Cuentos

Arcángel

2019-11-26

Más allá del encierro en la caverna, los deseos inexplicables de fluir con el agua a...

Por Sercambel

En algún momento, que ya no recordaba, había entrado a aquella profunda caverna atravesada por un enigmático río de agua azulada-verdosa que brillaba reflejando la luz filtrada a través de una grieta en la montaña. Las voces del Dante resonaban en su cabeza y sus ojos buscaban las sombras de sus ancestros y amigos muertos; trataba de reunir los recuerdos de sus vidas y volver físicamente a aquellos que su mente infantil aún conservaba frescos. Afuera la realidad prometía una larga lista de sueños inconclusos que brotaban de un pasado colectivo que nadie parecía comprender o que nadie deseaba explicarle. En los alucines de sus días de retiro había hablado con mil rostros que con sendas voces le habían dado un consejo casi suicida, eran los espíritus de las rocas, del agua, del aire y del fuego.

Más allá del encierro en la caverna, los deseos inexplicables de fluir con el agua a través de las grietas del piso cavernoso o evaporarse y escapar por las oquedades de la montaña se apoderaban de él cada vez con más frecuencia, ciertamente sin aparente explicación.

A su lado miles de seres adosados a los muros rocosos miraban extasiados sus sombras proyectadas en el muro de enfrente, cuya caprichosa superficie distorsionaba las siluetas y confundía unos cuerpos con otros, unas mentes con otras.

 Una sombra de mujer apareció a su lado y Arcángel le murmuró al oído que debían unirse y salir a explorar la realidad. Esas naves milenarias que los habían conducido hasta esa caverna enigmática de inconsciencia y amnesia parecían listas para trascender el tiempo y el espacio devolviéndolos a la ciudad intangible donde recuperarían su libertad y recordarían sus motivos.

-¿Pero de qué me hablas? Preguntó Sumara.

-Ni yo mismo lo sé. Respondió Arcángel confuso. -Pero puedo decirte que hay sentido en mis palabras y pensamientos.Un dubitativo silencio fue sustituido por el zumbido que producían las pequeñas alas de las hadas que vivían en el bosque circundando la montaña, todas ellas se habían unido en un vuelo al interior de la caverna.

Sumara miró a Arcángel con ojos inquisitivos, éste había caído en un trance hipnótico y con una voz ajena explicó que esas hadas eran los recuerdos que viajaban de la realidad al sueño, y que era su misión atraparlas. Todos y cada uno de esos recuerdos eran de y para todos. Sin embargo, la mayoría de los seres adosados a los muros de piedra parecían distraídos con sus diálogos, ilusiones y sus propias sombras.

-No lo sé Arcángel. No lo sé. Dijo Sumara mirando fijamente el “enjambre” de hadas.

-Estoy seguro que así es Sumara, déjalas que se te acerquen y mira cómo sus luces se suman a la tuya del otro lado.

Los ojos de Sumara se cerraron y empezaron a moverse rápidamente, lo mismo le sucedió a Arcángel. En unos instantes ambos tomados de la mano surcaban a gran velocidad un laberinto de túneles multicolor que los conducía a un destino común que no podían ver pero intuían. Una tremenda sacudida los sacó del túnel y entre luces iridiscentes descubrieron el contorno de una ciudad encapsulada en cristal, brillante, blanca de luz.

La caverna parecía distante y sus habitantes eran tan solo una sombra amorfa, sin distinciones de nombre, edades y parentesco; eran un recuerdo lejano grabado en alguna minúscula y oscura neurona del cosmos.

Sumara y Arcángel se miraron fijamente, tratando de descubrir aquellos rostros familiares que evocaban en sus mentes pero que sus ojos no lograban visualizar. Sus figuras blancas, brillantes y estilizadas parecían gemelas, vibraban y emitían luz.

-¡La Ciudad de Cristal! Exclamó Arcángel.

-Sí, al fin. Suspiró Sumara mientras extendía su brazo intentando alcanzar la mano de él.

Las sombras que habían permanecido en la caverna miraron a las hadas revolotear y marcharse. Casi nadie escuchó sus voces melodiosas y quien lo hizo ignoró el mensaje.

Mientras tanto en la Ciudad de Cristal, Sumara y Arcángel se desdoblaron en miles de espíritus que ocuparon los edificios, parques y cuerpos que sus maestros y hermanos mayores dejaron encapsulados en aquella hermosa ciudad justo antes de marcharse al Sol.



JMRS