Internacional - Política

La paz definitiva del príncipe Jared Kushner

2019-03-27

Un encargo abrumador para un treintañero sin experiencia diplomática alguna y con un...

Pablo Guimón | El País

Washington.- Cuando se conocieron, Benjamin Netanyahu durmió en la cama de Jared Kushner. El político conservador israelí fue invitado a la casa de su amigo Charlie Kushner, en Nueva Jersey, y alojado en la habitación del mayor de los dos hijos varones del prominente y turbio promotor inmobiliario. Al joven Jared le tocó dormir en el sótano. El pasado lunes, cuando Netanyahu aterrizó en Washington, llegó a la Casa Blanca como primer ministro israelí, acechado por escándalos de corrupción y enfrentado a unas grises perspectivas electorales, en busca de un espaldarazo del presidente Trump que se materializó en un histórico reconocimiento de la soberanía israelí sobre los Altos del Golán. Jared Kushner, por su parte, recibió a Netanyahu en calidad de yerno y consejero de ese mismo presidente, que le ha encomendado nada menos que “hacer la paz” y alcanzar “el acuerdo definitivo” entre israelíes y palestinos.

Un encargo abrumador para un treintañero sin experiencia diplomática alguna y con un conocimiento superficial de la geopolítica en la región. Pero quizás no para Jared Kushner (Nueva Jersey, 1981), a quien la vida le ha enseñado que todo es posible.

Sus abuelos paternos, supervivientes del Holocausto, escaparon de Polonia por un túnel que ellos mismos excavaron, atravesaron a pie Europa y llegaron a Nueva York, donde triunfaron a lo grande. Su padre consolidó un imperio inmobiliario, cumplió un año de cárcel por extorsionar a su cuñado, y quiso convertirse, como le dijo en una ocasión a un socio, “en el judío más poderoso de América”. Jared, estudiante mediocre, se graduó en Harvard, se casó con una riquísima modelo, se codeó con la fauna del papel cuché y fue editor de The New York Observer sin tener la más remota idea del negocio de los periódicos. Su suegro, sin experiencia política, llegó de pronto a presidente de Estados Unidos. Y Jared Kushner e Ivanka Trump se convirtieron en Javanka, una especie de príncipes de Washington, manejando él a su antojo, desacomplejada y opacamente, una cartera de ambiciosos cometidos estratégicos en oficiosa calidad de, como pronto se le conocería en la Casa Blanca, “ministro de todo”.

La historia de los Kushner hace que Jared haya crecido aprendiendo que “las normas son para otras personas”, resume la periodista Vicky Ward en el libro Kushner, Inc., publicado la semana pasada y en el que narra estos y otros detalles de la asombrosa historia de la familia. “No esperas a que los nazis vengan a liquidarte. Construyes un puto túnel y te escapas del gueto. No esperas a que los bastardos de Harvard te dejen entrar. Llegas a Harvard por tus propios medios”, ilustra un familiar anónimo en el libro, en referencia a la millonaria donación de la empresa paterna que abrió a Jared las puertas de la prestigiosa universidad.

Ese desinterés por las normas ha marcado la actividad política de Javanka. Y llegó a convertir al joven matrimonio en una presencia incómoda en la Casa Blanca, hasta el punto de que, según Ward, el propio presidente pidió a su entonces jefe de gabinete John Kelly: “Deshazte de mis chicos, haz que vuelvan a Nueva York”.

Ward asegura que Kushner no empezó a tomarse en serio la carrera presidencial de su suegro hasta que en noviembre de 2015 asistió a un mitin de Trump en Springfield, Illinois. Allí descubrió atónito esa América que quería ser grande de nuevo, tan ajena a la elitista burbuja en la que él siempre vivió a lo grande. Pero nadie considera que Jared e Ivanka creyeran en la cruzada populista de Trump. “Veían esto como una oportunidad para tejer redes de influencia”, sostiene una fuente anónima en el libro.

Kushner, explica Ward, enseguida fue víctima de su propia mitología. Era el yerno del presidente, lo que le convertía en intocable. Sus intromisiones resultaban particularmente molestas en política exterior. Las tensiones con el entonces secretario de Estado, Rex Tillerson, no tardaron en aflorar. Primero, Kushner le ordenó que le dejara a él la renegociación del NAFTA, el acuerdo comercial con México y Canadá. Después le arrebató Oriente Medio. “Quiero Israel”, le dijo a un atónito secretario de Estado, según relata uno de sus asistentes en el libro. Tillerson comprendió que, como al presidente, a su yerno le sobraba arrogancia y le faltaba atención a los detalles.

Cultivó una estrecha amistad con el príncipe saudí Mohamed bin Salmán, que siguió intacta después de que la CIA le acusara de ordenar el descuartizamiento del periodista de The Washington Post Jamal Khashoggi. Riad parece ser un elemento clave en su plan para la paz en Oriente Medio que, según fuentes citadas por Ward en su libro, contempla intercambios de territorio entre los países árabes y que los saudíes y emiratíes proporcionen asistencia económica a los palestinos para devolverlos a la mesa negociadora. La decisión de trasladar la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén, rematada con el reconocimiento el lunes de la soberanía israelí de los Altos del Golán, mantiene por el momento a los palestinos bien lejos de la mesa.

Muchos expertos han tachado las intenciones de Kushner de poco realistas y nada neutrales. Para Robert Fisk, periodista británico que ha pasado su larga carrera cubriendo el conflicto, entraña “la destrucción final del Estado palestino” y un “absoluto desconocimiento” de sus deseos. “¿Quién ha visto alguna vez, en todas las protestas sangrientas de los palestinos, las manifestaciones y los gritos de desesperanza y masacres, un solo póster -una sola demanda- de oportunidades empresariales, nuevas autopistas, hoteles de cinco estrellas, hospitales o clínicas de maternidad?”, se preguntaba en The Independent. “Sus demandas son uniformemente idénticas: justicia, dignidad, libertad y -sí- la devolución de las tierras perdidas”.

La idea subyacente es construir sobre la base del alineamiento de Israel con las naciones árabes suníes en un frente común contra la amenaza iraní. No es algo que se le haya ocurrido a Kushner: es una corriente de fondo que viene navegando Netanyahu. Kushner es una especie de correa de transmisión. Es el muñidor de la estrechísima alianza entre su suegro y el viejo amigo de su familia. La visión de Trump sobre Israel está moldeada por Kushner, que fue educado en el tipo de sionismo, no solo político sino religioso, que encarna Netanyahu. Por eso el futuro del plan es hoy aún más incierto, dadas las dudas sobre el futuro del líder del Likud. Ya anunció Kushner que no revelaría los detalles hasta después de las elecciones en Israel.

Sucede que, durante décadas, los intentos de alcanzar un acuerdo de paz supervisados por diplomáticos estadounidenses con amplia experiencia en la región han fracasado. Y Trump, para bien o para mal, poco menos que ha roto la baraja.

El 21 de junio de 2017, cuando Jared Kushner llegó a Oriente Medio para reunirse con escaso éxito con Netanyahu y el líder palestino Mahmud Abás, un oficial palestino dijo a Haaretz que, más que un árbitro imparcial, parecía consejero del primer ministro israelí. El veterano negociador palestino Saeb Erekat le dijo a Kushner, según el libro de Ward, que sentía que estaba tratando con agentes inmobiliarios y no con oficiales de Estados Unidos. “No habéis logrado la paz con los políticos”, le respondió Kushner. “Quizá lo que necesitáis es un agente inmobiliario”.



Jamileth