Calamidades

La corrupción infinita

2014-09-09

El índice que formula Transparencia Internacional ubica a Estados Unidos lejos de los...

José Blanco, La Jornada

Desde que tengo memoria he leído una y otra vez artículos de opinión acerca de la imbatible corrupción mexicana, escritos por editorialistas mexicanos y del extranjero. Muchos artículos también, sobre numerosos países del orbe. Ensayos académicos de aquí y de allá tratando de entender este fenómeno social que se pierde en la oscuridad de los siglos. En la Grecia antigua existía.

Si usted busca en la red, hallará decenas de libros en español que, en una breve lectura de sus objetivos, recorren siglos, buscan raíces y establecen hipótesis explicativas sumamente variadas, y proponen las más diversas salidas a esta complejidad infinita. Si intentáramos hacer un recuento de los libros escritos sobre el tema en todas las lenguas, ignoro de cuántos guarismos sería la cifra que hallaríamos.

En días pasados nuevamente el tema estuvo intensamente en los medios a propósito de la entrevista que propició José Carreño Carlón al presidente Peña Nieto el pasado 19 de agosto, con el claro propósito de que el mandatario luciera las que ve él mismo como sus mejores prendas. Vino la pregunta de Denise Maerker sobre la corrupción que nos agobia, y el Presidente dijo: la corrupción "es un tema, yo insisto, de orden cultural". León Krauze discrepó. Dijo que él vive en Estados Unidos y que ahí los mexicanos no se pasan los altos, pagan sus impuestos y respetan la ley. Krauze implicaba con su intervención que los mexicanos, aun con su cultura a cuestas, puestos en un medio no corrupto, no son corruptos.

Jesús Silva Herzog, en su artículo "Conversación a modo" (25/8/14), hizo una apreciación certera de la entrevista al Presidente, pero subrayó el punto de la corrupción, que al día siguiente retomaría Carmen Aristegui, y se le diera así el banderazo a los días que siguieron de opiniones, críticas y defensas, alrededor del tema. Silva Herzog escribió: "En una intervención muy oportuna y clara, León Krauze discrepó [del Presidente]: la corrupción no radica en nuestro modo de ser, sino en un régimen político fincado, como dijo Zaid, en la propiedad privada de las funciones públicas".

El problema de la coincidencia de Krauze y Silva Herzog es que los mexicanos que habitan en Estados Unidos no viven en una sociedad no corrupta y se las ven, como todos los estadunidenses, con un Estado donde las funciones públicas son, si es posible, aún más de propiedad privada que en México.

El índice que formula Transparencia Internacional ubica a Estados Unidos lejos de los primeros lugares, aunque México esté aún más lejos.

De otra parte, la respuesta según la cual se trata "de nuestra cultura" adolece de la indeterminación: la cultura lo abarca todo y, así, no ofrece respuesta concreta alguna.

Es preciso, de otra parte, ver la estrechez con que se ha tratado el tema, reduciéndolo al problema de la corrupción en las funciones públicas. No hay duda del peso e importancia de esta dimensión de la corrupción, pero este asunto va sensiblemente más allá.

El 11 de diciembre de 2012 escribí en estas páginas "La corrupción ubicua", inyectándole a mis intentos explicativos alguna complejidad mayor que aquella que reduce el asunto a la corrupción política y la índole de las instituciones públicas o a aquella que ve sus raíces en la cultura. Ahora he vuelto a asomarme al tema, y vuelvo a encontrar, principalmente, que las reflexiones se dirigen al tema de la corrupción pública y generalmente apuntan a una sola causa.

Esta vez he encontrado una bibliografía más amplia, y propósitos de aprehenderla en marcos más complejos.

"Con el paso del tiempo, la ONU se convirtió en lo que hoy es: uno de los mayores centros de corrupción en el mundo occidental, según el Institute for Global Ethics. Las maniobras de las grandes potencias provocó un flujo de corruptelas en las contrataciones de funcionarios, en la definición de misiones o por el propio control de la Asamblea General y el Consejo de Seguridad, que aún hoy persisten" (Eric Frattini, ONU: historia de la corrupción, Bubok Publishing SL, 2009, 462 pp.). En 12 terribles capítulos Frattini hace la historia de los más increíbles actos de corrupción: reclutamientos ilegales, favores sexuales, legalización de genocidios, negocio de los refugiados, tráfico de plazas, caza de brujas, y así por decenas y decenas, actos corruptos envueltos en intereses privados.

La esfera pública y la esfera privada son hermanos siameses en materia de corrupción. La riqueza privada del mundo no se explica sin la corrupción público-privada. Los pobres aquí y allá, cometen actos de corrupción como estrategia de supervivencia con un alcance insospechado. En las organizaciones nacionales e interncionales del deporte, la corrupción se ha exhibido una y otra vez; y no existe correción que enderece una actividad tan "sana y limpia" como el deporte. Mente sana en cuerpo sano, dice una mentira por todos aceptada. ¿La FIFA? ¿La Conade? ¿El Comité Olímipico Internacional? ¿el boxeo?, ¿el dopaje?

¿Las plazas de profesores?, ¿la venta de calificaciones?, ¿los exámenes de oposición?, ¿el plagio?, ¿la venta de espacios públicos por agentes privados como si fueran espacios propios?, ¿la evasión de impuestos?, ¿la valuación de predios?, ¿las prácticas escolares en los planteles privados?, ¿la obtención de los cientos de licencias de todo tipo?, ¿la "verificación" de vehículos?, ¿el narcotráfico?, ¿la administración de justicia?, ¿los sueldos de funcionarios públicos?, ¿los banqueros?



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