Consultorio Médico

Lecciones de la pandemia

2020-06-05

El cuarto elemento de una respuesta efectiva es una estrategia de comunicación clara,...

Julio Frenk Mora • Octavio Gómez Dantés | Nexos

La efectividad de la respuesta a una epidemia como la de COVID-19 depende de cinco elementos: 1) el sistema de vigilancia epidemiológica con el que se cuenta; 2) la existencia de una reserva estratégica de insumos y un plan nacional de respuesta ante pandemias; 3) la oportunidad y características específicas de la respuesta a dicha contingencia; 4) la estrategia de comunicación utilizada, y 5) el tipo de sistema de atención a la salud del que se dispone.

Una de las grandes lecciones de la pandemia de COVID-19 es que la “seguridad en salud” forma parte integral de la seguridad nacional y global. Para alcanzarla es necesario tener una plataforma sólida de instituciones, presupuestos y programas —justamente los elementos que han sido debilitados por las erráticas y erradas políticas públicas de la actual administración—. Sin embargo, la presente emergencia le está dando al gobierno una nueva —y última— oportunidad de construir un sistema de salud verdaderamente universal, capaz de responder de manera efectiva a este y otro tipo de retos.

Lo primero que se requiere para enfrentar de manera exitosa una pandemia es un buen sistema de vigilancia epidemiológica. México cuenta con uno muy sólido, que empezó a construirse en los años ochenta del siglo pasado y que dispone, entre otras cosas, de una red con 31 laboratorios estatales de salud pública y un Instituto de Diagnóstico y Referencia Epidemiológicos. Este sistema ha brindado protección oportuna y efectiva a la población mexicana, como lo demuestran las respuestas a la pandemia de influenza de 2009 y los brotes de zika de 2015-2016. Sin embargo, el sistema se ha debilitado como consecuencia de los ataques al servicio público y las recientes medidas de austeridad. La retórica de la actual administración federal, que ha estigmatizado a los servidores públicos, y los recortes salariales indiscriminados ahuyentaron a un número considerable de técnicos y especialistas en salud pública que hoy están haciendo falta. La disminución del gasto público en salud, además, afectó la operación de una de las áreas vitales del sistema: la Dirección General de Epidemiología, que en 2020 sufrió un recorte en su presupuesto de 57 millones de pesos. Si queremos enfrentar de mejor manera las pandemias del futuro será necesario fortalecer el sistema de vigilancia epidemiológica con mejores recursos humanos y mucho mayor presupuesto.

Para responder a las amenazas epidemiológicas globales es necesario contar también con insumos críticos suficientes y planes de acción efectivos. Consciente de esta necesidad, en 2006 la Secretaría de Salud de México conformó una reserva estratégica de insumos y diseñó el Plan Nacional de Preparación y Respuesta a una Pandemia de Influenza, atendiendo un llamado de la Organización Mundial de la Salud a establecer planes de contingencia ante posibles emergencias de este tipo. El plan contempló, además de la mencionada reserva, la creación de una red de unidades centinela para identificar cepas de virus circulantes, el establecimiento de un Comité Nacional para la Seguridad en Salud y la firma de convenios de cooperación con diversos organismos del gobierno mexicano e instituciones de salud pública, incluyendo los principales laboratorios de Estados Unidos y Canadá. Esto permitió responder de manera oportuna y efectiva a la pandemia de influenza H1N1 de 2009. Sin embargo, el menosprecio del actual gobierno federal al trabajo hecho por administraciones previas, el debilitamiento de las relaciones con diversas instituciones de salud pública y el descuido de la reserva estratégica le han impedido a las autoridades de salud responder de la misma manera a la pandemia de COVID-19. Ahora es necesario rediseñar el plan nacional de respuesta y fortalecer la reserva estratégica de insumos para la salud y equipo médico. En este proceso es importante restituir al Consejo de Salubridad General el papel central que la Constitución le otorga en la coordinación de la respuesta a las crisis sanitarias y que esta administración le negó en el manejo de la reciente pandemia.

Otros dos elementos cruciales del combate a las epidemias globales son la oportunidad y el carácter integral de la respuesta. El mayor reto en este sentido es identificar lo más temprano posible la existencia de una amenaza. Esto sólo puede hacerlo un equipo experimentado, con capacitación técnica y buenos vínculos internacionales. Una vez identificado el peligro es indispensable estar en condiciones de responder de manera inmediata y con el nivel de intensidad requerido. Como se señaló en el párrafo anterior, la existencia de un plan de respuesta, con protocolos bien definidos y una reserva estratégica de insumos, es fundamental, lo mismo que contar con recursos suficientes de uso inmediato para adquirir los medicamentos y equipos adicionales que pudieran requerirse. Las soluciones parciales deben evitarse a toda costa. Es preferible prepararse para el peor escenario y trabajar arduamente para evitarlo. Por desgracia, estos elementos han estado ausentes en la respuesta a la reciente pandemia. Las autoridades de salud de México recibieron, desde mediados de febrero, señales muy claras de que la epidemia que había brotado en China se extendería al resto del mundo, pero optaron por minimizar la amenaza. Esta actitud se extendió hasta finales de ese mes, cuando ya habían aparecido casos de COVID-19 en el país. El presidente López Obrador aseguró que no había motivo de alarma porque esta infección respiratoria “ni siquiera es equivalente a la influenza”. El secretario de Salud aseveró que la llegada del virus al país no debía preocuparnos porque la enfermedad que producía tenía un nivel de mortalidad bajo. La incorrecta percepción de la gravedad de la amenaza se acompañó de la adopción de una estrategia de apática vigilancia primero y de tibia respuesta unas semanas después. El ejemplo más dramático de esto fue la búsqueda tardía en el mercado nacional y global de diversos insumos vitales para enfrentar de manera efectiva la contingencia, como las pruebas diagnósticas, los equipos de seguridad para los trabajadores de la salud y los ventiladores para atender los casos complicados.

El cuarto elemento de una respuesta efectiva es una estrategia de comunicación clara, concisa, consistente y creíble. Cada vez que surge una pandemia ocasionada por un patógeno nuevo, la característica esencial de la emergencia es la incertidumbre, pues por definición se trata de la primera vez que los humanos confrontan a ese microrganismo. La incertidumbre, a su vez, genera ansiedad en el público, por lo cual la estrategia de comunicación es un componente vital del plan de respuesta. Es fundamental, en primer lugar, proporcionar información veraz de la manera más comprensible posible. La información debe ser, además, breve y directa. Lo más importante es evitar discrepancias y contradicciones, pues nada genera tanta confusión y temor entre la población como el espectáculo de un líder político que cuestiona en público a los expertos técnicos. Por desgracia, las prácticas de comunicación adoptadas por la actual administración frente a la epidemia de COVID-19 han carecido de estos atributos. La comunicación estuvo en manos, en un principio, de diversos voceros; no se ha acompañado de mensajes claros ni sobre la gravedad de la amenaza ni sobre la respuesta del gobierno federal, y ha abusado de las explicaciones técnicas. Tal vez lo más grave es que han abundado las discrepancias entre el presidente López Obrador y los principales voceros de la Secretaría de Salud. Lo que se transmite en una epidemia no son sólo microrganismos, sino también mensajes. Cuando éstos son confusos y contradictorios, se pueden generar conductas de pánico entre la gente que en ocasiones son tan dañinas como el virus mismo. Más aún, la pérdida de la credibilidad gubernamental crea un vacío informativo que se llena con rumores, prejuicios y desorientación.

El último elemento que influye en el curso de una pandemia es el tipo de sistema de salud que la enfrenta, el cual debe estar bien financiado, disponer de recursos físicos, materiales y humanos suficientes y adecuados, y ser capaz de responder de manera ágil a las demandas inesperadas. La pandemia de COVID-19, por desgracia, nos sorprendió en medio de una caótica transformación que desmanteló el Sistema de Protección Social en Salud y su brazo operativo, el Seguro Popular, para crear el Instituto de Salud para el Bienestar (Insabi). Se trata de una agencia prestadora de servicios que se diseñó pensando en el anticuado modelo asistencial y segregado que prevalecía en México en los años setenta del siglo pasado. Su propuesta de reconversión se topó con un estancamiento del presupuesto para la salud, conjuntado con un nivel sin precedentes de impericia administrativa y el desarreglo de las relaciones entre la federación y los estados, todo lo cual generó desabasto de insumos, incluyendo el equipo de protección para los trabajadores de la salud, y altos niveles de incertidumbre e insatisfacción entre el personal.

La pandemia de COVID-19 nos ha mostrado de manera muy clara que en este mundo globalizado la seguridad en salud constituye un componente crítico de la seguridad nacional y global. Sin ella no puede garantizarse la salud de los mexicanos, pero tampoco la estabilidad social y el crecimiento económico. Resulta urgente, por lo tanto, devolverle a la vigilancia epidemiológica el lugar privilegiado que ocupaba en el pasado.

Pero las lecciones van más allá. La crisis del coronavirus ha puesto en evidencia el riesgo que representa la absurda contrarreforma que se legisló de manera precipitada el año pasado y que ha minado las bases organizacionales y financieras del sistema nacional de salud. La crisis, sin embargo, les está ofreciendo al gobierno y al congreso la oportunidad de rectificar el rumbo en materia de salud. La emergencia justificaría cancelar los cambios destructivos a la Ley General de Salud que dieron origen al Insabi, una institución que entró a la escena nacional con el pie izquierdo apenas en enero. Si lo hacen, tendrían una segunda y última oportunidad de construir el sistema de salud que el presidente López Obrador le prometió a la nación: un sistema de salud como el de Canadá, el Reino Unido y los países escandinavos, es decir, un sistema bien financiado, plural y descentralizado que garantice la cobertura universal de servicios integrales de salud y sea capaz de protegernos contra las pandemias que inevitablemente habrán de venir.



regina

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