Calamidades

Carrusel de odios, terrorismo fuera de control

2019-04-01

Pero la violencia terrorista no se da solo en el mundo musulmán y el cristiano, tiene lugar...

 

Francisco José Cruz y González | Revista Siempre

El 15 de marzo dos mezquitas de la ciudad de Christchurch, en Nueva Zelanda, fueron escenario de un ataque terrorista, con un saldo de 50 fallecidos y 50 personas heridas. Pocos días después, el 18 de marzo, tenía lugar en la ciudad holandesa de Utrecht, otro atentado terrorista, que también cobró vidas y produjo heridos. Entre ambas fechas se produjo un incendio en una mezquita en la localidad de Escondido, en el estado de California, y la policía habría encontrado una nota en la que se hacía referencia al atentado de Nueva Zelanda.

Estos atentados, como sabe la opinión pública informada en el mundo, son los más recientes de otros, numerosos, que tienen lugar en países cristianos y musulmanes, así como en países y comunidades que responden a valores religiosos y culturales que son diferentes al islam y al occidente cristiano. Atentados y violencia de toda índole inspirados, planeados y perpetrados por Dáech —el Estado islámico—, Al Qaida, Boko Haram o los talibanes, el terrorismo islámico; o por la ultraderecha y los supremacistas blancos, el “terrorismo occidental cristiano”.

Pero la violencia terrorista no se da solo en el mundo musulmán y el cristiano, tiene lugar también en países y espacios geográficos donde predomina el budismo. Tal es el caso, por ejemplo, del monje birmano Wirathu —el Bin Laden de Birmania— que azuza a sus correligionarios y cuya islamofobia ha producido centenares de muertos y decenas de miles de desplazados —la etnia rohingya ha sido víctima de esta violencia.

Podríamos, por supuesto, hablar de la violencia y del terrorismo que comete el Israel que traiciona los nobles ideales de la religión judía en aras de la real politik y de las ambiciones de inmorales como Netanyahu. También de violencia y terror en África, por ejemplo, la masacre, hace un par de días, en Mali. Pero sería cuento de nunca acabar.

Respecto a la violencia y al terrorismo de factura islámica, golpean con escándalo a los países que consideramos Occidente: Europa Occidental y América, pero que podrían incluir también, aunque se antoje arbitrario, a espacios geográficos de Oceanía y de Eurasia. Abundan los ejemplos de estas acciones terroristas, cometidas por criminales que actuaron bajo instrucciones de Al Qaida, Dáech, etc., o por su cuenta —lobos solitarios— con saldo de muertos y heridos: en la estación Atocha, de Madrid, en marzo de 2004; en el metro de Londres y en un autobús, en julio de 2005; en 2013 en la maratón de Boston; en 2015 en París, en la revista Charlie Hebdo y en el teatro Bataclán.

Sin embargo, no son las naciones de Occidente las que sufren el mayor número de atentados yihadistas, sino los países musulmanes o con fuerte presencia musulmana: Irak, Afganistán, Nigeria, Pakistán, Siria, Yemen, Somalia, India, Egipto y Libia, encabezan esta lista de países victimados. Lo que muestra que hay un islam pacífico, también víctima del llamado yihadismo, que adultera la religión de Mahoma; y revela que identificar al islam con la violencia es un error, o una canallada.

Además de los atentados del yihadismo, los países occidentales son escenario de los que cometen otros extremistas: los supremacistas, blancos, que asesinan a inocentes residentes en sus países, por el solo hecho de ser musulmanes —o negros—, independientemente de que hayan nacido en tales naciones e incluso sean hijos y nietos de quienes ya nacieron en ellas; es decir, de que puedan ser nacionales de tercera generación.

    Los crímenes de los supremacistas blancos son tan numerosos y horripilantes como los del yihadismo.

De estos crímenes de los supremacistas blancos, tan numerosos y horripilantes como los del yihadismo, destacó el cometido por Anders Breivik en 2011 en el centro de una ciudad y en un campamento de jóvenes, en Noruega, con un saldo de 78 muertos; el de Dylann Roof, en 2015, contra una iglesia metodista episcopal africana, en Charleston, Carolina del Sur, que segó nueve vidas; y el ya mencionado, de Brenton Tarrant, hace unos días, en Christchurch, Nueva Zelanda, con un saldo de 50 fallecidos y 50 personas heridas.

Las justificaciones argüidas por estos criminales son delirantes: Anders Breivik carga contra el islam y el feminismo que “destruye la cultura europea”, habla del “marxismo cultural, el enemigo” y exige expulsar del continente a todos los musulmanes. Dylann Roof escribió alguna vez que “los negros son estúpidos y violentos, aunque pueden ser muy habilidosos”; y al tratar de justificar el atentado, afirmó lisa y llanamente, que “alguien tenía que hacer algo, porque los negros matan a blancos todos los días” (sic).

Brenton Tarrant, quien retransmitió en directo su acción criminal, declaró haber recibido la bendición, para actuar, de los Caballeros Templarios Resucitados, un supuesto grupo que se opone a la inmigración y del que Breivik sería comandante —por cierto—, en los foros online de extrema derecha, la expresión “ir a lo Breivik” significa asumir un compromiso total con una causa. Condena —Tarrant—además a Macron, “globalista, multilateralista”, que venció a Marine Le Pen, la francesa icono de la extrema derecha; y lo acusa de “estar abriendo las puertas a la inmigración masiva en Europa”.

Los terroristas islámicos —yihadistas y los antimusulmanes supremacistas— tienen más de una característica en común: influenciables e inadaptados, con vocación de redentores, con anhelo de fama, exhibicionistas, sobre todo cuando pasan a la acción, que tienen a orgullo haber cometido asesinatos —con la misma fruición de los gánsteres cuando presumen su currículum vitae criminal.

Los supremacistas y, entre los yihadistas aquellos conocidos como lobos solitarios porque actúan por iniciativa propia, se consideran los intérpretes más fieles de las creencias que dicen profesar y de las acciones que deben emprenderse. Los supremacistas, además, llegan a escribir su “credo” y exponer sus motivaciones —como le hizo Hitler con Mi lucha. Así lo ha hecho, Breivik con un escrito de ¡1,500 páginas!, titulado 2083, una “declaración europea de independencia”, que aparentemente sigue colgado en la red; lo hizo Roof, con un breve texto, y también lo hizo Tarrant subiendo a las redes un manifiesto de 74 páginas.

Los expertos en terrorismo hacen notar que, mientras Dáech y las organizaciones y redes islamistas están bien identificadas —tengamos presente que ha caído el último bastión del Estado islámico— lo que no quiere decir, desafortunadamente, que estén controladas, el terrorismo supremacista parece escapar a todo control, está descentralizado y diseminado. Mientras que el objeto de su ira, su blanco, es tanto el musulmán —que vive en Europa y en países musulmanes “heréticos”— como el judío y los hispanos.

Existen, eso sí, teóricos del supremacismo blanco, entre ellos el escritor francés de extrema derecha Renaud Camus y el estadounidense Jared Taylor, licenciado en filosofía por la Universidad de Yale y Master of Arts en economía, por el Instituto de Estudios Políticos de París. Sin excluir a Steve Bannon, asesor estrella de la campaña presidencial de Donald Trump y consejero, efímero, del mandatario. Camus es el creador del concepto del “gran reemplazo” (grand remplacement), Jared Taylor, editor del diario American Renaissance, y Steve Bannon, exdirector de la agencia de noticias Breitbart News.

Taylor, admirador de Trump, cuya toma de posesión saludó como “un signo de la creciente conciencia blanca”, llegó a decir de los jóvenes negros que “son las personas más peligrosas de `América´ (sic)”, es decir, de Estados Unidos; y, entrevistado por nuestro compatriota Jorge Ramos, afirmó que la diversidad racial produce violencia en el mundo, dijo que su país debe ser mayoritariamente blanco, siempre. Manifestó, con ira contenida, su oposición a que los latinos tengan la representación política que les correspondería, como la principal minoría, en el legislativo.

Bannon, tempranamente destituido por Trump como consejero político de confianza, se trasladó a Europa, y rápidamente se ha convertido en consejero de los políticos europeos de extrema derecha y de no pocos de derecha. Exitoso vendedor de sí mismo, como se le califica, vive en Roma, y fundó The Movement, una suerte de internacional populista con sede en Bruselas, que se prepara a obtener una buena tajada del poder en las próximas elecciones del parlamento europeo. Se le acreditan la victoria de Trump, la de Salvini y la de Bolsonaro; también la de los extremistas españoles de Vox. Alaba a Orban y a Salvini.

Camus, construye su teoría del ”gran reemplazo” sobre la base de una “constatación”: la inmigración masiva a Europa y la mucho mayor fecundidad de los inmigrantes no europeos, en comparación con los nativos —blancos caucásicos— del continente, tendrá como consecuencia que los inmigrantes pronto sean mayoría y que impongan su cultura y religión a los europeos autóctonos. ¡Todo un complot! Pero las cifras contradicen a la “constatación”, porque los inmigrantes y descendientes de inmigrantes no europeos, apenas ascienden, en el mejor de los casos, al cinco por ciento de las poblaciones autóctonas.

Pero la teoría y no su falsedad es la que nutre mentes, temores, egoísmo, provincianismo, xenofobia y odios de las poblaciones europea y estadounidense —y sirve a los perversos intereses de políticos, léase Trump, el italiano Salvini y el húngaro Orban, por ejemplo. Es aprovechada por el mandatario estadounidense para asustar con la “amenaza de los inmigrantes del sur, mexicanos y de Centroamérica”, sobre todo para insultarnos; por el italiano para anunciar la “irrupción de masas hambrientas y no cristianas, de negros y de árabes”. Aprovechada, en fin, por el político húngaro para exacerbar temores y rechazo a migrantes no blancos y no cristianos.

Valga un paréntesis para consignar que el presidente brasileño, Jair Bolsonaro, durante su reciente visita a Washington, además de apoyar la decisión del mandatario estadounidense de construir el muro de la infamia, declaró que “la gran mayoría de los inmigrantes potenciales no tiene buenas intenciones ni quiere lo mejor para el bien del pueblo estadounidense”, por ello —añadió— “me gustaría que los Estados Unidos lleven adelante su política de inmigración…”

En síntesis, la estructura del odio está montada en Europa y en Estados Unidos, sus evangelistas —políticos, intelectuales, eclesiásticos— siguen predicándolo y los resentidos, débiles mentales y vanidosos practicándolo a través del asesinato y el terror. Ojalá que en México los políticos y quienes tengan influencia en la sociedad se abstengan de provocar la polarización que conduce al odio.



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