Pan y Circo

Las paradojas de la rebeldía y de la incorrección política

2019-12-27

Han cambiado los roles. Ya no es la izquierda progresista o el artista anárquico los que...

Por Carlos Granés, The New York Times

En esta década se llevó a cabo un cambio de roles nocivo entre el arte y la política: la derecha populista se ha dedicado a transgredir las convenciones sociales y la cultura se ha convertido en la defensora de las causas nobles.

La rebeldía en el arte ya no es lo que era. Si volvemos a septiembre de 2008, a la víspera de la década que ahora acaba, seguro recordaremos que una de las noticias culturales más sonadas fue la subasta de Damien Hirst en la casa Sotheby’s. El artista británico, cabeza de proa de la exitosa generación de los Young British Artists, reventaba el mercado evadiendo a los galeristas y fijando un nuevo récord: 140 millones de euros por sus animales muertos suspendidos en formol.

Esto ocurría el mismo día en que Lehman Brothers se declaraba en quiebra. El mundo entero empezaba a desestabilizarse debido a la crisis financiera, y el artista rebelde, encarnación de la iconoclasia y de la actitud antiestablishment, se despedía de aquel próspero mundo convertido en uno de los creadores más ricos de la historia.

El éxito de Hirst evidenciaba el sutil encanto que desprende la rebeldía. Los Young British Artists eran chocantes y transgresores y recurrían a estrategias disruptivas. Además de los terneros degollados de Hirst, Marcus Harvey ofendió al público retratando a una asesina de niños y Chris Ofili con una virgen María adornada con excrementos de elefante. Y funcionaba. Al desafiar la sensibilidad que el establecimiento político más conservador se sentía responsable de proteger, generaban un enorme escándalo que obraba como una efectiva máquina de autopromoción. El mayor éxito de Ofili fue que Rudolph Giuliani, alcalde de Nueva York por aquel entonces, hubiera intentado, sin éxito, frenar la exhibición de su virgen en la muestra Sensation, en el Brooklyn Museum. La cultura triunfaba sobre la política, la transgresión estética se imponía al moralismo más convencional.

Por eso no deja de ser paradójico que Giuliani se desempeñe hoy como abogado del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, un político que impuso una nueva forma de comunicación basada en la incorrección y en el comentario estridente. Las declaraciones de Trump son bien conocidas. En su repertorio hay casi de todo, desde desplantes machistas a la criminalización de los inmigrantes, pasando por alusiones a la efectividad de la tortura. Trump escandaliza y genera tanta o más polémica que Ofili o Hirst, con una particularidad: quien se escandaliza ya no es el votante conservador que Giuliani quería proteger de la blasfemia, sino quien defiende una moral progresista.

Han cambiado los roles. Ya no es la izquierda progresista o el artista anárquico los que sacuden la moral de la época con sus provocaciones, sino el político de una nueva derecha populista y patriotera, que rasga con sus desafíos el consenso moral alcanzado en los años sesenta. De manera que sí, la rebeldía ya no es lo que era. El populismo contemporáneo dejó de combatir las propuestas disruptivas de los artistas para imitarlas, convirtiendo la política en un espectáculo rebelde, sin el debido límite impuesto por la verdad o la responsabilidad pública. Como contraste, la cultura asumió el deber de ser virtuosa.

A partir de los sesenta fue evidente que una nueva generación había asumido una escala de valores renovada. Empezaban a defender la libertad sexual, la pluralidad de estilos de vida, la tolerancia e inclusión de las minorías, el feminismo, el ecologismo y el cosmopolitismo. Pero la crisis de 2008 disparó una arremetida en dirección contraria. Políticos enérgicos y lenguaraces se propusieron desmantelar este statu quo progresista apelando a la demagogia y a una desfachatez ramplona que resultó efectiva. Como los populistas latinoamericanos, lograron que las clases depauperadas por la globalización, indiferentes al elitismo estético progresista, se sintieran representadas por sus actitudes y soflamas. La guerra cultural que se produjo entonces creó una paradoja: ahora la izquierda progresista debe conservar las conquistas morales de los sesenta mientras la derecha populista se rebela contra ellas.

Y esto también explica las mutaciones en el campo cultural a las que hemos asistido en el último lustro.

Basta pasar revista a los ganadores de los premios más importantes para hacernos una idea. Doris Salcedo, la artista colombiana que reivindica a las víctimas de las tragedias contemporáneas, ganó el premio Nomura. Green Book, una historia sobre la superación de los prejuicios racistas, ganó el Oscar a la mejor película. La Bienal de Venecia premió la denuncia ecologista que hacía el pabellón lituano. Y la última edición del premio Turner reconoció a los cuatro finalistas, porque todos abordaban temas políticos que no podían juzgarse sin dar a entender que una lucha moral era más importante que las otras.

Mientras la derecha política se desentiende del ecologismo, del feminismo y del internacionalismo, las obras de arte que triunfan son aquellas que intentan restablecer el sentido de responsabilidad pública. Es verdad que aún funcionan los gestos iconoclastas que remedan los readymades de Duchamp, como el famoso plátano de Maurizio Cattelan —el último escándalo de la década—, pero lo que está caracterizando a la cultura contemporánea es la defensa de las causas nobles y de la corrección política. Este cambio de roles, sin embargo, ha resultado nocivo tanto para la creación como para el debate público.

La política se ha envilecido y degradado porque el discurso racional ha sido reemplazado por el tuit escandaloso, la acción performática y el teatro para las masas, y porque las crisis actuales no se asumen con responsabilidad sino como un insumo más de la polarización social. Por otro lado, la combinación de arte y moral no siempre es provechosa, menos cuando se espera de la imaginación creadora que concuerde con las demandas éticas de la sociedad. Cuando el arte asume estos compromisos, deja de ser el espacio de experimentación libre donde aflora todo lo humano —lo noble y lo cruel—, y empieza a convertirse en una nueva versión del realismo social o en un prescriptor moral. Extendido al resto de la cultura, este fenómeno termina despertando suspicacias sobre obras que, como los cuadros de Balthus o novelas como Lolita de Vladimir Nabokov, no se enmarcan dentro del nuevo horizonte biempensante.

Aunque esta inversión de roles les sirve a ambos —los políticos ganan elecciones y los artistas premios— el resultado es un arte comprometido, bienintencionado pero predecible, y una política vil y mezquina. Las dos dejan un sabor de boca extraño, la primera por empalagosa, la segunda por amarga.

De los artistas no necesitamos que nos digan que la maldad es mala sino que nos muestren, e incluso agiten, las contradicciones de nuestro tiempo, y de los políticos lo que menos requerimos son radicalismos o espectáculos que desatan las bajas pasiones, sino consensos en torno a las grandes crisis del presente: un arte libérrimo y una política limitada por el bien común.



Jamileth