Vuelta al Mundo

Cien días bajo el dominio de los perversos

2019-04-11

Tanto la oposición como la prensa y la sociedad civil organizada, incluso gran parte de la...

Por ELIANE BRUM, El País

Los 100 días del gobierno de Bolsonaro han convertido a Brasil en el principal laboratorio de un experimento cuyas consecuencias pueden ser incluso más devastadoras de lo que los más críticos preveían. No hay precedentes históricos para la operación de poder de Jair Bolsonaro, del Partido Social Liberal (PSL). Al inventarse la antipresidencia, Bolsonaro también ha fraguado un gobierno que simula su propia oposición. Al hacer su propia oposición, neutraliza la oposición de hecho. Al lanzar declaraciones polémicas al público, el Gobierno también domina los temas que se van a debatir, bloqueando cualquier posibilidad de debate real. El bolsonarismo desempeña todos los papeles, incluso el de oposición y crítica, destruyendo la política e impidiendo la democracia. Al dictar el ritmo y el contenido de los días, ha convertido a un país entero en rehén.

La violencia de los agentes de las fuerzas de seguridad del Estado durante los 100 primeros días del año, como la ejecución de 11 sospechosos en Guararema, en el estado de São Paulo, por parte de la policía militar, y los 80 disparos contra el coche de una familia por parte del Ejército en Río de Janeiro, puede indicar el aumento de lo que ya era evidente en Brasil: la licencia para matar. Los más frágiles entre los frágiles, los ataques a sintechos pueden demostrar una sociedad enferma por el odio: en solo tres meses y 10 días, por lo menos ocho mendigos han sido quemados vivos en Brasil. Bolsonaro no apretó el gatillo y prendió el fuego, pero es legítimo afirmar que un gobierno que estimula la guerra entre brasileños, elogia a los policías que matan a sospechosos y promueve el armamento de la población tiene responsabilidad sobre la violencia.

Este artículo está dividido en tres partes: perversión, barbarie y resistencia.

1) La perversión

Tanto la oposición como la prensa y la sociedad civil organizada, incluso gran parte de la población, están viviendo al ritmo de los espasmos calculados que el bolsonarismo provoca en el día a día. Es por esta razón que me refiero a “perversión” en el título de este artículo. Estamos bajo el yugo de perversos, que corrompen el poder que han recibido por el voto para impedir el ejercicio de la democracia.

Como tienen la máquina del Estado en las manos, pueden controlar los asuntos. No solo los del país, sino también los de las conversaciones cotidianas de los brasileños, durante el almuerzo o junto a la máquina del café, o incluso en la mesa del bar. ¿Con qué saldrá Bolsonaro hoy? ¿Qué dirán los Bolsojuniors en las redes sociales? ¿Cuál será el nuevo delirio del bolsocanciller? ¿A quién destrozará ahora el bolsogurú? ¿Cuál será la bolsopolémica del día? Esta ha sido la agenda del país.

Pero esa es solo parte de la operación. Para orquestarla, Bolsonaro ha tenido como mentor a su ídolo Donald Trump. Sin embargo, el bolsonarismo va mucho más lejos. También simula la oposición. Así, la sociedad compra la falsa premisa de que hay una disputa. Sin embargo, la disputa no es real. La disputa se neutraliza. Cuando llamo “antipresidente” a Bolsonaro, no me estoy haciendo la graciosa. Ser antipresidente es un concepto.

¿Quién es el principal opositor a la reforma del sistema de pensiones del ultraliberal Paulo Guedes, ministro de Economía? No son los partidos de izquierda, ni los sindicatos ni las asociaciones de jubilados. El principal crítico de la reforma del “superministro” es quien lo nombró superministro precisamente para hacer la reforma de las pensiones. El principal crítico es Bolsonaro, el antipresidente.

Como cuando dice que, “en el fondo, no me gustaría hacer la reforma del sistema de pensiones”. O cuando dice que la propuesta de utilizar un sistema de ahorro privado “no es esencial” en este momento. O cuando afirmó que podría disminuir la edad mínima de jubilación de las mujeres. Bolsonaro es el mayor boicoteador de la reforma de su propio gobierno.

Mientras es, a la vez, Gobierno y oposición, no sabemos cuál es la reforma que la oposición real propone en lugar de la que se ha llevado al Congreso. No hay crítica real ni un proyecto alternativo con resonancia en el debate público. Y, si no lo hay, es que no hay oposición de hecho. ¿Quién oye hablar de la oposición? ¿Alguien conoce las ideas de la oposición, en el caso de que existan? ¿Cuáles son los debates del país que no sean los que impone el propio Bolsonaro y su corte en dosis diarias calculadas?

Utilizando el mismo mecanismo, el bolsonarismo controla las oposiciones internas del Gobierno. Los ejemplos son constantes y numerosos. Pero el más impresionante es el de la reciente ofensiva contra la memoria de la dictadura militar. Bolsonaro ordenó a su portavoz, justamente un general, que dijera que había ordenado que el golpe de 1964, que completó 55 años el pasado 31 de marzo, recibiera las “conmemoraciones debidas” por parte de las Fuerzas Armadas. Era una orden de Bolsonaro, pero quien lo decía era un general en activo, lo que potencia la imagen que a Bolsonaro le interesa infiltrar en la cabeza de los brasileños.

Aparentemente, Bolsonaro estaba, otra vez, enalteciendo a los militares y prosiguiendo con su compromiso de falsear la historia, borrando los crímenes del régimen de excepción. En la práctica, sin embargo, Bolsonaro también dio un golpe al ala militar de su propio gobierno. Como es notorio y escribí aquí en enero, los militares están asumiendo —y esforzándose para asumir— la posición de adultos en la sala o de controladores del caos creado por Bolsonaro y su corte barullera. Están asumiendo la imagen de equilibrio en un gobierno de desequilibrados.

Este papel está muy calculado. Sin embargo, la desenvoltura del vicepresidente, el general Hamilton Mourão, molesta a la bolsomonarquía. ¿Qué puede ser más efectivo que, en un momento en que incluso las personas de izquierda se han dejado seducir por el “equilibrio” y el “carisma” de Mourão, recordar al país que la dictadura de los generales secuestró, torturó y asesinó a civiles?

Bolsonaro ha promovido la memoria de los crímenes de la dictadura dándole la vuelta: negándolos y elogiándolos. Pocas veces la violencia del régimen autoritario se ha recordado y descrito tanto como el 31 de marzo de este año. Fue Bolsonaro quien menos dejó olvidar a los más de 400 opositores muertos, los 8,000 indígenas asesinados y las decenas de miles de civiles torturados. Para mantener a los generales a raya, Bolsonaro los lanzó a la hoguera de la opinión pública fingiendo que los defendía.

A la vez, recordó a los generales que son él y su corte aparentemente trastocada quienes hacen el trabajo sucio de enaltecer a torturadores e impedir que avancen luchas como la de conseguir que se revise la ley de amnistía, que hasta hoy ha impedido que se juzgue a los agentes del Estado por los crímenes que cometieron durante la dictadura. Como bramó el gurú del bolsonarismo, el escritor Olavo de Carvalho, en uno de sus ataques recientes contra el general reservista Carlos Alberto dos Santos Cruz, ministro jefe de la Secretaría de Gobierno de la presidencia: “Sin mí, Santos Cruz, te estarían escupiendo en la puerta del Club Militar y agacharías la cabeza como muchos de tus colegas”.

La dictadura dejó marcas tan profundas en la sociedad brasileña que incluso los que fueron perseguidos por el régimen se refieren a los generales con un respeto temeroso. Ningún “izquierdista” se ha atrevido a decir públicamente lo que dijo Olavo de Carvalho, que llamó “panda de cagados” a los generales. De nuevo, el ataque, la réplica y la contrarréplica sucedieron dentro del propio Gobierno, mientras la sociedad se movilizaba para impedir las “conmemoraciones debidas”.

La exaltación del golpe militar de 1964 también ha servido como globo sonda para probar la capacidad de las instituciones de hacer valer la ley. De nuevo, Bolsonaro pudo constatar que las instituciones brasileñas son muy débiles. Y algunos de sus personajes, particularmente en el poder judicial, tremendamente cobardes. Si no hubiera sido por la Defensoría Pública de la Unión (organismo público que garantiza la asistencia jurídica gratuita), que emprendió medidas legales para impedir la celebración de los crímenes contra la humanidad, no se habría hecho nada excepto “recomendar” al gobierno que no conmemorara el secuestro, la tortura y el asesinato de brasileños. Patético.

Otro ejemplo es la destitución del ministro de Educación, Ricardo Vélez Rodríguez, para poner en su lugar a otro que puede ser todavía peor. Bolsonaro hizo la zancadilla al ministro que él mismo nombró y destituyó por Twitter. Al hacerlo, actuó como si lo hubiera nombrado otra persona, y no él. Dijo que era “simpático, amable y competente”, pero que no tenía capacidad de “gestión” ni “experiencia”. ¿Pero quién fue el gestor que nombró a alguien sin capacidad de gestión ni experiencia para un ministerio estratégico para el país? ¿Y cómo se puede clasificar a un gestor que hace esto? De nuevo, Bolsonaro actúa como si estuviera fuera y dentro a la vez, como si fuera Gobierno y oposición del Gobierno simultáneamente.

Hasta las minorías que han promovido algunos de los mejores ejemplos de activismo de los últimos años han pasado a observar la disputa del Gobierno contra el Gobierno como espectadores pasivos. Parece que los que han luchado por la ampliación de los instrumentos de la democracia se engañan al pensar que gritar en las redes sociales, también dominadas por el bolsonarismo, es algún tipo de acción. La participación democrática nunca ha sido tan nula.

La estrategia exitosa, en este caso, es la falsa disputa entre la “nueva política” y la “vieja política”. La pelotera entre Jair Bolsonaro y el presidente de la Cámara de los Diputados, Rodrigo Maia, significa que la política, cualquier política, está a la altura del betún. Si la oposición al Gobierno es Maia, un diputado de un partido fisiológico de la derecha, ¿cuál es la oposición? Bolsonaro y Maia se encuentran en el mismo campo ideológico. No hay ninguna disputa de fondo estructural entre los dos, ya sea sobre las pensiones o sobre cualquier otro asunto de interés del país.

El mecanismo también se reproduce en la prensa. Aparentemente, una parte de los medios de comunicación critica el gobierno Bolsonaro. Y, en determinados aspectos, son comprobadamente críticos. ¿Pero cuál de los gobiernos Bolsonaro? Si Bolsonaro se muestra como el irresponsable que es, el contrapunto de la responsabilidad, especialmente en la economía, serían otros núcleos de su propio gobierno, según presenta parte de la prensa. Cuando el insensato Bolsonaro estorba a Guedes, el proyecto neoliberal adquiere un barniz de sensatez que, de otro modo, jamás tendría.

Ante el populismo de extrema derecha de Bolsonaro y sus compañeros de otros países, el neoliberalismo se presenta como la mejor salida para la crisis que él mismo ha creado. Pero Bolsonaro y sus semejantes son los productos más recientes del neoliberalismo, y no algo fuera de él. ¿Dónde está la oposición de hecho, entonces? ¿Cuál es el espacio para otro proyecto de Brasil? ¿Dónde están las alternativas reales? ¿Cuáles son los ideales? ¿Dónde se están discutiendo con resonancia, ya que si no la tienen no sirven de nada?

La prensa refleja y alimenta, a la vez, la parálisis de la sociedad. Los cien días han mostrado que el gobierno Bolsonaro es todavía peor que el fenómeno Bolsonaro. Bolsonaro no se convertirá en presidente, “no seguirá la liturgia del cargo”, como esperan algunos. No porque sea incapaz, sino porque no quiere. Bolsonaro sabe que solo se mantiene en el poder como antipresidente, como enfaticé en el artículo anterior. Bolsonaro solo puede mantener el poder manteniendo activa la guerra.

Un reciente sondeo del Instituto Datafolha muestra que es el presidente peor evaluado a principios de gobierno desde la redemocratización del país. Pero Bolsonaro apuesta que basta mantener la popularidad entre sus milicias y actúa para ellas. Bolsonaro está dentro, pero, a la vez, está fuera, gobernando con su corte y sus súbditos. Gobernando contra el Gobierno. Esa es la única estrategia disponible para que Bolsonaro siga siendo Bolsonaro.

La oposición, al igual que la mayoría de la población, está condenada a la reacción, lo cual bloquea cualquier posibilidad de acción. Si alguien siempre lanza la pelota en tu dirección, siempre tendrás que devolverla. Y mientras la agarras y te liberas de ella, te lanzan otra. Así, siempre tendrás las manos ocupadas, intentando que no te den. Todo tu tiempo y energía se centran en devolver las pelotas que te lanzan. De este modo, no puedes tomar ninguna decisión ni hacer cualquier otro movimiento. Tampoco consigues planear tu vida ni construir un proyecto. Es una comparación burda, pero fácil de entender. Así es cómo el gobierno Bolsonaro utiliza el poder para controlar el contenido de los días e impedir la disputa política legítima de ideas y proyectos.

2) La barbarie

Incluso la parte más organizada de las minorías que Bolsonaro tanto atacó durante las elecciones parece estar en trance, sin saber cómo actuar ante esta operación perversa del poder. Al reaccionar, adopta el mismo discurso de los que las oprimen, lo cual amplía la victoria del bolsonarismo.

Un ejemplo. El vídeo divulgado por Bolsonaro durante el Carnaval, que mostraba una lluvia dorada, fue definido como “pornográfico” por muchos de los que se oponen a Bolsonaro. Pero este es el concepto de pornografía del grupo del antipresidente. Adoptarlo es comulgar con una visión prejuiciosa y moralista de la sexualidad. Es cuestionable que dos hombres mantengan relaciones sexuales en un espacio público y este es un punto importante. No deberían y no podrían. Pero no es cuestionable el hecho de que dos personas adultas mantengan una relación sexual consentida de la forma que quieran, incluso orinando encima del otro. Lo pornográfico es que Bolsonaro, oficialmente presidente de la República, difunda el vídeo en las redes sociales. La obscenidad es suya. La pornografía no está en la escena, sino en el hecho de difundir la escena en las redes sociales. Diferenciar una cosa de la otra es fundamental.

Otro ejemplo. Cuando la oposición intenta descalificar al diputado federal Alexandre Frota (PSL) porque era un actor porno, se está igualando con su adversario. ¿Qué problema hay en ser actor porno? Solo los moralistas del pseudoevangelismo descalifican a la gente por tener trabajos relacionados con el sexo. A Alexandre Frota debe criticársele por sus pésimas ideas y proyectos para el país, no porque se ganaba la vida haciendo sexo en películas. Criticarlo por eso es jugar en el campo del bolsonarismo y también ser intelectualmente deshonesto. Cada vez más, una parte de la izquierda se está dejando contaminar, como si fuera posible deslegitimar al adversario utilizando su mismo discurso de odio.

En la misma línea, el problema del ministro de Justicia, Sergio Moro, no es pronunciar “conge” en lugar de “cónyuge”, como hizo dos veces durante una audiencia pública en el Senado. Ridiculizar los errores de los demás en la forma de hablar es una costumbre de las peores élites, las que se mantienen porque también tienen el monopolio del lenguaje. Se espera que Moro utilice la denominada “norma culta” de forma correcta, ya que tuvo una educación formal tradicional. Pero la disputa política debe producirse en el campo de las ideas y los proyectos.

El problema de Moro es que, como juez, interfirió en el resultado de las elecciones. Y, acto seguido, haber sido nombrado ministro de quien sus acciones como funcionario ayudaron a elegir. El problema de Moro es crear un paquete anticrimen que, en la práctica, puede autorizar a los policías para que cometan crímenes. Por la propuesta del ministro de Justicia, los policías pueden invocar la “legítima defensa” al matar a un sospechoso, alegando “excusable miedo, sorpresa o violenta emoción”. En esos casos, la pena puede reducirse a la mitad o incluso anularse. El problema de Moro que interesa al país no es, definitivamente, que dice “conge” en lugar de “cónyuge”.

Entender cómo el discurso de odio se va inmiscuyendo en la mente de quien cree que se contrapone al odio es éticamente obligatorio. Si el gobierno de Bolsonaro también es oposición y crítica a su propio gobierno, eso no significa que no tenga un proyecto y que este proyecto no se esté imponiendo rápidamente al país. Sí que lo tiene y lo está imponiendo. Hoy somos un país mucho peor de lo éramos. Y hoy somos un pueblo mucho peor de lo éramos. Una parte del objetivo de los violentos y odiadores es normalizar la violencia y el odio mediante la repetición. El bolsonarismo ha conseguido realizar este proyecto con una velocidad asombrosa.

Solo en 2019 (y escribo durante la primera quincena de abril), por lo menos ocho —OCHO— sintechos han sido quemados vivos en Brasil. Y este recuento se ha hecho con base en la información que ha salido en la prensa, podrían ser más. El 1 de enero, un sintecho de 27 años fue quemado cuando dormía en Ponta Grossa, en el estado de Paraná. Alguien pasó a su lado, le echó alcohol y le quemó el 40% del cuerpo. El 21 de enero, un sintecho fue encontrado quemado y muerto en una plaza de Curitiba, capital del mismo estado. Cuatro días después, el 25 de enero, José Alves de Mello, de 56 años, también sintecho, fue agredido y quemado en un inmueble abandonado del área metropolitana de Curitiba. El 27 de febrero, una sintecho fue quemada mientras dormía bajo un viaducto, en Recife, capital del estado de Pernambuco. Sobrevivió. El 17 de marzo, José Augusto Cordeiro da Silva, de 27 años, se despertó en llamas bajo una marquesina en la ciudad de Arapiraca, en el estado de Alagoas. Murió en el hospital. El 1 de abril, un hombre que aparentaba tener 30 y pico años murió carbonizado cerca de unas escaleras mecánicas de una estación de tren en Santo André, en el área metropolitana de São Paulo. El caso se registró como “muerte sospechosa”. El 3 de abril, Roberto Pedro da Silva, de 46 años, fue incendiado mientras dormía en una obra abandonada en Três Lagoas, en el estado de Mato Grosso del Sur. Un hombre le habría echado combustible y prendido fuego. El 7 de abril, un sintecho que aparentaba tener 30 años fue agredido a pedradas e incendiado en el interior de un polideportivo en Águas Lindas de Goiás, en las cercanías del Distrito Federal.

Si fuéramos gente decente de un país decente, pararíamos para exigir el fin de la barbarie.

El 4 de abril, policías militares mataron a 11 de los 25 sospechosos de atracar bancos en el municipio de Guararema, en el área metropolitana de São Paulo. El gobernador del estado, João Doria, afirmó que los va a condecorar. Hasta hace poco, un gobernador no se atrevería a dar medallas a policías que asesinan a sospechosos. En ningún país democrático del mundo se considera que matar sospechosos sea una buena conducta policial. Al contrario. 

En Brasil, donde oficialmente no hay pena de muerte, el gobernador del estado más rico del país elogia y premia la ejecución de sospechosos por parte de agentes de la ley. En marzo, la policía de São Paulo mató a 64 personas. Mucho más que durante el mismo mes de 2018, cuando se registraron 43 homicidios cometidos por policías, lo que ya era una enormidad. Autorizada por las autoridades, la policía brasileña, conocida por ser una de las que más mata en el mundo, muestra que este año ha empezado a matar más.

Si fuéramos un país decente de gente decente, pararíamos ante la barbarie cometida por agentes de la ley con la autorización y el estímulo de las autoridades que no fueron elegidas para promover el rompimiento del Estado de Derecho.

El pasado domingo, 7 de abril, un grupo de militares realizó 80 disparos —OCHENTA— contra el coche de Evaldo dos Santos Rosa, de 51 años, un músico negro que llevaba a su familia a un baby shower en el barrio de Guadalupe, en la zona norte de Río de Janeiro. Murió fusilado. Su hijo de 7 años vio a su padre sangrando y a los soldados del Ejército de su país riéndose de la desesperación de su madre. Gracias a una ley sancionada por el expresidente Michel Temer, en 2017, los militares que ataquen a una familia civil no serán juzgados por la justicia normal, sino por la militar, que comprobadamente es corporativa y cómplice de los crímenes.

Si fuéramos un país decente de gente decente, pararíamos ante la barbarie y exigiríamos justicia.

3) La resistencia

Brasil se sorprende mucho menos de lo que solía hace poco con el día a día de excepción. Es justamente así como se instala el totalitarismo. Por las rendijas de lo que se denomina normalidad. Por las mentes en el sentido común y en las horas del día. Después, solo hace falta oficializarlo. Brasil ya vive bajo el horror de la excepción. La falsificación de la realidad, la corrupción de las palabras y la perversión de los conceptos forman parte de la violencia que se ha instalado en Brasil. Forman parte del método. Esa violencia subjetiva tiene resultados bien objetivos y multiplica, como los números ya empiezan a indicar, la violencia contra los cuerpos. No cuerpos cualesquiera, sino los cuerpos de los más frágiles.

El desafío —urgente, porque ya no queda tiempo— es rescatar lo que queda de la democracia en Brasil. Por la presión popular, las instituciones pueden fortalecerse al recordarles que no sirven a los dueños del poder ni a los intereses de sus miembros, sino a la sociedad y a la Constitución. Por la presión por otros diálogos y otras ideas y otras realidades que todavía respiran en el país, la prensa puede abrir espacio al pluralismo real. Por la presión por justicia y por el levantamiento contra la barbarie, podemos salvar nuestra propia alma enferma por los días.

Rescatar la democracia por lo que todavía queda de ella, aquí y allí, no será una tarea de los demás. Como ya he escrito antes, solo nos tenemos a nosotros mismos. Nosotros, los que nos resistimos a entregar Brasil a los perversos que hoy gobiernan, y que gobiernan controlando los espasmos diarios que imponen a los brasileños.

Me gustaría decir: “¡Despierten!” Pero no es que los brasileños estén durmiendo. Más parece una parálisis, la parálisis del rehén, que vive el horror de estar entregado al control del perverso. Ya no es desesperación, es pavor. Tenemos que encontrar caminos para romper el control, salir del yugo de los perversos, quitarles el orden del día de las manos.

¿Cómo?

Nadie va a construir esta respuesta solo. La mía es que necesitamos crear lo “común”. Lo que aquí denomino común es lo que nos mantiene amalgamados, lo que permite que, al conversar, partamos del consenso de que una silla es una silla y una naranja es una naranja y que ninguno de los dos se sienta en la naranja y se come la silla (lee aquí). Los perversos han corrompido la palabra y repiten que una silla es una naranja. Solo por eso pueden decir que Brasil está bajo la amenaza del “comunismo” o que el nazismo es de “izquierdas” o que el calentamiento global es un “complot marxista”. Estas tres afirmaciones, solo un ejemplo, no tienen ninguna relación con la realidad. Es lo mismo que decir que una naranja es una silla. Solo que menos gente tiene claro lo que fue el nazismo y lo que es el comunismo y lo que es el calentamiento global, lo que facilita que las cosas se confundan.

Ellos lo repiten y lo repiten, al igual que repiten tantas otras corrupciones de la realidad, porque corrompieron el voto que recibieron al utilizar la estructura del Estado para producir mentiras. Es así como los perversos hacen enloquecer a toda la población y la someten: diciendo que una naranja es una silla un día tras otro. Las palabras dejan de significar, el lenguaje se rompe y se corrompe y la conversación se vuelve imposible. ¿Cómo se puede hablar con alguien sobre naranjas si cree que una naranja es una silla? Esto es lo que sucede hoy en Brasil, y este ataque se produce diariamente por las redes sociales dominadas por el bolsonarismo.

Tenemos que volver a encarnar las palabras. O todos enloqueceremos. La creación de lo común empieza por el lenguaje (escribí sobre esto aquí y aquí). También tenemos que crear comunidad. No una comunidad de internautas que gritan cada uno detrás de su pantalla. Sino una comunidad real, que exige presencia, exige cuerpo, exige debate, exige negociación, exige compartir realmente. No hay nada que los regímenes de excepción teman más que personas que se juntan para hacer cosas. Es por eso que Bolsonaro critica tanto el activismo y a los activistas, y ya ha dado varios pasos para criminalizarlos.

El activista es aquel que deja la comodidad de su ombligo y de su entorno protegido para ejercer la solidaridad. Gobiernos como el de Bolsonaro actúan para que cada uno vea al otro como un enemigo, y por eso temen el activismo. Los bolsonaristas se alimentan de la guerra porque la guerra separa las personas y hace que no tengan tiempo de crear un futuro. La solidaridad es un gesto temido por los autoritarios. ¿Por qué no estás en casa sacando lustre a tu ombligo?, les gustaría preguntar. Al corromper las palabras, ese también es su objetivo. Condenar a cada uno a la prisión de su silencio (o de su eco), incapaz de alcanzar al otro por la falta de un lenguaje común.

Así, intentan eliminar la solidaridad a balazos. O exiliarla. Enviarla fuera del país que han privatizado para ellos. Bolsonaro lo dijo con todas las letras. Es lo que ha hecho con los movimientos sociales y sus líderes. También por eso es necesario que la policía tenga autorización para matar, como quiere Bolsonaro, y como obedece Sergio Moro.

La policía, cada vez más, se está convirtiendo en una milicia privada de los dueños del poder. Deja de ejercer su deber constitucional de proteger a la población para ejercer la guerra contra la población. Durante la intervención federal en Río, los policías civiles y militares mataron a 1.543 personas. En 2018, uno de cada cuatro homicidios en Río de Janeiro fue cometido por un policía, según el registro de las propias policías. Nadie duda de que la mayoría de los muertos eran negros, y pobres.

Cuando sales a la calle a protestar, lo que la policía reprime no es lo que denominan “alborotadores” o “vándalos”, sino la solidaridad. Al golpear los cuerpos, sofocarlos con bombas de gas lacrimógeno, lo que quieren es controlar los cuerpos, castigarlos porque, en lugar de quedarse encerrados en casa rascándose la barriga, han salido a la calle a luchar por el colectivo. ¿Cómo que luchas por el otro y no solo por ti? ¿Cómo te atreves a ser solidario si la regla del neoliberalismo es cuidar solo de ti y de los tuyos?

Resistir al miedo y juntarse para crear el futuro es el primer acto de resistencia. Si nos encarcelamos en casa, como el Gobierno quiere, armados, como el Gobierno quiere, disparando unos contra otros, como el Gobierno quiere, la guerra continuará ampliándose, porque solo así los perversos nos mantienen bajo control y se mantienen en el poder. Si contamos solo como uno no podemos nada. Tenemos que ser uno + uno + uno. Y entonces podremos mucho.

El arte también es un instrumento poderoso. No es por otro motivo que las milicias de internet lo han tachado de “pornográfico” y “pedófilo” en los últimos años. No es por otro motivo que el bolsonarismo invierte contra la ley Rouanet (que ofrece incentivos fiscales a quien quiera financiar proyectos culturales) y desmonta los mecanismos culturales. El arte no es floreo. Saca a las personas del lugar. Hace pensar. Cuestiona el poder. Une a los diferentes.

Necesitamos hacer arte. De nuevo, voy a recomendar El libro Pussy Riot: de la alegría subversiva a la acción directa (Roca Editorial, 2018, traducción al español de Rosa Sanz), de Nadya Tolokonnikova. El arte es un acto al alcance de todos nosotros. El mayor golpe contra el gobierno del déspota Vladimir Putin vino de un grupo de chicas que no saben ni cantar ni tocar bien, pero hacen arte tocando y cantando sobre el ridículo de los perversos.

Reír. Necesitamos reír. Reír junto con el otro, no reír de la desesperación del otro. Es el perverso a quien le gusta reír solo, es el perverso el que disfruta con el dolor del otro, como hace Bolsonaro, como reían lo soldados que realizaron 80 disparos contra el coche de la familia que iba a un baby shower. La de ellos no es una risa, es una mueca. La risa junto con el otro tiene una enorme potencia.

Vamos a reírnos juntos de los perversos que nos gobiernan. Vamos a responder a su odio con risa. Vamos a responder a su intento de controlar nuestros cuerpos ejerciendo la autonomía con nuestros cuerpos. Vamos a liberar las palabras haciendo poesía. Como he escrito tantas veces aquí: vamos a reír por descaro. Y amar libremente.

Reír impúdicamente ante sus ametralladoras de perdigones. El odio no es para nosotros, el odio es para los débiles. Vamos a enfrentarlos denunciando lo ridículos que son. Vamos a practicar la desobediencia a las reglas que no creamos. Tenemos que desobedecer a este desgobierno. Es así que se rompe el yugo de los perversos. Tomándolos en serio lo suficiente para no tomárselos en serio.

Y tenemos que empezar a imaginar el futuro. Es así que empieza el futuro, siendo imaginado. Nadie consigue vivir en un presente sin futuro. Pero es imposible controlar a quien es capaz de imaginar una vez ha empezado a imaginar. La imaginación es la mejor compañera de la risa.

Sí, nadie suelta la mano de nadie. Pero no vamos a sujetarnos las manos unos a los otros paralizados y en pánico. Vamos a reír y crear un futuro. Juntos. Acuérdense de que “la alegría es la prueba de fuego”. En los cien días que ya dura el dominio oficial de los perversos, el Carnaval fue el que más desafió el ejercicio autoritario del poder. Por la alegría, por la sátira, por la risa, por los cuerpos en las calles.

No hay ley que nos obligue a obedecer a un gobierno de perversos. Desobedezcan a los señores del odio. Los próximos cien días —y todos los que vendrán— tienen que volver a pertenecernos.



regina
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