Valores Morales

La fuerza de san Pablo

2016-06-29

La fortaleza significa permanecer firme ante las dificultades y ser constante en la búsqueda...

Por: José Luis Galarza, L.C.

Carácter fogoso, apasionado, luchador, magnánimo, Saulo de Tarso no era precisamente un hombre blando sino de una terrible fortaleza.

Nacido en una familia tradicional, fiel conocedor y observante de la ley, educado en Jerusalén, de origen judío, cultura helenística, de nombre y ciudadanía romana. En definitiva, un hombre arrollador. Nada le faltaba. Estaba bien cimentado en sus principios e ideales. Se bastaba a sí mismo, en apariencia no necesitaba de nadie. Los cristianos, “a los que perseguía encarnizadamente” (Gal 1,13), ni siquiera le movían a la compasión. Su actitud altiva al presenciar la lapidación del primer mártir cristiano san Esteban, cuidando los mantos de los verdugos, da testimonio de que estaba seguro de lo que hacía, que era un hombre de gran fortaleza.

La fortaleza significa permanecer firme ante las dificultades y ser constante en la búsqueda del bien. Esta virtud es como un rompeolas a la orilla de la playa; vienen los vientos, las tormentas, el agua golpea furiosamente, pero no se mueve ni un milímetro de su lugar. Está bien cimentado.

Para Saulo este rompeolas era él mismo, hasta que vino Cristo y dejó ciego de frente a sus seguridades, a sus “ganancias” (Cf. Flp 3,7-8). ¡Qué paradoja!, cuando se apagó la vista del cuerpo, se le abrieron los sentidos del alma. Desde ese momento, la fortaleza de su vida estaba anclada más profundamente, tenía otro nombre: la fortaleza en la fe.

Dios permite algunas circunstancias difíciles para “cegarnos” y ver que solos no podemos hacer todo; la pérdida de un ser querido, una enfermedad funesta, una catástrofe natural, etc. Son golpes que nos despiertan de nuestros dulces sueños y nos hacen salir de nuestro egoísmo y nos hacen darnos cuenta que a nuestro alrededor hay gente que podemos ayudar y de la cual, también necesitamos.

Después del terremoto que hubo en abril de 2009 en Abruzzo, Italia, una mujer, contemplando las ruinas de su casa afirmaba en una entrevista “poseer, para mí, ya no significa nada”. El verdadero valor de las cosas se ve en esos momentos, de cara a otra realidad . San Pablo, ante las adversidades que le hacían ver su fragilidad, pero unida a la fuerza de Cristo, exclamaba: “Cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte” (2Cor 12,10).

Otro testimonio conmovedor después del terremoto, fue el de un hombre que encontró a su esposa y a sus hijos que habían quedado sepultados bajo su casa. Comentaba que “la fe era su fuerza” con la que podía superar este dolor tan profundo. Por ella se daba cuenta de que Dios permitió este suceso para abrirle los ojos y hacerle ver la importancia de vivir para los demás. “Dios lo permitió”, decía, “porque no quería que siguiésemos viviendo cada uno encerrados en nuestros propios problemas. Esta prueba sólo tiene significado en y por la fe”.

Así también Saulo de Tarso, cuando recobró la vista en su vida, miró hacia otra dirección; ya tenía un ideal más grande por el cual luchar, se daba cuenta que no debía vivir para sí, sino para Cristo y para los demás. En adelante, lo flagelaron, lo lapidaron, naufragó, pasó días en la cárcel, le asaltaron, se burlaron de él, lo ignoraron, etc. Pero gracias a su rompeolas de la fe, aunque el agua lo mojara, el viento lo desgastara y los golpes lo laceraban, no se movió más, porque ahora sí estaba bien cimentado, no en la fragilidad del hombre, sino en la fortaleza de Dios. “He competido en el buen combate, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe” (2Tim 4, 6-8).



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