Vuelta al Mundo

Francisco y todos los caminos que conducen a Roma

2020-02-14

Bergoglio, en cambio, es admirador del jesuita Matteo Ricci, que en el siglo XVI intentó...

LUIS ESTEBAN G. MANRIQUE | Política Exterior

Durante el último sínodo panamazónico convocado por el Vaticano, un grupo ultracatólico robó de la parroquia romana de Santa María en Traspontina una estatuilla tallada en madera que representaba a una mujer embarazada y de rodillas, una versión amazónica de la Pachamama andina (madre tierra en quechua), y la arrojó al Tíber por considerarla un símbolo “sacrílego” y un ejemplo de la “infiltración demoníaca” en la Iglesia.

La figura había sido utilizada en ceremonias litúrgicas de los miembros de las comunidades nativas que asistieron a las reuniones sinodales y llevada a varias iglesias romanas. No era la primera vez que algo similar ocurría en la ciudad eterna. En los primeros años del cristianismo, la progenitora de su fundador heredó las atribuciones de las diosas de la Antigüedad mediterránea –Isis, Astarté, Afrodita…–, incluida la corona de estrellas y hasta el título de “madre de Dios” (theotokos, en griego antiguo Θεοτόκος, literalmente “la que dio a luz a Dios”) que le concedió el concilio de Éfeso en 431.

Pocos días después de la sustracción, su responsable, un joven estudiante austriaco llamado Alexander Tschugguel, subió a su cuenta de Instagram una foto suya con el cardenal Raymund Burke, exarzobispo de Saint Louis (Missouri). Burke comentó en una entrevista a Ross Douhat en The New York Times que la exhibición en los altares de un “ídolo pagano” era intolerable y que agradecía a Tschugguel su “valiente defensa de la fe”.

En las discusiones sinodales, Adolfo Zon Pereira, obispo de Alto Solimoes, dijo que en su diócesis la “conversión” se había dejado de lado para dar paso al “diálogo intercultural e interreligioso”. Dado que la mayor parte de misioneros en la región son seglares, el arzobispo brasileño Rino Fisichela propuso crear un “rito amazónico” que incluyera la ordenación sacerdotal de hombres casados para paliar la endémica ausencia de clero. Sin embargo, se cuidó de pedir circunscribir la medida a zonas muy específicas para no alarmar a los sectores conservadores, que ven con cada vez mayor suspicacia las heterodoxas iniciativas papales en materia dogmática y litúrgica.

Según Burke, la descentralización de la autoridad doctrinal fomentada por el papa Francisco está introduciendo en las iglesias latinoamericanas creencias rayanas con el panteísmo, que dice detectar en la declaración final del sínodo amazónico, un texto que considera “cismático y apóstata”. En diciembre de 2013, Bergoglio retiró a Burke de la congregación de los Obispos y luego de la Signatura Apostólica y le nombró patrón de la Orden de Malta, un cargo del que también le destituyó en 2016. Así, no resulta extraño que Burke dijera a Douhat que “el obispo de Roma no es un monarca absoluto ni un revolucionario elegido para cambiar los dogmas de la Iglesia”.

‘Aggiornamento’

Quizá solo la cúpula de la Santa Sede y algunos vaticanistas y versados en derecho canónico tengan una cierta idea de cómo se dirimen los conflictos políticos y los juegos de poder en la ciudad-Estado, blindada por el secretismo de una teocracia milenaria y su gerontocracia célibe. Y tal vez ni ellos. Max Weber decidió estudiar el poder político tras pasar una temporada en la Roma del concilio Vaticano I y observar de cerca la constelación de dicasterios y prelaturas que giran en torno al solio pontificio y el magisterio petrino.

El actual pontificado sintetiza muchos de los rasgos progresistas en materia social que cultiva el clero católico latinoamericano desde la conferencia episcopal de Medellín (1968). Para la Iglesia romana, cuyo último Papa no europeo fue el sirio Gregorio III (731-741), el aggiornamento –actualización en italiano– ha sido inevitable.

El papa Wojtyla estaba obsesionado con la infiltración marxista en los medios católicos, lo que le inclinó a soslayar los vicios y abusos de órdenes ultraconservadoras como la mexicana Legionarios de Cristo. En el nativo Perú del padre de la teología de la liberación, Gustavo Gutiérrez, en 1999 nombró como arzobispo de Lima a un miembro del Opus Dei, Juan Luis Cipriani. Dos años después le hizo cardenal. En contraste, Francisco recibió en audiencia privada a Gutiérrez y presentó su libro Pobre para los pobres, publicado por la Librería Vaticana, con un prefacio de su puño y letra. En mayo de 2007, durante su visita a Brasil, Benedicto XVI dijo que creía que los nativos americanos habían dado la “bienvenida” a sus colonizadores.

Bergoglio, en cambio, es admirador del jesuita Matteo Ricci, que en el siglo XVI intentó adaptar el cristianismo a la cultura china, una actitud que la Iglesia bendijo en el concilio Vaticano II. Sus homilías latinoamericanas suelen ser críticas con el colonialismo eurocéntrico y su supuesta “misión civilizadora”. El jesuita Thomas Reese, columnista de National Catholic Reporter, cuenta que cuando era arzobispo de Buenos Aires, decía a sus sacerdotes que si no regresaban con barro en los zapatos, no habían cumplido su misión.

Giro al Sur

Auten Iveregh, uno de los biógrafos de Bergoglio, cree que su pontificado se ha convertido en un “terreno de combate espiritual”. No es casual. El giro al Sur era inevitable. En Estados Unidos, una parroquia de cada cinco no tiene párroco. Un 30% de los católicos no concede mayor importancia a las enseñanzas papales sobre moralidad sexual. En Francia solo el 5% de los católicos asisten a misa. Incluso en Italia –donde el 74% dice ser católico y los políticos suelen invocar santos y excomulgarse unos a otros–, solo el 27% son practicantes. Y de ellos el 33% vota a la Liga de Matteo Salvini, al que Antonio Spadaro, editor de Civilta Cattolica, ha acusado de “drenar como una sanguijuela” el significado original del vocabulario religioso para vaciarlo de contenido.

América Latina concentra hoy al 40% de los católicos del mundo, unos 500 millones de fieles. Las multitudinarias peregrinaciones a los santuarios de Guadalupe en México, Luján en Argentina o Copacabana en Bolivia y las procesiones del peruano Señor de los Milagros dan testimonio de una sensibilidad religiosa a flor de piel. Pero el catolicismo tiene que competir en un mercado religioso cada vez más exigente. Hoy solo el 65% de los brasileños son católicos, frente al 90% de 1970.

La Iglesia ha pasado a la ofensiva replicando las liturgias –llenas de cánticos, oraciones y danzas– de los evangélicos. Hoy la región tiene 73 millones de católicos carismáticos. Según los sondeos de Latinobarómetro, el respeto a la institución, sin embargo, no significa una estricta adherencia a sus doctrinas, como ilustra la aprobación del llamado matrimonio igualitario en Buenos Aires, ciudad de México y Sao Paulo por legisladores que se dicen católicos practicantes.

En Chile, solo el 45% se considera católico, frente al 74% de 1995. El 38% se dice ateo o agnóstico. En las recientes protestas callejeras, varias iglesias, como la de los Sacramentinos de Santiago, fueron objeto de ataques incendiarios. En Perú, en cambio, un 82% se considera religioso y solo el 2% ateo. La media mundial es 9%. En China y Japón es el 40%.

El Sur también existe para Lutero

Las iglesias evangélicas están dando a los partidos conservadores nuevas fuerzas y bases sociales. Los católicos latinoamericanos son el 35% del total mundial, pero en la región, entre 1970 y 2014, pasaron del 92% al 69%. En ese lapso los protestantes aumentaron del 4% al 19%. En Guatemala suponen ya la mitad. Los católicos son minoría también en Uruguay (42%) y Honduras (46%). Según el Pew Research Center, las cifras más altas son las de Paraguay (90%), México (81%), Colombia y Ecuador (79%), Bolivia (77%), Perú (76%), Venezuela (73%), Panamá (70%), Chile (64%), Brasil (61%) y República Dominicana (57%).

El llamado “evangelio de la prosperidad” protestante ha avanzado con brío, entre otras cosas porque sus líderes suelen culpar a la tradición católica de todas las lacras sociales, desde la corrupción al atraso y la pobreza. De hecho, según el Índice de Desarrollo Humano de la ONU, Canadá, Uruguay y Chile, los países más laicos del hemisferio, son también los que tienen los puntajes más altos en ese campo.

Congregaciones como la brasileña Iglesia Universal del Reino de Dios poseen auténticos imperios empresariales cuyo poder económico se traduce en un creciente poder político, como demuestra que uno de sus obispos, Marcelo Crivella, fuese elegido alcalde de Río de Janeiro.

El lado oscuro del clericalismo

Los escándalos de pederastia han pasado una onerosa factura al clero de Chile, donde el número de practicantes apenas roza el 10%. Solo Uruguay, un país de antigua tradición laicista y de estricta separación Iglesia-Estado, tiene cifras similares. Según La Tercera, en los últimos 15 años, 80 sacerdotes y religiosos católicos fueron acusados de abuso sexual en Chile. De ellos, 45 fueron condenados por la justicia civil.

En su visita a Chile, durante gran parte del recorrido de la comitiva papal solo se veían policías cada 500 metros. Andrea Tornelli, editor de Vatican Insider, atribuye los problemas de la iglesia chilena a que, a diferencia de la época del régimen militar, cuando tuvo obispos que se enfrentaron a la dictadura, ahora su episcopado es “elitista y clerical”.

En el prefacio que escribió para el libro del francés Daniel Pittet, que fue violado de niño por un religioso durante cuatro años, Francisco condenó la “absoluta monstruosidad y el horrible pecado” del abuso sexual de menores. Pero su defensa de uno de los obispos chilenos implicados, Juan Barros, si bien después matizó sus declaraciones, movió al cardenal Sean O’Malley a emitir un inusual comunicado diciendo que las palabras del Papa fueron “dolorosas”.

Patricio Navia, un influyente analista político, comentó a The Washington Post que en las familias chilenas los padres se lo “piensan ahora dos veces” antes de enviar a sus hijos a una escuela católica.

Religión y moral pública

Roma locuta, causa finita, reza un viejo adagio latino (“Roma ha hablado, caso cerrado”). Y ahora, como casi siempre, todos los caminos conducen a Roma. El nuevo presidente argentino, Alberto Fernández, se perfila ya como un aliado potencial del Papa en asuntos mundanos como la deuda, un campo en el que el poder de decisión está en la nueva Roma –Washington, sede del FMI– y no en la antigua.

Pero el Vaticano tiene bazas que jugar en ese terreno. El 5 de febrero, los jardines vaticanos se convirtieron en un terreno de juego neutral para Argentina y el FMI cuando en la casina Pío IV se inauguró un seminario de la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales, presidida por el obispo argentino Marcelo Sánchez Sorondo, sobre nuevas formas de “inclusión, integración e innovación”. Entre los ponentes figuraban la directora-gerente del FMI, Kristalina Georgieva, el ministro de Economía argentino, Martín Guzmán, y su profesor y mentor en la Universidad de Columbia, el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz.

David Malpass, presidente del Banco Mundial, Werner Hoyer, del Banco Europeo de Inversiones, y Luis Alberto Moreno, del Banco Interamericano de Desarrollo, participaron en un panel dedicado a reformas financieras. A propósito de la crisis de Chile, Sorondo dijo a La Nación que en el gran jubileo de 2000 Juan Pablo II ya advirtió contra “quienes acumulan tesoros en la tierra descuidando los del cielo”.

La ponencia de Stiglitz, hijo de judíos ashkenazis admiradores del New Deal, versó sobre valores y poder económico. “La brillante y joven esperanza argentina” fue el título de un artículo reciente suyo sobre Guzmán, lo que hace sospechar a la prensa de Buenos Aires que se ha convertido en un portavoz informal del gobierno en las negociaciones con el FMI. El mayo pasado Francisco recibió a Stiglitz y Guzmán en el Vaticano, en el marco de la reunión anual de la fundación pontificia Scholas Ocurrentes.

Pero como la caridad empieza por casa, la detención del obispo Nunzio Scarano, exjefe de contabilidad del Vaticano, por la Fiscalía italiana por pagar 400,000 euros a un agente de seguridad italiano para que organizara el transporte de 20 millones de euros en un avión privado de Suiza a Italia, convenció al Papa de que debía poner al Instituto para las Obras de Religión, el llamado “banco de Dios”, bajo sus órdenes directas.

Un Papa peronista

Las buenas intenciones del Papa jesuita no convencen, sin embargo, a todos. En su encíclica Evangelii Gaudium sostuvo que América Latina sufría un “fuerte embate de liberalismo económico”. Un editorial de El País de Montevideo le replicó: “¿En qué planeta vive el Papa para pensar que el problema de la región, hundida por el socialismo del siglo XXI y sus aliados, sufre los efectos del liberalismo económico?”.

A su vez, Loris Zanatta, profesor de historia de la Universidad de Bolonia, sostiene en sus influyentes columnas de La Nación que desde que era joven, el discurso político de Bergoglio nunca ha dejado de ser peronista, es decir, “nacional-populista y antiliberal hasta la médula”. Marcello Pera, coautor con Joseph Ratzinger del libro Senza radici (2004), concuerda con Zanatta en que sus posiciones políticas peronistas tienen poco que ver con las tradiciones liberales.

Zanatta critica sus silencios sobre Cuba, Venezuela y Nicaragua y por usar “argumentos apocalípticos” para excomulgar al liberalismo económico. En sus estudios sobre el populismo, Zanatta escribe que el catolicismo argentino refleja el “imaginario colonial hispánico” de una sociedad corporativa que en Argentina logró ganar la batalla –espiritual, ideológica y cultural– contra su enemigo histórico: la tradición ilustrada y racionalista. Todas las corrientes del catolicismo liberal argentino, asegura, terminaron marginadas y hasta perseguidas por el triunfante peronismo. De hecho, su antecesor en el arzobispado bonaerense, Antonio Quarracino, creía que el peronismo era el “vehículo secular” a través del que la “nación católica” había salvado sus valores frente al cosmopolitismo de las elites.

Francisco, según Zanatta, cree que la Cuba castrista es una derivación secular de una “reducción jesuita del Paraguay del siglo XVII: la reedición socialista de un orden sagrado imaginado”. Así, el imperativo católico sería salvar a los cubanos de las sirenas capitalistas, del contagio liberal y del riesgo de que con la pobreza desaparezcan sus virtudes.

En sus discursos, el papa Francisco utiliza cientos de veces más el término “pueblo” que los de democracia, libertad o individuo. Esa comunidad “orgánica y homogénea” no es necesariamente una comunidad política basada en un pacto racional sancionado por una constitución. Francisco reivindica, más bien, un orden natural que refleje “la voluntad divina de armonía”, es decir, el viejo sueño jesuita del reino de Dios en la tierra. Bergoglio suele proponer la distinción entre democracia formal y sustancial, cuando la violenta historia latinoamericana enseña, recuerda Zanatta, que en democracia la forma es sustancia.



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