Espectáculos

‘Pájaros de verano’: cuando el narco irrumpe en el mundo indígena

2019-02-14

La historia, dividida en cinco capítulos, involucra el tráfico de drogas colombiano...

Por A. O. Scott | The New York Times

En la terminología de las películas modernas, “épica” generalmente solo significa de larga duración, abarrotada de gente y ostentosa. Pájaros de verano se gana la etiqueta de una manera más honesta y rigurosa. Es la película de Cristina Gallego y Ciro Guerra después de su asombrosa y alucinante El abrazo de la serpiente que fue nominada al Oscar. Partes de la historia son narradas por un cantante invidente —una figura literalmente homérica— y la historia en sí respeta la definición de Ezra Pound de épica como “un poema que contiene una historia”. Se trata sobre cómo el mundo cambia, sobre cómo acciones individuales y la fuerza del destino obran de manera concertada para dar gloria y ruina a un héroe y su familia.

La historia, dividida en cinco capítulos, involucra el tráfico de drogas colombiano desde finales de la década de los sesenta hasta principios de los ochenta, pero la película desafía los clichés de los dramas de narcos y la atmósfera superficial del periodo. Se desarrolla entre la gente wayúu del norte de Colombia (una población indígena cuyo lenguaje y costumbres sobrevivieron a la Conquista española y el ascenso del Estado nación moderno) y también resiste las tentaciones del exotismo y el realismo mágico. Incluso cuando tal vez te traiga a la memoria otras crónicas cautivantes de fortunas obtenidas e infortunios ocurridos por la ambición y la codicia —Gigante, El padrino e incluso Breaking Bad— tu percepción del mundo probablemente será alterada para siempre. La experiencia me hizo pensar en algunas de mis películas favoritas (agregaré La tierra tiembla de Visconti a la lista), pero al mismo tiempo no se parece a nada que haya visto antes.

No solo debido al entorno cultural y geográfico, el cual puede ser tan poco familiar para muchos colombianos como lo será para la mayoría de los espectadores en Norteamérica. El paisaje donde habitan los wayúus, en una península tierra adentro en el Caribe, incluye áreas de desierto y colinas verdes y exuberantes. La mayoría son rancheros y campesinos, los wayúus comercian y manejan los conflictos potenciales a través de un sistema basado en el intercambio ritualizado y la comunicación. El honor de una familia está unido a su palabra y ciertos miembros, designados como “mensajeros de la palabra”, son tratados con una deferencia especial. “No me culpes, soy solo el mensajero” se acerca a un principio sacro.

A través de los años, esa y otras reglas igual de venerables serán rotas, un lento desenvolvimiento de las maneras antiguas que escala hasta convertirse en una masacre y caos de grandes proporciones. Todo comienza de manera bastante inocua, con el cortejo de Zaida (Natalia Reyes) —cuya ceremonia de paso a la edad adulta da inicio a la película en un torbellino de color, música y celebración— por parte de un joven llamado Raphayet (José Acosta). Él representa a una figura similar al hijo pródigo, que regresa a casa después de recorrer parte del mundo fuera de los wayúus. La madre de Zaida, Úrsula (Carmiña Martínez), la matriarca del clan, lo ve con evidentes sospechas. Raphayet ha pasado tiempo con los alijunas (el término que usan los wayúus para referirse a los colombianos que hablan español) y ella se pregunta si ha sido corrompido por su forma de vida.

Úrsula resulta tener la razón, pero también es verdad que el pretendiente de Zaida es un hombre emprendedor y un partido atractivo. Ante el apuro por adquirir el ganado y la joyería que Úrsula exige como dote por la mano de su hija, Raphayet y su socio alijuna, Moisés (Jhon Narváez), también conocido como Moncho, comienzan a traficar marihuana. La oportunidad se les presenta por accidente, un momento de serendipia y un presagio de problemas a futuro. Moncho y Raphayet, que han estado transportando costales de granos de café en un destartalado camión, conocen a algunos voluntarios del Cuerpo de Paz de Estados Unidos que buscan hierba. Ellos conocen a otro estadounidense con acceso a aviones y a una pista de aterrizaje, y Raphayet persuade a Aníbal (Juan Martínez), el primo de Úrsula y un patriarca por méritos propios, para destinar algunos de sus terrenos y fuerza laboral al nuevo cultivo comercial.

¿Qué podría salir mal? Todo, por supuesto. En las manos de Gallego y Guerra, un relato de tratos turbios, traiciones y errores de cálculo se convierte en una tragedia nacional y en un apocalipsis cultural. Conforme el dinero llega, también lo hacen las armas, y los viejos códigos de honor son corroídos por la codicia y la vanidad. Raphayet, Zaida y sus dos hijos se mudan a una gran villa de estuco que simboliza tanto su éxito y lo grotesco de su absurdo. La casa se ubica en medio de un terreno árido, que luce desolado y abandonado incluso cuando está recién construida y llena de gente.

Las opulentas y estériles habitaciones son visitadas por algunos de los pájaros aludidos en el título de la película, augurios de cambio y catástrofe. Pájaros de verano, que claramente es el resultado de una extensa y cuidadosa investigación sobre el pueblo wayúu, no se siente como un documental etnográfico. En lugar de regresar para explicar las creencias y las prácticas de sus personajes principales, te sumerge en la realidad de sus vidas, al confiar que tanto su humanidad y lo que los distingue sea evidente, cuando dejan de ser más inherentemente misteriosos —o inherentemente nobles— que las demás personas.

Esta empatía sin pretensiones —la negativa de los cineastas de marcar a sus personajes con alteridad— hacen que las pérdidas que los personajes sufren sean todavía más devastadoras. La facilidad y el carisma de los actores, tanto los que han estudiado como los no profesionales, intensifican el impacto emocional. Acosta, tan guapo y galante como Douglas Fairbanks, también transmite una tristeza y una falta de confianza que indica que es un hombre que no está seguro de sus propios poderes.

Aunque su matrimonio está al centro de la narrativa, Zaida y Raphayet no son del todo los protagonistas de sus propias vidas. La figura verdaderamente trágica aquí, la que afianza la escala épica de la película y su gravedad atemporal, es Úrsula, que Carmiña Martínez interpreta con una autoridad estremecedora. Regia en su comportamiento y firme en su compromiso de estar en lo correcto, nos recuerda a la reina de una obra de teatro de la Grecia antigua, una mujer cuyas acciones están a la vez basadas en principios éticos claros y resultan totalmente catastróficos en sus consecuencias.

Eso no significa que Úrsula sea la única responsable de la violencia que consume a casi todos a su alrededor. Existen muchos errores individuales que aceleran la destrucción. Moncho es impulsivo; Raphayet puede ser pasivo; un chico llamado Leónidas (Greider Meza) cae en la criminalidad sin propósito, desconectado de la disciplina de la tradición. Detrás de estas acciones están las fuerzas letalmente poderosas y medio invisibles de la oportunidad alijuna y el apetito yanqui. La historia que este poema contiene no es solamente la historia de los wayúus.



Jamileth