Salud

A Trump le cuesta tomarle la mano a crisis del coronavirus y rápidamente pierde la paciencia

2020-03-24

Donald Trump no es conocido precisamente por su paciencia y su capacidad de concentración.

Por JONATHAN LEMIRE, JILL COLVIN y ZEKE MILLER | AP

WASHINGTON (AP) — Donald Trump no es conocido precisamente por su paciencia y su capacidad de concentración.

Y ahora que el coronavirus amenaza su presidencia y alteró radicalmente su campaña en busca de la reelección, Trump rápidamente pierde la paciencia con los expertos médicos que día tras día dicen que la única forma de evitar la muerte de una enorme cantidad de gente es básicamente paralizando el país: Minimizar las posibilidades de transmisión y contener los contagios para que los hospitales no se vean rebasados por la cantidad de pacientes en estado crítico.

A Trump le molesta también el que sus esfuerzos por frenar la caída de la bolsa tampoco estén dando resultados. Ha estado llamado a amigos y economistas a todas horas y maltratando a colaboradores y a periodistas que tratan de convencerlo de que admita la gravedad del brote.

Tampoco le causa mucha gracia no poder hacer campaña contra Joe Biden, su casi seguro rival demócrata en las elecciones presidenciales de noviembre. Se consuela usando las sesiones informativas diarias sobre el virus como si fuesen un acto de campaña.

Este relato se basa en entrevistas con una docena de empleados de la Casa Blanca, ex funcionarios del gobierno y republicanos allegados al gobierno que hablaron a condición de no ser identificados por ventilar conversaciones privadas.

En un indicio de su creciente malestar, Trump transmitió el siguiente tuit sobre el filo de la medianoche del domingo:

“NO PODEMOS PERMITIR QUE LA CURA SEA PEOR QUE EL PROBLEMA. AL FINALIZAR EL PERÍODO DE 15 DÍAS, ¡DECIDIREMOS QUÉ VAMOS A HACER!”.

El lunes se levantó temprano y emitió una serie de retuits que parecían anticipar un retorno a la normalidad una vez cumplido el plazo de 15 días de restricciones que procuran desacelerar la propagación del virus, el 30 de marzo.

Esa visión refleja el sentir de numerosos funcionarios de su gobierno que piensan que paralizar la economía fue una medida demasiado dura pero que una reapertura iría en contra de la recomendación de los expertos en el campo de la salud, de un grupo bipartidista de gobernadores estatales y alcaldes, y podría plantear un enfrentamiento con sus propios asesores médicos, incluido el principal experto en enfermedades infecciosas Anthony Fauci.

Trump trató de minimizar la amenaza del virus desde un primer momento y últimamente vaciló entre admitir la crisis y plantear que pasaría pronto.

Su mansión de Mar-a-Lago está cerrada y tuvo que interrumpir sus frecuentes salidas a jugar al golf. Ha estado mayormente encerrado en la Casa Blanca, que otros presidentes han descrito como una verdadera prisión.

Esa sensación se ve magnificada por las tensiones de la crisis. Sin poder viajar y sin saber bien qué hacer, irrumpe en reuniones de trabajo de otros en el Ala Occidental de la Casa Blanca, obligando a menudo al personal a modificar sus programas de actividades pues el presidente con frecuencia impide trabajar a los profesionales del campo de la salud que deben decidir qué medidas recomendar.

Si bien algunos le han dicho que debería intervenir solo cuando haya grandes anuncios, Trump extraña el candelero y les ha dicho a varias personas que sabe que la nación está pendiente de los informes diarios y que no quiere desaprovechar esa oportunidad de mostrarse.

El domingo pidió que la conferencia, programada para las cuatro y media de la tarde, fuese retrasada hasta la noche, para que fuese vista por más gente, incluidas las personas que ven “60 Minutos”, su programa periodístico preferido.

Trump ha regañado a periodistas que hacen preguntas que no le gustan y lo mismo hace con sus colaboradores a puertas cerradas. La ha caído encima a personal que le transmite noticias que contradicen su noción de que la crisis pasará pronto.

A su regreso de un viaje a la India el mes pasado, Trump despotricó contra Nancy Messonnier, directora del Centro Nacional para la Inmunización y Enfermedades Respiratorias de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades, quien había advertido sobre el potencial del virus. Criticó asimismo al vicepresidente Mike Pence en una reunión en el Ala Occidental por defender el manejo de la crisis que hace el gobernador del estado de Washington Jay Inslee, quien es demócrata. Reprendió además a los servicios médicos que pidieron a su gobierno que haga más, diciendo que deberían transmitir su malestar a los líderes locales.

Despotricó contra los periodistas por investigar su lenta respuesta a la crisis, motivada en parte por su deseo de desacreditar a los medios en momentos en que sabe que los titulares no van a ser benignos con él.

“Veo y escucho las Noticias Falsas de CNN, MSDNC, ABC, NBC, CBS, algunos de FOX (desesperada y tontamente tratan de ser políticamente correctos), el @nytimes, y el @washingtonpost, y todo lo que veo es el odio que sienten por mí, a cualquier costo”, tuiteó el mandatario durante el fin de semana. “¿No entienden que se están destruyendo a sí mismos?”.

Las cosas no deberían haber dado este giro.

Pocas semanas atrás su campaña reelectoral tenía planeado usar la fortuna que ha recaudado para tratar de pintar cierta imagen de su rival en los primeros meses de la contienda presidencial. Pensaba presentar la elección como una puja entre un presidente decisivo, que había lanzado una edad de oro en la economía, y un socialista confeso como Bernie Sanders o una criatura del establishment de Washington como Biden, a quien le costaba recaudar dinero y generar entusiasmo.

Pero en vez de enfrentar a un demócrata muy golpeado al final de una batalla interna prolongada, Biden ha surgido como el claro favorito, aglutinando a casi todas las fuerzas del partido y de paso mejorando sus finanzas. Por otro lado, Trump enfrenta una recesión, un golpe político generalmente letal para cualquier presidente en ejercicio que busca la reelección.

La imposibilidad de realizar actos lo priva de su escenario favorito y priva a su campaña de conseguir valiosa información sobre los votantes. Por otro lado, por más que tenga abundante dinero, no puede transmitir avisos de campaña por la televisión en medio de la crisis, aunque sí puede hacerlo por las redes sociales. Sus colaboradores se han mostrado sorprendidos de que Biden le haya cedido el escenario en las dos últimas semanas.

Al no poder viajar, Trump charla bastante con amigos y aliados acerca de la estrategia para su campaña, descarga sus iras en Twitter --incluso contra los gobernadores que osan criticarlo-- y se lo ha visto constantemente en el teléfono, bombardeando a la gente con llamadas.

Hace poco trató de hablar con un economista varias veces una noche, pero esa persona ignoró sus llamadas y siguió durmiendo.

Trump continuó llamando, hasta que el economista se despertó.



regina