Panorama Norteamericano

Biden y las oportunidades para Estados Unidos y América Latina

2020-12-14

En 2021, Biden tiene la posibilidad no solo de curar las heridas abiertas por Trump y su...

Por Vanni Pettinà | The New York Times

El presidente electo podría reconfigurar las relaciones de su país con la región. Es una tarea difícil, pero también una coyuntura única.

Estados Unidos empezará una nueva gestión presidencial en enero y enfrentará un reto mayor: devolver a la política exterior de su país la legitimidad perdida durante los cuatros años de gobierno de Donald Trump.

Quizás ninguna región sea más importante en ese rubro que América Latina.

Es en Latinoamérica donde, siguiendo la proclamación de la Doctrina Monroe en 1823 —“América para los americanos”—, el mito de la excepcionalidad estadounidense ha generado algunas de las páginas más oscuras de la política exterior de Washington. Pero es también aquí donde Estados Unidos ha mostrado ciertas posibilidades para establecer una forma más horizontal e incluyente de hegemonía.

Joe Biden, presidente electo de Estados Unidos, quien conoce bien la región, tiene la oportunidad de reconfigurar las relaciones entre Estados Unidos y sus vecinos del sur replanteando la política exterior de Washington lejos del paradigma excepcionalista. Es una tarea sin duda difícil, pero también una oportunidad única.

Para el científico político Stephen Martin Walt, el excepcionalismo representaría la convicción de que “los valores estadounidenses, su sistema político e historia son únicos”, lo que otorgaría al país la legitimidad de desempeñar un “papel internacional diverso y positivo” de otras fuerzas del orden mundial.

Sobre el excepcionalismo de la Doctrina Monroe se construyeron y justificaron algunos de los momentos más negativos de la política exterior estadounidense en América Latina. Los desembarques de Marines en el Caribe y en Centroamérica a comienzo del siglo XX; el derrocamiento del gobierno guatemalteco de Jacobo Árbenz en 1954, el fracaso de la invasión de Bahía de Cochinos en 1961 y el golpe en contra del presidente chileno Salvador Allende en 1973 son solamente algunos de los episodios más conocidos de esa historia.

La debilidad del paradigma excepcionalista ha sido eficazmente cuestionada por historiadores como Thomas Bender, Kiran Klaus Patel o Tore Olsson. A pesar de haber perdido legitimidad en el ámbito académico, en la arena política este paradigma sigue siendo usado como una justificación recurrente para la política exterior. La premisa de la excepcionalidad estadounidense ha sido seguida no solo por presidencias más empreñadas de una ideología nacionalista, como la Donald Trump, sino también por gobiernos liberales como el de Barack Obama.

Es con la presidencia de Trump, sin embargo, que esta concepción ha entrado en una crisis que podría ser estructural. El racismo y la propensión al autoritarismo en el plano interno y una política exterior en buena medida alineada con los gobiernos más reaccionarios del mundo son algunos de los elementos que han puesto en entredicho los cimientos que podían justificar la idea de la unicidad del experimento político estadounidense.

A unas semanas de iniciar su mandato, Biden parece dispuesto a regresar a Estados Unidos a una línea política tradicional en el manejo de la política interna, pero no debería hacer lo mismo con la política exterior. Este es el momento de pensar en un proyecto alternativo para la relación estadounidense con América Latina y dejar atrás definitivamente el excepcionalismo y la perjudicial Doctrina Monroe que ha dañado tanto a la región.

La asimetría de poder y el descalabro de los procesos de integración política latinoamericanos hace que Washington mantenga una capacidad de liderazgo mayor que la de los otros países del continente. La clara hegemonía económica y política estadounidense, sin embargo, puede y tendría que ejercerse durante la presidencia de Biden basándose en una interacción no excepcionalista.

Aunque fugazmente, esto ha sucedido en algunos momentos de la historia.

Después de 1929, cuando la crisis económica ya había evidenciado que Estados Unidos era menos excepcional de lo que se creía, el gobierno de Franklin Delano Roosevelt supo construir una estrategia continental novedosa, basada sobre una visión más igualitaria de las relaciones con sus vecinos. Pese a que siguió existiendo una relación desequilibrada, hubo momentos de mayor autonomía y respeto: se abandonó formalmente el intervencionismo militar y se impusieron mecanismos de cooperación económica y multilateralismo que fueron pilares importantes de una estrategia que dio vida a un periodo extraordinario en las relaciones hemisféricas.

Después de 1945, la Guerra Fría borró dramáticamente algunos de los logros alcanzados durante esa etapa, pero la breve experiencia del gobierno de Jimmy Carter (de 1977 a 1981) volvió a mostrar a un Estados Unidos menos excepcional en su política hacia la región. A pesar de ser poco efectiva, la política de Carter intentó plantear de forma más paritaria las relaciones con los países de América Latina y puso de relieve el respecto de los derechos humanos y la cooperación interregional.

Es con esos referentes en mente que Biden podría mostrar que el excepcionalismo y una política exterior unilateral no representan los únicos modelos de interacción con América Latina y mucho menos los más beneficiosos.

En términos prácticos, el cambio tendría que traducirse en la eliminación de políticas excepcionalistas como el largo y fallido embargo contra Cuba, que ha generado distorsiones internas en la vida política de la isla que han beneficiado mayoritariamente a los sectores más radicales del gobierno y de la oposición; o las sanciones contra Venezuela, que también han demostrado ser insuficientes para ayudar a que el país salga de la dramática crisis política y económica de la última década.

En 2021, Biden tiene la posibilidad no solo de curar las heridas abiertas por Trump y su política arrogante y abusiva.

El nuevo presidente tiene la oportunidad de recordar que el pasado ofrece modelos para interactuar con la región que pueden ayudar a fortalecer la institucionalidad democrática, los derechos sociales y las políticas ambientales, superando el oscuro legado de la nociva Doctrina Monroe.



maria-jose