Mensajería

Nadie es indispensable, ni siquiera tú

2019-06-28

Para poder comprender mejor este concepto es importante reconocer nuestra verdad de manera...

Por: Sofía Aguilar

Dios nos llama a amar, a ser caritativos, este mandamiento nuevo nos lo da el Jueves Santo

Como cristianos practicantes surge la tentación de creer que somos buenos, de pensar que nuestra labor en la parroquia, grupo pastoral, apostolado, es muy necesario e importante. Que gracias a nuestras acciones hemos logrado acercar a muchas personas a Dios, pero estamos muy alejados de la realidad. Este concepto de “indispensabilidad” solo se puede atribuir a un solo ser y ese ser es Dios. De acuerdo con los trascendentales o cuatro grados de perfección (unidad, bondad, verdad, belleza) que menciona Santo Tomás de Aquino, Dios es el único que las vive en grado pleno y perfecto. Nosotros podemos reconocer la verdad porque Dios nos creo a su imagen y semejanza con inteligencia y voluntad y justamente la inteligencia nos permite reconocer esa verdad, la única verdad, la Verdad con mayúscula que es Dios. De igual forma, reconocemos la bondad y la belleza que nos rodea, la que reside en nosotros dada por Dios y también cuando observamos a Dios, reconociendo la máxima de belleza y bondad. Por lo tanto, si analizamos estos grados podemos comprender que nada viene de nosotros, todos los talentos, dones y virtudes nos son dados por la gracia de Dios, por lo tanto, queridos amigos, nadie es indispensable. Dios no nos necesita, nosotros lo necesitamos a Él. ¿Qué tienes que no hayas recibido?" (1 Co 4,7).

Para poder comprender mejor este concepto es importante reconocer nuestra verdad de manera objetiva, reconocer nuestra pequeñez, debilidad y limitación dada por nuestra corporeidad. Santo Tomas, habla de las dimensiones del alma, las cuales son: alma vegetativa (características biológicas), alma sensitiva (sentidos) y alma espiritual (espíritu). Como seres humanos, poseemos estas tres dimensiones, por eso cuando se analiza a la persona debemos de considerarla como una sustancia individual con naturaleza racional que posee distintas dimensiones del alma. Claro que somos seres vivos que necesitamos respirar, comer, beber agua y dormir, si no, moriríamos (alma vegetativa). También, somos seres que conocemos el mundo a través de nuestros sentidos, necesitamos ver, oír, escuchar y tocar las cosas para poder tener un conocimiento en particular a partir de las experiencias que hemos vivido (alma sensitiva). Y, ¡sin temor a equivocarme! Necesitamos un alma conectada con las potencias divinas, es fundamental que tengamos una relación intima con nuestro creador, la fuente madre de la belleza, bondad, verdad y unidad que existe en el mundo (alma espiritual). Sin esta dimensión solo conoceríamos al mundo a través de nuestros sentidos y necesidades, sin darle el sentido profundo a estos conceptos. A través de la dimensión espiritual del alma podemos reconocer la grandeza y la majestad de Dios: "Sí, Dios es tan grande que supera nuestra ciencia" (Jb 36,26). Por ello, es necesario darle cabida al Espíritu Santo en nuestras vidas, permitir que sea el que actúe a través de nosotros y de esta manera comprenderemos que todo lo que hemos podido hacer, tener y ser es gracias a sus dones y su gracia. Una gracia, completamente gratuita por un Cristo crucificado. Nadie es indispensable…ni siquiera tú.

Dios nos llama a amar, a ser caritativos, este mandamiento nuevo nos lo da el Jueves Santo. En ocasiones, este mandamiento, interpretado de forma errónea nos puede llevar a volcar todo nuestro amor, atención, cariño y esfuerzo a una o varias personas humanas. Suele suceder más en relaciones románticas, particularmente hablando en el noviazgo o hasta en la vocación del matrimonio y esto puede traer consecuencias desastrosas. En consecuencia con los sentimientos que sentimos por una persona, tendemos a dejar de actuar con inteligencia y simplemente dejamos que las emociones se apoderen de nosotros (derivadas del alma sensitiva). Esto al principio, en la etapa del enamoramiento es normal e inevitable, ya que bioquímicamente en nuestro cuerpo se disparan ciertas sustancias que nos vuelven “adictos” a esa persona en particular (derivado del alma vegetativa), pero posteriormente, cuando va evolucionando la relación, también estos sentimientos deben ir madurando, sobre todo, cuando entendemos y reconocemos que nuestra relación más importante no es con nuestra novia, nuestra madre, nuestro padre, hermano o amigo, si no, con Dios. Por eso es tan importante la dimensión espiritual del alma, porque nos permite el orden adecuado a las otras dos (vegetativa y sensitiva). ¡Por supuesto que Dios quiere que nos amemos! ¡Claro que desea que encuentres a la persona con la que pasarás el resto de tu vida a través de la vocación del matrimonio! ¡Por supuesto que Dios anhela que ames a tus hijos desde lo más profundo de tu corazón! ¡Que amemos a nuestros amigos! Es más, ¡que amemos aún más, a nuestros enemigos! Pero, nunca debemos de amar más a los que nos rodean que a Dios. Más allá de que sea el primer mandamiento que Dios le dio a Moisés: “Amarás a Dios sobre todas las cosas, con todo tu corazón y con toda tu alma”, es verdaderamente experimentar en cada célula, en cada parte de nuestro cuerpo, de nuestra mente, de nuestro corazón y de nuestra alma que NO SOMOS NADA. Que gracias a Él tenemos todo, somos personas con una dignidad gracias a ÉL, que tenemos dones y talentos que nos permiten obtener un sustento, gracias a ÉL, que tenemos amigos incondicionales que siempre están para nosotros, gracias a Él, que somos infinitamente bendecidos por tener un gran matrimonio y fruto de ese amor, hijos maravillosos, gracias a ÉL. Por lo tanto, nada es más grande, perfecto, bello y misericordioso que ÉL, por lo tanto, si en algún punto de la vida, volteáramos a nuestro alrededor y solo viéramos miseria, carencias económicas, maltratos por parte de quien amamos, humillaciones de nuestros amigos, sufrimientos por falta de amor humano, dolores derivados de alguna enfermedad, profundas tristezas derivadas de la pérdida de un ser querido, soledad por falta de alguien con quien compartir la vida, no importaría, porque en realidad: Nadie es indispensable.

No necesitas de otra persona, no porque debas de ser un ermitaño alejado de la sociedad porque no la toleras. O porque te encuentres dolido por la ruptura con alguien y pienses que no necesitas de nadie para ser feliz, la única razón y la forma de entender el concepto de “Nadie es indispensable” es porque solo Dios basta, porque ÉL es el Amor mismo, la Belleza y la Verdad. Es porque a pesar de las adversidades de la vida y también las grandes bendiciones recibidas, hemos comprendido que sin Él estaríamos perdidos, que nada podemos sin su gracia, que lo necesitamos en cada momento, en cada situación de nuestras vidas. Que justamente gracias a que vamos constantemente a la fuente primaria del Amor, podemos reconocer en nuestros hermanos esa Verdad y entonces amarlos. Que gracias al influjo del Espíritu Santo podemos reconocer nuestra vocación de servicio, ya sea el orden sacerdotal o el matrimonio o la soltería y vivirla de manera plena. Solo por el Espíritu Santo, podemos amar a nuestros amigos hasta dar la vida por ellos, sabemos y podemos perdonar hasta setenta veces siete y podemos comprender que para llegar a la vida eterna y gozar con la Santísima Trinidad debemos cargar nuestra cruz todos los días. Por eso amigos, vivamos en paz, sabiendo que aún en las adversidades de la vida, no estamos solos, contamos con lo único que verdaderamente necesitamos: DIOS.

Nada te turbe,
Nada te espante,
Todo se pasa,
Dios no se muda,
La paciencia, Todo lo alcanza;
Quien a Dios tiene,
Nada le falta: Sólo Dios basta.

Santa Teresa de Ávila

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Referencias:

Iglesia Católica. (2012). Creo en Dios Padre. En 2ª ed., Catecismo de la Iglesia Católica (1262). Ciudad del Vaticano: Libreria Editrice Vaticana.


 



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