Detrás del Muro

De los Proud Boys a QAnon: el Ejército de Trump

2021-01-07

El FBI vincula al grupo, al que el mandatario republicano siempre ha evitado condenar, con el...

María Antonia Sánchez-Vallejo | El País

Nueva York - El FBI ha pedido este jueves la colaboración ciudadana, y en concreto la de los testigos del asalto al Capitolio, para identificar a los insurrectos. Cualquier prueba gráfica o audiovisual del tumulto colgada en las redes sociales puede servir a la agencia del Departamento de Justicia para saber quiénes fueron los individuos que el miércoles hollaron la sede de la soberanía popular en un intento incivil de impedir que Joe Biden fuera confirmado como presidente de Estados Unidos.

Los peones, la fuerza de choque, se inscriben en el movimiento MAGA (acrónimo de Make America Great Again, el lema del mandato de Trump) pero la retaguardia ideológica corresponde a viejos conocidos en el mundo de la extrema derecha, la derecha alternativa, o alt-right, y el movimiento supremacista blanco, como pusieron de manifiesto las banderas de la Confederación que algunos manifestantes ondeaban. A esta fuerza de choque pertenecía Ashli Babbitt, de 35 años, una veterana de la Fuerza Aérea que resultó herida por el disparo de un agente y murió poco después en el hospital. Otras tres personas, cuyas identidades se desconocen y sobre las que no hay información ni siquiera en los cenáculos digitales ultras, requirieron atención médica de urgencia durante la intentona y fallecieron posteriormente.

Que el FBI pida ayuda para identificar a los revoltosos no es de extrañar: muchos entraron en el Capitolio disfrazados de personajes a cual más peregrino, pero no por capricho del figurinista, que dibujó un reparto a medio camino entre Braveheart y Dersu Uzala, sino por la necesidad de ocultar las armas de fuego que luego desenfundaron en el interior del edificio.

Dado que el espectáculo del miércoles no es el primero -y para muchos, tampoco será el último, aun con Donald Trump fuera de la Casa Blanca-, la lista de insurrectos orbita alrededor de los sospechosos habituales del trumpismo. En primer lugar están los Proud Boys, una banda de la derecha alternativa cuyo líder, Enrique Tarrio, fue arrestado la víspera por vandalizar símbolos del movimiento Black Lives Matter en una iglesia negra, precisamente durante un mitin anterior de Trump.

El FBI vincula al grupo, al que el mandatario republicano siempre ha evitado condenar, con el nacionalismo blanco y un ejercicio militante de la misoginia. Formado solo por hombres, tras abrevar en las cloacas del odio de Internet cobró protagonismo en los disturbios de Charlottesville en 2017, cuando un neonazi arrolló con su coche una protesta antirracista, matando a una persona e hiriendo a una veintena.

Los Proud Boys se fundaron en 2016, el año que Trump ganó las elecciones. De esa época data el movimiento QAnon, aún más viscoso e inespecífico -es decir, menos articulado- que los Proud Boys. Sus teorías sobre la existencia de una red pedófila que satisface a las élites mundiales y sobre la sustitución de la civilización blanca por la inmigración masiva de otras razas no solo han ido arraigando en el cuerpo y el discurso dominante del Partido Republicano, también se vinculan a numerosos actos de violencia y complós de ese terrorismo considerado hasta hace poco de baja intensidad, el doméstico, pero que ya constituye una amenaza mayor que el islamista.

Proud Boys y QAnon chapotean en la ciénaga del movimiento Boogaloo. A medio camino entre la corriente cultural y la milicia, esta doctrina partidaria de provocar una segunda guerra civil ha vivido su consagración en 2020. Porque otra de las características de este magma ultrapopulista es que, durante el mandato de Trump -y también gracias a él-, han dejado de estar relegados a los confines de Internet para alcanzar un protagonismo que incluso se cuela en el horario estelar de la televisión, como demuestra la retransmisión en directo del asalto al Capitolio.

Todos ellos comparten la visión mesiánica del redentor obligado a impedir los actos de maldad (un supuesto fraude electoral, o el presunto control de una vacuna) en beneficio de una masa inerme ante el poder de las élites. Más que ideología, exhalan un estado emocional, en episodios de radicalización masiva -el 75% de los republicanos creen que ha habido robo de las elecciones- que los retroalimentan tanto como las insidiosas arengas de Trump. “El republicano ha perdido la presidencia, pero tiene todavía su Ejército”, concluía este jueves un análisis de un blog de información política en la web de la cadena televisiva NBC.



Jamileth