Entre la Espada y la Pared

Indignación, frustración y miedo

2020-10-04

Como escritor, dudo que mi manera de ver el mundo difiera mucho de la de otro ciudadano...

Richard Ford, El País

Como escritor, dudo que mi manera de ver el mundo difiera mucho de la de otro ciudadano razonablemente comprometido o medianamente bien informado. Ciertamente, no sé más que nadie. De existir una diferencia entre mi visión y la de un fontanero, un vendedor de seguros o un profesor de primaria —y puede que en esto también me equivoque—, es que, como escritor de historias ficticias, me dedico a creer que todo es posible, que la experiencia plausible es mucho más amplia de lo que la historia, la lógica o la convención nos dicen. Me paso la mayor parte de los días evitando imaginar lo que podría o debería pasar en base a la lógica, queriendo imaginar qué puedo hacer que suceda y procurando que lo que suceda resulte interesante y útil. Al escribir novelas y relatos, o incluso ensayos como este, nada sucede necesariamente a otra cosa y cualquier cosa puede acontecer después de otra. Afortunadamente (y desafortunadamente a veces), esto también es cierto de la vida, donde se desarrolla la política.

Como ya deben saber, en Estados Unidos muy pronto votaremos para elegir a nuestro próximo presidente. También votaremos para averiguar qué tipo de país es y será Estados Unidos y qué tipo de personas somos los estadounidenses. Si les parece una situación incómoda, precaria, tal vez decisiva y no poco patética, es porque lo es. Que una gran nación se juegue tanto en un único ejercicio cívico, legalmente establecido y con su propio calendario, resulta alarmante.

Normalmente, en unas elecciones, en las que una parte promueve una visión del país y la otra promueve una visión distinta, quien sale victorioso se pone al servicio de los ciudadanos. A mucha gente le aburre esta relativa ausencia de emoción, pero a mí no. Si mi partido pierde, suelo pensar: “Que así sea”, ya que el propio acto de votar es lo que valida al país. Ambas visiones, después de todo, surgen de premisas sobre esta nación que una gran mayoría considera indiscutibles, premisas que emanan de las muchas creencias sobre las que se fundó, esto es, su mito de origen. En el caso de América, entre ellas encontramos que la obligación del poder legislativo y del judicial consiste en controlar y equilibrar el considerable poder que recae sobre el poder ejecutivo (el sistema de checks and balances). También el derecho de voto y la santidad de las elecciones; la certeza de que el poder ejecutivo no se lucrará económicamente desde su posición electa o la sencilla importancia de que exista un censo. Muchas de estas garantías operan como instituciones fundacionales, pero también como salvaguardas contra la tiranía y contra otros males que aquejan al liderazgo, como la ineptitud y el delito, ya que minan nuestra confianza en lo público.

Hoy siento un desconcertante silencio sobre esta tierra. Incluso en medio de una tormenta perfecta provocada por una peligrosa situación de tumulto nacional —ahí tenemos a un contumaz presidente que se dedica a avivar la violencia pública, a las protestas que han surgido en nuestras ciudades, a las tormentas monumentales y a los incendios forestales que roban vidas y engullen propiedades, a una economía desnortada y a una pandemia que crece de forma desenfrenada—, da la impresión de que estemos simplemente esperando. Esperando a ver quién gana, por supuesto, pero también impacientes por saber qué nos pasará después. Es como si un sustrato de hielo silente yaciera bajo la estrepitosa mezcolanza social que define a Estados Unidos, manteniéndonos quietos en nuestros sitios. Al fin y al cabo, la mayoría de los votantes ya han decidido su voto y ya no se molestan demasiado en leer los periódicos ni en seguir la actualidad por televisión. La covid-19 ha alterado por la fuerza nuestro sentido del tiempo, engendrando un presente largo y sobrecogedor. La arremetida constante de perfidias incomprensibles por parte del poder ejecutivo ha menoscabado nuestro sentido de autodeterminación. Siento al país en el que he pasado los 76 años de mi vida a una distancia extraña, y desde donde me encuentro no veo nada claro. Todo esto está aconteciendo a pocas semanas de que se celebren las elecciones más trascendentales de la vida de todos los estadounidenses. Desde esta distancia virtual y abrumadora, mi país se parece cada vez más a uno de esos países que pueden caer. Nunca me había sentido así, ni siquiera en lo más crudo de la guerra de Vietnam, ni siquiera tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.



JMRS