Anecdotario

Dos hombres compiten por hacer historia: cruzar la Antártida sin apoyo

2018-11-14

Cada uno, en edificios a cuadras de distancia, se había dedicado esos días a tareas...

Por ADAM SKOLNICK y FOTOGRAFÍAS POR TAMARA MERINO, The New York Times

PUNTA ARENAS, Chile — El 31 de octubre hubo un golpe de suerte: los típicos vientos severos y la niebla polar habían cedido, por lo que el vuelo hacia la Antártida recibió el permiso para despegar.

Colin O’Brady, un atleta estadounidense de 33 años, y Louis Rudd, capitán del ejército británico de 49 años, habían estado esperando por casi una semana antes de esa fecha, en Punta Arenas, Chile, en el estrecho de Magallanes.

Cada uno, en edificios a cuadras de distancia, se había dedicado esos días a tareas similares: a pesar y empacar sus provisiones deshidrocongeladas, o liofilizadas, y a ordenar su equipo polar.

Estas provisiones incluyen sacos de dormir aptos para temperaturas de menos 40 grados Celsius, paneles solares portátiles, esquís de fondo, así como teléfonos y módems satelitales de mano y un rastreador GPS programado para guiarlos paso a paso por el continente más seco y, por mucho, el más frío de la Tierra.

Ambos hombres, que llegaron a esta misión con antecedentes muy distintos pero que forjaron un vínculo competitivo en Chile, estaban decididos a convertirse en la primera persona en atravesar la Antártida sin compañía ni apoyo.

Es una odisea de más de 1400 kilómetros sobre hielo atravesando ráfagas extremas y que posiblemente dure unos 65 días. Hace dos años, un hombre murió en el intento.

Camino no tan solitario

Durante gran parte de este año, Rudd se había preparado para una batalla solitaria contra la naturaleza. Ahora su lucha se ha convertido en una carrera.

Rudd anunció en abril que intentaría completar el trayecto. Y a mediados de octubre, a tan solo unas semanas de que él comenzara, O’Brady —quien también se había estado preparando durante meses— reveló en Instagram que planeaba hacer lo mismo.

Ambos esperan conquistar un continente que se ha convertido en el nuevo Everest para los atletas extremos. Los dos tienen enfoques muy distintos sobre cómo hacerlo.

Rudd es un aventurero más tradicional. Se enlistó en el Cuerpo de los Reales Infantes de Marina a los 16 años y sigue siendo parte de las fuerzas armadas británicas. Luchó en Kosovo, en Irak (tres periodos de servicio) y en Afganistán (cuatro periodos de servicio).

“En esta expedición me consolará pensar que nadie me está disparando”, dijo Rudd, muy en serio. “Evidentemente, la Antártida es peligrosa de manera única, pero mi punto de vista es el de alguien que se siente muy afortunado. Tengo amigos que han perdido extremidades, ojos… situaciones que cambian la vida por completo”.

Rudd se inició en la exploración polar gracias a otro soldado inglés, el teniente coronel Henry Worsley, un familiar lejano de Frank Worsley, el capitán del viaje a principios del siglo XX de uno de los trayectos de Ernest Shackleton, entre los primeros exploradores a la Antártida. En 2012, Rudd y Henry Worsley rehicieron el trayecto que recorrió en 1911 Roald Amundsen, el primero en alcanzar el Polo Sur.

O’Brady es más contemporáneo, un experimentado atleta de deportes de aventura y estrella en ciernes de las redes sociales que se ha forjado un camino mediante la perseverancia, a pesar de sufrir lesiones.

Creció en Portland, Oregon, y fue parte del equipo de natación en la Universidad de Yale. Mientras estaba de viaje en Tailandia en 2008, dos años después de graduarse de la universidad, sufrió un accidente que cambió la dirección de su vida: tuvo quemaduras tan graves en las piernas que los médicos le dijeron que no volvería a caminar con normalidad.

Dieciocho meses después, mientras vivía en Chicago y trabajaba en finanzas, decidió probar sus límites y se inscribió en un triatlón olímpico de distancia. Ganó en la división de novatos.

O’Brady renunció a su trabajo para dedicarse a competir profesionalmente en triatlones; lo hizo durante seis años y estuvo cerca de hacer las pruebas para el equipo olímpico estadounidense. Sin embargo, renunció a ese deporte en 2014 para ir tras el llamado Grand Slam de Exploradores: Polo Norte, Polo Sur y las Siete Cumbres (las más altas de cada continente).

Escaló cada una y esquió hasta el último grado de latitud en ambos polos en el plazo de tan solo 139 días en 2016, con lo cual marcó un récord mundial que aún se mantiene.

Como preparación para su trayecto en la Antártida, Rudd entrenó diariamente durante horas haciendo levantamiento de pesas; cada noche, después de trabajar todo el día en la base del Ejército británico, arrastraba la llanta gigante de un camión a lo largo de una ribera.

Mike McCastle, quien es entrenador profesional, sometió a O’Brady a un régimen similar de levantamiento de pesas en su gimnasio en Portland. O’Brady subió casi siete kilos de músculo para su misión. Con el fin de prepararse para el clima gélido, sostenía tablas enormes con las manos mientras tenía los pies sumergidos en baldes de agua helada. Después desanudaba cuerdas mientras sus dedos aún estaban rígidos y adormecidos.

A su expedición le puso el nombre de “La imposible primera vez” y planea documentarla en sus redes sociales (Rudd tiene presencia mínima en estas plataformas).

“Si no puedo hacerlo por ese medio, no se me hace tan divertido”, dijo O’Brady. “Lo que quiero es romper barreras. Soy un gran creyente en que debemos apoyarnos”. Una conferencia de TEDx que dio en Portland el año pasado ha sido vista más de 1,2 millones de veces en YouTube.

Solo nieve y hielo

Aunque en un inicio había tensión entre los dos aventureros, se pusieron de acuerdo para empezar su trayecto en la barrera de hielo Filchner-Ronne el 3 de noviembre para esquiar desde ahí hasta el glaciar Messner en la Antártida occidental y después escalar, ante un viento cruzado, desde el nivel del mar hacia las montañas Thiel, que se elevan como aletas dorsales por encima de un mar continuo de nieve y hielo.

De ahí la ruta serpentea hacia el sureste para moverse a lo largo de una línea que seguirán hasta el Polo Sur, hasta estar a unos 2830 metros de alto. Tan solo ese trayecto consta de unos 1050 kilómetros. Desde ahí, planean descender por el glaciar Leverett y terminar, casi dos meses después de haber iniciado la travesía, en la barrera de hielo de Ross.

Durante todo el camino deberán cargar con sus suministros, que portarán sobre un trineo bolsa nórdico llamado pulk. El primer día del trayecto el peso de cada pulk rondaba los 170 kilogramos.

Para que su trayecto cuente como hito histórico, no pueden obtener nada de apoyo; ni siquiera una taza de té si es que se encuentran con, por ejemplo, los investigadores de la base Amundsen-Scott.

El último en intentar la travesía sin compañía ni apoyo —algunos han usado cometas para conseguir tracción con los vientos o han organizado la entrega aérea de paquetes de alimentos en el camino— fue el explorador polar inglés consumado Ben Saunders. Usó una ruta distinta y se rindió cuando estaba a unos 1295 kilómetros de la meta, en 2017.

El año anterior, Worsley, el amigo con quien Rudd recreó el trayecto al Polo Sur de Amundsen, había intentado hacer lo mismo. Había avanzado casi 1450 kilómetros de distancia y, cuando estaba a unos 48 kilómetros de la meta, fue rescatado; murió a causa de una infección dos días después.

En su honor, Rudd reunió a un equipo de seis soldados para completar el trayecto en su nombre, en 2017, y organizaron un servicio funerario en el último lugar donde Worsley acampó.

Itinerarios para lo nunca antes hecho
Lograr algo inédito en la Antártida sale caro, tanto en dinero como en esfuerzo.

Rudd y O’Brady han recaudado cada uno más de 200,000 dólares de patrocinadores corporativos y donadores privados para intentar cumplir con su meta.

Cuando los hombres llegaron a Punta Arenas, había mucha tensión y desconfianza. Durante meses, Rudd creyó que competiría contra el clima y contra sí mismo, no contra un atleta experimentado. Pero después O’Brady hizo su anuncio sorpresa.

Los dos se conocieron en el bar del sótano del hotel preferido del explorador histórico Ernest Shackleton, en el sur de Chile, donde comenzaron a romper el hielo gracias a su deseo compartido de sufrir con el fin de experimentar una gran aventura. Para cuando llegaron al glaciar Unión, el punto desde donde parte la mayoría de los aviones chárter para exploradores antárticos, acordaron hacer la batalla lado a lado.

Casi al mediodía del 3 de noviembre, Rudd y O’Brady abordaron un avión de esquí Twin Otter que despegó del monte Rossman y se dirigió al este. Después de un vuelo de noventa minutos, aterrizaron en la barrera de hielo Filchner-Ronne.

O’Brady salió primero y tomó su equipo. “Buena suerte. Creo que ambos lo lograremos”, le dijo Rudd.

Se despidieron con un abrazo, probablemente su último contacto humano durante por lo menos dos meses. Después, mientras O’Brady montaba su trineo, el avión se alejó casi un kilómetro para llegar al punto de inicio paralelo de Rudd (eso significa que O’Brady técnicamente tuvo una ventaja de aproximadamente diez minutos al inicio, pero al final quizá sea una nimiedad debido a la enorme distancia).

El día en el que comenzó su trayecto el cielo lucía azul brillante —durante la temporada de verano austral hay luz diurna las veinticuatro horas en la Antártida— y el clima era relativamente agradable para la zona, menos 32 grados Celsius y muy poco viento.

No siempre será así. Las temperaturas promedio durante el trayecto rondarán los menos 45 grados Celsius y si hay una tormenta de nieve quizá los dos atletas deban pasar varios días resguardados en su tienda de campaña donde podrían quedarse sin alimentos (los dos llevan comida para cinco días de sobra, por si acaso).

También está el peligro de sufrir hipotermia, quemaduras por frío y una condición de urticaria polar por estar expuestos al frío. Si llegan a tener alguna herida, es más probable que se infecte porque el cuerpo tarda más en sanar.

Las ráfagas de viento han alcanzado hasta 96 kilómetros por hora en el altiplano polar, de fuerza suficiente para llevarse de golpe una tienda de campaña.

Claro que la mayor amenaza para O’Brady y Rudd quizá sea saber que hay alguien más intentando hacer lo mismo. ¿Eso los llevará a empujarse de más?

Gane quien gane, si lo logran, estos hombres estarán relacionados para siempre en el acervo histórico polar.

“La gente ha tratado de hacer esto durante cien años y nadie ha podido lograrlo aún”, comentó O’Brady. “Pero aquí estamos nosotros dos, animándonos uno al otro para conquistar una misión imposible”.
 



regina

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