Consultorio Médico

Paso a los profesionales

2020-05-04

La hipocondría es una vocación de tiempo completo, una disciplina estricta y,...

Antonio Ortuño, El País

No hay trabajo más rudo que el de un hipocondriaco en tiempos de pandemia. Me apresuro a confesarme como hipocondriaco certificado: soy incapaz de leer o escuchar la descripción de un síntoma sin experimentarlo de inmediato. Si el taxista me dice que va saliendo de un ataque de reumatismo, mis articulaciones comienzan a crujir. Si veo a la vecina con la nariz irritada por el polen, me da alergia estacional. Y, por estos días, tal característica (¿característica, dije? ¡identidad!) se ha convertido en un fastidio. Porque, hoy día, a todo mundo le sucede lo mismo. La gente sana sufre cuando tose o estornuda, cree tener fiebre y duerme inquieta en espera del ataque inminente de la covid-19. ¡Amateurs! ¡Si no saben cómo se siente la fiebre ni cuando de verdad la tienen y por eso andan contagiando a medio mundo! Me siento como mis amigos ultrafutboleros, que quieren colgarse de una lámpara cuando llega el Mundial y terminan rodeados por las opiniones de tipos que solo ven partidos cada cuatro años, confunden el tiro indirecto con el saque de banda y al árbitro con el portero. Podríamos llamarla “indignación de experto”. Sí: se siente uno como el sacerdote de Delfos mirando el santuario invadido por bárbaros.

Uno de mis mejores amigos, tan hipocondriaco como yo (o más), y mundialmente reconocido por adjudicarse cada enfermedad, mal, síndrome y tara existente en el planeta, dice, con razón, que debido a la sobreinformación y el miedo, la parte de la humanidad a la que el virus no ha abatido (aún) ahora considera que puede ser tan paranoica como nosotros y hacerlo con absoluta impunidad. Queda clarísimo que el miedo al coronavirus ya ha cobrado tantas víctimas como el virus en sí. Por eso, y porque no hay una cura científicamente probada (ni vacuna, todavía), los profanos han tomado medidas inútiles (o nocivas) como atragantarse tés de epazote con ipecacuana, beber cloro, untarse de miel las sienes o tragar dientes de ajo en ayunas. Pero el verdadero hipocondríaco no es un pobre hombre alterado hasta el delirio por el temor a morir. No: el auténtico, el de raza, cohabita con la vida desde la sabiduría de la enfermedad. Es un resiliente. Para sufrir todas los males hay que sobrevivirlos a todos y, más aún, conocerlos y estudiarlos a fondo, como se hace con los enemigos. Por eso no corrimos a las farmacias para comprar gel desinfectante, cubrebocas y líquidos sanitizadores cuando la pandemia se acercaba. Ya estábamos bien surtidos de todo. Llevamos años de cambiarnos de banqueta si alguien tose. Y de barrio, si no deja de toser.

La hipocondría es una vocación de tiempo completo, una disciplina estricta y, según las condiciones del individuo en cuestión, incluso un apostolado. Pues un hipocondriaco tiene que ser una persona bien informada y actualizada. Este es no un trabajo para quien no sabe ni qué día es: a estas alturas, ningún profesional de la paranoia cree estar sufriendo de cocoliztli, lepra o peste negra. En cambio, y gracias a la minuciosa consulta de noticieros, ya ha padecido en los años recientes los síntomas de toda una serie de afecciones morrocotudas: zika, chikungunya, mal de Chagas, SARS, gripe aviar, vaca loca, influenza H1N1, etcétera.

Quizá usted pensará que el tema va a resolverse solo, porque el reinado del terror de la covid-19 pasará un día: se encontrarán tratamientos, vacunas, se creará inmunidad. Muy bien. Y entonces, usted y los demás volverán a las calles y los bares sin ninguna precaución, y a besarse con personas que moquean y escupen, y a hurgarse las narices luego de guardarse el cambio de la tienda en el bolsillo. Nosotros no. Nosotros estaremos preparando el búnker para la próxima pandemia.



Jamileth