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La ley del talión aplicada a la economía

2018-06-08

En ocasiones se logró volver a un mercado relativamente libre, pero a lo largo de varios...

MARCOS SUÁREZ SIPMANN | Política Exterior

Las guerras comerciales son tan antiguas como el propio comercio internacional. Aranceles y cuotas de importaciones son la munición en estas contiendas. Los impuestos a las importaciones, el arma principal. En cuanto a las cuotas o límites, puede llegarse incluso a la prohibición total de la importación de un producto. Otro método es disfrazar las represalias con regulaciones proteccionistas: los sectores afectados pueden ir de bienes hasta servicios pasando por la propiedad intelectual. Por otro lado, las formas en que actúan los implicados dependen del alcance de las acciones que generaron el conflicto. Las naciones afectadas suelen adoptar regulaciones similares en represalia. Esto a su vez provoca nuevas medidas unilaterales del primer país. Hay una especie de acción-reacción-acción-reacción, una serie de fases que llevan a una escalada de tensión. “Yo te voy a hacer lo que tú me hiciste a mí; y si tú sigues, yo haré lo posible por hacerte más”. Las guerras comerciales pueden describirse como la ley del talión que dicta el “ojo por ojo, diente por diente” aplicada a la economía.

La historia nos enseña que no suele haber ganadores. Por lo general, todos pierden. A lo largo de la historia, las guerras comerciales siempre han terminado en resultados desastrosos y un aumento del proteccionismo. Veamos tres ejemplos.

La Liga Hanseática vs Inglaterra

Un primer ejemplo puede verse en el conflicto anglo-hanseático. La Liga Hanseática, motor económico del norte de la Europa medieval, fue el equivalente moderno de un mayorista, vendiendo sus productos a comerciantes de la zona que se ocupaban de la distribución. Dominó el mar del Norte y el comercio en el Báltico. Comenzó siendo una asociación entre mercaderes germanos y acabó reuniendo a los de muchas ciudades europeas. La Liga poseía casas de representación en todos los puertos comerciales europeos e, incluso, contaba con barrios propios en ellas: los kontors, especialmente en Londres, Brujas y Novgorod, donde contaba con importantes privilegios.

Su poder le permitió practicar bloqueos comerciales. El objetivo: obtener mayores derechos o, al menos, la ratificación de los ya existentes. Si no surtían el efecto esperado, la respuesta de la Hansa era la expulsión de la ciudad en discordia. El resultado fue la supremacía hanseática en el Báltico, en detrimento de la presencia en sus mercados de productos procedentes de los mercados ingleses o flamencos.

La Hansa comerciaba con pieles, pescado, hierro, cobre, miel y otros productos diversos, traídos de los bosques nórdicos. Productos transportados hasta Brujas y Londres, donde más se vendían y donde los mercaderes de la Liga compraban paños flamencos y sal.

En concreto, el conflicto anglo-hanseático vino dado por el hecho de que en Londres los gremios locales presionaban al rey para que anulara los privilegios de la Liga. La negativa de los alemanes a ofrecerles contrapartidas en sus mercados exacerbó la situación. Ambas partes buscaban el interés de sus propios mercaderes y productores a expensas de la otra. El resultado fueron una serie de restricciones comerciales indeseadas para unos y otros.

La guerra Anglo-Hanseática se dirimió entre Inglaterra y la Hansa liderada por las ciudades de Danzig (Gdansk) y Lübeck desde 1469 a 1474. Entre las causas, la creciente presión inglesa contra el comercio hanseático en el sur del Báltico. Eduardo IV de Inglaterra acabó confirmando los privilegios de la Liga en el Tratado de Utrecht de 1474 gracias al apoyo financiero de los alemanes en la Guerra de las Dos Rosas al partido yorkista que respaldaba al rey.

En ocasiones se logró volver a un mercado relativamente libre, pero a lo largo de varios siglos no fue posible una cooperación duradera.

Francia vs Italia

Otro ejemplo lo constituyen Francia e Italia, protagonistas de una guerra comercial a finales del siglo XIX. En 1886, una Italia recién unificada elevó sus aranceles hasta un 60%. La intención era tanto estimular la industrialización propia como proteger el mercado local contra la competencia francesa.

Francia, sin establecer diálogo y mediante el Tarif Méline de 1892, procedió a tomar medidas similares a las adoptadas por el ejecutivo italiano. Las exportaciones italianas colapsaron. Incluso cuando Italia, presionada por los impactos negativos, terminó revocando las tarifas, Francia, mucho más rica y fuerte, siguió castigando la joven nación durante años mediante altos aranceles.

Se percibe aquí que si en una disputa comercial existe por añadidura una gran disparidad entre los contendientes, es el débil quien sale más perjudicado.

La semilla del mal: la ley Hawley-Smooth

El caso más catastrófico ya en el siglo XX fue cuando en 1930, con la ley Hawley-Smooth, el Congreso de Estados Unidos subió los aranceles a la importación de casi 20,000 productos. El impacto fue devastador. Se desató una guerra comercial que en dos años había reducido a la mitad el comercio mundial. Entre 1929 y 1934, la economía mundial disminuyó en dos tercios. En Alemania, la crisis acabó llevando al poder a Hitler.

Las naciones que resistieron al totalitarismo y las que no habían sucumbido a la tentación autoritaria sentían la presión de la calle y los sindicatos. En junio de 1933, la Conferencia Internacional Económica y Monetaria reunió en Londres a representantes de 66 países con la tarea de coordinar la política económica para salvar al mundo de la Gran Depresión. Americanos, británicos y franceses llevaron el peso de la conferencia. En Francia, la situación era desesperada, con una caída de su producto interior superior al 15%. El desplome de sus ingresos fiscales y el paro amenazaban la estabilidad de la III República. En EU, Roosevelt, apenas 100 días en el poder, había lanzado 15 medidas de choque como avanzadilla de su New Deal. Una de ellas, la más espectacular, había sido la suspensión del patrón oro, el 18 de abril, y la consiguiente devaluación del dólar.

En mayo, John Maynard Keynes había publicado un incisivo opúsculo, The means to prosperity, señalando que la recuperación pasaba por la concertación económica. La necesidad de la cooperación internacional para salir de la depresión era compartida por la mayoría de los delegados. Sin embargo, el espíritu internacionalista murió. Roosevelt antepuso la recuperación de la producción americana y la reducción del paro a cualquier otra consideración. Gran Bretaña planteaba el asunto de las deudas de guerra y aprovechaba para impedir devaluaciones competitivas de dólar. Para Francia, conservar el patrón oro era esencial, tras el sufrimiento para conseguirlo en los años veinte.

Las agendas del resto de los países también repercutieron en las negociaciones. Los soviéticos veían la Gran Depresión como un paso más del capitalismo hacia su autodestrucción. Hitler tenia como objetivo la militarización y el gobierno nazi emprendió el camino de la autarquía. A la Italia de Mussolini le preocupaba la expansión en África y defendía la supresión de las deudas interaliadas.

Prevalecieron los intereses nacionales. El fracaso costó al mundo más años de depresión. Y una nueva guerra mundial.

¿La penúltima guerra comercial?

El 1 de junio entró en vigor el aumento de los aranceles a las importaciones a EU de acero en un 25% y de un 10% en el aluminio de México, Canadá y la Unión Europea. Según Donald Trump, la disposición obedece a “razones de seguridad nacional”. Necesaria ya que la industria metalúrgica estadounidense había sufrido por las “injustas” políticas de importación.

Lo menos que se puede afirmar de los EU de Trump es que han actuado con precipitación y falta de inteligencia. La Casa Blanca ni debe ni puede resolver disputas comerciales, acuerdos de propiedad intelectual, inversión extranjera y otros con acciones unilaterales irresponsables. Para ello está el marco que, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Washington ha liderado: un régimen comercial multilateral basado en reglas que buscan impedir que se repita la situación de los años 30. Comenzaron a firmarse acuerdos de libre comercio en ese contexto y se estableció la Organización Mundial del Comercio (OMC) para garantizar los acuerdos y resolver disputas. La OMC, lejos de ser perfecta, es la tribuna multilateral creada para estas reclamaciones.

Los iniciadores de estas guerras suelen negarse a ver que las consecuencias son normalmente negativas. Podemos distinguir tres tipos. El resultado más directo es el incremento de los precios. Si una empresa tiene que pagar aranceles más elevados para la importación de un producto, tiene dos posibilidades. O asumir el costo –improbable– o subirlo para que lo pague el comprador. Lo mismo sucede con los exportadores. Son los consumidores quienes tendrán que pagar más por el mismo producto.

La otra consecuencia de estas disputas es que conducen a la interrupción del comercio global y de las cadenas globales de productividad y suministro. Pero lo peor es que la simple amenaza de una guerra comercial tiene ya su impacto negativo en el mercado de valores. Los inversoras en las bolsas lo consideran como un síntoma de inseguridad. Caen así los valores y con ellos la confianza del consumidor y de los usuarios.

Trump estima que estas guerras son “buenas y fáciles de ganar”. El mandatario considera que pueden llevar a una consolidación de las industrias nacionales y a la generación de empleo. Pretende garantizar una mayor paridad en los intercambios comerciales y reducir los déficit. Quiere que las fábricas vuelvan a casa. Sigue pensando que el futuro de EU está en su pasado. Y esa es la dirección equivocada.



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