada al diálogo y al arreglo pacífico de los conflictos. No fue, como los medios reportaron, un enfrentamiento entre comunidades. Fue un crimen de Estado, cometido con premeditación cuando parecía posible suscribir un acuerdo.

Al denunciar el asesinato, un grupo de prominentes intelectuales suscribió una carta pública en la que señalan: Exigimos que cesen ya y definitivamente estas agresiones en contra del proyecto civilizatorio más consolidado que existe en nuestro país, desgarrado por la violencia y el crimen promovidos desde el poder del dinero. A [email protected] Votanes (nuestros guardianes en La Escuelita Zapatista) les mandamos un mensaje: [email protected] sus [email protected] estaremos con ustedes, a su lado, y no permaneceremos impá[email protected] frente a estas agresiones.

Es atroz, en estas circunstancias, seguir enredados en disputas por la hegemonía, con la ilusión de sustituir al equipo gobernante. Es cobarde y torpe seguir siendo súbditos de quienes han desertado de sus funciones. Es ridículo seguir pidiendo peras al olmo.

Está a la vista de todos lo que los gobiernos están haciendo… y lo que no pueden hacer. No son capaces de ofrecernos protección y mucho menos de hacer justicia. La relación entre protección y obediencia es real. No debe mantenerse obediencia a un gobierno que carece por igual de legitimidad y de capacidad de protección de los ciudadanos. Nos haríamos sus cómplices.

La paciencia se agotó. Es hora de actuar, de una nueva forma de hacer política. El orden en este caos no vendrá de arriba. Sólo nosotros, organizados a la manera de cada quien, podemos convertir el dolor y la rabia en reconstrucción del país... como ya estamos haciendo. Con la luz que nace en todas y todos hagamos el reflector que no proyecta su luz hacia arriba, sino hacia el mañana. Y hagamos justicia a nuestros muertos, nuestra justicia: más que pedir cárcel o muerte para sus asesinos o construir museos del recuerdo, hagámoslos vivir en nosotros, encarnados en nuestras luchas. El 11 de mayo es ya fecha común de iniciativas. En todas partes. Hagámosla valer.



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