Valores Morales

Los desafíos éticos del futuro

2016-10-11

La secularización del contexto moderno ha dejado una expresión religiosa de tipo...

Gloria María Tomás y Garrido

Reduccionismos de la actualidad

No hace falta ser un lúcido observador de la realidad para detectar que la herencia cultural que nos ha donado el siglo XX a Occidente es horizontalista y reductiva. Son muy diversas las causas por lo que esto ha ocurrido. Analicemos algunas de ellas.

Desde la Ontología, hay dos dimensiones de la persona que siendo contrapuestas, siempre se dan unidas y siempre la constituyen. Me refiero a su máxima capacidad de potencia, y a su enorme posibilidad de indigencia.

Muchas de las corrientes intelectuales del siglo XX no enfocan de modo idóneo a la persona por prescindir de una o de ambas paradojas, o bien, por hacer hincapié solamente en un aspecto. Así, el respingo de la modernidad no se detiene en la indigencia humana y en la necesidad de ampararla; el hombre queda falsamente exaltado en su prepotencia. El nihilismo mancha de superficialidad el mundo de los afectos más íntimos y quizás frágiles, por desproteger la vulnerabilidad al dejar de lado la parte fuerte del ser. El pragmatismo se aboca a un consumismo que hace al hombre esclavo de las cosas y dominador de las personas; confunde lo que se es con lo que se ve. Dirá el filósofo Carlos Cardona que el pensar llevar a calcular. El calcular nos reduce a lo material, y así a su cantidad. El hedonismo impera en casi todas las capas sociales dejando un regusto, por no decir, una lacra cínica y relativista.

El agnosticismo religioso se abre a la búsqueda de formas esotéricas de espiritualidad en las que la sustitución del paradigma de la verdad por el de la autenticidad ha hecho que, en la práctica, la vida intelectual quede relegada a un resto de personas y de personalidades que son observadas de reojo por la gran masa sometida a los criterios de lo socialmente aceptables y políticamente correctos. La estolidez intrínseca de la opinión pública y de sus nada ilustrados mandarines, se yergue en maestros de la sabiduría.

Como se ha repetido hasta la saciedad es una época llena de desconciertos y paradojas. Rica en medios, pobre en fines. Muchas personas, aunque no carezcan de las cosas materiales necesarias, se sienten – están- más solas, abandonadas a su suerte, sin lazos de apoyo afectivo. Predomina en el ambiente la agresividad y la violencia.

Necesariamente estos trazos, no son todos, pero sí suficientemente significativos para aceptar que la situación actual esté marcada por graves incertidumbres en el campo cultural, antropológico, ético y espiritual.

El Cardenal Poupard, refiriéndose a la sociedad latinoamericana, concreta el diagnóstico en cuatro fenómenos que emergen con cierta frecuencia: El fenómeno de las sectas, los crecientes agnosticismo e indiferentismo religioso, la resistencia y desconfianza de las instituciones, el agudo desequilibrio social. De ellos deduce cuatro visiones de la cultura. Cultura de la emoción, cultura de la tolerancia, cultura del lucro, cultura de la no creencia. A mi parecer, en este mundo global, este diagnóstico es válido para, al menos, el mundo occidental.

Describimos, brevemente, dichas manifestaciones culturales.

1.- Cultura de la emoción

Esta voz, viene empleada de modo preferencial por el sector juvenil de la sociedad; es el nuevo nombre de la “evidencia”. Cuanto más intensa es la emoción, tanto más fuerte es la certeza de la “verdad” experimentada. Culturalmente las manifestaciones afectivas han tenido un notable crecimiento en la exterioridad pública: generar emociones que muestren con cierta velocidad y sin dilación, el estado interno de la persona. Se ve en muchos campos polarizada a dos estados casi antagónicos: la depresión y el placer.

Los efectos de esta fragmentación de rasgar la vida con placer o depresión, son la absurdidad de la existencia y la tristeza profunda de la vida; es injusto e inhumano el cansancio y desilusión de un placer que tarda más en ser conseguido que en ser disfrutado. La emoción se conecta con la ética en tanto que “conocer el modo menos doloroso y más veloz de gozar un instante, se vuelve una máxima sapiencial de nuestra era”.

Lo fugaz, lo contingente, la veleidad, deviene en principio absoluto de veracidad y bondad. Al colocar la emoción como criterio de veracidad, las caricias reemplazan a la fidelidad, con tal lógica que se puede afirmar que el hombre y la mujer contemporáneos se perciben a sí mismos como realizados, cuando la intensidad de las emociones gratificantes rebasa en su duración, el impacto de las sensaciones de insatisfacción, frustración o fracaso. La eternidad, considerada como trascendencia de toda veleidad, no requiere ni siquiera ser negada, ya que no entra en el campo conceptual del lenguaje contemporáneo, no es sino un sinónimo de aburrimiento perfecto.

2.- Cultura del lucro

Otro término en boga del actual cuadro cultural, es el de ganancia o lucro. Este concepto es referido la mayor parte de las veces al campo económico, La política, la sanidad pública, la seguridad nacional, la educación, la cultura... se valoran por la eficiencia y la eficacia económica.

Es una realidad que las formas culturales tradicionales o populares ahora son vendidas como folklore, a fin de poder continuar la vertiginosa carrera del mercado mundial. La cultura no viene ya vivida como expresión natural de los grupos humanos, sino como un elemento de producción económica. Se desnaturalizan las relaciones interpersonales que la generaron, pues no se puede dejar en un segundo lugar el origen genuino de la cultura: que es expresión del ser del hombre.

Dedicarse a vender la identidad cultural es vender el ser mismo del hombre, su memoria, su arraigo, implican tanto su dignidad metafísica de persona como su indisoluble condición histórica.

La gratuidad, la contemplación de lo simple, la simple cotidianidad libremente asumidas y buscadas, aparecen entonces como el paradigma antagónico, como la “mediocridad feroz”.

Marca claramente el Cardenal Poupard cómo parece que hemos olvidado que, el liberalismo agnóstico y el comunismo ateo, son hijos del mismo principio de autonomía y soberanía económica que el materialismo devorador ha generado. Uno mediante la posesión idolátrica de la individualidad, otro mediante la adoración de la colectividad. Es pernicioso confundir el movimiento inherente del ser humano de progreso integral, que requiere del desarrollo económico, con la mentalidad del modelo reinante neoliberal que subordina la persona al factor económico.

En el primer caso, en el progreso integral de la persona, la economía permite el desarrollo de la dignidad humana “no se tiene estrictamente para sobrevivir, sino para vivir”. En el segundo caso se condiciona la dignidad humana a la economía, “se sobrevive para tener, no para vivir”.

La avidez de lucro, genera situaciones de verdadera explotación humana, una atmósfera de rencor, de desconfianza, de odio, de indiferencia social, de impunidad, de venganza y de resentimiento. La cultura del lucro paradójicamente es la cultura de la destrucción, una anticultura de la muerte.

3.- Cultura de la tolerancia

Se connota la tolerancia como un modelo cultural, como la manifestación adecuada de una sociedad adulta, cosmopolita y globalizada.

Sin embargo, lo que realmente describe la tolerancia actual, no es el respeto dialogante o la veneración profunda por la dignidad personal del otro, tampoco es la escucha, la valoración, el intercambio mutuo, la asimilación y contrapropuesta de un diálogo, sino más bien la indiferencia desenfadada del otro. El desprecio pasivo de cualquier verdad que trascienda el campo de lo subjetivo, en una palabra: la desilusión viviente del sueño de la objetividad.

Lo que conlleva y busca ideológicamente la tolerancia posmodernista es la disolución de una forma comunional de relaciones, produciendo individuos que forman una masa amorfa sin certezas y por lo tanto sin proyecto cultural trascendente e histórico.

Somos observadores de una tragedia suicida, el hombre contemporáneo busca la compañía, pero se ve imposibilitado de salir al encuentro del otro, no capacitado para ver en la alteridad con el otro el signo de una complementariedad, que permanece en el campo de lo “soportable”, de lo “tolerable” si refleja las expectativas ideales, previstas y proyectadas de la subjetividad de mi yo.

Esta noción de tolerancia otorga, además, un papel amenazador y aniquilante de la autoridad. Habrá que buscar los medios para recuperar la tolerancia en su genuino sentido: el diálogo verdadero, que respeta y ama la identidad de cada cual.

4.- Cultura de la indiferencia religiosa

Delante del fenómeno de la secularización que predecía el olvido del ámbito religioso en la sociedad moderna, se ha comprobado, que lejos de desaparecer, el horizonte religioso ha crecido con nuevo vigor, aunque si bien con una orientación diversa.

La secularización del contexto moderno ha dejado una expresión religiosa de tipo subjetivista; despreciando cualquier clase de institucionalización de la esfera religiosa que pretenda proponer la verdad absoluta de su credo.

Estamos delante de un nuevo humanismo, un humanismo auto idolátrico, Narcisista, “Yoísta”, del concreto individuo, no del género humano, como lo fueron el renacimiento, el racionalismo, el idealismo alemán o el marxismo, ni siquiera del tipo reflexivo existencialista, sino de la absoluta subjetividad hermética de cada individuo. Cualquier pretensión de norma viene vista como atentado a la autonomía moral del individuo.

El resurgimiento religioso parece orientarse en dos direcciones precisas y diversas del desarrollo previo:

1) La negación de la objetividad de la realidad trascendente, que por lo tanto no puede ser administrada u ofrecida por ninguna clase de institución religiosa; implicando así el desprecio por la dimensión histórica y reveladora de la fe.

2) El rechazo o indiferencia a lo que signifique alteridad, la divinidad no puede ser “Personal”, ello implicaría diversidad, Autoridad y Obediencia. La vivencia colectiva sólo tiene valor en cuanto los otros sienten lo mismo que yo.

Solamente cuando la fe es puesta como respuesta histórica al mensaje de Jesucristo, viene vista como objetivamente distinta a los valores de los no creyentes, pero precisamente por ser histórica, pero no viene valorada como opción de superioridad antropológica.

Así cualquier expresión radical de la fe es vista como sectaria. Hacer presente la fe en lo cotidiano se vuelve rareza. Del mismo modo la afirmación sin ambages de identidad católica es criticada como fundamentalismo, del mismo modo que la pertenencia a una experiencia comunitaria eclesial se denuncia como integrismo o gueto.

En definitiva, se ha abandonado la verdad del hombre, se ha oscurecido la pérdida del sentido trascendente de la persona humana, el olvido de su dignidad. Predomina un tipo de esclavitud en parte sibilina y en parte abierta y grotesca que hace al hombre esclavo con respecto a sus propias obras y proyectos.

Desafíos éticos

Ninguna de esas manifestaciones culturales es estrictamente perversa, excepto la última, tan alienante, de la que en una ocasión distinta, comentó Cardona "¿Quién soy? ¿De donde vengo? ¿a dónde voy? La triple inmemorial pregunta sigue en pie, turbadora, mientras el viejo catecismo yace en el desván y los filósofos se entretienen haciendo crucigramas. Porque ese Absoluto que necesitamos como última respuesta de todas las cosas se ha convertido en el verdadero abismo de la razón humana, produciendo un vértigo intolerable". El desafío ético es sin despreciarlas, complementar cada una de esas manifestaciones. La emoción con el raciocinio; la tolerancia con el auténtico compromiso con la verdad; el lucro con la austeridad, la indiferencia religiosa con la formación y la apertura a un horizonte más profundo y más alto.

Todo esto no es posible sin recomenzar una vez más desde la raíz que, en definitiva supone “volver a la persona, en sí misma y en su carácter relacional”, tal como se cantaba en una canción ya un tanto añeja “¡y volver, volver, volver... a tus brazos, otra vez!”.

Hay que reavivar la profunda nostalgia de Dios, quizás es ésta y no la admiración y el asombro, como defendiera Aristóteles, la verdadera razón de la filosofía y del ser. La nostalgia de infinito, inscrita en el corazón humano, convierte a éste en sede de la vida y sede de la ética.

Por tanto el desafío al que se apunta en este ensayo, ese volver a la persona, es defender una base de filosofía cristiana que es realmente, la metafísica natural del hombre en proceso de curación. Nada más y nada menos que eso. Hay que introducir en nuestra sociedad, al menos la conciencia de la dependencia de un Ser superior que, cuando se tiene el don de la fe, resulta particularmente atractiva y exigente, pues lo es de un Dios Padre.

Con esta perspectiva, se ilumina el carácter misterioso, sagrado, de la vida humana, para incidir en sus posibilidades de la búsqueda, el hallazgo y la realización de la felicidad. No es utópico, es llegar a las raíces. «Todo estudio es un estudio de la eternidad» (Van Helmont).

Algún siquiatra (Dr. Rojas) ha señalado que la felicidad es un puzzle al que siempre le falta una pieza. Del mismo modo se ha descrito la vida humana como una Sinfonía inacabada, que nos puede recordar a la obra de Schumamm. Está inacabada, pero es sinfonía.

¿Cómo lograr incidir en cada persona para que se capte según es y está llamada a ser? Siguiendo al filósofo Leonardo Polo, se trataría de incidir en el trípode del crecimiento humano, que la constituye: las leyes, los bienes y las virtudes y valores. Pues es propio de la Ética la labor de forjar hombres capaces de cumplir las normas justas; de mostrar bienes a los que la persona pueda aspirar y luchar por poseerlos; de trabajar los valores y virtudes, en tanto que ecos del bien en el alma, para que el hombre sea capaz de ejercitarlos.

Y así, es un hombre feliz. Si puede lograr los bienes sin temor a perderlos, lo cual exige que siga el camino correcto, la norma; y que el bien elegido no sea perecedero. E impregnando estas decisiones, que se dé la garantía –virtud, valor-, de no apartarse del bien en su posesión.

Las virtudes y valores se ejercitan muy particularmente en el ámbito familiar y profesional, en donde también se muestran los bienes a los que se puede aspirar. Las normas, surgen en el entramado social, en tanto que la libertad respeta las legítimas diversidades. Pues citando nuevamente a Cardona, la verdadera razón y finalidad de la convivencia humana es dar al hombre la posibilidad de difundir en otros su propio bien y de ser ayudado por los demás. No es tan fácil, hace falta construir desde el humus del silencio, donde aflora la deuda contraída con la historia y la responsabilidad con el porvenir.

Por ello, como afirma J. Marías, el conocimiento de la Historia y el uso de la imaginación son los medios seguros y fecundos de vivir en cada época; si se desatiende a cualquiera de esos factores, los resultados pueden ser lamentables. Son dos elementos absolutamente necesarios: la visión veraz del pasado y la consideración de las diversas posibilidades, siempre abiertas, del futuro. Memoria e imaginación son los dos factores que permiten una instalación en el flujo, siempre problemático, de la Historia. Esto responde a la condición misma de la vida humana, que viene de un pretérito que se ha ido acumulando y de un porvenir que presenta varios caminos posibles, entre los cuales la libertad tiene que elegir.

De este modo, el progreso está asegurado; las nuevas potencialidades de la ciencia, han de crecer acordes con las exigencias fundamentales de la Ética, por lo que hay que interpretar y defender los valores radicados en la naturaleza misma del ser humano. El Santo Padre afirma que la ley moral natural pertenece al gran patrimonio de la sabiduría humana, que la Revelación, con su luz, ha contribuido a purificar y desarrollar posteriormente. La ley natural, accesible de por sí a toda criatura racional, indica las normas primeras y esenciales que regulan la vida moral.

No se puede dejar de lado que la vulnerabilidad y la eternidad son condición de misterio del hombre. Aproximarnos a estos puntos de anclaje implicará entonces reconocer y acoger el rostro del otro, la historia, los gozos y las esperanzas, las penas y los sufrimientos del quien está cara a cara implicado, según la expresión de Lévinas.

El reto de reconstituir a la persona, de volverla a descubrir básicamente en lo que es y siempre es, prepara la construcción de una ciudad digna del hombre, porque el verdadero sentido de la vida del hombre no queda encerrado en el horizonte mundano, sino que se abre a la eternidad.

Por lo tanto, tal como en diversas ocasiones ha señalado este gran líder de humanidad y para la Humanidad, que es Juan Pablo II, se trata de defender a la persona, de defender la estructura ética de la libertad, de compartir mejor los valores de cada uno, transformando la diversidad en riqueza, pero apostando decididamente por la conciencia de la unidad.

Es claro, tal como afirma el Papa, que la tensión escatológica del cristianismo nos hace conscientes del carácter relativo de la historia, pero no exime de ningún modo del deber de construirla. Este desafío, esta obligatoriedad tiene como urdimbre protectora la capacidad humana para recordar el pasado con gratitud, vivir el presente con pasión, con intensidad, y prever y afrontar el futuro con confianza.

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Bibliografía

-Tertio milennio ineunte (Juan Pablo II)

-Aforismos, Carlos Cardona, Rialp, 1999

-Mundo y Persona, Romano Guardini, ed. Encuentro, 2000

-Tratado de lo mejor, Julián Marías, Alianza Editorial, 1995

-Ideas éticas para una vida feliz, J.Monforte, Eunsa, 1997


(*) Profesora de Bioética de la UCAM



JMRS
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