Increiblemente Cierto

Cómo darle sentido a nuestra vida (sin necesidad de la razón)

2016-09-09

Es difícil imaginar qué le sucedería al pensamiento moderno si...

Robert R. Burton, The New York Times

Pocos estarían en desacuerdo con dos obviedades ancestrales: nuestra misión debería ser moldear nuestras vidas basándonos en la razón y un requisito esencial para la buena vida es tener una percepción personal de su significado. Idealmente, las dos deberían ir de la mano. Estudiamos las lecciones de la historia, leemos filosofía y buscamos a sabios con la esperanza de aprender qué es lo importante. Pero este conocimiento adquirido, no es lo mismo que la sensación de que nuestra vida tiene sentido.

Aunque es imposible describirlo con precisión, somos capaces de reconocer el sentido cuando nos hace falta. Quien haya experimentado un ataque repentino de depresión conoce la desesperanza de sentir que nada en la vida vale la pena y que ningún argumento, sin importar cuánta inspiración tenga, puede llenar ese vacío. De manera similar, todos estamos familiarizados con las incontables narrativas de personajes religiosos que “pierden su camino” a pesar de retener sus creencias formales.

Cualquier acercamiento filosófico a los valores y el propósito debe reconocer esta realidad neurológica fundamental: una idea visceral del sentido de nuestras vidas es un estado mental involuntario que, como la alegría o el asco, es independiente y resistente a los mejores argumentos. Si la filosofía sirve para guiarnos a una vida mejor, de alguna manera debe cerrar el espacio entre el sentimiento y el pensamiento.

Mientras que la neurociencia intenta atacar la idea de la racionalidad pura y enfatiza la prevalencia de la actividad mental subliminal, yo me siento cada vez más atraído a la metáfora de las “papilas gustativas mentales de la idiosincracia”. Desde los factores genéticos (un solo gen determina si las coles nos parecen amargas o dulces) hasta lo cultural (considerar que los grillos fritos y los sesos de mono asados son manjares) el sabor no es el mejor de los argumentos.

Cualquiera que haya intentado que su hija coma algo que no le gusta entiende los límites del incentivo más astuto. Si los pensamientos, al igual que la comida, vienen en una variedad impresionante de sabores y el gusto personal vence a la razón, entonces la filosofía —que depende muchísimo de la razón y cuyo objetivo es fomentar la adquisición de conocimiento objetivo— está en aprietos.

Aunque no sabemos cómo se producen los pensamientos en el cerebro, es difícil imaginar que tengamos un pensamiento sin la compañía de un estado mental asociado. Percibimos un pensamiento como agradable, repugnante, correcto, incorrecto, obvio, estúpido, brillante, etcétera. Aunque son parte integral de nuestros pensamientos, estos calificativos surgen de distintos mecanismos cerebrales, a diferencia de los que produce el pensamiento bruto.

Como ejemplos, los sentimientos de asco, empatía y conocimiento surgen en diferentes áreas del cerebro y pueden provocarse desde cero en voluntarios a través de la estimulación eléctrica, incluso cuando los sujetos no están conscientes de tener algún pensamiento asociado a nada en absoluto. Esta relación entre los sentimientos y el pensamiento, parecida al origen del huevo o la gallina, puede observarse fácilmente en nuestra forma de elaborar juicios morales.

El psicólogo Jonathan Haidt y otros han demostrado que nuestras posturas morales se relacionan poderosamente con el nivel de activación en las áreas cerebrales que generan la sensación de asco y repugnancia. De acuerdo con Haidt, la razón ofrece una explicación posterior de las decisiones morales que ya son precedidas por sentimientos reflejos inherentemente positivos o negativos. Considera tu postura respecto a la pedofilia o negarle un trasplante de riñón a un asesino serial. Mucho antes de que hayas establecido una posición moral, cada caso ya habrá generado algún nivel de asco o empatía.

No existe un lugar donde este abrumador efecto sobre lo que pensamos sea tan evidente como en el campo de la filosofía de la mente que está plagado de paradojas. Incluso esos científicos cognitivos que han sido fundamentales para revelar nuestras inclinaciones siguen creyendo en la primacía de la razón. Consideremos el argumento de Paul Bloom, profesor de psicología de Yale, quien sostiene que no tenemos libre albedrío pero como somos capaces de la reflexión racional y consciente somos responsables de nuestras acciones.

Aunque empatizo profundamente con su conclusión, su argumento me desconcierta. La evidencia que respalda la opinión de Bloom acerca de que no tenemos libre albedrío también funciona en contra de la noción de la reflexión racional y consciente. En los ochenta, el neurofisiólogo Ben Libet de la Universidad de California, San Francisco, mostró que el cerebro genera la actividad eléctrica específica de cada acción, casi medio segundo antes de que el sujeto “decida” iniciarla. Aunque las interpretaciones de sus resultados han provocado una gran controversia, varios estudios posteriores han confirmado que la idea consciente de la voluntad en una acción está precedida por la actividad cerebral subliminal, la cual probablemente indica que el cerebro se está preparando para iniciar la acción.

Un ejemplo cotidiano de esta ilusión temporal se ve en los deportes de alta velocidad como el béisbol y el tenis. Aunque la percepción de los bateadores es que deciden batear hasta que ven la pelota cerca de la base, el movimiento en realidad comienza poco después de que la pelota sale de la mano del lanzador. Lo mismo sucede con los jugadores de tenis que devuelven un pase que viene hacia ellos a 225 kilómetros por hora. El inicio de la acción precede a la percepción de la consciencia total de ver que la pelota se acerca.

No es probable que haya una diferencia fundamental entre la manera en que el cerebro inicia el pensamiento y la acción. El proceso de pensar lo aprendemos gradualmente; adquirimos el conocimiento del lenguaje, la lógica, la palabra externa y las normas y expectativas culturales al igual que aprendemos acciones físicas como hablar, caminar o tocar el piano. Si conceptualizamos el pensamiento como una capacidad motora mental sujeta a la misma reorganización temporal que los deportes de alta velocidad, es difícil evitar la conclusión de que la experiencia del libre albedrío (la voluntad) y la reflexión racional y consciente son ilusiones generadas biológicamente.

¿Entonces qué hacemos con el concepto de la racionalidad? Sería una pena deshacerse de un término que es útil para describir la claridad de un razonamiento. Todos entienden que “ser racional” implica intentar deshacerse de las inclinaciones y la subjetividad innata para tomar la mejor decisión posible. Pero ¿qué pasa si la palabra racional nos lleva a conclusiones científicamente erróneas?

Decimos que la decisión de frenar cuando vemos a un niño que corre en la carretera es racional, aunque entendemos que es un reflejo. Sin embargo, pocos de nosotros diríamos que un vehículo autónomo que realiza la misma maniobra actúa de manera racional. Es bastante obvio que la diferencia de cómo asignamos la racionalidad no depende de las decisiones que se toman, sino de cómo deseamos vernos con relación al resto del reino animal, e incluso respecto de las plantas y las máquinas inteligentes.

Es difícil imaginar qué le sucedería al pensamiento moderno si abandonáramos la noción de la racionalidad. El método científico podría llenar el vacío parcialmente. Con la física cuántica, los científicos han sido capaces de validar las teorías contradictorias. Sin embargo, los métodos empíricos no pueden ayudarnos con los conceptos abstractos, inmensurables, lingüísticamente ambiguos, como los del propósito y el sentido. Por ello no es sorprendente que científicos prominentes como Stephen Hawking hayan declarado con alegría: “La filosofía está muerta”.

Yendo más allá, el desafío más grande para la filosofía será seguir siendo relevante mientras concede que, como el resto del reino animal, somos organismos que toman decisiones en vez de agentes racionales, y que nuestras conclusiones más lógicas acerca de los valores éticos y morales no pueden verificarse científicamente, ni tendrán la garantía de pasar la prueba del tiempo (la historia de la ciencia debería servir como moraleja para cualquiera que esté tentado a creer en la verdad absoluta de las ideas no verificables).

Aun así, odiaría descartar obviedades como “conócete” o “no vale la pena vivir una vida sin reflexión”. La razón nos brinda nuevas maneras de ver, al igual que escuchar una canción en detalle puede revelar melodías y ritmos que antes no habíamos oído, o al igual que observar un hormiguero puede darnos una inesperada apreciación de la armonía de la naturaleza. Estas formas de análisis distintas no dependen de la lógica ni de la verificación; son modos de percepción.