No hay mal que por bien no venga

Solo la peste podía reunirnos

2020-04-13

La demanda por una nueva constitución que reemplace la de Augusto Pinochet sancionada en...

Patricio Fernández, The New York Times

A seis meses del estallido, el éxito del gobierno consiste en reducir el número de chilenos muertos. El país, sin embargo, sigue esperando un nuevo pacto social.

Las últimas movilizaciones sociales en Chile evidenciaron una ruptura radical entre nuestras elites y la ciudadanía. El estallido social que empezó en octubre, no tuvo coordinadora ni líderes y aconteció de espaldas a un establecimiento político que ni siquiera dialogaba entre sí. Quienes protestaban sospechaban de cualquier dirigencia.

La demanda por una nueva constitución que reemplace la de Augusto Pinochet sancionada en 1980 y que estableció los principios neoliberales, ha persistido desde la recuperación de la democracia. Esta vez, sin embargo, más que para solucionar la crisis social, lo que justificaba embarcarse en un proceso constituyente, era la búsqueda de un nuevo pacto legitimador entre los miembros de una población que ya no se reconoce en los acuerdos de la Transición —gradualidad en los cambios y subsidiaridad del Estado, entre otros—, llevados a cabo por una élite concertacionista que envejeció y no supo renovarse después del fin de la dictadura.

Cuando se confirmó el primer infectado de coronavirus en Chile, el 3 de marzo, temíamos una semana difícil. El regreso a clases de los estudiantes y a violencia callejera, que no había tomado vacaciones en febrero, amenazaban con aumentar la intensidad del estallido. Para la segunda semana de marzo avanzaba una acusación constitucional contra el exministro del Interior y algunos en el congreso proponían adelantar las elecciones para que Sebastián Piñera, el presidente con más baja popularidad desde el retorno de la democracia en Chile (6 por ciento), dejara el mando antes de tiempo. En privado, era frecuente toparse con la pregunta: “¿termina o no su período?”

El 13 de marzo, con 43 infectados, el tema del coronavirus se impuso al estallido social y, como escribió Albert Camus en su celebrada novela, hoy de moda nuevamente: “A partir de ese momento, se puede decir que la peste fue nuestro único asunto”. El 16, la presidenta del Colegio Médico, Izkia Siches, exmilitante comunista, declaró: “Nadie le tiene mucho cariño al gobierno, pero no es momento de desfondarlo”. Y agregó: “Necesitamos que la gente no salga a protestar a las calles”. Días después, desde los comunistas hasta la extrema derecha de José Antonio Kast, acordaron postergar para octubre el plebiscito por una nueva constitución previsto para el 26 de abril. Esa semana desaparecieron los manifestantes. Acto seguido, la cuarentena terminó de vaciar las calles.

El protagonismo había pasado de los parlamentarios a los alcaldes, al ministro de Salud y al propio Sebastián Piñera. Ya a cargo de la emergencia sanitaria, al presidente se le fueron los tics, su rostro recuperó la mirada, su voz la prestancia, y dejó de ser motivo de burlas. Se trata, probablemente, del único terrícola “sanado” por el coronavirus.

La peste cambió la política en todas partes, pero en ninguna como acá. Según el escritor italiano Alessandro Baricco, el coronavirus “ha restablecido una cierta disciplina social”. En Chile fue evidentemente así. Los carabineros, despreciados durante las protestas, volvieron a ser obedecidos como garantes de la cuarentena, y nadie reclamó cuando se decretó estado de catástrofe, ni porque los militares quedaran a cargo del orden público.

Las voces y voluntades dispersas se concentraron de inmediato. Existen críticas y reclamos, pero sin salirse de madre, como era la tónica de semanas atrás. Cunde la convicción política, traicionada a ratos por la pequeñez del oficio, de que en este capítulo conviene unirse tras la autoridad. Por incómodo que resulte para algunos, ahora el éxito del gobierno, cuando hay ya más de 7,000 infectados y 73 fallecidos al 12 de abril, consiste en reducir el número de chilenos muertos. Solo la peste podía conseguirlo.

El país del estallido, sin embargo, continúa ahí. Hace apenas un mes había liceístas cortando el tránsito, patotas de lumpens marginales quemando inmuebles, buses y automóviles; esquinas convertidas en campos de batalla entre carabineros y jóvenes con cascos y escudos, saqueos a supermercados y multitiendas. Se comentó mucho sobre el papel de grupos narcotraficantes en estos desmanes. Pero pese a la violencia, las movilizaciones sociales seguían contando con un apoyo mayoritario de la población.

¿Qué sucederá cuando la emergencia viral devenga calamidad económica? ¿Cuando la urgencia de la pandemia ya no alcance para acallar los problemas sociales que dejará al desnudo? ¿Cuando grupos delincuenciales les ofrezcan soluciones rápidas a carencias impostergables?

El peor error que podría cometer Piñera es volver a sentirse más empoderado de la cuenta y pensar de nuevo como empresario exitoso. Ya se atrevió a decir que “en Chile estamos mucho mejor preparados que Italia”, olvidando que justo antes de comenzar las revueltas repitió en más de una entrevista que nuestro país era “un verdadero oasis” en medio de una “América Latina convulsionada”. Para colmo de las torpezas, el 3 de abril, mientras los santiaguinos permanecían por ley adentro de sus casas, se detuvo en Plaza Italia, punto emblemático de las manifestaciones en su contra, para sacarse una fotografía. No pocos lo interpretaron como una burla y un acto de soberbia.

Hasta el momento la pandemia parece comparativamente bien conducida, pero todavía estamos lejos de poner a prueba nuestro sistema de salud con la avalancha de contagiados que inevitablemente veremos en los próximos días.

Solo un exceso de candidez podría llevar a pensar que los ánimos sublevados hace menos de un mes, se calmaron para siempre. Mucho menos si ya se vislumbran no solo tragedias sanitarias, sino también el cierre de pequeños negocios, la quiebra de empresas, cesantía y aumento de la pobreza.

El gobierno tiene una gran oportunidad en este momento de “cierta disciplina social” y concentración de propósitos para involucrar en sus decisiones a grupos políticos que lo adversan, con los que hasta semanas atrás parecía en guerra. Así podría construir complicidades que le permitan mantener la gobernabilidad. Esa misma oposición, por su parte, enclaustrada desde hace rato en el rezongo y el despotrique, podría aprovechar la invitación para exponer propuestas y liderazgos hasta el momento inexistentes.

La postergación del plebiscito para una nueva constitución podría aprovecharse para generar ese mejor ambiente de diálogo, que un proceso constituyente requiere para ser virtuoso. Al mismo tiempo el gobierno estaría preparando el escenario para abordar esa posible segunda ola de descontento, que esta vez pivotaría en torno a una escasez muchísimo mayor.

La presencia del Estado es central para generar un ambiente en el que todos se sientan parte de una comunidad donde se postergan los cálculos financieros y partidarios ante la necesidad de transmitir humanidad para enfrentar juntos el infortunio. Este camino, además de una apuesta justiciera, puede ser la mejor estrategia para evitar un descalabro de dimensiones difíciles de remontar. La dispersión y la desconfianza pueden ser gérmenes tanto o más mortíferos que el mismísimo coronavirus.

Pero la responsabilidad de llevar a cabo este proceso de cohesión recae no solo en el gobierno, sino en la malla política completa y en los líderes de la sociedad civil. Actuar con modestia y generosidad, más que con arrogancia y personalismos, resultará fundamental para encauzar el descontento y la desesperación. El mensaje debe sonar fuerte y claro: de esta tormenta salimos juntos.

Las protestas que conocimos provenían de una clase media nueva y frágil que experimenta inseguridades a la hora de la vejez y la enfermedad y que reclama ser oída y tomada en cuenta, porque vive en un borde donde el menor tropiezo los devuelve a la pobreza. Si la gente se siente desprotegida, es posible que se desate de nuevo la furia. Y no estamos hablando de una furia teórica y desconocida. Le acabamos de ver los dientes.

Sabemos que las ideologías de ayer no resuelven los problemas de hoy. Que el mundo por venir necesita cabezas abiertas y atrevidas, porque el libre mercado no basta para enfrentar dramas que necesitan respuestas coordinadas. Sabemos también que el socialismo no es la solución. La sociedad actual ya no cabe en el eje izquierda-derecha. Trump, Maduro, Bolsonaro, López Obrador, aparecen hoy como miembros de una misma pandilla inepta.

Es difícil mirar más allá de una pandemia global que ya se ha llevado muchas vidas y que también lo hará en Chile, el país más austral del mundo. Pero no moriremos todos y mientras se combate la enfermedad de hoy día, no vendría mal sumar voces y cuidar el tono de nuestras conversaciones, para empezar a construir esos acuerdos básicos —los mínimos comunes defendidos por todos los demócratas de Chile— que nos permitirán enfrentar mejor preparados un mañana con interrogantes y epidemias desconocidas.



Jamileth