Panorama Norteamericano

En Estados Unidos, las elecciones de 2024 inician hoy

2021-02-04

Una característica de la sociedad estadounidense que no deja de sorprenderme, especialmente...

Eileen Truax | The Washington Post

El 20 de enero de 2017 se sintió como un mal sueño. Millones de personas en Estados Unidos seguían sin poder creer que Donald Trump hubiera ganado la elección presidencial, y que estuviera a punto de tomar protesta. Desde la noche de su triunfo electoral hubo una conciencia colectiva sobre lo que estaba en riesgo: no solo los derechos de las personas inmigrantes, principal blanco de su campaña, sino también los de las personas musulmanas, afroestadounidenses, de origen asiático, nativas americanas, latinas, feministas e integrantes de la comunidad LGBT+, entre otras. Es decir que, en general, aquellos que no fueran hombres heterosexuales blancos tendrían algún grado de vulnerabilidad.

Ese día, los estadounidenses vieron en el espejo una imagen distorsionada de la idea de sociedad diversa e igualitaria en la que dicen creer. La democracia no es una norma grabada en piedra, sino una estructura maleable; cuando esa estructura se sacude, lo que está en juego no es la integridad de una comunidad u otra, sino toda la plataforma de derechos sobre la cual se sostiene el país.

Enfrentarse a esta realidad activó un resorte social. El 21 de enero, unas horas después de que Trump asumiera la presidencia, cientos de miles de personas de distintos credos, razas, orígenes y filiaciones políticas encabezadas por un grupo de mujeres —la llamada Marcha de las mujeres—, salieron a la calle con dos mensajes: uno, ningún gobierno puede dar marcha atrás a los avances democráticos y derechos civiles; y dos, la manera de evitarlo es recuperar el control del Congreso en la elección intermedia de 2018.

Tras esa experiencia, hoy lo que queda claro es que la salida de Trump de la Casa Blanca no implica que las cosas en Estados Unidos vayan a estar mejor, ni que la lucha por la democracia ha terminado. De hecho, el trabajo apenas empieza.

Una característica de la sociedad estadounidense que no deja de sorprenderme, especialmente del sector más joven, es su capacidad de reacción y organización. En los meses posteriores al triunfo de Trump, diferentes colectivos de tendencia progresista —formada en gran parte por seguidores del senador Bernie Sanders que dieron la espalda al Partido Demócrata— trabajaron para llevar la representación de su propia diversidad al Congreso de Estados Unidos.

En noviembre de 2018 llegó a la Cámara Baja un nuevo grupo de representantes —muchos de ellos mujeres y/o menores de 50 años— como la boricua-neoyorkina de 29 años, Alexandria Ocasio-Cortez; la inmigrante refugiada de credo musulmán, Ilhan Omar; la primera congresista de origen palestino, Rashida Tlaib; y las primeras congresistas afroamericanas por los estados de Massachusetts y Misuri, Ayanna Pressley y Cori Bush. Pero además de estos casos mediáticos, fue toda una generación la que decidió postularse a candidaturas en sus congresos estatales o gobiernos locales para resolver lo que ningún partido les ha podido dar. Es el caso de la asambleísta por California, Wendy Carrillo, de 37 años; o de Alexis Hermosillo, alcaldesa de El Mirage, Arizona, de 29 años, ambas activistas convertidas en políticas.

Al mismo tiempo, miles de organizaciones empezaron a trabajar con la mira en la contienda de 2020; no solo en la presidencial, sino en la del Congreso y las elecciones locales. Tal vez el caso más conocido es el de Fair Fight Action, un grupo fundado en 2018 en Georgia por la asambleísta afroestadounidense Stacey Abrams, con el objetivo de combatir las prácticas de supresión del voto entre las comunidades no blancas. El proyecto obtuvo visibilidad nacional cuando se sumó a las protestas del movimiento Black Lives Matter contra la brutalidad policiaca y, en enero de 2021, Georgia le dio al país dos senadores, uno afroestadounidense y otro judío y, con ello, el control de las dos cámaras del Congreso al Partido Demócrata.

El comportamiento político de Estados Unidos es como un péndulo: cuando hay un golpe muy fuerte en un sentido, el golpe de vuelta suele tener una magnitud similar. En 2008, Barack Obama dio el que tal vez ha sido el golpe más radical para la sociedad estadounidense, y la respuesta “natural” fue el incremento del número de grupos de odio —que en 2010 por primera vez rebasó el millar— y el apoyo a la figura y el discurso de Trump.

Parecería que la llegada de Biden al gobierno no representa un gran golpe de péndulo hacia la izquierda, o al menos no proporcional con respecto a Trump; pero basta dar una mirada al primer día en el gobierno de la nueva vicepresidenta, Kamala Harris, para saber que algo se ha sacudido. La primera mujer en llegar a este cargo es, además, una mujer no blanca que rindió protesta ante Sonia Sotomayor, la primera jueza hispana de la Corte Suprema. Una vez en el cargo, Harris tomó protesta a tres nuevos senadores: el latino Alex Padilla, de California; el pastor afroestadounidense Raphael Warnock, y el periodista de 33 años de origen judío Jon Ossof, estos dos últimos de Georgia.

El péndulo hoy sigue en movimiento gracias a que el 21 de enero de 2017 la sociedad estadounidense se empezó a mover. Las órdenes ejecutivas presentadas en la primera semana de trabajo de la administración de Biden han servido para enviar un mensaje claro sobre lo que desea que sea su gobierno; pero las organizaciones independientes que en los últimos años han fortalecido su base social, y que se han apropiado de los espacios institucionales, ya aprendieron a no tomar nada por sentado.

Biden llega a la Casa Blanca con una mayoría demócrata que se sostiene con alfileres, y con un ala republicana que no sabe qué hacer con sus sectores radicalizados. El nuevo presidente tiene frente a sí, además, una agenda que demanda acción inmediata —crear una estrategia para controlar la pandemia, y recuperar la economía y los empleos— que debe ser su apuesta más importante, para después atender todo lo demás con el capital político que le quede.

En estas condiciones, es ingenuo pensar que “ahora sí estará todo bien”, como también lo es creer que desaparecerá el movimiento radical de derecha. La experiencia de los últimos cuatro años nos enseñó que, al margen de lo que ocurra en la política institucional, el trabajo de preservación de la democracia no puede parar el día de la elección. Lo que veremos el 20 de enero de 2025 será el resultado de lo que se construya entre hoy, y noviembre de 2024, cuando estemos frente a la próxima elección.



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