Reportajes

El levantamiento de Guaidó fracasó y ahora ¿qué sigue para Venezuela?

2019-05-04

Guaidó ha anunciado una serie de huelgas laborales que pretenden mantener vivo el impulso de...

Michael Shifter y Bruno Binetti, The New York Times

Durante las primeras horas del 30 de abril, el líder de la oposición venezolana y presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, emprendió su tercer intento este año para sacar del poder al dictador Nicolás Maduro. Esta vez, tenía el apoyo de algunos soldados de bajo rango y del director de la agencia de inteligencia del régimen, algo que resulta significativo. A su lado estaba su mentor, Leopoldo López, quien había sido liberado de su arresto domiciliario.

Conforme miles de venezolanos salían a las calles a raudales para apoyar la revuelta, parecía que el régimen de Maduro al fin podría terminar. Sin embargo, al atardecer era claro que Guaidó no había logrado persuadir a las fuerzas armadas de levantarse en contra de Maduro. Los militares siendo el más grande obstáculo para el cambio de régimen.

Desde entonces, Guaidó ha anunciado una serie de huelgas laborales que pretenden mantener vivo el impulso de la oposición, y ha seguido exhortando a las fuerzas armadas a dar la espalda a Maduro. Esta estrategia, que es poco realista, ya está desgastada.

El estamento militar es el jugador más poderoso en Venezuela. Es una institución sumamente hermética y, aunque ha habido numerosos rumores sobre conspiraciones, divisiones entre los cuadros de oficiales y rebeliones inminentes, pocos de ellos se han vuelto realidad. En general, el levantamiento fallido demostró que las fuerzas armadas mantienen su disciplina y que, al parecer, los generales siguen ejerciendo dominio sobre sus tropas. También administran la mayor parte de las agencias gubernamentales y sacan ventaja de lo poco que queda de la devastada economía de Venezuela, incluyendo la industria petrolera, el intercambio de divisas, el contrabando y el narcotráfico.

Guaidó y Maduro parecen estar trabados en una batalla épica por el apoyo de las fuerzas armadas, pero la situación es más complicada que eso. Ciertamente, las fuerzas armadas tendrán que decidir si ya es tiempo de que Maduro se vaya y, si es así, deberán negociar los términos de su salida. No obstante, un régimen sin Maduro no equivale necesariamente a una aceptación de Guaidó o a un cambio hacia un gobierno democrático.

Venezuela podría enfrentarse ya sea a una transición relativamente larga bajo un régimen militar, que se extendería hasta que las fuerzas armadas estén convencidas de que el regreso a la democracia no pondría en peligro su poder y sus privilegios, o a un gobierno híbrido de militares y civiles en el que Guaidó y otros líderes de la oposición compartirían el poder con dirigentes militares acusados de crímenes graves.

Sin duda, este panorama es desalentador pero, una vez que comienzan, las transiciones tienden a cobrar vida propia. Hay indicios de que Guaidó y su equipo están mostrando más flexibilidad y pragmatismo al lidiar con la dinámica actual del poder. Se ha informado que Guaidó les ha ofrecido a algunos oficiales militares de alto rango conservar sus cargos actuales en un gobierno posterior a Maduro, un paso más allá de su oferta inicial de amnistía para los líderes militares. Una estrategia en esta dirección podría aumentar las probabilidades de éxito de una transición a la democracia, pero eso dista mucho de ser seguro.

Por fortuna, Estados Unidos ha dejado claro que está del lado de las fuerzas democráticas en Venezuela. Sin embargo, la retórica y las políticas del gobierno de Donald Trump han llegado a socavar los esfuerzos para debilitar el régimen de Maduro.

Mientras se desarrollaba el levantamiento, el asesor de seguridad nacional estadounidense, John Bolton, acusó en público al ministro de Defensa Vladimir Padrino López y a otras cabezas del régimen de echarse para atrás después de haber prometido destituir a Maduro y apoyar a Guaidó. Humillar a comandantes militares influyentes no es precisamente la mejor manera de manejar negociaciones tan delicadas.

Ese mismo día, el secretario de Estado Mike Pompeo destacó la influencia de Rusia sobre Maduro y repitió que todas las opciones estaban sobre la mesa, lo cual dio la impresión de que todavía era posible una intervención militar en Venezuela. Trump recurrió a Twitter para atacar a Cuba por su apoyo a Maduro y prometió imponer nuevas sanciones económicas en contra de un país ya empobrecido.

Este tipo de declaraciones solamente deterioran la confianza del ejército venezolano en los funcionarios de Estados Unidos y en la oposición. Si se plantea este conflicto como una batalla entre Rusia y Estados Unidos, las políticas cruciales para la resolución de la crisis en Venezuela podrían distorsionarse. Una intervención armada únicamente agravaría el sufrimiento del pueblo venezolano, además de que ha sido ampliamente rechazada por América Latina.

Si continúan las bravuconadas, solo lograrían debilitar la extensa coalición regional que apoya el regreso de la democracia a Venezuela. Además, seis décadas de un embargo comercial fallido nos han demostrado que, aunque quizá consiga algunos votos y atraiga donaciones de campaña en el sur de Florida, ese tipo de presión no tiene un gran impacto en el régimen cubano y solo sirve para menoscabar la imagen de Estados Unidos en Latinoamérica y en otras regiones del mundo.

El estancamiento en Venezuela no durará toda la vida, pero es muy poco probable que haya un regreso inmediato a la democracia. Cuanto más se apresuren la oposición y sus partidarios internacionales a adaptar sus estrategias a esta cruda realidad, más pronto podrá el país empezar a encontrar una salida de esta crisis sin precedentes.



JMRS