Panorama Norteamericano

Trump está rodeado de colaboracionistas. Y todos tienen una excusa

2020-06-22

Desde la II Guerra Mundial, los historiadores y los politólogos han intentado explicar por...

Anne Applebaum, El País

Una fría tarde de marzo de 1949, Wolfgang Leonhard se escabulló de la secretaría del Partido Comunista de Alemania del Este corrió a su casa, cogió la poca ropa de abrigo que le cupo en una pequeña maleta y fue a una cabina telefónica a llamar a su madre. “Esta tarde tendré listo el artículo”, le dijo. Era la contraseña que habían acordado previamente. Significaba que se disponía a huir poniendo en riesgo su vida.

Aunque por aquel entonces solo tenía 28 años, Leonhard estaba en la cumbre de la nueva élite del país. Hijo de comunistas alemanes, había sido educado en la Unión Soviética, formado en escuelas especiales durante la guerra y devuelto a Berlín desde Moscú en mayo de 1945 en el mismo avión en el que viajaba Walter Ulbricht, el líder de lo que no tardaría en convertirse en el Partido Comunista de la República Democrática Alemana (la RDA, Alemania del Este). Leonhard fue destinado a un equipo encargado de reorganizar el gobierno municipal de la capital. Su tarea principal consistía en asegurarse de que a todos los líderes locales que surgiesen del caos de la posguerra se les asignase un adjunto leal al partido. “Debe parecer democrático”, le explicó Ulbricht, “pero debemos tenerlo todo bajo control”.

Para entonces, Leonhard ya había vivido experiencias muy duras. En Moscú, cuando él era adolescente, su madre fue detenida, acusada de “enemiga del pueblo” y enviada a Vorkutá, un campo de trabajo al norte del país. Leonhard había visto con sus propios ojos la extrema pobreza y la desigualdad de la Unión Soviética, se había desencantado con la alianza de la URSS y la Alemania nazi entre 1939 y 1941, y conocía las violaciones en masa cometidas por el Ejército Rojo tras la ocupación. Sin embargo, él y sus amigos, fieles a una ideología, “rechazaban instintivamente” la idea de que esos sucesos “chocasen de frente” con los ideales socialistas. El joven Leonhard se aferraba a las creencias con las que había crecido.

El punto de inflexión, cuando llegó, tuvo un carácter trivial. Leonhard cruzaba el vestíbulo del edificio del Comité Central cuando un “hombre de mediana edad y aspecto agradable” lo paró. Era un camarada recién llegado de la parte occidental que quería saber dónde estaba el comedor. Leonhard le dijo que dependía del vale de comida que tuviese. Los funcionarios de diferente rango tenían acceso a comedores distintos. Él se quedó atónito: “Pero ¿cómo? ¿No son todos miembros del partido?”.

Leonhard siguió su camino y entró en el comedor de primera categoría que le correspondía, en el que las mesas estaban cubiertas con manteles blancos y se servían menús de tres platos a los altos cargos. Se sintió avergonzado. “Qué curioso, pensé, que aquello no me hubiese chocado nunca”. Fue entonces cuando empezó a albergar las dudas que lo acabaron llevando, inexorablemente, a planear su huida.

En ese preciso momento, en esa misma ciudad, otro alto cargo de Alemania del Este llegaba justo a la conclusión contraria. Markus Wolf también era hijo de una destacada familia comunista alemana, y también pasó su infancia en la Unión Soviética, donde asistió a los mismos colegios de élite para hijos de comunistas extranjeros que Leonhard, así como al mismo campamento de instrucción durante la guerra. Ambos habían compartido habitación allí y se dirigían el uno al otro de forma solemne utilizando seudónimos —como mandaban las reglas de toda conspiración ultrasecreta— a pesar de que conocían perfectamente sus nombres verdaderos. Wolf también había sido testigo de las detenciones masivas, las purgas y la pobreza de la Unión Soviética, y también se había mantenido fiel a la causa. Llegó a Berlín apenas unos días después que Leonhard, en otro avión lleno de camaradas de confianza, y enseguida empezó a trabajar como presentador de un programa de la nueva emisora de radio apoyada por la URSS. Durante meses dirigió el popular Usted pregunta, nosotros respondemos. Wolf respondía en antena a las cartas de los lectores. A menudo concluía sus respuestas con alguna variante de la frase “estamos superando estas dificultades con la ayuda del Ejército Rojo”.

En agosto de 1947, los dos hombres se encontraron en el “lujoso apartamento de cinco habitaciones” de Wolf, cerca de lo que entonces era el estudio de la emisora de radio. Desde allí se dirigieron en coche a la casa de campo del locutor, “una mansión elegante cerca del lago Glienicke”. En un paseo por el lago, Wolf avisó a Leonhard de que se avecinaban cambios. Le dijo que abandonase la esperanza de que al comunismo alemán se le permitiese seguir una trayectoria diferente a la de la versión soviética. Semejante idea, que durante mucho tiempo había sido la meta de un buen número de miembros del partido alemán, se iba a abandonar pronto. Cuando Leonhard le respondió que no podía ser verdad —él mismo era un responsable del aparato ideológico, y nadie le había hablado de un cambio de rumbo—, Wolf se rio de él. “Hay autoridades que están por encima de tu secretaría general”, le lanzó, y dejó claro que él tenía contactos mejores y amigos más importantes. A sus 24 años, disponía de información privilegiada. Leonhard comprendió por fin que él era un funcionario de un país ocupado en el que la última palabra la tenía el Partido Comunista de la Unión Soviética, y no el alemán.

Como, por desgracia, es bien conocido, la carrera de Markus Wolf siguió su trayectoria ascendente. No solo se quedó en la RDA, sino que ascendió en su nomenklatura hasta convertirse en el máximo espía del país. Fue el número dos del Ministerio para la Seguridad del Estado, más conocido como Stasi. Muchas veces se le ha considerado el modelo que inspiró el personaje de Karla de las novelas de espías de ­John le Carré. A lo largo de su carrera, la Administración Principal de Reconocimiento (Hauptverwaltung Aufklärung) que dirigía reclutó agentes en los despachos de la cancillería de Alemania Occidental, así como en prácticamente todos los departamentos del Gobierno y en la OTAN.

Mientras tanto, Leonhard se convirtió en un destacado detractor del régimen. Escribió y dio clases en Berlín oeste, Oxford y Columbia. Al final terminó en Yale, donde sus lecciones dejaron huella en varias generaciones de estudiantes. Entre ellos se encontraba un futuro presidente de Estados Unidos, George W. Bush, que calificó la asignatura de “introducción a la lucha entre la tiranía y la libertad”. Cuando yo estudiaba en Yale en la década de 1980, las clases de Leonhard sobre Historia de la Unión Soviética eran las más concurridas de la universidad.

Las historias de estos hombres por separado tienen sentido, pero cuando se contemplan juntas requieren una explicación más en profundidad. Hasta marzo de 1949, las biografías de Leonhard y Wolf fueron sorprendentemente similares. Ambos crecieron en el sistema soviético y fueron educados en la ideología comunista; compartían los mismos valores y sabían que el partido los estaba socavando; los dos eran conscientes de que el sistema, supuestamente construido para fomentar la igualdad, era profundamente desigual, enormemente injusto y muy cruel. Al igual que otros como ellos en tantas otras épocas y tantos otros lugares, los dos podían ver con claridad la brecha que separaba la propaganda de la realidad. A pesar de todo, uno siguió siendo un colaboracionista entusiasta, mientras que el otro no pudo soportar la traición a sus ideales. ¿Por qué?

En inglés, la palabra “collaborator” tiene un doble significado. Se puede hablar de un compañero como de un colaborador en un sentido neutro o positivo. En cambio, la otra acepción, la que aquí nos interesa, es diferente. Se refiere a alguien que trabaja con el enemigo, con la potencia ocupante, con el régimen dictatorial. En este sentido negativo, collaborator (colaboracionista en español) guarda una relación estrecha con otra serie de palabras: “conspiración”, “complicidad”, “connivencia”. Esta acepción negativa se extendió durante la II Guerra Mundial, cuando se empleaba de manera generalizada para describir a los europeos que colaboraban con los ocupantes nazis. Básicamente, el significado despectivo de collaborator implica traición: al propio país, a la propia ideología, a la propia moral o a los propios valores.

Desde la II Guerra Mundial, los historiadores y los politólogos han intentado explicar por qué, en circunstancias extremas, algunas personas se convierten en colaboracionistas y otras no. El ya fallecido catedrático de Harvard Stanley Hoffmann conoció el tema de primera mano. Siendo niño, él y su madre se escondieron de los nazis en un pueblo del sur de Francia llamado Lamalou-les-Bains. A pesar de ello, era prudente en sus conclusiones y señalaba que “un historiador cuidadoso tendría que escribir, normalmente, una cantidad enorme de historias particulares, ya que al parecer ha habido tantos colaboracionismos como partidarios o practicantes de la colaboración”.

Aun así, Hoffmann hizo un intento de clasificación, empezando por una división de los colaboracionistas entre “voluntarios” e “involuntarios”. Muchos de los integrantes del segundo grupo no tuvieron opción: obligados a “reconocer a regañadientes su necesidad”, no pudieron evitar tratar con los ocupantes nazis que dirigían el país. A los “voluntarios”, más entusiastas, el historiador los clasificó en dos categorías adicionales. En la primera situó a los que cooperaban con el enemigo en nombre del “interés nacional” y lo justificaban como necesario para preservar la economía o la cultura francesas —aunque, por supuesto, muchos de los que esgrimían estos argumentos tenían, además, otros motivos profesionales o económicos—. La segunda incluía a los colaboracionistas ideológicos verdaderamente activos, que pensaban que la Francia republicana anterior a la guerra había sido débil o corrupta y esperaban que los nazis la fortaleciesen; que admiraban el fascismo y a Hitler.

Hoffmann observó que muchos de los que se convirtieron en colaboracionistas ideológicos eran terratenientes o aristócratas, “la flor y nata del funcionariado, las Fuerzas Armadas y la comunidad empresarial”, personas que se consideraban a sí mismas parte de una clase dirigente natural privada injustamente del poder bajo los Gobiernos de izquierdas de la Francia de la década de 1930. Igualmente motivados a colaborar se sintieron los “inadaptados sociales y descarriados políticos” que en circunstancias normales jamás habrían logrado ninguna clase de éxito en sus carreras. Lo que hizo que ambos grupos confluyesen fue la conclusión compartida de que, pensaran lo que pensasen de Alemania antes de junio de 1940, su futuro político y social mejoraría si se ponían del lado de los ocupantes.

Al igual que Hoffmann, el poeta polaco premio Nobel de Literatura Czeslaw Milosz escribió sobre el colaboracionismo a partir de su experiencia personal. Aunque fue miembro activo de la resistencia antinazi durante la guerra, acabada esta, las circunstancias lo llevaron a la Embajada polaca en Washington como agregado cultural al servicio del Gobierno comunista de su país. Hasta 1951 no abjuró, condenó el régimen y analizó su experiencia. En su famoso ensayo El cerebro cautivo esbozó varios retratos ligeramente camuflados de personas reales, todas ellas escritores e intelectuales, que habían encontrado diferentes maneras de justificar su colaboración con el partido. Muchos eran arribistas, pero Milosz pensaba que el oportunismo no era explicación suficiente. Para muchos, formar parte de un movimiento de masas ofrecía la posibilidad de acabar con la marginación, de sentirse próximos a la “masa”, de estar unidos en una misma comunidad con trabajadores y comerciantes. A los intelectuales atormentados, la colaboración les proporcionaba también una especie de alivio, casi una sensación de paz: significaba que ya no estaban permanentemente en guerra con el Estado, que el desasosiego había llegado a su fin. Una vez que el intelectual ha aceptado que no hay alternativa, escribía Milosz, “come con deleite, sus movimientos adquieren vigor y recobra el color. Se sienta y escribe un artículo positivo, maravillándose de la facilidad con la que lo hace”. Milosz es uno de los pocos escritores que reconoce el placer de la conformidad, cómo aligera el ánimo y acaba con tantas disyuntivas personales y profesionales.

Todos sentimos el impulso de adaptarnos; es el más normal de los deseos humanos. Pensé en ello recientemente cuando fui a ver a Marianne Birthler en su luminoso apartamento de Berlín. Durante la década de 1980, Birthler formaba parte del reducidísimo grupo de disidentes activos de la RDA. Más tarde, en la Alemania reunificada, pasó más de una década en la dirección del archivo de la Stasi, en el que están recogidos los documentos de la antigua policía secreta de Alemania del Este. Le pregunté si podía identificar entre sus coe­táneos un conjunto de circunstancias que hubiesen predispuesto a algunos a colaborar con la Stasi. La pregunta la desconcertó. El colaboracionismo no era lo interesante, me explicó Birthler. Casi todo el mundo fue colaboracionista; el 99% de la población de la RDA lo era. Si no trabajaban para la Stasi, lo hacían para el partido, o para el sistema en general. Mucho más fascinante —y mucho más difícil de explicar— era la cuestión verdaderamente misteriosa de por qué algunos se opusieron al régimen. En otras palabras, lo desconcertante no es por qué Markus Wolf se quedó en la Alemania Oriental, sino por qué Wolfgang Leonhard no lo hizo.

Voy a contarles otro par de historias con las que los lectores estadounidenses estarán más familiarizados. Remontémonos a la década de 1980, cuando un joven Lindsey Graham prestaba por primera vez sus servicios en la Abogacía General —el servicio jurídico militar— de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos. Durante parte de ese periodo, Graham estuvo destinado en lo que entonces era Alemania Occidental, la vanguardia de la intervención estadounidense en la Guerra Fría. Graham, nacido y criado en una pequeña ciudad de Carolina del Sur, había dedicado su vida al Ejército: tras la muerte de sus padres cuando estaba en la veintena, consiguió que él y su hermana cursasen estudios universitarios con la ayuda de una beca del Cuerpo de Instrucción de los Oficiales de Reserva y, luego, un sueldo de las Fuerzas Armadas. Permaneció dos décadas en la reserva, incluso cuando formaba parte del Senado, y viajó de vez en cuando a Irak o Afganistán para prestar servicio temporalmente como oficial de reserva. “Las Fuerzas Aéreas han sido una de las mejores cosas que me han pasado en la vida”, declaró en 2015. “Me proporcionaron un propósito más allá de mí mismo y me ofrecieron a patriotas por compañeros”. Durante la mayor parte de sus años como senador, Graham, junto con su íntimo amigo John McCain, defendió un Ejército fuerte y una visión de EE UU como paladín de la democracia fuera de sus fronteras. Asimismo, mantuvo una concepción sólida del concepto de la democracia en su propio país. En su campaña de 2014 para la reelección, se presentó como un inconformista y un centrista, y declaró a The Atlantic que competir con el [ultraconservador] Tea Party había sido lo más divertido que le había pasado desde que se dedicaba a la política.

Mientras Graham recorría Alemania Occidental, ­Mitt Romney se convirtió en cofundador y luego en presidente de Bain Capital, una empresa de capital riesgo (…). Graham era un abogado militar que cobraba un sueldo del Ejército; Romney compraba empresas, las reestructuraba y las vendía. Sobresalió en su trabajo —en 1990 le ofrecieron la dirección de la filial Bain & Company— y se hizo muy rico. Pero él soñaba con una carrera en la política, y en 1994 se presentó al Senado por Massachusetts tras cambiar su afiliación política de independiente a republicano. Perdió. En 2002 se presentó a gobernador del mismo Estado como moderado sin afiliación y ganó. En 2007 —tras un mandato al frente del Estado, durante el cual logró introducir una forma de atención sanitaria casi universal que se convirtió en modelo para la Ley de Asistencia Asequible (Obamacare) de Obama— lanzó su primera campaña para la presidencia. Después de perder las primarias republicanas en 2008, consiguió ser el candidato del partido en 2012 y perdió las elecciones.

Tanto Graham como Romney tenían ambiciones presidenciales. Graham protagonizó una breve campaña en 2015 (el argumento era que “el mundo se está desmoronando”). Los dos eran miembros leales del Partido Republicano, escépticos con la periferia radical y conspiratoria de esta formación. Ambos reaccionaron a la candidatura de Donald Trump con verdadera indignación —no es de extrañar, porque los valores del actual presidente desvirtúan los suyos en varios aspectos—. Graham había dedicado su vida profesional a una determinada concepción del liderazgo de EE UU en el mundo, mientras que Trump ofrecía una doctrina del “Estados Unidos primero” que acabaría significando, en realidad, “yo y mis amigos primero”. Romney era un excelente empresario con una sólida trayectoria en la función pública. Trump, en cambio, era un heredero adinerado, se había arruinado más de una vez, no había creado nada de valor y su currículo, en cuanto a responsabilidades de gobierno, era inexistente. Tanto Graham como Romney estaban entregados a las tradiciones democráticas estadounidenses y a los ideales de honestidad, responsabilidad y transparencia en la vida pública, todo lo que Trump menospreciaba.

Ambos manifestaban abiertamente su desaprobación de Trump. Antes de las elecciones, Graham le llamó “imbécil”, “chalado”, “incitador al odio racista y fanático xenófobo y religioso”. Cuando Trump ganó parecía triste, incluso deprimido. Coincidí con él en una conferencia en Europa en la primavera de 2016, y solo hablaba con monosílabos, en el mejor de los casos.

Romney llegó más lejos. “Hablando claro”, decía en marzo de 2016 en un discurso, “si los republicanos elegimos a Donald Trump como candidato, las perspectivas de un futuro seguro y próspero se verán seriamente mermadas”. Romney se refirió a la “intimidación, la codicia, la fanfarronería, la misoginia, la absurda teatralidad propia de un niño de primaria” de Trump, a quien tachó de “estafador” y “fraude”. Incluso después de que este consiguiera la nominación, Romney se negó a apoyarlo. Según contó, en su papeleta electoral añadió a mano el nombre de su esposa. Graham declaró que había votado por el candidato independiente Evan McMullin.

Pero Trump se convirtió en presidente, poniendo a prueba las convicciones de los dos republicanos.

Echando un vistazo a sus biografías, muchos no habrían previsto lo que pasó a continuación. Sobre el papel, Graham era el que parecía tener, en 2016, unos vínculos más profundos con el Ejército, el Estado de derecho, y una idea anticuada del patriotismo estadounidense y la responsabilidad de su país en el mundo. De Romney, en cambio, con sus vaivenes entre el centro y la derecha y sus trayectorias en la empresa y la política, se habría dicho que sentía menos apego por esos mismos ideales patrióticos a la antigua. La mayoría de nosotros tenemos la idea preconcebida de que los soldados son patriotas leales, mientras que los consultores solo actúan en su propio interés. Damos por sentado que es más probable que las personas de ciudades pequeñas de Carolina del Sur resistan a la presión política que aquellas que han vivido en muchos sitios diferentes. Pensamos instintivamente que la lealtad a un lugar concreto implica lealtad a un sistema de valores.

Pero, en este caso, los estereotipos no funcionaron. Fue Graham el que justificó los abusos de poder de Trump. Fue él —un letrado de la Abogacía General del Ejército— el que restó importancia a las pruebas de que el presidente había intentado manipular a tribunales de otros países y chantajear a un líder extranjero para que iniciase una investigación falsa sobre un rival político. Fue Graham el que abandonó su apoyo declarado al bipartidismo y en su lugar impulsó una investigación partidista del Comité Judicial del Senado al hijo del exvicepresidente Joe Biden. También fue él quien jugó al golf con Trump, quien lo excusó en televisión, quien apoyó al presidente incluso cuando este empezó a destruir poco a poco alianzas de EE UU —con los europeos, con los kurdos— que Graham había defendido toda su vida. Por el contrario, Romney se convirtió en febrero en el único senador republicano que rompió filas con sus compañeros y votó a favor de la destitución. “Manipular unas elecciones para mantenerse en el cargo”, declaró, “es tal vez la violación más abusiva y destructiva del juramento de toma de posesión que uno se pueda imaginar”.

Uno de ellos se mostró dispuesto a traicionar ideas y principios que en otro tiempo había defendido. El otro se negó. ¿Por qué?

Al lector estadounidense, las referencias a la Francia de Vichy, la RDA, los fascistas y los comunistas le pueden parecer desmesuradas, incluso absurdas. Pero si profundizamos un poco más, la analogía adquiere sentido. No se trata de comparar a Trump con Hitler o Stalin, sino de comparar las experiencias de miembros de alto rango del Partido Republicano de EE UU, especialmente de aquellos que colaboran más estrechamente con la Casa Blanca, con las de los franceses de 1940, los ciudadanos de Alemania Oriental en 1945, o la de Czeslaw Milosz en 1947. Personas que se ven obligadas a aceptar una ideología ajena o un conjunto de valores que chocan con los suyos.

Ni siquiera los partidarios de Trump pueden refutar esta analogía, porque la imposición de una ideología ajena es precisamente el objetivo del presidente. Su discurso de toma de posesión fue un ataque sin precedentes a la democracia y los valores estadounidenses. Recordemos que se refirió a la capital, al Gobierno, a los congresistas y a los senadores —todos ellos elegidos democráticamente por los estadounidenses de acuerdo con su Constitución, que ya tiene 227 años— como la “clase dirigente” que se beneficiaba a costa “del pueblo”. “Sus victorias no han sido las vuestras”, proclamó. “Sus triunfos no ha sido los vuestros”. Trump estaba anunciando, tan rotundamente como podía, que un nuevo sistema de valores iba a reemplazar al viejo, aunque, por supuesto, la naturaleza de esos nuevos valores todavía no estaba definida.

Casi tan pronto como acabó de hablar, Trump lanzó su primer ataque a la realidad basada en hechos, un componente del sistema político estadounidense infravalorado desde hacía tiempo. No vivimos en una teocracia o en una monarquía que aceptan como ley la palabra del líder o del clero. Vivimos en una democracia que debate los hechos, intenta entender los problemas, y después legisla soluciones, todo ello con arreglo a un conjunto de normas. La insistencia de Trump —contradiciendo las fotografías, las imágenes de televisión y la experiencia directa de miles de personas— en que la asistencia a su toma de posesión había sido superior a la de la primera de Barack Obama representaba una ruptura radical con la tradición política estadounidense. Efectivamente, al igual que los líderes autoritarios de otras épocas y lugares, Trump ordenó no solo a sus partidarios, sino también a los miembros apolíticos de la burocracia gubernamental, a que acatasen una realidad manifiestamente falsa y manipulada. Los políticos estadounidenses, al igual que los de cualquier otro país, siempre han disimulado errores, ocultado información y hecho promesas que no podían cumplir. Pero hasta que Trump llegó a la presidencia, ninguno había inducido al Servicio de Parques Nacionales a manipular fotos, ni obligado al secretario de prensa de la Casa Blanca a mentir sobre las proporciones de una multitud, ni le había instado a hacerlo delante de la prensa (que sabía que mentía).

La mentira era insignificante, incluso ridícula. En parte por eso era tan peligrosa. En la década de 1950, cuando el insecto conocido como escarabajo de la patata de Colorado apareció en los patatales del este de Europa, los Gobiernos de la zona, apoyados por la Unión Soviética, proclamaron triunfales que pilotos estadounidenses lo habían lanzado desde el aire como un deliberado sabotaje biológico. Por toda Polonia, la RDA y Checoslovaquia se colgaron carteles de malvados insectos rojos, blancos y azules. Nadie se creía realmente la acusación —ni siquiera sus autores, como más tarde probaron los archivos—. Pero era lo de menos. El objetivo de los carteles no era convencer de algo falso, sino demostrar el poder del partido para afirmarlo y difundirlo. A veces la cuestión no es conseguir que la gente se crea una mentira, sino que tenga miedo al mentiroso.

Esta clase de mentiras también tienen la característica de que se sustentan unas a otras. Se necesita tiempo para persuadir a las personas de que abandonen un sistema de valores. El proceso suele empezar poco a poco, a base de pequeños cambios. Los especialistas en ciencias sociales que han estudiado el deterioro de los valores y el aumento de la corrupción en las empresas han descubierto, por ejemplo, que “es más probable que la gente acepte el comportamiento inmoral de los demás si este se desarrolla paulatinamente (como descendiendo por una pendiente resbaladiza) que si aparece de repente”, como explica un artículo de 2009 publicado en el Journal of Experimental Social Psychology. En parte, el motivo reside en que la mayoría de las personas tienen una visión inherente de sí mismas como morales y honradas, y esa imagen es reacia al cambio. Una vez que determinados comportamientos se convierten en normales, la gente deja de verlos como malos.

Este proceso también se produce en política. En 1947, la administración militar soviética de la Alemania oriental aprobó un reglamento para la actividad de editoriales e imprentas. El decreto no nacionalizaba las imprentas, sino que se limitaba a exigir que sus propietarios solicitasen licencia, y que restringiesen su actividad a los libros y folletos encargados por los planificadores centrales. Imagínense cómo afectaba una ley como esta —que no hablaba de detenciones, ni mucho menos de torturas o de gulags— al propietario de una imprenta de Dresde, un padre de familia responsable con dos hijos adolescentes y una esposa con salud delicada. Tras su promulgación, el impresor tenía que tomar una serie de decisiones aparentemente insignificantes. ¿Iba a solicitar la licencia? Por supuesto, tenía que ganar dinero para su familia. ¿Y accedería a limitar su negocio al material encargado por los planificadores centrales? Nueva respuesta afirmativa, ¿qué iba a imprimir si no?

Después de eso, seguiría transigiendo. A pesar de que no le gustan los comunistas —quiere mantenerse al margen de la política—, accede a imprimir las obras completas de Stalin, porque, si no lo hace, lo harán otros. Sin embargo, cuando unos amigos disidentes le piden que imprima un panfleto crítico con el régimen, se niega. Aunque hacerlo no le supondría la cárcel, es posible que sus hijos no sean admitidos en la universidad, y a lo mejor su esposa no podría recibir la medicación. Tiene que pensar en el bienestar de los suyos. Mientras tanto, en toda la Alemania oriental, otros propietarios de imprentas toman decisiones parecidas. Y, al cabo de un tiempo sin que se haya matado o detenido a nadie, y sin que nadie haya sentido especiales remordimientos de conciencia, solo se pueden leer libros aprobados por el régimen.

Muchos republicanos y trabajadores de la Administración de Trump se percibían a sí mismos como patriotas, administradores competentes o miembros leales del partido, lo que provocó una distorsión cognitiva que les impidió identificar la naturaleza exacta del sistema de valores alternativo del presidente. Al fin y al cabo, los primeros incidentes fueron de lo más triviales. No le dieron importancia a la mentira sobre la toma de posesión porque era una tontería. Hicieron caso omiso cuando el presidente eligió el Ejecutivo más acaudalado de la historia, y cuando llenó su Administración de antiguos lobbistas: no tenía nada de raro. Encontraron excusas para Ivanka Trump cuando utilizó una cuenta privada de correo electrónico, y para los conflictos de intereses de Jared Kushner porque eran cosas de familia.

Paso a paso, el trumpismo fue enredando a muchos de sus adeptos más entusiastas. Recordemos que algunos de los apoyos intelectuales de Trump —personas como Steve Bannon, Michael Anton y los defensores del “conservadurismo nacional”, una ideología inventada a posteriori para racionalizar el comportamiento del presidente— promocionaron su movimiento como una forma reconocible de populismo: una alternativa, anti Wall Street, antiguerras exteriores y antiinmigración, al libertarismo de gobierno pequeño del Partido Republicano convencional. Su eslogan Drain the Swamp (drenemos la ciénaga) anunciaba que Trump iba a hacer limpieza en el mundo corrupto de los lobbistas y la financiación de campañas que distorsiona la política estadounidense, y a hacer el debate público más honesto, y la legislación, más justa. Si esta hubiese sido realmente la filosofía que guiaba a Trump, en 2016 podría haber representado un problema para los líderes del Partido Republicano, dado que la mayoría tenía valores bastante diferentes. Pero no habría sido necesariamente perjudicial para la Constitución, ni habría tenido por qué plantear dilemas morales esenciales a las personas que forman parte de la esfera pública.

En la práctica, Trump ha gobernado conforme a una serie de principios muy diferentes de los que formulaban sus apoyos intelectuales del principio. Aunque algunos de sus discursos han seguido utilizando ese lenguaje populista, el presidente ha formado un Gobierno y una Administración que no están al servicio ni de la ciudadanía ni de sus votantes, sino más bien de sus propias necesidades psicológicas y de los intereses de sus amigos de Wall Street y del mundo empresarial, y, por supuesto, de su familia. Sus rebajas de impuestos han beneficiado de manera desproporcionada a los ricos, no a la clase trabajadora. Su somera expansión económica, diseñada para garantizarse la reelección, fue posible gracias a la ampliación de la deuda pública a una escala que los republicanos afirmaban aborrecer en el pasado, y que supone una carga enorme para futuras generaciones. Se esforzó en desmantelar el sistema sanitario existente sin ofrecer nada mejor, como había prometido, por lo que aumentó la cantidad de personas sin seguro. Y, mientras tanto, atizaba y daba alas a la xenofobia y el racismo, porque pensaba que le eran útiles políticamente y porque forman parte de su visión personal del mundo.

Y, lo que es más importante, Trump ha gobernado en contra de —y sin conocer— la Constitución de Estados Unidos, declarando, bien entrado el tercer año de su mandato, que tenía autoridad “total” sobre los Estados, por citar un ejemplo. No es solo que su Gobierno sea corrupto, sino que también es reacio a los controles y al Estado de derecho. Ha construido un culto a la personalidad protoautoritario, y despedido o marginado a los funcionarios que le han llevado la contraria con hechos y pruebas, algo que ha tenido consecuencias trágicas para la salud pública y la economía. A finales de febrero amenazó con destituir a Nancy Messonnier, máxima autoridad de los Centros para el Control y la Prevención de las Enfermedades, después de que esta ofreciese dos advertencias demasiado contundentes sobre el coronavirus. Rick Bright, un alto funcionario del Departamento de Salud y Servicios Sociales, afirma que le bajaron de categoría cuando se negó a promover el uso de hidroxicloroquina, un medicamento cuya eficacia no había sido comprobada. Trump ha atacado al Ejército de EE UU llamando a sus generales “pandilla de imbéciles y niñatos”, así como a los servicios secretos y a los oficiales de las fuerzas de seguridad, a los que ha denigrado calificándolos de “Estado profundo” e ignorando su consejo. Ha nombrado cargos “interinos” para dirigir las instituciones de seguridad más importantes del país, y ha dado sistemáticamente al traste con las alianzas de Estados Unidos.

Su política exterior nunca ha sido útil a ninguna clase de intereses estadounidenses. Aunque algunos ministros de su Gobierno y medios de comunicación afines han intentado presentarlo como un nacionalista antichino —y analistas de política exterior de todos los puntos del espectro político, sorprendentemente, han aceptado esta ficción sin cuestionarla—, el verdadero instinto de Trump ha sido siempre alinearse con los dictadores extranjeros, incluido el presidente chino, Xi Jinping. Un exfuncionario de la Administración que ha visto a Trump interactuar tanto con Xi como con el presidente ruso, Vladímir Putin, me contó que es como ver el encuentro entre una celebridad de segunda fila con alguien más famoso. Trump no se dirigía a ellos como representante del pueblo estadounidense; lo único que quería era que sus interlocutores le infundiesen su aura —de poder absoluto, de crueldad, de fama— y ensalzasen así su imagen. Esto también ha tenido consecuencias fatales. En enero, Trump se fio de la palabra de Xi cuando este dijo que la covid-19 estaba “bajo control”, igual que creyó al presidente de Corea del Norte, Kim Jong-un, cuando firmó un tratado sobre armamento nuclear. La actitud servil de Trump con los dictadores manifiesta su ideología en estado puro: lo primero es satisfacer sus propias necesidades psicológicas; lo último, pensar en su país. La verdadera naturaleza de la ideología que Trump llevó a Washington no es “Estados Unidos primero”, sino “Trump primero”.

Tal vez no sea extraño que no entendiésemos las implicaciones del “Trump primero” en un primer momento. Al fin y al cabo, los partidos comunistas de Europa del este —o, si quieren un ejemplo más reciente, los chavistas de Venezuela— se anunciaban a sí mismos como defensores de la igualdad y la prosperidad, aunque en la práctica creasen desigualdad y pobreza. Pero, del mismo modo que la gente se fue dando cuenta poco a poco de la verdad de la revolución bolivariana de Hugo Chávez, al final también quedó claro que lo que en el fondo preocupaba a Trump no eran los intereses de la ciudadanía estadounidense. Y cuando se percataron de que el presidente no era un patriota, los políticos y los altos cargos republicanos empezaron a utilizar evasivas, exactamente igual que las personas que viven bajo un régimen ajeno.

Visto en retrospectiva, esta incipiente toma de conciencia explica por qué el funeral de John McCain, celebrado en septiembre de 2018, pareció tan extraño y, según los testigos, efectivamente lo fue. Los dos presidentes anteriores, uno republicano y uno demócrata â€'representantes de la vieja clase política patrióticaâ€' pronunciaron discursos; el nombre del presidente en el cargo no se pronunció en ningún momento. Los cánticos y los símbolos del antiguo orden también estuvieron presentes: sonó el Himno de Batalla de la República; hubo banderas estadounidenses. Dos de los hijos de McCain vestían sus uniformes de oficiales del Ejército, en claro contraste con los hijos de Trump. En un artículo en The New Yorker, Susan Glasser describió el funeral como “una reunión de la Resistencia bajo techos abovedados y ventanas con vidrieras emplomadas”. La verdad es que guardaba una extraña similitud con el funeral, celebrado en 1956, de László Rajk, un comunista húngaro, jefe de la policía secreta, purgado y asesinado por sus camaradas en 1949. La mujer de Rajk se había vuelto abiertamente crítica con el régimen, y el funeral se convirtió de hecho en un mitin político que ayudó al estallido de la revolución anticomunista de Hungría un par de semanas después.

Tras el funeral de McCain no sucedió nada tan dramático, pero sí que esclareció la situación. Transcurrido un año y medio del comienzo del mandato de Trump, supuso un punto de inflexión, el momento en el cual muchos de los estadounidenses que forman parte de la esfera pública empezaron a adoptar las estrategias, las tácticas y las autojustificaciones que los habitantes de los países ocupados habían utilizado en el pasado, a pesar de que lo que estaba en juego a nivel personal era, relativamente hablando, tan poco. Polacos como Milosz acabaron en el exilio en la década de 1950, y en la RDA los disidentes perdían el derecho al trabajo y el estudio. En regímenes más duros, como la Rusia de Stalin, protestar en público podía suponer muchos años en un campo de concentración, y los oficiales de la Wehrmacht que desobedecían eran ejecutados por estrangulamiento lento.

En cambio, un senador republicano que se atreva a cuestionar si Trump está actuando en interés del país, ¿qué se juega, exactamente? ¿Perder su escaño y acabar de lobbista con un sueldo millonario o en la Kennedy School de Harvard con una beca de investigación? Tal vez le espere la terrible suerte de Jeff Flake, exsenador por Arizona, que ha sido fichado como colaborador de CBS News. O a lo mejor sufre como Romney, trágicamente excluido de la Conferencia de Acción Política Conservadora, que resulta que ha sido un reservorio de covid-19 este año.

Aún así, a los 20 meses de la llegada de Trump al Gobierno, los senadores y otros republicanos sensatos implicados en la vida pública que debían haber tenido más criterio empezaron a contarse a sí mismos historias que se parecen mucho a las de El cerebro cautivo, de Milosz. Algunas de ellas se solapan entre sí; otras no son más que cortinas de humo para ocultar intereses personales. Pero todas ellas constituyen las típicas justificaciones del colaboracionismo, reconocibles a lo largo de la historia. Estas son las más habituales:

Podemos aprovechar este momento para lograr grandes cosas

En la primavera de 2019, un amigo simpatizante de Trump me puso en contacto con un cargo de la Administración al que llamaré Mark y con el que acabé quedando para tomar una copa. No daré detalles porque la conversación fue informal, pero en ningún caso Mark filtró información o criticó a la Casa Blanca. Por el contrario, se describió a sí mismo como un patriota y un verdadero creyente. Era partidario del relato del “Estados Unidos primero” y confiaba en que pudiese hacerse realidad.

Al cabo de unos meses, me encontré con Mark por segunda vez. Las vistas del proceso de destitución ya habían empezado, y la historia del cese de Marie Yovanovitch, embajadora estadounidense en Ucrania, era noticia. La verdadera naturaleza de la ideología del Gobierno —Trump primero, no Estados Unidos primero— se estaba volviendo más evidente. El uso abusivo de la ayuda militar a Ucrania por parte del presidente y sus ataques a los funcionarios públicos no eran señal de una Casa Blanca patriótica, sino de un presidente centrado en sus propios intereses. Con todo, Mark no se disculpó, sino que cambió de tema: todo había valido la pena, me dijo, por los uigures.

Creí que había oído mal. ¿Los uigures? ¿Por qué los uigures? No tenía noticia de que el Gobierno hubiese hecho nada para ayudar a la oprimida minoría musulmana de la región china de Sinkiang. Mark me aseguró que hubo cartas, declaraciones, y que habían convencido al presidente de que dijese algo en la ONU. Yo dudaba mucho de que los uigures se hubiesen beneficiado de esas palabras vacías: China no había cambiado su comportamiento, y los campos de concentración seguían en pie. A pesar de todo, Mark tenía la conciencia tranquila. Efectivamente, Trump estaba destruyendo la reputación de Estados Unidos en el mundo, y, efectivamente, estaba arruinando las alianzas del país, pero para Mark la causa de los uigures era tan importante que las personas como él podían seguir trabajando para el Gobierno sin cargo de conciencia.

Mark me hizo pensar en la historia de Wanda Telakowska, una activista cultural polaca que en 1945 albergaba unos sentimientos muy similares a los de mi interlocutor. Antes de la guerra, Telakowska había sido coleccionista y promotora de arte popular. Después del conflicto, tomó la trascendental decisión de entrar a formar parte del Ministerio de Cultura polaco. La cúpula comunista detenía y asesinaba a los miembros de la oposición, y la naturaleza del régimen se volvía cada vez más evidente. No obstante, Telakowska pensaba que podía utilizar su posición dentro de la clase dirigente comunista para ayudar a los artistas y los diseñadores polacos, promocionar su trabajo y conseguir que las empresas polacas produjesen en masa sus diseños. Pero las fábricas del país, recién nacionalizadas, no tenían interés en los modelos que ella les encargaba. Los políticos comunistas, que dudaban de su lealtad, obligaron a Telakowska a escribir artículos repletos de jerigonza marxista. Al final, ella dimitió sin haber logrado nada de lo que se había propuesto. La siguiente generación de artistas la tachó como estalinista y se olvidó de ella.

Podemos proteger al país del presidente

Este fue, por supuesto, el argumento utilizado por “Anonymous”, autor de una columna de opinión sin firma publicada en The New York Times en septiembre de 2018. Para quienes lo hayan olvidado —han pasado muchas cosas desde entonces—, aquel artículo describía el “comportamiento errático” del presidente, su incapacidad para concentrarse, su ignorancia y, sobre todo, su falta de “afinidad con los ideales que tradicionalmente abrazan los conservadores”: mentes libres, mercados libres y personas libres. La “raíz del problema”, concluía Anonymous, era “la amoralidad del presidente”. En esencia, el artículo describía la verdadera naturaleza del sistema de valores alternativo que Trump había llevado a la Casa Blanca, en un momento en el que no todo el mundo en Washington lo había entendido.

Aun habiendo comprendido que la presidencia de Trump estaba guiada por el narcisismo, Anonymous no se fue, ni protestó, levantó la voz o hizo campaña contra el presidente y su partido. Al contrario, llegó a la conclusión de que permanecer dentro del sistema, desde donde podría distraer y entorpecer hábilmente al presidente, era la senda correcta para servidores públicos como él. Anonymous no era el único. Gary Cohn, por aquel entonces asesor económico de la Casa Blanca, le contó a [el periodista] Bob Woodward que se había llevado unos documentos del escritorio del presidente para evitar la retirada de un tratado comercial con Corea del Sur. James Mattis, primer secretario de Defensa de Trump, se quedó en su puesto porque pensó que podría instruir al presidente sobre el valor de las alianzas de Estados Unidos, o como mínimo salvar algunas de ellas de la destrucción.

Esta actitud encuentra paralelismos en otros países y otras épocas. Hace unos meses, en Venezuela, hablé con Víctor Álvarez, exministro de uno de los Gobiernos de Hugo Chávez y, antes de eso, alto cargo de la Administración. Álvarez me explicó los argumentos que había utilizado para proteger a parte de la industria privada, y su oposición a las nacionalizaciones masivas. Mi interlocutor formó parte del Gobierno desde finales de la década de 1990 hasta 2006, una época en la que Chávez estaba reforzando el uso de la policía contra los manifestantes pacíficos y minando las instituciones democráticas. Aun así, Álvarez se quedó, con la esperanza de refrenar los peores instintos económicos de Chávez. Al final, abandonó tras llegar a la conclusión de que el presidente había creado una secta leal en torno a su persona —Álvarez lo llamaba un “subclima” de obediencia— y ya no escuchaba a nadie que estuviese en desacuerdo con él.

Muchos de los que forman parte de regímenes autoritarios acaban concluyendo que su presencia, sencillamente, no importa. Cohn, tras manifestar públicamente su desazón cuando el presidente declaró que, en la mortal manifestación supremacista blanca de Charlottesville, en Virginia, había “buenas personas en ambos bandos”, acabó dimitiendo a raíz de que Trump tomase la ruinosa decisión de imponer aranceles al acero y el aluminio, lo cual perjudicó a las empresas estadounidenses. Mattis llegó al límite cuando el presidente abandonó a los kurdos, que durante tanto tiempo habían sido aliados de Estados Unidos en su guerra contra el Estado Islámico.

Pero, aunque los dos dimitieron, ni Cohn ni Mattis han hecho declaraciones dignas de mención. Su presencia en la Casa Blanca ayudó a que Trump ganase credibilidad entre los votantes republicanos; ahora, su silencio sigue siendo útil a los propósitos del presidente. En cuanto a Anonymous, no sabemos si él o ella sigue en el Gobierno. Que quede claro que Álvarez, a pesar de vivir en Venezuela, un auténtico Estado policial, está dispuesto a hablar en contra del sistema que él mismo ayudó a crear. Cohn, Mattis y Anonymous, que viven en libertad en EE UU, no han sido tan valientes ni de lejos.

Me beneficia personalmente

Esto es algo que, como es lógico, pocos dicen en voz alta. Tal vez algunos reconozcan para sus adentros que no dimiten o protestan porque les costaría dinero o estatus, pero nadie quiere tener fama de arribista o chaquetero. Tras la caída del muro de Berlín, hasta Markus Wolf intentó presentarse como un idealista. Este hombre, tristemente famoso por su cinismo, declaró a un entrevistador en 1996 que había creído sinceramente en los ideales del marxismo-leninismo, y que seguía creyendo en ellos.

Muchos integrantes de la Administración de Trump y su órbita persiguen el beneficio personal, y muchos lo hacen con un grado de transparencia que resulta alarmante e inusual en la política estadounidense contemporánea, al menos a ese nivel. La ideología del “Trump primero” les conviene porque les da permiso para ponerse a sí mismos por delante. Un ejemplo al azar: Sonny Perdue, secretario de Agricultura, es un exgobernador de Georgia y empresario famoso por negarse, al igual que Trump, a poner sus empresas agrícolas bajo un fideicomiso ciego cuando accedió al cargo. Perdue nunca ha fingido siquiera separar sus intereses políticos de sus intereses personales. Desde que entró en el Ejecutivo ha repartido, sin apenas control, miles de millones de dólares de “compensación” entre los agricultores perjudicados por las políticas comerciales de Trump, y ha llenado a rebosar su ministerio de antiguos lobbistas que ahora se encargan de regular sus propias industrias: el vicesecretario Stephen Censky fue consejero delegado de la Asociación Estadounidense de la Soja durante 21 años; Brooke Appleton fue lobbista de la Asociación Nacional de Productores de Maíz antes de convertirse en jefa de personal de Censky, y a continuación regresó a la organización; Kailee Tkacz, miembro de un comité asesor en materia de alimentación, formó parte de un grupo de presión de la Asociación de Alimentos para Picar (Snack Food Association). La lista sigue y sigue, al igual que la de personas con vínculos similares en el Departamento de Energía, la Agencia de Protección Ambiental, y otros organismos.

El departamento de Perdue también tiene en nómina un extraordinario repertorio de personas sin la más mínima experiencia en agricultura. Entre estos modernos apparatchiks, contratados por su lealtad más que por su competencia, están un camionero de larga distancia, un camarero de un club de campo, el propietario de una empresa de velas perfumadas y un becario del Comité Nacional Republicano. El camionero de larga distancia recibía un sueldo de 80,000 dólares al año por expandir los mercados de los productos agrícolas estadounidenses en el extranjero. ¿Qué le cualificaba para el puesto? Su experiencia en el “transporte y expedición de productos agrícolas”.

Tengo que permanecer cerca del poder

Otra clase de ventaja, más difícil de medir, que ha hecho que muchas personas que no están de acuerdo con las políticas o la conducta de Trump se abstuviesen de manifestarlo abiertamente, es la embriagadora experiencia del poder y la creencia de que la proximidad a alguien poderoso confiere un estatus superior. Esto tampoco es nada nuevo. En un artículo de 1968 para The Atlantic, James Thomson, un especialista estadounidense en el este de Asia, explicaba de forma brillante cómo funcionaba el poder dentro de la burocracia estadounidense en la época de Vietnam. Cuando la guerra en el país asiático iba mal, mucha gente no dimitía o expresaba en público su opinión porque salvaguardar su “eficacia” —”una misteriosa combinación de formación, estilo y conexiones”, como la definía Thomson— era una preocupación que lo acaparaba todo. El periodista lo llamó “la trampa de la eficacia”.

La tendencia a permanecer en silencio o a asentir en presencia de los grandes hombres —a vivir para luchar otro día, a ceder en un asunto para luego poder ser “eficaz” en otros— es abrumadora. Y no se da solo entre los jóvenes. Algunos de nuestros funcionarios de más rango, hombres de fama y fortuna que tienen asegurado un lugar en la historia, han guardado silencio por miedo a perder su conexión con el poder.

Como es natural, en cualquier organismo, privado o público, el jefe a veces toma decisiones que disgustan a sus subordinados. Pero cuando los principios básicos se infringen constantemente y las dimisiones se posponen también constantemente —”siempre puedo asumir mi responsabilidad la próxima vez”—, las malas políticas quedan fatalmente impunes.

En otros países, la trampa de la eficacia recibe otros nombres. En Between Two Fires (Entre dos fuegos), su reciente libro sobre el putinismo, Joshua Yaffa describe la versión rusa de este síndrome. El idioma ruso, señala, tiene una palabra —prisposoblenets— que significa “persona dotada para la avenencia y la adaptación, que entiende intuitivamente lo que se espera de ella y ajusta sus creencias y su comportamiento conforme a ello”. En la Rusia de Putin, cualquiera que quiera seguir participando en el juego —permanecer cerca del poder, conservar la influencia, inspirar respeto— sabe que es necesario hacer constantemente pequeños cambios de lenguaje y comportamiento, tener cuidado con lo que se dice y a quién se le dice, entender qué críticas son aceptables y cuáles constituyen una infracción de las normas no escritas. La mayoría de los que violen estas normas no serán castigados con la cárcel (la Rusia de Putin no es la Rusia de Stalin), pero sufrirán una dolorosa expulsión del círculo íntimo.

Para quienes no la han experimentado nunca, la atracción mística de esa conexión con el poder y esa sensación de ser un iniciado, son difíciles de explicar. Aun así, son reales, y lo bastante potentes como para afectar incluso a las personas de más alto rango, fama e influencia de Estados Unidos. John Bolton, exconsejero de seguridad nacional de Trump, tituló su libro aún inédito [cuya publicación está prevista para el martes] The Room Where It Happened: A White House memoir (La sala donde ocurrió: unas memorias de la Casa Blanca) porque, por supuesto, allí es donde siempre ha querido estar. Un amigo que suele coincidir con Lindsey Graham en Washington me contó que, cada vez que se encuentran, “Graham alardea de que acaba de ­reunirse con Trump” mostrando unos niveles de emoción propios de un “alumno de secundaria”, como si “un delantero popular de un equipo de fútbol americano le prestase algo de atención al empollón cabecilla de un club de debate. ¡Le he caído bien al fortachón!”. Es difícil renunciar a esa clase de intenso placer, y mucho más vivir sin él.

Ja, ja, qué más da

El cinismo, el nihilismo, el relativismo, la amoralidad, la ironía, el sarcasmo, el aburrimiento, la diversión: todas ellas son razones para el colaboracionismo, y siempre lo han sido. Marko Martin, un novelista y autor de libros de viajes que se crio en la RDA, me contaba que, en la década de 1980, parte de la bohemia de su país, influida por los intelectuales franceses, entonces de moda, sostenía que la moralidad o la inmoralidad, el bien o el mal, lo correcto o lo incorrecto no existían, “así que lo mejor era colaborar”.

Este instinto tiene una variante estado­unidense. Puede que los políticos de nuestro país que se han pasado la vida obedeciendo reglas y cuidando sus palabras, calibrando su lenguaje, pronunciando piadosos discursos sobre moralidad y gobernanza, sientan una admiración furtiva por Trump, que infringe todas las normas y se sale con la suya. Miente, engaña, extorsiona, se niega a mostrar piedad, compasión o empatía; no finge creer en algo o atenerse a algún tipo de código ético. Simula patriotismo con gestos y banderas, pero no se comporta como un patriota. En 2016, su campaña se apresuró a conseguir ayuda de Rusia (“si es lo que dices, me encanta”, respondió Donald Trump hijo cuando le ofrecieron “información incriminatoria” sobre Hillary Clinton), y el propio Trump pidió a Rusia que hackeara a su rival. Para algunos de los que ocupan altos cargos de su Gobierno y su partido, estos rasgos de personalidad pueden tener un atractivo profundo y poco reconocido: si lo moral y lo inmoral no existe, todo el mundo queda implícitamente liberado de la necesidad de seguir las reglas. Si el presidente no respeta la Constitución, ¿por qué debería respetarla yo? “Si el presidente puede hacer trampas en las elecciones, ¿qué me impide a mí hacerlo? Si el presidente puede acostarse con estrellas porno, ¿por qué yo no?”.

Esta fue, por supuesto, la percepción de la “derecha alternativa”, que captó la oscura fascinación de la amoralidad, el racismo manifiesto, el antisemitismo y la misoginia mucho antes que tantos otros en el Partido Republicano. Hace un siglo, el filósofo y crítico literario ruso Mijaíl Bajtín reconoció la tentación de lo prohibido y escribió sobre la profunda seducción del carnaval, un espacio en el que, de repente, se permite todo lo prohibido, se consiente la excentricidad y la obscenidad se impone a la devoción. Así es la Administración de Trump: nada significa nada, las reglas no importan, y el presidente es el rey del carnaval.
Puede que mi bando tenga defectos, pero la oposición es mucho peor

Cuando el mariscal Philippe Pétain, líder de la Francia colaboracionista, llegó al Gobierno de Vichy, lo hizo en nombre de la restauración de una Francia que él creía perdida. Pétain había sido un feroz detractor de la República Francesa, y una vez estuvo al mando, sustituyó su famoso credo “Libertad, igualdad, fraternidad” por otro diferente: “Trabajo, familia, patria”. En lugar de la “falsa idea de la igualdad natural del hombre”, propuso recuperar la “jerarquía social”, el orden, la tradición y la religión. En vez de aceptar la modernidad, Pétain quiso hacer que el reloj retrocediera.

En opinión de Pétain, la colaboración con los alemanes no era solo una necesidad embarazosa. Era crucial, porque daba a los patriotas la capacidad de luchar contra el verdadero enemigo: los parlamentarios franceses, los socialistas, los anarquistas, los judíos y un surtido de izquierdistas y demócratas que, creía él, estaban socavando la nación, arrebatándole su vitalidad y destruyendo su esencia. “Mejor Hitler que Blum”, rezaba la consigna. Blum había sido el primer ministro socialista (y judío) de Francia a finales de la década de 1930. Pierre Laval, uno de los ministros de Vichy, hizo la famosa declaración de que esperaba que Alemania conquistase toda Europa. De lo contrario, afirmaba, “el bolchevismo se implantará mañana en todas partes”.

A los estadounidenses, esta clase de justificación debería sonarnos mucho. Llevamos oyendo distintas versiones desde 2016. La naturaleza de la amenaza de “la izquierda” se ha expuesto en detalle muchas veces. “Nuestra realidad presente y dirección futura de izquierdismo liberal es incompatible con la naturaleza humana”, escribió Michael Anton en La elección del vuelo 93. La presentadora de Fox News Laura Ingraham ha advertido de que también nos amenazan “enormes cambios demográficos”: “Hay lugares en los que parece que el Estados Unidos que conocíamos y amábamos ya no existe”. Esta es la lógica de Vichy: la nación está muerta o moribunda, así que todo lo que se pueda hacer para restaurarla está justificado. Por muchas críticas que se le puedan hacer a Trump, por mucho daño que haya causado a la democracia y al Estado de derecho, por muchos tratos corruptos que haya podido hacer estando en la Casa Blanca, todo queda corto en comparación con la horrible alternativa: el liberalismo, el socialismo, la decadencia moral, el cambio demográfico y la degradación cultural que habrían sido el inevitable resultado de la presidencia de Hillary Clinton.

Los senadores republicanos dispuestos a expresar extraoficialmente su aversión a Trump —pero que en febrero votaron a favor de su permanencia en el cargo— se entregan a una variante de este sentimiento. (Trump les permite que tengan los jueces que quieran y estos jueces, a su vez, ayudan a crear el Estados Unidos que los senadores quieren). Lo mismo ocurre con los pastores evangélicos a los que la conducta personal de Trump debería ofender, pero que, en vez de ello, sostienen que la situación actual tiene precedentes en las Sagradas Escrituras. Al igual que el rey David de la Biblia, el presidente es un pecador, una vasija defectuosa, pero, aun así, ofrece un camino de salvación a una nación caída.



Jamileth