Reportajes

Cinco días de culto que activaron el avance del virus en Francia

2020-03-30

Los fieles de una iglesia han llevado de forma involuntaria la enfermedad causada por el virus al...

Por Tangi Salaün

PARÍS, (Reuters) - Desde el escenario de una superiglesia evangélica, el líder del coro inició una sesión vespertina de oración y sermones: “¡Celebremos al Señor! ¿Sienten la alegría esta noche?”

“¡Sí!”, respondieron gritando los cientos de personas reunidas en la Iglesia Cristiana de la Puerta Abierta el pasado 18 de febrero. Algunos de ellos habían viajado miles de kilómetros para participar en las jornadas de una semana de duración en Mulhouse, una ciudad de 100,000 habitantes en la frontera de Francia con Alemania y Suiza.

Para muchos miembros en todo el planeta, esta celebración anual es el punto culminante del calendario de la iglesia.

Pero esta vez, alguien de la congregación portaba el coronavirus.

El retiro para orar dio inicio al mayor foco de COVID-19 en Francia hasta la fecha, según el Gobierno, ya que alrededor de 2,500 casos confirmados se han vinculados a él.

Los fieles de la iglesia han llevado de forma involuntaria la enfermedad causada por el virus al estado africano occidental de Burkina Faso, a la isla mediterránea de Córcega, a Guyana, a Suiza, a una central nuclear francesa y a los talleres de uno de los mayores fabricantes de automóviles de Europa.

Semanas más tarde, Alemania cerró parcialmente su frontera con Francia, suspendiendo un pacto de libre circulación que había estado en vigor durante los últimos 25 años. Este foco fue un factor clave, dijeron a Reuters dos personas con conocimiento de la decisión alemana. Responsables de la iglesia dijeron a Reuters que 17 miembros de la congregación han muerto desde entonces por complicaciones relacionadas con la enfermedad.

Otras reuniones religiosas también han sido relacionadas con la propagación del virus: una gran iglesia en Corea del Sur provocó más de 5,000 casos en el país asiático. Este reportaje, realizado con los relatos de miembros de la congregación cristiana de la Puerta Abierta y de autoridades implicadas en la lucha contra el coronavirus en Francia, es testimonio de la velocidad y la ferocidad de la epidemia.

Mientras los responsables de la sanidad pública se preparaban para el coronavirus, la enfermedad operaba según su propio e implacable calendario, que ha superado rápidamente con creces todas las barreras de contención.

Cuando los fieles se reunieron en una despejada tarde de martes en la iglesia, un viejo centro comercial reconvertido en un auditorio de 2,500 asientos, la enfermedad parecía algo remoto. Francia tenía sólo 12 casos confirmados, según los datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), y ninguno de ellos en la zona de Mulhouse.

Francia, como otros Gobiernos del norte de Europa, no había impuesto restricciones a las grandes reuniones. No había gel desinfectante para que los fieles se limpiasen las manos, ni saludos con el codo en lugar de apretones de manos.

“En ese momento, veíamos al COVID como algo lejano “, dice Jonathan Peterschmitt, hijo del pastor principal y nieto del fundador de la iglesia. Su padre, Samuel, no pudo ser entrevistado al encontrarse enfermo por el virus, según afirmaron su hijo y una portavoz de la iglesia.

El día después de que se identificara el primer caso relacionado con la iglesia el 29 de febrero, las autoridades sanitarias siguieron el protocolo habitual y rastrearon a las personas con las que los portadores habían estado en contacto, para detener la propagación. Usando una lista suministrada por la iglesia —que según las autoridades ha cooperado plenamente—, primero contactaron con quienes habían atendido la guardería infantil durante la reunión.

En este punto, los inspectores de salud se dieron cuenta de que era demasiado tarde. Algunos miembros del personal de la guardería ya estaban enfermos, según Michel Vernay, un epidemiólogo de la agencia nacional de salud pública del este de Francia.

“Estábamos abrumados”, dice Vernay. “Nos dimos cuenta de que teníamos una bomba de relojería delante de nosotros”.

“RECARGA ESPIRITUAL”

En la congregación se encontraba Elie Widmer, un directivo de una constructora residencial de 37 años residente en la zona. Sus padres eran miembros de la iglesia, que fue fundada en 1966 por Jean Peterschmitt, un comerciante francés que abrazó el evangelismo después de que su esposa se curara inesperadamente de una enfermedad.

Widmer dice que se había alejado de la iglesia en la adolescencia, pero que luego había vuelto. Las jornadas de Mulhouse eran algo que esperaba con ansias todo el año.

“Sientes una energía especial durante esa semana. Durante una semana, dejas todo para recargarte espiritualmente”, dice. Al ser el baterista de la orquesta de la iglesia, asistió al evento toda la semana.

Desde más lejos vino Antoinette, una abuela de 70 años que vive en la isla mediterránea de Córcega. Para ella, la reunión era parte de una tradición de 25 años.

Antoinette hizo el viaje con otras cinco mujeres fieles de la iglesia evangélica Bethel en la capital corsa de Ajaccio. Habló con la condición de no ser identificada por su apellido, asegurando que los fieles habían sido estigmatizados por personas ajenas a la iglesia por propagar el virus.

Antoinette tiene problemas pulmonares crónicos, por lo que recibe tratamiento regularmente. Cuando las mujeres salieron de Córcega el 16 de febrero, esperaban combinar los talleres evangélicos con excursiones a las tiendas.

“No sabíamos nada”, dice desde su casa en Ajaccio. “No pensábamos en la epidemia”.

Tampoco lo hizo Mamadou Karambiri, quien voló al aeropuerto Charles de Gaulle de París el 14 de febrero a bordo de un vuelo de Air France desde Uagadugú, capital de Burkina Faso.

Es pastor de su propia iglesia en África y cofundador de una organización llamada Centro Internacional de Evangelización - Misión Interior de África. Orador con carisma y pelo cano, Karambiri iba a ser el predicador estrella de la reunión.

Su iglesia, un edificio parecido a un almacén que ocupa una manzana de la ciudad de Uagadugú, puede dar cabida a 12,000 personas, según uno de sus fieles. Una gigantesca cruz blanca se alza sobre la calle de tierra rojiza. Al otro lado de la calle está el estudio que transmite por televisión los sermones que el pastor da a unos fieles reunidos en filas de sillas de plástico azul.

Karambiri viajó a la reunión de Mulhouse con su esposa y un guardaespaldas, dijo su portavoz, Aristide A. Ouedrago. El pastor, a través de su secretaria, no quiso ser entrevistado para esta historia.

Ouedrago dice que cree que cuando Karambiri viajó, el virus no estaba en Francia, aunque de hecho ya se habían notificado 12 casos.

“PLACA DE PETRI”

En Mulhouse, la Iglesia Cristiana de la Puerta Abierta se encuentra al otro lado de la calle de un café kebab. Una cruz metálica blanca de cuatro pisos de altura se eleva sobre el aparcamiento.

También se reunieron en el edificio de la iglesia dos niños cuya madre había enfermado antes de que comenzara el evento, dijeron responsables de Sanidad. La madre se quedó en casa, pero su abuelo trajo a los niños: el mayor tenía cinco años y el menor sólo un año.

Los niños y su madre darían más tarde positivo en la prueba de coronavirus, haciendo de la madre el origen potencial del foco, dijo Vernay, el responsable de salud pública francés. Las autoridades sanitarios no han podido determinar dónde contrajo la infección la madre, a la que Vernay no quiso identificar.

El programa de la semana incluía actuaciones de coros de góspel, oraciones colectivas, cantos, sermones de predicadores, talleres y testimonios de personas que decían que Dios había curado sus enfermedades.

Las sesiones más concurridas reunieron a hasta 2,500 personas y nunca hubo menos de 1,000, dijo Jonathan Peterschmitt, el hijo del fundador, desde su casa. Mucha gente venía día tras día, y pasaba horas allí. “Así que estuvimos en la misma placa de Petri durante una semana”, dijo.

Al final de la reunión del 21 de febrero, nadie había comunicado ningún síntoma de gripe, según Nathalie Schnoebelen, una portavoz de la iglesia. En ese momento, el recuento de Francia de los casos confirmados de COVID-19 se mantenía en 12.

A finales de febrero, Widmer, el batería, comenzó a sentirse mal. Su mujer, sus tres hijos y su suegra también enfermaron.

El 3 de marzo, la OMS registró 91 nuevos casos de COVID-19 en Francia, elevando el total del país a 191. La iglesia, tras el descubrimiento de la mujer infectada y sus dos hijos, publicó en su página de Facebook que las personas que habían acudido a la reunión debían ponerse en contacto con un médico.

Widmer marcó el 15, el número en Francia para recibir atención médica de emergencia. No había suficientes kits de detección para que se le hiciera la prueba. Pero los médicos diagnosticaron que tenía el coronavirus y ordenaron que él y su familia se pusieran en cuarentena.

El virus también se propagó por la familia del fundador de la iglesia. Alrededor de una docena de sus miembros se están recuperando.

A unas pocas millas de distancia, al otro lado de la frontera, las autoridades alemanas observaban la situación con creciente alarma.

Habían recibido un informe del Instituto Robert Koch, una institución estatal alemana de salud pública, que añadió el este de Francia a su lista de cuatro zonas de riesgo de coronavirus en todo el mundo, junto con la provincia china de Hubei, Irán, Italia y la provincia de Gyeongsang en Corea del Sur, adyacente a la ciudad de Daegu, lugar del brote de la iglesia surcoreana.

Para el 11 de marzo, el recuento de casos COVID-19 de Francia en la OMS había saltado hasta los 1.774, con 33 muertos.

Alrededor de 45,000 trabajadores franceses viajan a Alemania diariamente, según datos oficiales, alrededor de una quinta parte de los mismos a la zona de Mulhouse. La mayoría trabaja en la rica región industrial alemana de Baden-Wuerttemberg, donde tienen su sede los fabricantes de automóviles Porsche y Mercedes-Benz. Europa-Park, un parque temático junto al Rin en Alemania, es una importante fuente de empleo, también para trabajadores franceses.

Después de asistir a la reunión, un trabajador de la central nuclear francesa de Fessenheim, cerca de Mulhouse, dio positivo. El operador de la planta, Electricite de France SA (EdF), ordenó a otros 20 trabajadores que se pusieran en cuarentena en casa, pero las operaciones no se interrumpieron, dijo un representante de la compañía eléctrica. Otra persona que había estado en la reunión trabajaba en una fábrica de Peugeot Citroën en las afueras de Mulhouse; esta persona también estaba infectada, según una persona familiarizada con el caso.

Las autoridades alemanas de Baden-Wuerttemberg decidieron actuar, imponiendo restricciones a los movimientos fronterizos.

El Gobierno francés pidió una explicación a Berlín. El 16 de marzo, la canciller alemana, Angela Merkel, habló con el presidente francés, Emmanuel Macron. Hablaron sobre el grupo en el este de Francia y el riesgo de los viajeros, dijo un alto cargo del Gobierno alemán con conocimiento de la llamada.

Después acordaron cerrar la frontera al tráfico que no fuese de vehículos de carga y personas que hiciesen viajes esenciales. Un funcionario francés confirmó el contenido de la discusión.

La policía volvió a presentarse en los pasos fronterizos, pidiendo a los conductores de coches un documento de su empresa que probase que su viaje era esencial. Se produjeron atascos de camiones de transporte.

Pero la enfermedad ya había salido. Un residente de Suiza que fue a la reunión llevó el virus a su comunidad evangélica cerca de Lausana, dijo la federación suiza de iglesias evangélicas en su sitio web. Las autoridades de salud pública de la Guyana Francesa dijeron que encontraron que cinco personas que habían viajado a la reunión también dieron positivo.

El 20 de marzo, Francia sumaba más de 10,000 casos de COVID-19. Alrededor de un cuarto estaban concentrados en el Gran Este, la región que incluye Mulhouse. “La gran mayoría” de estos casos estaban vinculados a la iglesia, dijo Vernay, el responsable local de sanidad.



Jamileth