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Coronavirus: un terremoto geopolítico

2020-03-20

La crisis del coronavirus será, sin duda, un momento definitorio en la historia...

 

JAVI LÓPEZ | Política Exterior

El 2020 no ha hecho más que empezar y ya se antoja como uno de los años más difíciles desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. El mundo atraviesa una crisis tan inesperada como disruptiva, con gigantescas consecuencias sociales, económicas y políticas. La mayoría de los Estados luchan hoy contra una amenaza que se propaga exponencialmente y pone en riesgo al conjunto de su población. Hablamos de una guerra a nivel mundial contra un ente invisible: una guerra contra un virus.

La crisis del coronavirus será, sin duda, un momento definitorio en la historia contemporánea. Nuestra forma de vida tal y como la conocíamos cambiará por un tiempo considerable. Veremos fábricas cerradas, aviones en tierra y rascacielos de oficinas vacíos; fronteras que reaparecen, esperas en supermercados, hospitales saturados y millones de reuniones online. Padeceremos una importante pérdida de vidas y códigos sociales como abrazase o darse la mano desaparecerán temporalmente de nuestras costumbres. No hay duda de que nos sobrepondremos a este trance, pero sus consecuencias pueden acabar siendo tan relevantes como las que derivarían de una combinación de los atentados del 11-S, la Gran Recesión y la epidemia de Ébola. Habrá cambios que se revertirán, tendencias globales que se agudizarán y una honda sensación de vértigo nos invadirá a todos.

La crisis del Covid-19 ha puesto a Occidente frente al espejo. Y, sorprendentemente, nos hemos dado cuenta de que la imagen que tenemos de nosotros mismos puede estar distorsionada. La crisis será una enorme prueba: la eficacia en su gestión puede agudizar o frenar el actual proceso de desoccidentalización del mundo. Pondrá en jaque a la globalización y puede cambiar las coordenadas del sistema global y de las relaciones internacionales.

No hay que dar a Europa por vencida

Europa, hoy el principal foco de la infección, afronta la crisis desde la fragilidad. Sus habituales divisiones juegan en su contra y cuenta con una población notablemente envejecida, el grupo de mayor riesgo. Ahora bien, nunca hay que subestimar al Viejo Continente. Europa puede reivindicarse y reposicionarse en el mundo ante este grave episodio. Tiene las herramientas para hacerlo. Sus Estados son potentes maquinarias de políticas públicas, los europeos disfrutamos de los mejores sistemas sanitarios universales del planeta y hemos construido el mayor entramado de acción supranacional que se haya conocido: la Unión Europea. Una pandemia global requiere de capacidad de resistencia, coordinación y acción púbica, y nosotros hemos demostrado sobradas destrezas en estos campos.

Los viejos Estados-nación del continente europeo están despertando, lenta pero implacablemente, poniendo en marcha importantes paquetes de estímulo fiscal. Por su parte, el Banco Central Europeo, después de un titubeante y azaroso inicio, ha decidido desempeñar su papel activando un amplio plan de adquisición de activos que salvaguardará la deuda pública y garantizará la liquidez. Ahora es necesario operativizar el estímulo también a nivel comunitario y construir verdaderos instrumentos fiscales europeos, la gran asignatura pendiente. El riesgo es que volvamos a enredarnos en obsesiones ordoliberales que pongan de nuevo a la luz las deficiencias del diseño institucional de la moneda única. Esperemos haber tomado nota y aplicar las lecciones extraídas de la larga y dolorosa última recesión.

Nuevo orden emergente

Las relaciones transatlánticas también están sufriendo un nuevo golpe con esta crisis. Con Donald Trump en fase de negación hasta hace bien poco y con la posterior prohibición unilateral de vuelos comerciales con la UE, Estados Unidos ha sacado a relucir un aislacionismo agresivo. Y habrá que estar muy atentos a lo que suceda en la otrora indiscutible superpotencia mundial: carecen de una verdadera red sanitaria, tienen un modelo laboral súper volátil y un gobierno al frente que demuestra una profunda incompetencia, aliñada con un constante desdén por la ciencia y los expertos. Todo ello en año electoral. Eso sí, EU cuenta con un activo incalculable: la proactividad de la Reserva Federal y la fortaleza del dólar. Veremos.

China, sin embargo, parece estar intentando encarnar los valores en los que históricamente se ha autoreferenciado Occidente: comunitarismo, solidaridad y cooperación. El envío de personal médico y la donación de material para la prevención y lucha contra el coronavirus no solo es un acto de solidaridad, sino un ejercicio geopolítico: China tiende la mano a un Occidente que atraviesa graves problemas. No es simple altruismo, es la voluntad de ejercer de ascendente hegemón y aprovechar el enorme vacío que está dejando EU.

La potencia asiática está decidida a ganar peso y centralidad en la nueva articulación de un sistema global tradicionalmente organizado alrededor de la alianza atlántica. Sin duda, todo un reto para el orden mundial, pues el modelo chino, si bien ha demostrado efectividad y una disciplina social que ha favorecido la gestión de esta crisis, continúa tensionando nuestra visión democrática de la gobernanza. Con todo, la crisis podría abrir la puerta a una nueva relación, propia, de Europa con China. ¿No sería eso ejercer la autonomía estratégica que se le reclama a la UE?

Al mismo tiempo, la globalización ha quedado expuesta y cuestionada y existe la certeza de que lo que venga después ya no responderá a las lógicas del mercado global vistas hasta ahora. Esta crisis va a redibujar las fronteras del Estado y del mercado en las democracias, probablemente empujando hacia una cierta re-localización industrial para asegurar el abastecimiento y las cadenas de producción, así como el retorno a propuestas nacionales frente a sistemas de coordinación internacionales. ¿Pero no podría empujarnos, también, hacia mayores y mejores instituciones de gobernanza internacional ante los más que evidentes riesgos y retos compartidos por el conjunto de la humanidad?

El coronavirus nos ha puesto contra las cuerdas y frente al espejo. Sin embargo, debemos seguir defendiendo un mundo basado en normas, abierto y conectado, preservar el multilateralismo y conseguir una verdadera globalización solidaria y responsable que disponga de mecanismos de control y compensación que aseguren una respuesta conjunta ante crisis de este calibre. En buena medida, la forma en la que salgamos de esta crisis determinará nuestra capacidad para afrontar las siguientes.


 



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