Del Dicho al Hecho

Trump no es Reagan, pero...

2017-06-12

¿Estamos hablando de Donald Trump? Bueno, sí. Pero también de Ronald Reagan....

Por: Malcolm Byrne / Newsweek


Todo parece muy familiar. Un famoso convertido en candidato presidencial republicano se gana a la clase trabajadora de raza blanca con la promesa de restaurar la grandeza estadounidense, solo para verse inmiscuido en un escándalo relacionado con acuerdos poco claros con un régimen hostil. Conforme la prensa investiga más a fondo, la Casa Blanca se muestra nerviosa y el Departamento de Justicia nombra a un consejero independiente para investigar al presidente, así como a miembros de confianza de su Consejo de Seguridad Nacional y a antiguos miembros de su campaña.

¿Estamos hablando de Donald Trump? Bueno, sí. Pero también de Ronald Reagan. Hace tres décadas, el expresidente estadounidense, apodado el Gipper, se vio envuelto en una importante investigación, conocida actualmente como el escándalo Irán-Contras. El elemento que impulsó el escándalo: una extraña confabulación en la que Estados Unidos vendió armas a Teherán, capital de un estado patrocinador del terrorismo, de acuerdo con Washington, y usó las ganancias para financiar de manera encubierta (e ilegal) a los Contra, el grupo rebelde de Nicaragua.

Desde que surgieron afirmaciones según las cuales la campaña de Trump se coludió con la inteligencia rusa durante la elección presidencial de 2016, muchas personas han encontrado paralelismos con el caso Watergate, el escándalo político más famoso en la historia moderna de Estados Unidos. Y dichos paralelismos son claros. En ambos casos hubo intentos de robar información del Comité Nacional Demócrata, seguidos por supuestos encubrimientos y esfuerzos para obstaculizar la investigación. Sin embargo, muchas personas presentan el espectro de Watergate el día de hoy no solo para valorar la sórdida naturaleza de las supuestas fechorías de Trump, sino también como un pronóstico: Nixon renunció bajo la amenaza de ir a juicio político, y Trump, según parece implicar la analogía, también podría ser retirado del cargo.

Sin embargo, aun si los investigadores (o la prensa) descubren pruebas de que hubo algún delito, la caída del presidente está lejos de ser inevitable, y el escándalo Irán-Contra debería servir como un relato aleccionador para aquellas personas que esperan que Trump sea echado del cargo. La investigación criminal tomó más de seis años y duró más que una investigación realizada por el Congreso y que una revisión individual efectuada por una comisión presidencial. Cuando terminó, los investigadores habían presentado acusaciones penales contra 14 funcionarios estadounidenses (que condujeron a 11 condenas o declaraciones de culpabilidad) y descubrieron enormes cantidades de pruebas que mostraban que Reagan había autorizado ilegalmente varios acuerdos para intercambiar armas por rehenes y ordenado a su personal que mantuviera a los Contra unidos “en cuerpo y alma”, a pesar de que el Congreso había prohibido hacerlo. La investigación nunca demostró que el presidente supiera que se habían desviado fondos de las ventas de armas a Irán para financiar a los rebeldes. Pero sí encontró una gran cantidad de faltas de ética cometidas por funcionarios gubernamentales de alto nivel, entre las que se encontraba un encubrimiento de gran magnitud.

Y, sin embargo, la mayoría de esos asesores de alto nivel escaparon sin recibir una sanción formal, generalmente debido a restricciones aplicadas a información clasificada o debido a que el estatuto de limitaciones había prescrito en el momento en que los fiscales pudieron descubrir las pruebas. Varios funcionarios de nivel medio que fueron condenados en la Corte lograron que sus casos fueran revertidos gracias a tecnicismos. Reagan y George H. W. Bush, su vicepresidente, que conocía mucho más del asunto de lo que admitió inicialmente, sufrieron caídas temporales en las encuestas. Pero Bush fue elegido presidente apenas dos años después del escándalo, y Reagan siguió adelante para convertirse en una luminaria conservadora y reverenciada por ayudar a echar abajo a lo que denominaba el Imperio del Mal: la Unión Soviética.

La primera lección que podríamos aprender del escándalo Irán-Contra es que el gobierno de Trump podría estar en una posición más fuerte de lo que podría parecer. Los presidentes (de ambos partidos) pueden controlar el flujo de información, aun cuando enfrenten investigaciones formales. En algunas ocasiones, esto funciona mejor que en otras. En el caso de Trump, es difícil decir qué ocurrirá a este respecto. El personal de Reagan era muy leal; ningún miembro del personal de alto nivel rompió filas de la forma en que lo hizo John Dean, consejero de la Casa Blanca, en el caso Watergate. El gobierno de Trump es ya una coladera llena de filtraciones. La fidelidad, fuera del círculo más íntimo del presidente, parece ser cada vez menor; James Comey, el director despedido del FBI, habrá de presentarse como testigo en Capitol Hill el 8 de junio. ¿Qué ocurrirá ahora que los citatorios han comenzado a volar?

UN AURA NARANJA: 

Trump, al igual que Reagan, parece tener un escudo de teflón para desviar las críticas, pero Reagan tenía una gran ventaja sobre el presidente actual al enfrentar un escándalo: la gente lo quería en un nivel personal. FOTO: OLIVIER DOULIERY/ABACA/SIPA/AP

Una segunda lección es que el consejero especial Robert Mueller necesitará más que citatorios. En general, los investigadores del Congreso evitaron utilizar tácticas directas en el escándalo Irán-Contra, y lo lamentaron. Aun con el poder de los citatorios, y a pesar de las promesas de cooperación completa por parte de Reagan, el consejero independiente Lawrence Walsh, que era el equivalente de Mueller en ese entonces, fue obligado a enfrentar frustrantes retrasos por parte de la Casa Blanca y varios organismos federales, notablemente la CIA. incluso el Departamento de Justicia puso obstáculos repetidamente en el camino de Walsh, y en una forma aún más atroz, funcionarios del gabinete como el secretario de Defensa Caspar Weinberger (que mintió bajo juramento), el jefe del Estado Mayor de la Casa Blanca, Donald Regan, e incluso el vicepresidente Bush, ocultaron notas personales crucialmente relevantes durante años.

Conforme los investigadores avanzan en el escándalo Trump-Rusia, lo que quizá resulta más importante es la manera en que ellos (y la prensa) lo definen. La formulación clásica de Watergate, cortesía del senador Howard Baker, fue “¿qué es lo que sabía el presidente, y cuando lo supo?”. En el caso Irán-Contra, el objetivo era averiguar si Reagan conocía, o había aprobado, el desvío de los recursos obtenidos por la venta de armas hacia los Contra. El procurador general Edwin Meese estableció estos parámetros desde el inicio del escándalo. Sin embargo, antes de que Meese lo hiciera públicamente, ya había hablado con todos los miembros del gobierno que pudieran, o estuvieran dispuestos, a abandonar al Gipper (Meese testificó después de que, unos días antes de que estallara el escándalo, se desempeñaba como “asesor legal” del presidente”, no en su función oficial como el principal funcionario de aplicación de la ley). Una vez que supo que el presidente estaba seguro a ese respecto, su formulación se convirtió en una forma cómoda de enfocar los reflectores lejos de otras áreas legal y políticamente sensibles. Los periodistas e investigadores mordieron el anzuelo, y Reagan logró salir ileso.

Para evitar un resultado similar en la situación actual, los investigadores deben recordar que esta será una larga lucha, especialmente si la presión pública aumenta y el Congreso, controlado por el Partido Republicano, se ve obligado a crear un comité selecto. En ese caso, Mueller podría esperar que surjan varias complicaciones. Las investigaciones del Congreso son muy distintas de las averiguaciones penales. En cualquier procedimiento importante deberán participar testigos públicos, algunos de los cuales podrían recibir la inmunidad. Esa acción le costó a Walsh sus condenas más prominentes después de que una corte de apelaciones estableció que los juicios a Oliver North y al exconsejero de Seguridad Nacional John Poindexter tenían irregularidades debido a que el Congreso les había concedido la inmunidad antes de escuchar su testimonio. Si los legisladores se sienten inclinados a hacer lo mismo por Michael Flynn o por miembros antiguos (o actuales) del equipo de Trump, Mueller necesitará identificar a sus testigos y tomar declaraciones lo antes posible, antes de que actúen como testigos en público.

Cuanto más se alargue la investigación sobre Trump, tantas más probabilidades existen de que la atención se agote y el público se desconecte. Una ironía de todos los encabezados recientes es que hacen que una situación extraordinaria parezca normal. También le dan un buen argumento a un gobierno perspicaz. Reagan, Bush y sus manejadores solían descartar las acusaciones como “noticias viejas” y rehusaban abordar el tema principal. Trump utiliza una estrategia similar, al etiquetar las noticias como “falsas” y, a la prensa, como “el enemigo del pueblo”.

Mueller debe anticipar una lucha brutal, y es posible que su brillante reputación no le ayude. Walsh fue un republicano de toda la vida que se había desempeñado como subprocurador general durante el régimen de Eisenhower. Cuando fue nombrado consejero independiente, a finales de 1986, sus elogios eran muy semejantes a los que ha recibido Mueller. Pero conforme Walsh presionaba y la investigación amenazaba con afectar al vicepresidente, los partidarios del presidente pusieron en marcha un virulento ataque contra él. Walsh no se sintió intimidado, pero la presión pública afectó la investigación del Congreso. “El ejército de Ollie”, compuesto por partidarios entusiastas, hizo que los miembros del Comité temieran un posible contragolpe político y contribuyó a persuadirlos de suavizar su enfoque.

¿Trump será capaz de hacer lo mismo? Un asesor de la Casa Blanca se maravilló recientemente de que el presidente tenga una “capa de protección que parece casi sobrenatural”. Pero Reagan, el presidente de teflón, tenía algo aún más fuerte: la gente lo quería. Su poderosa personalidad, que resultaba atractiva para la mayoría de los votantes, hizo que muchos líderes demócratas hicieran una pausa en un momento en el que pocos parecían desear otro Watergate. Sin embargo, Trump es ampliamente despreciado por sus opositores, y en este clima político tan polarizado, muchos de ellos parecen sentirse animados ante la posibilidad de su caída.

Los posibles motivos de Trump para aliarse con Rusia también lo ponen en desventaja. Reagan fue censurado universalmente por su pésimo juicio y ejecución en el escándalo Irán-Contra. Pero pocas personas dudaban de que sus objetivos fueran patrióticos, anticomunistas y humanitarios. La suposición general de los críticos del presidente en la saga de hoy: independientemente de lo que el equipo de Trump tratara de lograr, todo se relacionaba en gran medida con la política, ya fuera ganar la elección o preparar el escenario para suavizar la política estadounidense.

Lo que Trump tiene de su lado es al Congreso. Los demócratas asumieron el control de ambas cámaras justo cuando el escándalo Irán-Contra llegaba a los titulares. Eso permitió que la oposición iniciara una investigación pública y televisada, la cual puso en vergüenza a la Casa Blanca. Actualmente, el partido de Trump está a cargo de Capitol Hill. Mucho dependerá de si los republicanos pueden mantener ambas cámaras el año entrante, y de si Trump puede mantener unida su base. El logro de ambos objetivos ayudará a evitar las audiencias públicas o el juicio político.

De cualquier forma, lo mejor que puede esperar el pueblo estadounidense es encontrar la verdad. Tras el escándalo Irán-Contra, los comités de investigación del Congreso y el equipo de Walsh escribieron sus hallazgos, y ambos informes siguen siendo algunos de los recuentos más importantes del caso. Tristemente, también subrayaron la que quizás es la principal herencia del caso Irán-Contra: lo fácil que es para nuestros líderes abusar del poder y salirse con la suya. 



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