Vuelta al Mundo

La inmensa factura de la paz en Oriente Próximo

2019-06-24

Pero esa cifra parece situarse en la franja más baja de las expectativas. Porque no se trata...

PABLO PARDO | El Mundo

"Para hacer la guerra se necesitan tres cosas: dinero, dinero, y más maldito dinero". La frase, apócrifa, ha sido atribuida a personajes históricos tan diferentes como Napoleón o Clemenceau. La dijera quien la dijera, lo cierto es que también puede aplicarse en sentido inverso: para hacer la paz hace falta mucho dinero.

La conferencia de Bahrein es solo un paso muy pequeño de lo que sería necesario para el "acuerdo del siglo", el concepto acuñado por el presidente de EU, Donald Trump, para referirse al plan de paz para Oriente Próximo que prepara su Administración. El diario 'Israel Hayon' publicó el mes pasado la cifra de 30,000 millones de dólares (26,600 millones de euros) para que la Autoridad Nacional Palestina sea capaz de transformarse en un Estado.

'Israel Hayon' está bien conectado. Su dueño es Sheldon Adelson, el principal accionista de Las Vegas Sands, la mayor empresa de juego del mundo, que hace seis años estuvo a punto de hacer una inversión gigantesca para crear la famosa -y controvertida- ciudad del juego Eurovegas, en Madrid. Adelson no solo es uno de los mayores donantes de Donald Trump y del Partido Republicano, sino, también, una persona muy próxima al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. Así que su diario debe saber de lo que habla.

Pero esa cifra parece situarse en la franja más baja de las expectativas. Porque no se trata solo de desarrollar. También, de convencer. Ni los palestinos ni Jordania quieren ni oír hablar del plan. Para los primeros, porque el trato del siglo los relega a una especie de Estado semicolonial eternamente subordinado a Israel. Para Jordania, porque el plan amenaza con cuestionar la legitimidad de la monarquía hachemí que dirige el país desde hace casi un siglo. Para convencer a Amán, Estados Unidos y Arabia Saudí han ejercido una brutal presión económica sobre Jordania, un país que vive básicamente de la ayuda exterior, lo que ya le provocó problemas en el pasado como cuando, tras la invasión de Kuwait por Irak, en 1990, no rompió con el régimen de Sadam Husein en parte por la financiación que éste le había suministrado.

Así, Washington ha dejado de garantizar la emisión anual de 1,000 millones de dólares anuales de deuda jordana y que era crítico para la financiación de un país que no tiene acceso a los mercados de capitales mundiales. Al final, Amán ha logrado esquivar el golpe con un crédito de 1.450 millones de dólares del Banco Mundial en el que Gran Bretaña y Arabia Saudí garantizan cada uno 200 millones de dólares.

Pero eso no ha solucionado todo el problema. Si el trato del siglo se cierra es posible que haya un nuevo movimiento de palestinos hacia Jordania, un país en el que las tribus beduinas tienen un enorme poder y temen ser desplazadas por los expulsados de Israel. Eso significa que el rey jordano, Abdalá II -que, encima, está casado con una palestina nacida en el exilio, lo que no ayuda a reducir esas suspicacias- podría necesitar mucho más dinero de EU y de Arabia Saudí para poder comprar lealtades.

El problema que tiene es que ni Washington ni Riad consideran a Abdalá II ni a Jordania un país relevante en la región, y están ignorando abiertamente esas demandas. El objetivo para Trump y para el príncipe heredero saudí, Mohamed Bin Salman -y también para los Emiratos Árabes Unidos-, es solucionar el problema palestino para poder forjar un frente contra Irán.

Y, para que los palestinos apoyen el plan, es probable que haya que darles más dinero aparte de esos 30,000 millones (que serían gestionados por un organismo multilateral como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial) para que, así, convenzan a su población de las bondades de lo que una parte de ella ve como una rendición sin condiciones. Súmese a ello que la Autoridad Nacional Palestina es famosa en el mundo entero por su corrupción y sale un cóctel de despilfarro de dimensiones épicas.

Y, aparte, queda Gaza. Ahí, hay dos problemas fundamentales. Uno es la construcción, que en principio debería financiar China, de una carretera que la conecte con Cisjordania. Otro, la cesión, por Egipto, de territorios para que la Franja, superpoblada y controlada por los fundamentalistas de Hamas, tenga una economía mínimamente viable.

El Gobierno de El Cairo, totalmente alineado con la monarquía de Arabia Saudí, parecía dispuesto a realizar esa concesión hasta hace unas pocas semanas. Pero ahora parece estar albergando dudas. Así, la paz no solo es cara. Es que, también, parece que nadie quiere pagar por ella.



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