Ciencia, Tecnología y Humanidades

Odisea de una vacuna

2020-06-11

Una vez al mes, un equipo de inmunizadores salía de los hospitales para proteger la salud de...

Alejandra Agudo

Pocas veces toda la humanidad había estado tan pendiente de una vacuna. Concretamente, la de la covid-19. Muy de cerca se sigue la carrera de los científicos por desarrollarla, los debates sobre su posible efectividad, cuándo se podrá empezar a fabricar en masa y cómo se distribuirá entre la población. Una de las preocupaciones es que las naciones más pobres queden excluidas de los beneficios de la inmunización. Para evitarlo, la Alianza Global para la Vacunación (Gavi, por sus siglas en inglés) ha solicitado 2,000 millones de dólares a sus donantes para una primera campaña de inmunización de trabajadores sanitarios y personas con más riesgo. Un esfuerzo adicional a los 8,800 millones que ha recaudado este junio de 2020 para continuar apoyando los próximos cinco años a los países más vulnerables a la hora de adquirir y suministrar las vacunas que ya existen contra la neumonía, la polio o el sarampión a sus niños. Si la pandemia lo permite.

En Mahulane, comunidad rural al sur de Mozambique, saben bien lo que es esperar dosis de vacunas. Una calurosa mañana de principios de marzo, un centenar de personas aguarda durante horas a la sombra de un gran árbol la llegada de la brigada de vacunadores que, cada mes, se traslada a las comunidades alejadas de los servicios sanitarios. El 40% de la población de Mozambique reside a más de 10 kilómetros del centro sanitario más cercano; y suelen ser los más pobres, los que no tienen recursos ni medios para acudir a las consultas. Por eso, las vacunas salen a su encuentro.

A la hora del almuerzo, un equipo de sanitarios realiza a pie el último tramo de camino que separa la carretera de tierra del lugar escogido para congregar a los vecinos de Mahulane, que está a 20 kilómetros de la instalación médica más cercana. Cargan con neveras portátiles, que contienen dosis de inmunización de sarampión, neumonía o polio, entre otras, a la temperatura de conservación adecuada, así como con medicamentos, mesas y sillas. En unos minutos, los profesionales despliegan una clínica.

De una de las ramas más gruesas se cuelga una báscula, es el área para el control del estado nutricional de los niños; unos pasos más allá, un doctor pasa consulta, realiza pruebas de malaria y dispensa medicamentos para esta y otras dolencias. En esta zona, las enfermedades más comunes son la diarrea, la neumonía y el paludismo. En una esquina más apartada y discreta de este centro móvil al aire libre, una enfermera informa sobre métodos anticonceptivos y los suministra, bien la inyección o pastillas, a las que no desean quedarse embarazadas. “Para ponerse un implante o un DIU tienen que ir al hospital”, detalla Joana Mauricio, responsable del servicio.

Al menos 80 millones de niños menores de un año en 68 países están en riesgo de enfermar en el futuro por la interrupción de las campañas de vacunación debido a la covid-19

Julia Jaime, de 20 años, ha acudido al lugar para vacunar a su bebé de un año, Erish. Es la primera vez que asiste a una de estas sesiones, animada por los activistas de salud comunitaria de su zona. “Cuando me quedé embarazada, las enfermeras me informaron de la importancia de las vacunas. Sé que son buenas para los niños”, comenta. Para ella, habría supuesto un esfuerzo imposible acudir al hospital para recibir las dosis que le correspondena su pequeño. “Es difícil ir. Cuando he acudido por alguna urgencia, he tenido que caminar tres horas para ir y otras tres para volver”, afirma. Ni ella ni su marido, de 22, tienen trabajo estable; solo empleos temporales en la agricultura o recogiendo leña. La pareja no solo no tiene recursos para pagarse un traslado al centro médico, sino que a veces no les llega ni para comer. “Deseo vivir mejor”, termina.

Al otro lado de la mesa plegable, Delisio Acacio, técnico de salud pública, de 34 años, va anotando en un gran cuaderno de papel el nombre de las criaturas y las vacunas que les administran. Así en la próxima visita contará con los datos sobre la población infantil del lugar y las dosis que necesitarán. Esta vez, ha traído 40 de la neumonía, 80 de polio, 20 para el sarampión, enumera. “Vendremos en tres meses. Tenemos financiación, aunque hay escasez de recursos”, apunta antes de saber que la pandemia de coronavirus afectaría al normal funcionamiento de este tipo de programas.

Al menos 80 millones de niños menores de un año en 68 países están en riesgo de enfermar en el futuro por la interrupción de las campañas de vacunación debido a las medidas para frenar la expansión de la covid-19. Es la denuncia conjunta de Gavi, la OMS y Unicef. Desde marzo de 2020, los servicios de inmunización infantil de rutina se han parado a escala global. Más de la mitad (53%) de los 129 países con datos disponibles al respecto informaron ya en abril de suspensiones parciales y totales de sus programas. Para esa fecha, Mozambique —que acumula 472 casos y dos fallecidos a día de hoy, 10 junio 2020— mantenía los servicios habituales en las instalaciones sanitarias, confirman fuentes del Ministerio de Salud, pero no así las actividades fuera de las mismas para evitar contagios. Para los habitantes de poblaciones como Mahulane, pobres y alejadas, significa decir adiós a las vacunas. 

Una vez al mes, un equipo de inmunizadores salía de los hospitales para proteger la salud de quienes no podían ir en su busca. "El objetivo es inmunizar con este sistema de brigadas al 20% de la población. Porque cuando la gente vive lejos, ¿de qué otra manera pueden ir a vacunarse?", explica Cyril Nogier, responsable de Gavi para Mozambique, durante una visita el pasado marzo en el país para evaluar los progresos. La meta, sin embargo, tendrá que esperar. Ahora los esfuerzos están concentrados en evitar una catástrofe sanitaria por el nuevo coronavirus.

La pandemia pone a prueba los progresos que los países apoyados por Gavi, 40 en África, habían logrado en las dos últimas décadas. Mozambique —en la posición 180 de 189 en el Índice de Desarrollo Humano de la ONU— ha contado con la ayuda de esta alianza global desde su creación en el 2000. "Primero solo enviábamos vacunas. Luego fuimos haciendo más: formación técnica, fortalecimiento del sistema público y apoyo para las unidades de las brigadas móviles para vacunar", detalla Nogier. "Gavi ha aportado 280 millones de dólares a la vacunación en Mozambique. Y para 2021 hemos solicitado una ayuda de 33 millones de dólares", apunta Graça Matsinhe, responsable del Programa de Inmunización del Ministerio de Salud mozambiqueño. Gracias al apoyo —el coste de las vacunas es compartido entre Gavi y el Gobierno (un 20%)— este país pobre ha logrado un 95% de cobertura de inmunización, asegura Matsinhe. "El 5% que nos falta por inmunizar vive en zonas remotas", agrega. "Ya no tenemos sarampión. En Maputo: cero casos. Si acaso hay alguno fuera. Pero ya no es un problema de salud pública. La polio la erradicamos, así como los casos de tétanos neonatal, que era muy común", completa la lista de logros Rosa Marlene, directora general de Salud Pública.

Ruth Bechtel, directora de la ONG VillageReach en el país, anota sin embargo que carecen de datos fiables sobre quiénes son y dónde están esas personas a las que no les llegan las vacunas. "Cuando respondamos por qué la gente se queda fuera, podremos elaborar las soluciones", reflexiona. "En un estudio de pérdida de oportunidades supimos que algunos de los factores son la lejanía, la falta de información o la carencia de medicamentos; si la gente se va sin vacunar a los niños, ya no vuelven". Para conocer a esas personas fuera del radar de la inmunización, la experta sugiere el registro electrónico de niños "y cruzar datos con los centros de salud".

Eso solo sería posible si el sistema sanitario estuviera informatizado. Pero el papel es la norma. En el centro de salud de Xipamanine, en Maputo, Arlinda Ingonane sabe que entre enero y primeros de marzo de 2020 han vacunado a 1.515 niños porque lo lee en un gran libro con anotaciones a mano. De sus páginas se recupera la información si alguna madre pierde la cartilla del bebé. "Esto sirve para controlar a los niños que no vuelven y así hacemos seguimiento, llamamos a los teléfonos que nos ha dado la madre para ver qué ha pasado y decirles que tienen que venir", señala. "Si faltan dos meses, les pasamos al libro de búsquedas".

"Nos hace falta infraestructura, espacio. Y poder tener ordenadores. Así no hay seguridad. Podríamos perder toda la información". Recuerda Ingonane que una tormenta como Idai, el ciclón que arrasó la zona central del país en marzo de 2019, podría destruir todo su archivo. Ya no sabrían que Cecilia, de 19 años, acudió al centro con su primera hija, Fineria Manuela, de nueve meses, para inmunizarse ella y a la niña contra el tétanos y el sarampión. O que Endy, de tres meses, el primer hijo de Amelia Antonia, de 26 años, ha vomitado después de ser vacunado contra el rotavirus.

La falta de recursos se exacerba cuando la presión es mayor. Mozambique tenía retos sanitarios importantes antes de la pandemia, y en su haber contaba con grandes logros como la reducción de la mortalidad infantil de 201 menores de cinco años por cada 1,000 nacidos vivos en 1997 a 97 en 2011 y 79 en 2018, según datos oficiales. Los desafíos estarán ahí cuando la emergencia pase, la esperanza es que los progresos en materia de inmunización y protección de la infancia, también.



regina

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