Consultorio Médico

La búsqueda de tratamientos contra la COVID-19 quedó rezagada

2021-02-05

El gobierno estadounidense invirtió 18,500 millones de dólares en vacunas, una...

Por Carl Zimmer | The New York Times

El desarrollo de las vacunas superó las expectativas de todos. Pero durante los próximos meses muchas personas enfermarán y, lamentablemente, los médicos tienen pocos fármacos para tratarlas.

Casi un año después de la pandemia de coronavirus, mientras miles de pacientes mueren cada día en Estados Unidos y la vacunación generalizada aún está a meses de distancia, los médicos disponen de muy pocos medicamentos para combatir el virus.

Un puñado de terapias —remdesivir, anticuerpos monoclonales y el esteroide dexametasona— han mejorado la atención a los pacientes con la COVID-19, lo cual ha puesto a los médicos en mejor posición que cuando el virus se disparó la primavera pasada. Sin embargo, estos fármacos no son la panacea ni son para todo el mundo, y los esfuerzos por reutilizar otros medicamentos o descubrir otros nuevos no han tenido mucho éxito.

El gobierno estadounidense invirtió 18,500 millones de dólares en vacunas, una estrategia que dio como resultado al menos cinco productos eficaces a una velocidad récord. Pero su inversión en medicamentos fue mucho menor, casi 8200 millones de dólares, la mayoría de los cuales se destinaron a unos cuantos candidatos, como los anticuerpos monoclonales. Los estudios de otros fármacos estuvieron mal organizados.

El resultado fue que muchos fármacos prometedores que podrían detener la enfermedad en una fase temprana, denominados antivirales, fueron ignorados. Sus ensayos se han estancado, ya sea porque los investigadores no pudieron encontrar suficiente financiamiento o suficientes pacientes para participar.

Al mismo tiempo, unos cuantos fármacos han recibido una inversión sostenida a pesar de los resultados decepcionantes. En la actualidad existen numerosas pruebas de que los medicamentos hidroxicloroquina y cloroquina contra la malaria no funcionaron contra la covid. No obstante, todavía hay 179 ensayos clínicos con 169.370 pacientes en los que al menos algunos están recibiendo los fármacos, según el Registro de agentes nuevos y fuera de la lista de la covid de la Universidad de Pensilvania. Además, el gobierno federal de Estados Unidos canalizó decenas de millones de dólares a un programa de acceso ampliado al plasma para convalecientes, infundiendo a casi 100,000 pacientes de covid antes de que hubiera pruebas sólidas de que funcionara. En enero, esos ensayos revelaron que, al menos para los pacientes hospitalizados, en efecto no funciona.

La falta de coordinación centralizada hizo que muchos ensayos de antivirales para la COVID-19 estuvieran condenados desde el principio: demasiado pequeños y mal diseñados para proporcionar datos útiles, según Janet Woodcock, comisionada en funciones de la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA, por su sigla en inglés). Si el gobierno hubiera creado una red organizada de hospitales para llevar a cabo grandes ensayos y compartir rápidamente los datos, los investigadores tendrían ahora muchas más respuestas.

“Me culpo a mí misma hasta cierto punto”, dijo la doctora Woodcock, quien ha supervisado los esfuerzos del gobierno federal para desarrollar medicinas contra la covid.

Ella espera domar el caos con un nuevo esfuerzo de la gestión de Joe Biden. En los próximos meses, dijo, el gobierno planifica comenzar ensayos grandes y bien organizados para medicamentos existentes que podrían reutilizarse para combatir la COVID-19. “Estamos trabajando activamente en eso”, dijo Wookdcock.

Los nuevos medicamentos antivirales podrían ayudar, pero solo ahora los Institutos Nacionales de Salud (NIH, por su sigla en inglés) están poniendo en marcha una importante iniciativa para desarrollarlos, lo que significa que no estarán listos a tiempo para combatir la actual pandemia.

“Es poco probable que este esfuerzo proporcione terapias en 2021”, dijo Francis Collins, jefe de los NIH, en un comunicado. “Si hay una COVID-24 o COVID-30 en camino, queremos estar preparados”.

Aunque el número de casos y muertes ha aumentado en todo Estados Unidos, la tasa de supervivencia de los infectados ha mejorado considerablemente. Un estudio reciente descubrió que, en junio, las tasas de mortalidad de las personas hospitalizadas habían descendido al 9 por ciento en comparación con el 17 por ciento al comienzo de la pandemia, una tendencia que se ha repetido en otros estudios. Los investigadores afirman que la mejora se debe en parte al esteroide dexametasona, que aumenta las tasas de supervivencia de los pacientes graves al frenar el sistema inmunitario en lugar de bloquear el virus. También es posible que los pacientes busquen atención médica más temprano en el curso de la enfermedad. Y los cubrebocas y el distanciamiento social pueden reducir la exposición al virus.

Cuando el nuevo coronavirus surgió como una amenaza mundial a principios de 2020, los médicos probaron frenéticamente un surtido de medicamentos que ya existían. Pero la única forma de saber si realmente funcionaban era establecer ensayos clínicos grandes en los que algunas personas recibían placebos y otras tomaban el fármaco en cuestión.

Conseguir que cientos o miles de personas participaran en esos ensayos era un desafío logístico considerable. A principios de 2020, los NIH redujeron su atención a unos pocos fármacos prometedores. Ese apoyo incluyó un proyecto conocido como ACTIV, que permitió que se realizaran ensayos sobre antivirales y otros tratamientos para la COVID-19 en muchos sitios a la vez. Los investigadores probaron el remdesivir, así como los anticuerpos monoclonales, y recopilaron los datos que demostraron que eran de verdad efectivos hasta cierto punto. El remdesivir, que impide que los virus se repliquen en el interior de las células, puede acortar modestamente el tiempo que los pacientes necesitan para recuperarse, pero no tiene ningún efecto sobre la mortalidad. Los anticuerpos monoclonales, que impiden que el virus entre en las células, pueden ser muy potentes, pero solo cuando se administran antes de que la gente esté lo suficientemente enferma como para ser hospitalizada.

Cientos de hospitales y universidades iniciaron sus propios ensayos con medicamentos existentes —ya considerados seguros y ampliamente fabricados— que también podrían funcionar contra el coronavirus. Pero la mayoría de estos ensayos fueron pequeños y desordenados.

En muchos casos, los investigadores se han visto obligados a organizar los ensayos por su cuenta, sin el respaldo del gobierno federal ni de las empresas farmacéuticas. En abril, cuando la ciudad de Nueva York se encontraba en plena oleada de covid, Charles Mobbs, neurocientífico de la Escuela de Medicina Icahn del Monte Sinaí, se enteró de unos trabajos interesantes realizados en Francia que insinuaban la eficacia de un medicamento antipsicótico.

Los médicos de los hospitales psiquiátricos franceses habían observado que eran relativamente pocos los pacientes que se enfermaban de la COVID-19 en comparación con el personal que los atendía. Los investigadores especularon que los fármacos que tomaban los pacientes podían estar protegiéndolos. Uno de esos fármacos, el antipsicótico clorpromazina, había demostrado en experimentos de laboratorio que impedía la multiplicación del coronavirus.

Los médicos trataron de iniciar un ensayo con clorpromazina, pero la pandemia remitió —temporalmente, según lo supieron después— en Francia para el momento en el que estuvieron listos. Mobbs pasó entonces semanas haciendo los preparativos para un ensayo suyo en pacientes hospitalizados en el Monte Sinaí, solo para estallar con el mismo muro. “Nos quedamos sin pacientes”, comentó.

Si médicos como Mobbs pudieran recurrir a redes nacionales de hospitales, podrían encontrar suficientes pacientes para realizar sus ensayos con rapidez. Esas redes existen, pero no se han abierto a los esfuerzos de readaptación de fármacos.

Muchos científicos sospechan que el mejor momento para luchar contra el coronavirus es al principio de la infección, cuando el virus se multiplica rápidamente. Pero es especialmente difícil reclutar voluntarios para los ensayos que no estén en un hospital. Los investigadores tienen que localizar a las personas justo después de que hayan dado positivo y encontrar la forma de suministrarles los fármacos del ensayo.

En la Universidad de Kentucky, los investigadores iniciaron en mayo un ensayo de este tipo para probar un fármaco llamado camostat, que normalmente se utiliza para tratar la inflamación del páncreas. Los científicos pensaron que también podría funcionar como antiviral de la COVID-19 porque destruye una proteína de la que depende el virus para infectar las células humanas. Como el camostat se presenta en forma de píldora, en lugar de una infusión, sería especialmente útil para personas como los voluntarios del ensayo, muchas de las cuales viven en zonas rurales remotas.

Pero los investigadores han pasado los últimos ocho meses intentando reclutar suficientes participantes. Han tenido problemas para encontrar pacientes que hayan recibido recientemente un diagnóstico de covid, sobre todo por el imprevisible aumento y disminución de casos.

“Esta ha sido la causa de los retrasos en casi todos los ensayos del mundo”, dijo James Porterfield, médico especialista en enfermedades infecciosas de la Facultad de Medicina de la Universidad de Kentucky, que dirige el ensayo.

Mientras que médicos como Porterfield han luchado por llevar a cabo estudios por su cuenta, algunos medicamentos se han convertido en sensaciones, elogiados como curas a pesar de la falta de pruebas.

La primera supuesta panacea fue la hidroxicloroquina, un medicamento desarrollado para la malaria. Los comentaristas televisivos afirmaron que tenía poderes curativos, y también lo hizo el expresidente de Estados Unidos Donald Trump. En lugar de iniciar un gran ensayo bien diseñado en muchos hospitales, los médicos comenzaron un enjambre de pequeños ensayos.

“No hubo coordinación ni liderazgo centralizado”, dijo Ilan Schwartz, experto en enfermedades infecciosas de la Universidad de Alberta.

A pesar de ello, la FDA autorizó el fármaco de forma urgente como tratamiento para las personas hospitalizadas con covid. Cuando los grandes ensayos clínicos empezaron a dar resultados, resultó que el fármaco no aportaba ningún beneficio, e incluso podía ser perjudicial. La agencia retiró la autorización en junio.

Muchos científicos quedaron consternados, pues consideraban todo ese trabajo como una pérdida de tiempo y recursos preciosos derrochados.

“La lección clara, inequívoca y convincente de la historia de la hidroxicloroquina para la comunidad médica y el público es que la ciencia y la política no se mezclan”, escribió en noviembre Michael Saag, de la Universidad de Alabama en Birmingham, en la revista New England Journal of Medicine.

Ahora, otro medicamento se está haciendo popular antes de que haya pruebas sólidas de que funciona: el compuesto ivermectina, que mata parásitos. El senador Ron Johnson, republicano por Luisiana, que exaltó la hidroxicloroquina en abril, celebró una audiencia en diciembre en la que Pierre Kory testificó sobre la ivermectina. Kory, especialista en cuidados pulmonares y críticos del Centro Médico de Aurora St. Luke de Milwaukee en aquel momento, la calificó como “efectivamente un ‘medicamento milagroso’ contra la COVID-19”. Sin embargo, no hay resultados publicados de ensayos clínicos a gran escala que respalden tales afirmaciones, sino solo unos pequeños y sugerentes.

Incluso si el gobierno federal estadounidense hubiera creado una red de ensayos centralizada, como está intentando hacerlo ahora, los científicos se habrían enfrentado a algunos obstáculos inevitables. Se necesita tiempo para realizar experimentos minuciosos con el fin de descubrir fármacos prometedores y luego confirmar que realmente merece la pena seguir investigando.

“En el desarrollo de medicamentos, estamos acostumbrados a periodos de 10 a 15 años”, dijo Sumit K. Chanda, virólogo del Sanford Burnham Prebys Medical Discovery Institute de La Jolla, California.

En febrero, Chanda y sus colegas iniciaron un tipo diferente de búsqueda de un antiviral para la COVID-19. Examinaron un archivo de 13,000 fármacos, y mezclaron cada uno de ellos con células y coronavirus para ver si detenían las infecciones.

Algunos fármacos resultaron prometedores. Los investigadores probaron uno de ellos —una píldora barata contra la lepra llamada clofazimina— durante varios meses, realizando experimentos en tejido pulmonar humano y en hámsters. La clofazimina combatía el virus en los animales si la recibían poco después de ser infectados.

Ahora, casi un año después de iniciar su investigación, Chanda espera poder conseguir financiamiento para la parte más difícil de las pruebas de fármacos: los ensayos clínicos grandes y aleatorios que pueden costar millones de dólares. Para completar esta etapa de forma eficiente, los investigadores casi siempre necesitan el respaldo de una gran empresa o del gobierno federal, o de ambos, como ocurrió con los grandes ensayos clínicos de las nuevas vacunas contra el coronavirus.

No está claro cómo se elegirá qué candidatos a fármacos se apoyarán mediante la nueva iniciativa del gobierno de Biden en materia de pruebas de medicamentos. Pero si los ensayos comienzan en los próximos meses, es posible que revelen datos útiles para finales de año.

Las empresas farmacéuticas también están empezando a financiar algunos ensayos de medicamentos reutilizados. Un estudio publicado la semana pasada en Science descubrió que un fármaco producido hace 24 años para combatir el cáncer, llamado plitidepsina, es 27 veces más potente que el remdesivir a la hora de detener el coronavirus en experimentos de laboratorio. En octubre, una empresa farmacéutica española llamada PharmaMar informó de los prometedores resultados de un pequeño ensayo de seguridad de la plitidepsina. Ahora la empresa se prepara para iniciar un ensayo de última fase en España para ver si el fármaco funciona en comparación con un placebo.

El gigante farmacéutico Merck está en las etapas finales de un gran ensayo sobre una píldora llamada molnupiravir, desarrollada originalmente por Ridgeback Biotherapeutics para la gripe, que ha demostrado curar de la COVID-19 a los hurones. Los primeros resultados del ensayo podrían aparecer en marzo.

Los expertos están especialmente ansiosos por ver estos datos porque el molnupiravir puede ser eficaz para tratar algo más que la COVID-19. En abril, los científicos descubrieron que el fármaco también podía tratar a ratones infectados con otros coronavirus que causan el SARS y el MERS.

Los antivirales que puedan surgir en 2021 no salvarán las vidas que ya se han perdido a causa de la COVID-19. Pero es posible que uno de esos fármacos funcione contra las pandemias de coronavirus que se avecinan.



maria-jose