Vuelta al Mundo

Corea del Norte: el más racional de los Estados irracionales

2016-09-13

Los Estados son irracionales cuando no buscan sus intereses. En la forma "dura" de la...

Max Fisher, The New York Times

¿Corea del Norte es irracional? ¿O solo finge serlo?

Corea del Norte ha dado razones suficientes para que el mundo se haga esas preguntas: amenazas de guerra, ataques ocasionales a Corea del Sur, líderes excéntricos y propaganda desconcertante.

Sin embargo, los politólogos han estudiado este asunto en repetidas ocasiones y cada vez surge la misma respuesta: el comportamiento de Corea del Norte, lejos de ser una locura, es muy racional.

La conclusión de esas investigaciones es que, aparentemente, su beligerancia es calculada para mantener un gobierno aislado y débil que de otra manera sucumbiría ante las fuerzas de la historia. Sus provocaciones presentan un peligro tremendo, pero frenan lo que Pyongyang percibe como amenazas aún mayores de invasión o colapso.

En un artículo académico de 1994 que aún se cita, el politólogo Denny Roy mencionó que la reputación del país de “Estado desquiciado” que exhibe una “violencia insensata” ha sido “una ventaja para Corea del Norte” porque había mantenido a raya a enemigos más poderosos. Pero esa imagen, concluyó, era “principalmente resultado de confusiones y propaganda”.

De alguna manera, esto es más peligroso que la irracionalidad. Aunque el país no quiere entrar en guerra, su apuesta es cultivar el riesgo permanente de una y prepararse para prevenir una derrota, potencialmente con armas nucleares, si es que dicha guerra estallara. Es un peligro más sutil, pero más grave.

Por qué los académicos creen que Corea del Norte es racional

Cuando los politólogos hablan de un Estado racional, no se refieren a que sus líderes siempre tomen las mejores decisiones o que estos sean modelos de salud mental, sino que el Estado se comporta de acuerdo a lo que percibe como sus propios intereses; la supervivencia es el primero.

Si un Estado es racional, no siempre tendrá éxito actuando en su beneficio, pero sí lo intentará. Eso provoca que el mundo le dé forma a los incentivos de un Estado y que este tome la dirección deseada.

Los Estados son irracionales cuando no buscan sus intereses. En la forma “dura” de la irracionalidad, los líderes se trastornan tanto que son incapaces de juzgar cuáles son sus propios intereses. En la versión “suave”, los factores domésticos –como el celo ideológico o las luchas por el poder interno– tergiversan los incentivos y esto provoca que los Estados se comporten de maneras contraproducentes, pero, al menos, predecibles.

Las acciones de Corea del Norte, aunque sean aberrantes, parecen favorables dentro de su interés racional, según un estudio que realizó en 2003 David C. Kang, un politólogo que ahora trabaja en la Universidad del Sur de California. Kang encontró que, tanto a nivel local como internacional, los líderes norcoreanos son astutos para determinar sus intereses y actuar de acuerdo a estos.

“No es posible afirmar que sean líderes irracionales, incapaces de hacer cálculos mediante los cuales el fin justifique los medios”, escribió Kang.

Victor Cha, un profesor de la Universidad de Georgetown que fue director de asuntos asiáticos del Consejo de Seguridad Nacional de George W. Bush, ha dicho en repetidas ocasiones que el liderazgo de Corea del Norte es racional. Después de todo, la crueldad salvaje y los cálculos fríos no son mutuamente excluyentes y suelen ir de la mano.

Es poco común que haya Estados irracionales por la sencilla razón de que estos no pueden sobrevivir durante mucho tiempo. El sistema internacional es demasiado competitivo y el impulso de supervivencia, demasiado poderoso. Aunque realmente no hay otro Estado en el planeta como el norcoreano, los comportamientos que lo hacen parecer irracional son tal vez los más racionales.

La irracionalidad racional de Corea del Norte

El comportamiento en apariencia trastornado de Corea del Norte empieza con el intento del país por resolver dos problemas que asumió con el fin de la Guerra Fría y que no ha podido superar.

Uno fue militar. La península de Corea, todavía en estado formal de guerra en aquel entonces, había pasado de ser un punto muerto entre soviéticos y estadounidenses a estar inclinada a favor del bando del sur. El norte quedó expuesto y solo lo protegió China, más preocupada por mejorar sus lazos con Occidente.

El otro problema fue político. Las dos Coreas decían representar a todos los coreanos y durante décadas habían disfrutado de niveles de desarrollo similares. Para la década de 1990, el sur era exponencialmente más libre y próspero. El gobierno de Pyongyang tenía muy pocos motivos para existir.

Los líderes norcoreanos resolvieron los dos problemas con algo que llamaron la política Songun, o “primero el ejército”. Pusieron al país en constante pie de guerra: justificaron la pobreza del Estado argumentando que era necesaria para mantener su gran ejército y la opresión porque se debía erradicar a los traidores internos, y se legitimaron con el nacionalismo que suele llegar en tiempos de guerra.

Por supuesto no hubo ninguna guerra. Los poderes extranjeros creían que el gobierno, como otras marionetas soviéticas, caería por su propio peso.

Así que Corea del Norte creó la apariencia de estar en constante estado de guerra inminente. Esta militarización mantiene estable el liderazgo interno de Corea del Norte y también mantiene a raya a sus enemigos.

Puede ser que Corea del Norte esté más débil, pero está dispuesta a tolerar muchos más riesgos. Al mantener a la península al borde del conflicto, Pyongyang hace que Corea del Sur y Estados Unidos sean los responsables de retroceder.

A la distancia, las acciones de Corea del Norte parecen una locura. La propaganda nacional describe una realidad que no existe y parece estar empeñada en provocar una guerra que realmente perderían.

Pero desde dentro de Corea del Norte, estas acciones tienen mucho sentido y, con el tiempo, la reputación que tiene el gobierno de ser irracional también se ha convertido en una ventaja.

Los académicos atribuyen este comportamiento a la “teoría del loco”, una estrategia que acuñó el no menos desequilibrado Richard M. Nixon, en la cual los líderes cultivan una imagen beligerante e impredecible para obligar a sus adversarios a actuar de manera más cautelosa.

¿Es más peligrosa Corea del Norte al ser racional?

La racionalidad de Corea del Norte es lo que la hace tan peligrosa. Al pensar que solo puede sobrevivir teniendo a la península coreana al borde de la guerra, crea el riesgo de que precisamente se inicie una, tal vez por accidente o por un mal cálculo.

Corea del Norte está consciente de este riesgo, pero al parecer cree que no tiene otra opción. Por esta razón, y tal vez por la invasión de Irak que lideró Estados Unidos y la intervención de la OTAN en Libia contra el coronel Muamar Gadafi, Corea del Norte temería seriamente una invasión estadounidense. Y esto es racional: los Estados débiles que enfrentan enemigos poderosos deben firmar la paz, lo cual no puede hacer Corea del Norte sin sacrificar su legitimidad política, o hallar la manera de sobrevivir a cualquier conflicto.

Algunos analistas creen que el programa nuclear de Corea del Norte está diseñado para detener una invasión estadounidense, primero atacando sus bases militares cercanas y los puertos surcoreanos, y después amenazando con lanzar misiles a Estados Unidos. Aunque Corea del Norte aún no tiene esta capacidad, los analistas piensan que la tendrá en la siguiente década.

Este es el culmen de la racionalidad norcoreana, en lo que se conoce como la “teoría de la desesperación”.

Según ella, cuando los Estados enfrentan dos opciones terribles, escogerán la que les afecte menos, incluso si esta, bajo condiciones normales, fuera demasiado costosa para siquiera considerarla.

En el caso de Corea del Norte, esto quiere decir crear las condiciones para una guerra que es muy probable que pierdan.

Los líderes norcoreanos toleran ese peligro porque, según sus cálculos, no tienen otra opción. El resto de nosotros comparte ese riesgo infinitamente pequeño, pero no nulo, nos guste o no.



JMRS