Panorama Norteamericano

La juramentación de la jueza Barret, un desafío que recuerda a la ceremonia ‘superpropagadora’ del Jardín de las Rosas

2020-10-27

Graduada de la Escuela de Derecho de Notre Dame, donde luego enseñó, ha servido en el...

Por Peter Baker | The New York Times

Amy Coney Barrett fue confirmada como magistrada de la Corte Suprema solo ocho días antes de las elecciones presidenciales.

El presidente Donald Trump, que se jacta de hacer todo lo que sus predecesores nunca han hecho, logró una primicia histórica el lunes. Obtuvo la confirmación de una jueza de la Corte Suprema solo ocho días antes de las elecciones presidenciales, al apresurar su nombramiento en el Senado antes de que los votantes decidan si le dan cuatro años más o lo expulsan del cargo.

Trump entonces hizo algo que ningún otro presidente ha hecho. Organizó una ceremonia nocturna en el jardín de la Casa Blanca para juramentar a la jueza Amy Coney Barrett en una réplica del evento superpropagador al que se le atribuyó el contagio de varias personas de coronavirus hace un mes incluyendo al propio presidente, que se vio obligado a pasar tres noches en el hospital.

Para Trump, la primera hazaña histórica supera a la segunda, una oportunidad de celebrar una victoria política histórica sin importar el riesgo. Fue, en efecto, el triunfo del desafío sobre la experiencia, el gesto obstinado de un presidente que se niega a reconocer la continua amenaza de una pandemia que ha matado a más de 225,000 personas en Estados Unidos, incluso después de haber barrido su propio círculo de ayudantes, asesores y aliados. Impertérrito e inquebrantable, Trump fue el anfitrión del evento, incluso cuando cinco personas que trabajan para el vicepresidente Mike Pence han dado positivo en los últimos días.

Esta vez, al menos, la Casa Blanca hizo algunas concesiones frente al virus. A diferencia del evento del Jardín de las Rosas del 26 de septiembre, cuando Trump anunció que nominaba a la jueza Barrett, lo que aparentemente llevó a una serie de infecciones, la ceremonia del lunes por la noche que marcó su confirmación como magistrada se llevó a cabo en el espacioso Jardín Sur, con sillas plegables ubicadas a varios metros de distancia y se requirió que los invitados usaran cubrebocas.

Ni Trump ni la jueza Barrett llevaron mascarillas, quizás debido al hecho de que ambos ya han tenido el virus y por lo tanto podrían presumir ser inmunes. Melania Trump, la primera dama, que también se infectó después del último evento, también asistió sin cubrebocas. El juez Clarence Thomas, que estaba presente para juramentar a su nueva colega, tampoco llevaba mascarilla, aunque no se sabe que haya estado infectado anteriormente. Ninguno de los otros siete jueces asistió.

Ni el presidente ni la nueva jueza hicieron referencia al virus o a lo que pasó la última vez que ambos reunieron a sus simpatizantes en la Casa Blanca. En cambio, se felicitaron por el veloz proceso de confirmación que la ha instalado en el tribunal justo a tiempo para dictaminar sobre cualquiera de las disputas de Trump que surjan de las elecciones de la próxima semana.

Trump elogió el “profundo conocimiento, el tremendo aplomo y el altísimo intelecto” de la jueza Barrett y la calificó de sustituta idónea de la jueza Ruth Bader Ginsburg, la acérrima liberal que murió el mes pasado, a pesar de que ella se ubica en el polo ideológico opuesto.

“Es muy apropiado que la jueza Barrett ocupe el puesto de una verdadera pionera de la mujer, la jueza Ruth Bader Ginsburg”, dijo el presidente a la multitud. “Esta noche, la jueza Barrett se convierte no solo en la quinta mujer que sirve en el más alto tribunal de nuestra nación, sino en la primera madre de niños en edad escolar que se convierte en jueza de la Corte Suprema”.

La jueza Barrett, de 48 años, que tiene siete hijos, será la miembro más joven del actual tribunal, su tercera mujer, la sexta católica y su única jurista que no asistió a una universidad de la Ivy League. Graduada de la Escuela de Derecho de Notre Dame, donde luego enseñó, ha servido en el Juzgado de Apelaciones de Estados Unidos para el Séptimo Circuito desde que Trump la nombró en 2017 y se ha convertido en una de las favoritas de los conservadores. Su nombramiento en la Corte Suprema fue el tercero de Trump. Es la mayor cantidad de nominados que cualquier presidente ha conseguido en un solo período desde Richard Nixon y una importante credencial para los votantes republicanos que se preocupan por el poder judicial.

En sus propios comentarios del lunes, la jueza Barrett, cuyo vestido negro de manga corta contrastaba con el pesado abrigo negro del presidente en una noche de 12 grados, se refirió a la rápida aprobación del Senado como “un riguroso proceso de confirmación”, una caracterización que los demócratas disputaron enérgicamente.

Pero parecía decidida a enviar el mensaje de que no se limitaría a hacer lo que le pedía Trump, utilizando las palabras “independiente” o “independencia” tres veces, aunque él ha dicho explícitamente que quería que tomara posesión antes de las elecciones para que pudiera prestar su voto en caso de existir una disputa legal sobre la votación.

“Una jueza declara su independencia no solo del Congreso y del presidente, sino también de las creencias privadas que de otro modo podrían motivarla”, dijo la magistrada Barrett después de prestar juramento. “El juramento que he prestado solemnemente esta noche”, añadió, “significa en esencia que haré mi trabajo sin ningún temor ni favor y que lo haré independientemente tanto de las dos ramas políticas como de mis propias preferencias”.

Ni los demócratas ni los republicanos parecían creerlo y elogiaban o condenaban su confirmación como una victoria de los conservadores y una derrota de los liberales. Su reemplazo de la jueza Ginsburg significa que el ala conservadora ahora controla la Corte Suprema 6 a 3, lo que anuncia una nueva era de jurisprudencia no solo en las próximas elecciones, sino en temas candentes como el aborto, los derechos de los homosexuales y el cuidado de la salud.

El Comité Judicial de la Cámara de Representantes Republicanos, encabezado por el representante Jim Jordan de Ohio, uno de los aliados más francos de Trump, se burló de Hillary Clinton, quien perdió ante Trump en 2016, después de la votación del Senado.

Clinton publicó su propio mensaje seis minutos después, sugiriendo que los republicanos pueden pagar un precio político en solo una semana. “Los republicanos del Senado acaban de impulsar a una jueza de la Corte Suprema que les ayudará a quitarles la atención médica a los estadounidenses en medio de una pandemia”, escribió. “Para ellos, esto es una victoria. Voten para sacarlos”.

La ceremonia de nominación de hace un mes socavó el mensaje político que Trump quería enviar cuando él, Melania Trump y otros que asistieron después dieron positivo por coronavirus. Trump salió de su enfermedad tan indiferente como siempre, insistiendo que el virus podía ser vencido y diciéndole a los estadounidenses que no dejaran que dominara sus vidas.

Muchos de los que fueron infectados ese día se mantuvieron alejados el lunes por la noche. Entre los que volvieron estaba el senador Mike Lee, republicano por Utah, que dio positivo para el virus después de la ceremonia de anuncio en la que había ido sin mascarilla y abrazado a otros en la multitud. “La votación de esta noche fue una gran victoria para el pueblo estadounidense”, dijo Lee en Twitter, sin referirse al virus.

Los demócratas estaban atónitos de que la Casa Blanca replicara el evento un mes después.

“Ellos avergüenzan el uso de mascarilla”, había dicho más temprano en Twitter el senador Christopher S. Murphy, demócrata por Connecticut. “Realizan eventos de superpropagación a diario. Desalientan las pruebas. Fingen que una vacuna está a días de distancia para que la gente baje la guardia. La mayor amenaza a la salud pública de Estados Unidos no es el virus, es la Casa Blanca de Trump”.

Pero Trump disfrutó de la teatralidad del momento, al acompañar a la jueza Barrett al balcón del Salón Azul que ha usado varias veces en los últimos días. Desde allí, los dos miraron a la multitud mientras el presidente aplaudía a su nueva nominada; luego se les unieron sus cónyuges, Melania Trump y Jesse Barrett, antes de que los cuatro, juntos con el juez Thomas, volvieran a la Casa Blanca.



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