Editorial

Un campaña muy desagradable condensada en 90 minutos

2016-09-27

En el ejercicio hubo una cierta asimetría. La verdad incómoda es que uno de los...

Comité Editorial, The New York Times

“Debate” es un palabra cuestionable para referirse a un ejercicio en el que los candidatos sueltan sus discursos en pedazos en respuesta a preguntas de un moderador bajo los focos mientras un reloj cuenta los segundos y cada ocurrencia o sorpresa se utiliza para anotar tantos en un marcador y proclame un ganador.

Pero cuando una candidata es seria y el otro abusa de contenidos vacíos, el término pierde todo su contenido.

La confrontación del primer debate entre candidatos presidenciales entre Donald Trump y Hillary Clinton fue un espectáculo, seguro: en parte un gran reality show, una audiencia del nivel del Super Bowl. “El debate del siglo”, según Drudge report; “Estados Unidos al borde”, según The Huffington Post. Pero por una vez, todo esto puede haber sido cierto, dado lo apretado de las encuestas y la cercanía de la elección.

En el ejercicio hubo una cierta asimetría. La verdad incómoda es que uno de los participantes no tenía ninguna verdad que ofrecer. Verlos a ambos en el mismo escenario condensó exactamente lo que ha pasado a lo largo de la campaña.

Ante el atril, interrumpiéndose y gritando, jugando al acordeón invisible con las manos abiertas, no dejando hablar, lanzando palabras e ideas mezcladas, el empleo, el terrorismo, el libre comercio y China, y todo es terrible, Trump dijo mucho. Pero a medida que el debate avanzaba, tuvo que esforzarse por estar a la altura de una oponente mucho más preparada que cualquiera de los republicanos a los que tuvo que enfrentarse en los debates de las primarias.

Noventa minutos fueron suficientes para que Trump mostrase lo que tenía que ofrecer, que no es mucho. Aunque por algún milagro hubiera querido hacerlo bien, si hubiera desarrollado de un momento a otro una serie coherente de principios y planteamientos políticos, una agenda concreta contra las propuestas de Hillary Clinton o un mínimo nivel de decencia, no habría sido mucho.

El moderador, Lester Holt, de NBC News, anunció los tiempos predeterminados asignados a los siguientes temas: “Conseguir la prosperidad”, “La dirección de Estados Unidos” y “Hacer que Estados Unidos sea más seguro”; y después se retiró al silencio a medida que Trump pasaba al ataque contra Clinton y la culpaba del Estado Islámico, de la falta de empleos y de la globalización, mostrando el país como un infierno para los afroamericanos, un país tomado por inmigrantes ilegales y pandillas armadas que asustan a los policías que deben perseguirlos. “Todo son citas”, dijo en un momento, tratando de desacreditar a Clinton pero poniendo de manifiesto el vacío de su propio discurso.

Dependiendo del cristal con el que se mire a Trump, el candidato republicano estuvo a la altura de lo que se esperaba, se superó o fracasó. No se esperaba mucho de él. Ha mentido de manera compulsiva desde que entró en la carrera por la presidencia y el día antes del primer debate volvieron a atraparlo, repitiendo mentiras como que Clinton fue quien inventó las mentiras sobre el lugar de nacimiento de Barack Obama. Pero nada, aunque se hubiera quitado los pantalones en el escenario del debate, no habría perdido el apoyo de gran parte del electorado.

Clinton también estuvo a la altura de lo que se esperaba, se superó o fracasó. De ella se esperaban cosas distintas. Solo necesitaba mostrar una mezcla de levedad y sustancia, solo tenía que ser severa pero no estridente, divertida pero no impertinente, inteligente pero sin pedantería, y capaz de permanecer firme ante los abusos de Trump. Lo logró. Dejando los ataques de lado y transmitiendo una imagen de seguridad desde una posición más elevada y firme que la de su contrincante.

Una serie de candidatos más competentes y con capacidad de convocatoria en las elecciones primarias podría haber evitado esto. Un Partido Republicano más responsable, preocupado por el interés nacional y que no hubiera estado tan obsesionado con atacar al presidente Obama podría haber impedido llegar a esta situación. En otro momento político, ambos partidos, no solo los demócratas, habrían nominado a candidatos calificados y capaces de responder a las preocupaciones de los estadounidenses sobre el terrorismo y la guerra, el clima y la economía, la inmigración y las cuestiones raciales, la educación y la seguridad pública.

Pero no será este año. Los republicanos han optado por lo peor de lo peor. Y eso es lo que dio un tono extraño al debate, una dimensión potencialmente trágica. Es absurdo que la carrera presidencial, que el futuro del país, esté contaminado por estas carambolas y se base en un ritual de 90 minutos convertido en un cúmulo de falsedades.



TRO