Tras Bambalinas

La vacuna contra el COVID-19 debe ser una lección para México

2020-12-16

La disponibilidad de vacunas eficaces y seguras contra el COVID-19 es una muy buena noticia, pero...

Julio Frenk, Octavio Gómez-Dantés, The Washington Post

Uno de los puntos más brillantes de la lucha contra la pandemia de COVID-19 es la colaboración que ha habido entre investigadores y científicas de todo el mundo para la producción de una vacuna eficaz y segura contra esta enfermedad. Ha pasado menos de un año entre la decodificación del genoma del coronavirus y la aprobación de las primeras vacunas. Aunque esta hazaña no tiene precedentes, los esfuerzos globales recientes lograron capitalizar muchos años de investigación básica previa, la cual generó los conocimientos necesarios para innovar el diseño de vacunas con alta efectividad y mínimos efectos negativos.

Es sin duda loable que el gobierno de México haya anunciado ya la compra de millones de dosis de vacunas, con la intención de iniciar su aplicación a finales de 2020. De acuerdo con el escueto plan anunciado hoy 8 de diciembre, la vacuna se aplicará primero al personal que trabaja en salud, después a adultos mayores y finalmente al resto de la población por grupos de edad. La meta es alcanzar una cobertura de vacunación de 75% en personas de 16 años y más.

No deja de ser irónico que la ciencia venga al rescate de un gobierno que redujo los presupuestos para la ciencia, acusó a los científicos de inconscientes y desapareció los fideicomisos en los que se sustentaba buena parte de la actividad científica en México. Además, el gobierno ha desestimado las evidencias científicas en el manejo de la pandemia, lo cual ha llevado al país a una situación de verdadera catástrofe epidemiológica.

La disponibilidad de vacunas eficaces y seguras contra el COVID-19 es una muy buena noticia, pero es importante no confundir la vacuna con la vacunación. No basta con disponer de las dosis suficientes, también es necesario llevarla en condiciones seguras a la gente que la necesita. De hecho, la logística de esta operación es extraordinariamente compleja, pues exige el correcto transporte, almacenamiento, distribución y aplicación de vacunas que requieren de una delicada cadena de frío. La llamada “estrategia” de vacunación anunciada ayer no ofrece detalles sobre tales aspectos cruciales.

Más aún, la experiencia reciente de México a este respecto no es alentadora. A lo largo de los dos últimos años, el gobierno federal ha debilitado las cadenas de suministro de vacunas convencionales que, en general, son de manejo mucho más sencillo que el que requerirán las vacunas contra el COVID-19. Destacan en particular la insuficiencia de vacunas contra el sarampión, la tuberculosis y el papiloma humano, y la escasez reciente de vacunas contra la influenza, que siguen faltando en plena temporada invernal. Esto a pesar de que especialistas alertaron hace meses sobre el peligro de que se traslaparan las epidemias de COVID-19 e influenza estacional.

Desde los años 80 del siglo pasado, nuestro país había alcanzado muy altas coberturas de vacunación y contaba con uno de los esquemas de inmunización más completos del mundo. Esto permitió erradicar la poliomielitis, eliminar la difteria y el tétanos neonatal, y controlar la tosferina, la parotiditis, la rubéola y el sarampión. El último caso de poliomielitis en México se presentó en 1990 y desde 1995, tras siglos de epidemias que costaban la vida a miles de niños, no ha muerto en el país una sola persona por sarampión.

Sin embargo, la mala gestión reciente del Programa de Vacunación Universal hizo que aparecieran de nuevo casos autóctonos de sarampión. En lo que va de 2020, México ha registrado 196 casos, el mismo número que los acumulados a lo largo de los 20 años previos.

Dada esta situación, es indispensable reconstruir de inmediato la cadena de suministro de vacunas para garantizar que las adquiridas contra el COVID-19 lleguen en cantidades suficientes y de manera segura a todos los rincones del país. Pero esto no sucederá de manera inmediata. La estrategia anunciada por el gobierno se extiende hasta 2022 para alcanzar la cobertura de vacunación que nos permitirá declarar resuelta esta contingencia.

Mientras tanto, es urgente fortalecer el combate a la pandemia aplicando sin cuartel las otras medidas de salud pública con las que contamos. Sería un error esperar pasivamente la llegada de las vacunas. Los casos de COVID-19 van al alza. Aun con el subregistro existente, las cifras oficiales al día de ayer indican que cada minuto se identifican más de cuatro casos nuevos en el país.

Esta avalancha amenaza con colapsar los hospitales de varias ciudades del país, incluyendo Ciudad de México. El COVID-19 ya es la primera causa de muerte en el país. De acuerdo con las más recientes proyecciones del Instituto para la Métrica y Evaluación de la Salud de la Universidad de Washington, para finales del primer trimestre de 2021 el número de decesos por esta causa llegará a 162,000. Hacia la Navidad, de acuerdo con esta proyección, estará muriendo una persona por COVID-19 cada dos minutos.

Además de insistir en las medidas de higiene y sana distancia, es indispensable hacer llamados a reducir, en lo posible, la movilidad; hacer obligatorio en todo el país el uso del cubrebocas; e incrementar la utilización de las pruebas de detección para así identificar y aislar los casos y a sus contactos.

También es necesario revisar la estrategia de comunicación, que ha sido errática e inconsistente, para proporcionarle a los ciudadanos información oportuna y objetiva. Este deberá ser un elemento central de la estrategia de vacunación, ya que existen temores hacia la vacuna contra el coronavirus —la mayoría de ellos infundados— que deberán aplacarse mediante la difusión de mensajes certeros y creíbles.

Esperemos que la exitosa experiencia de colaboración global para la producción de vacunas contra el COVID-19 sirva de lección al gobierno mexicano para que abandone de una vez por todas los ataques a la ciencia y la estigmatización de los investigadores. También debe revertir los recortes presupuestales a la investigación y restablecer los fideicomisos que permitían financiar muchos de los proyectos científicos, los cuales suelen requerir de presupuestos multianuales.

Las cruzadas anticientíficas, tan propias de los gobiernos populistas, ponen en riesgo nuestra soberanía científica y tecnológica, y nos condenan a depender de otros países para enfrentar de manera efectiva las amenazas de un mundo globalizado. Lamentablemente, no existe una vacuna contra las políticas públicas equivocadas. El único remedio es la exigencia ciudadana de un cambio de estrategia que rescate al país de la actual catástrofe.



Jamileth