Reportajes

Morir de la COVID-19 en un hospital ‘desigual’ de Los Ángeles

2021-02-10

Ocho de cada diez personas fallecidas en el hospital MLK eran hispanas, una comunidad que tiene las...

Por Sheri Fink | The New York Times

LOS ÁNGELES — Durante las fiestas de Año Nuevo, los hijos adultos de dos familias de inmigrantes llamaron al 911 para reportar que sus padres tenían dificultades para respirar. Ambos hombres eran originarios de México y vivían en Estados Unidos a unos cinco kilómetros de distancia entre ellos; ambos tenían diabetes e hipertensión. Ambos realizaban trabajos esenciales con salarios bajos: uno manejaba un minibús y el otro era cocinero. También tenían en común que no se habían percatado de la gravedad de su enfermedad.

Tres semanas después, ambos hombres —Emilio Virgen, de 63 años, y Gabriel Flores, de 50— fallecieron a causa de la COVID-19. Su historia es de una familiaridad inquietante en el Hospital Comunitario Martin Luther King Jr. (MLK), la institución sanitaria que proporcionalmente se ha visto más golpeada en el condado más afectado del estado que en este momento lidera en Estados Unidos en número de casos y está a punto de superar a Nueva York como el estado con el mayor número de muertes. En la unidad de cuidados intensivos (UCI) el 21 de enero, Virgen se convirtió en el número 207 en la lista de muertes por la COVID-19 del hospital; Flores, hospitalizado en una habitación del mismo pasillo, se convirtió en el 208.

The New York Times pasó más de una semana en el hospital, durante un periodo en el que falleció casi una cuarta parte de los pacientes internados por COVID-19, a pesar de que ahora se tiene más información sobre la enfermedad. Fue un desenlace que recuerda a lo que sucedía en algunos hospitales de Nueva York durante la primavera pasada, cuando la ciudad era el epicentro de la pandemia de coronavirus. Ese aumento coincidió con un alza en el número de casos en el sur de California, el aumento al doble de la tasa de mortalidad de los hospitales de Los Ángeles en general y la propagación de una nueva variante local que al parecer se transmite con mayor facilidad que la más prevaleciente.

Ocho de cada diez personas fallecidas en el hospital MLK eran hispanas, una comunidad que tiene las tasas de muerte por la COVID-19 más altas en el condado de Los Ángeles, seguido de los residentes negros. Los datos recopilados en el condado también muestran que los residentes más pobres de Los Ángeles, muchos de los cuales viven cerca del hospital en el sur de ese condado, mueren cuatro veces más por esta enfermedad que las personas con mejores recursos económicos.

Michelle Goldson, una enfermera de cuidados intensivos que atendió tanto a Virgen como a Flores, dijo que muchos pacientes sentían “desconfianza por el sistema de atención médica, desconfianza en los médicos” y solo acudían cuando estaban desesperadamente enfermos. Explicó que los casos graves no se limitaban a las personas mayores. “Aquí todos se están muriendo”, dijo. En una noche reciente, Goldson terminó su jornada y mientras salía hacia su casa saludó a un paciente de 27 años que estaba sentado cenando. Cuando regresó a la mañana siguiente, había fallecido. “¿Qué clase de virus es este?”, se pregunta.

En este momento, podría decirse que se trata de un virus que se comporta de manera despiadada en los vecindarios con alta densidad poblacional y de bajos ingresos como aquellos donde vivían Virgen y Flores. Los familiares describieron a ambos hombres como trabajadores y optimistas, eran personas decididas a mantener a sus familias. Virgen crió a cuatro hijos que fueron a la universidad y de manera obstinada cuidó a sus escuálidos árboles de mangos y limoneros. Flores estaba orgulloso de que su hijo mayor, un dreamer que llegó a Estados Unidos cuando era un niño pequeño, se hubiera graduado de la academia de policía de Los Ángeles.

La directora ejecutiva del MLK, Elaine Batchlor, opina que la desigualdad en los casos de enfermos y muertos por la COVID-19 refleja las desigualdades presentes desde hace tiempo en la comunidad. Los pacientes pueden clasificarse en una categoría que designa “desierto médico”, en la que hay una escasez grave de médicos de cabecera y otros servicios de salud.

En épocas normales, su pequeña institución no puede ofrecer lo mismo que muchos otros hospitales, desde cuidados para bebés prematuros hasta víctimas de ataques cardíacos graves. Ahora que nos encontramos en plena pandemia, el hospital no puede probar terapias experimentales, no tiene acceso a un gran número de empleados especializados en caso de aumentos repentinos en los casos y no tiene la posibilidad de ofrecer servicios de último recurso con una máquina externa de apoyo pulmonar.

Durante el punto más álgido de los contagios, el MLK atendió a más pacientes con COVID-19 que otros hospitales de Los Ángeles que son tres o cuatro veces más grandes. Batchlor le ha pedido ayuda al gobernador, ha intentado poner en evidencia a otras instituciones para que acepten transferencias de pacientes y ha denunciado las fallas de los servicios de salud estadounidenses.

“Hemos creado un sistema hospitalario separado y desigual, y también un sistema de financiamiento separado e inequitativo, para las comunidades de bajos recursos”, dijo. “Y ahora, con la covid, vemos el impacto desproporcionado”.

Cuando Flores y Virgen eran pacientes del MLK a sus familias les preocupaba que se estuviese haciendo todo lo posible para salvarlos. “Quiero creer que le brindaron la mejor atención, que le dieron la oportunidad de pelear”, dijo Tiffany Virgen, la hija menor del señor Virgen, después de su muerte. “Queremos creer que así lo hicieron”.

El legado del ‘Killer King’

Cuando la ambulancia recogió a Virgen, los operadores le dijeron a su familia que lo llevarían al centro médico St. Francis, un enorme hospital privado cercano que cuenta con varios servicios especializados.

Sin embargo, cuando su hija mayor, Eunice Virgen, una trabajadora social de 35 años, se comunicó con esa institución, le informaron que no estaba ahí. Más tarde le explicaron que, debido al súbito aumento de casos de la COVID-19, el centro no tenía más capacidad, por lo que no habían recibido a la ambulancia. En vez de su destino original, el padre de Virgen había terminado en el hospital MLK, cuya capacidad es de menos de la mitad del St. Francis y tenía muchísimos más pacientes con COVID-19 ingresados esa semana, según los registros federales.

Virgen no podía creerlo; asociaba al MLK con el apodo “Killer King” empleado con desdén para referirse a su desprestigiado predecesor, Martin Luther King Jr./Drew Medical Center, un hospital público que solía prestar servicios a algunos de los barrios de más bajos recursos de Los Ángeles.

Emilio Virgen y su esposa, Lizette, vivían a unos 10 kilómetros de distancia, en una modesta casa de estuco ubicada fuera de la línea divisoria de la ciudad. Virgen llegó indocumentado de México en la década de 1970 cuando era un adolescente, pero obtuvo la ciudadanía después de una amnistía del presidente Ronald Reagan. Fue en una parada de autobús en el centro de Los Ángeles donde vio por primera vez a la mujer con la que se casaría, una inmigrante hondureña que hacía labores domésticas en las mansiones de Beverly Hills.

Virgen solo había asistido a la escuela primaria y hablaba mal el inglés, lo que limitaba sus opciones. Mientras trabajaba como guardián y en un concesionario de automóviles, la creciente familia tuvo dificultades financieras en diversas ocasiones y se tuvieron que mudar varias veces por los vecindarios plagados de tráfico de drogas y la violencia de las pandillas.

Durante gran parte de la última década fue conductor de AltaMed, un sistema de atención médica local, que transportaba en autobús a personas mayores latinas a citas médicas y otras actividades. A menudo volvía a casa con regalos como naranjas, granadas, guayabas, tamales y dulces de sus pasajeros. Sus deberes ante la pandemia incluían entregarles medicamentos y alimentos; también cuidaba de su esposa, quien padecía problemas de salud.

La familia llamó al 911 por primera vez en la víspera de Año Nuevo, más de una semana después de la fecha en que sus hijos creen que estuvo expuesto al coronavirus, cuando asistió a una ceremonia dominical y a una convivencia en una pequeña iglesia evangélica ubicada en una plaza comercial. Unos días después el pastor se enfermó, al igual que muchos otros asistentes, dos de los cuales murieron.

El gobernador Gavin Newsom ordenó el cierre de los lugares de culto en los puntos más graves del estado. Pero los funcionarios de salud del condado de Los Ángeles revocaron los cierres el 19 de diciembre después de que la Corte Suprema de Estados Unidos apoyó a una iglesia que impugnaba la orden. La fatídica ceremonia religiosa se celebró al día siguiente.

Tres de los hijos de Virgen le habían suplicado en repetidas ocasiones que no asistiera a las ceremonias. Orar juntos era fundamental, dijo el pastor Edgar Guaran. Describió a Virgen como un feligrés expresivo que sentía que su mascarilla estaba demasiado apretada y se la quitó.

Virgen le restó importancia a las inquietudes de su familia e hizo alusión a su fe. Su hija Eunice recuerda que le dijo: “Voy a estar bien. La sangre de Jesús me cubrirá”.

Mientras esperaba la ambulancia, Emilio Virgen se había encorvado con dificultad para respirar. Padecía hipertensión y diabetes, factores de riesgo para tener consecuencias de gravedad de la enfermedad ocasionada por el virus. No obstante, cuando los paramédicos lo examinaron, su nivel de oxígeno era normal. Les advirtieron que los hospitales estaban tan llenos que lo más seguro era que tuviera que esperar entre 10 y 12 horas para que lo admitieran. Así que la familia decidió que se quedara en casa. El mismo día, la madre de Virgen falleció de covid en México.

Su hija mayor le compró vitaminas, un humidificador y le pidió que se acostara boca abajo, inclinándose, como hacen muchos pacientes del hospital para mejorar la función pulmonar. Otro hijo le compró artículos de limpieza. Tiffany Virgen, de 25 años, que planeaba convertirse en enfermera practicante, le trató la tos con tés y lo convenció de que inhalara vapor con cáscaras de cítricos y eucalipto. Intentó repetidamente comunicarse con su médico de atención primaria hasta que, finalmente, el médico respondió unos días después de Año Nuevo y le prescribió antibióticos, un supresor de la tos y un recambio de medicación para la presión arterial.

El 6 de enero, un oxímetro que la hija más joven de Virgen, Tiffany, de 25 años, había ordenado para monitorear el nivel de oxígeno de su padre, mostró que se encontraba en el rango de los 60, muy por debajo del nivel normal, que es cerca de los 90. Esa es una señal de “hipoxia silenciosa”, situación en que la saturación de oxígeno cae a niveles tan bajos que son peligrosos y ocasionan una falta grave de aire. Alarmada, se comunicó de nuevo al 911.

Después de que enviaron a Emilio Virgen al MLK, su hija mayor le preguntó a un amigo médico si debía intentar que lo transfirieran a un hospital como el Cedars-Sinai, un enorme centro médico famoso por atender a las celebridades. El trabajo de su padre le daba seguro médico, por lo que no tenía ninguna necesidad de depender de una institución que no verifica que los pacientes lo tengan. Pero su amigo le dijo que el nuevo hospital MLK no era como el antiguo.

El antiguo hospital King/Drew abrió sus puertas en 1972 después de que los activistas comunitarios lucharon por un hospital público que atendiera a algunos de los vecindarios más pobres de Los Ángeles después de los disturbios de Watts de 1965. Tenía un centro de trauma de última generación y era una fuente de esperanza y orgullo.

Pero, con el paso de los años, la calidad de la atención se deterioró. El hospital cerró su unidad de trauma y redujo otros servicios. En 2004, Los Angeles Times documentó las fallas del hospital y detectó un patrón de errores, negligencia e incompetencia que ocasionó horribles lesiones y muertes. Entre los que murieron se encontraban una niña de 9 años que fue sobresedada, una mujer de 27 años con signos claros de un ataque cardíaco que fue ignorado y una paciente a la que le cosieron el colon en vez de los ovarios. Los errores médicos ocurren en todas partes, pero el King/Drew tuvo más violaciones de salud estatales que casi cualquier otro hospital. Los reguladores lo clasificaron entre los peores de Estados Unidos. En 2007, lo cerraron.

Ocho años después, abrió el nuevo MLK. Este hospital moderno, y más pequeño porque solo cuenta con 131 camas, fue construido por el condado, pero se administra de manera privada. Batchlor recaudó fondos para los salarios de los médicos, atrayendo a muchos que se habían formado en la UCLA y otras instituciones de primer nivel.

Pero el MLK solo ofrece algunos servicios: únicamente cirugías de emergencia (en la mayoría de los casos, amputaciones para pacientes de diabetes), no cuenta con servicios de pediatría, no hay terapia intensiva neonatal, no tiene centro de traumatología ni áreas de hospitalización psiquiátrica o para el tratamiento de adicciones. Para muchos problemas médicos, los pacientes han tenido que acudir a otras instituciones. Por desgracia, con frecuencia esas instituciones los rechazan pues solo el cuatro por ciento de los pacientes del MLK contaban con seguro privado, que por lo regular ofrece cuotas más elevadas de reembolso que las aseguradoras públicas.

Flores, quien tiene tres hijos y llegó a la sala de emergencias de MLK el día de Año Nuevo, era un paciente típico. Era un inmigrante de México que vivía en el país sin permiso legal y trabajaba turnos largos como cocinero en un restaurante. Tenía diabetes, hipertensión y obesidad, las tres principales afecciones de alto riesgo entre los pacientes de la COVID-19 hospitalizados en el MLK, y solo contaba con la cobertura estatal de Medicaid para emergencias sanitarias.

El hijo mayor de Flores, Manuel, de 24 años, preguntó si su papá podía recibir terapia con plasma de convaleciente, un tratamiento que recibió autorización federal el verano pasado para su uso en caso de emergencia. La familia conocía a personas que habían recibido transfusiones de ese tipo y sobrevivieron. Por desgracia, el MLK no ofrecía el tratamiento que, según los estudios realizados, quizá sea efectivo si se administra en una etapa temprana de la enfermedad.

No se sabe a ciencia cierta cuánto tiempo llevaba infectado Gabriel Flores. Tanto él como su hijo de 8 años sintieron dolor de cuerpo y fiebre poco antes de Navidad. Al poco tiempo, su esposa, Gabriela, también presentó síntomas. La familia fue al estadio de los Dodgers para que les hicieran la prueba y solo la de ella salió positiva.

Semanas después, el condado suspendió el uso de las pruebas bucales con hisopo que había recibido la familia. La Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos les advirtió a quienes la administraban sobre el riesgo de resultados negativos falsos, lo que podría demorar el tratamiento y propiciar la propagación del virus.

A pesar del resultado positivo, nadie informó a la familia Flores sobre la necesidad de aislarse o la cuarentena. Los padres, que no hablaban inglés, y sus dos hijos menores continuaron durmiendo en literas en el dormitorio individual de su diminuto apartamento.

Flores, creyendo que no tenía covid a pesar de sentirse enfermo, continuó trabajando en el restaurante. La familia vivía de sus ingresos semanales de 580 dólares. Recientemente había comprado un camión de tacos, con la esperanza de tener un negocio de refrigerios, pero la demanda cayó durante la pandemia. También hizo trueques, intercambiando sus carnitas por servicios como reparaciones de automóviles.

Aunque el MLK no les ofrecía el tratamiento con plasma de convaleciente a sus pacientes, sí tenía un tratamiento similar, con objetivos más específicos: los anticuerpos monoclonales. Debe aplicarse cuando la persona sufre síntomas moderados y no requiere oxígeno ni hospitalización, según los lineamientos federales. El MLK ha administrado poco más de 140 dosis a pacientes en la sala de emergencias y tiene pruebas de que redujo las probabilidades de que regresaran con síntomas graves, según datos del hospital.

El problema es que el MLK no ha promocionado la terapia entre la comunidad. “Si le damos publicidad”, se lamentó K. Kevin Park, vicepresidente de asuntos médicos, “no podremos manejar” el volumen si se presentan muchas personas. El tratamiento consiste en una infusión intravenosa que lleva una hora y una hora más de observación, que requerirían más espacio y personal.

Otras instituciones de Los Ángeles, como el Cedars-Sinai, han administrado cientos de dosis de esos anticuerpos. “Los hispanos obesos con diabetes son los que se enferman de manera más grave y puedes ayudarlos con ese tratamiento”, dijo Peter Chen, director de medicina pulmonar y de cuidados intensivos del Cedars-Sinai, y autor principal de un artículo publicado el mes pasado que reportó resultados prometedores de los ensayos provisionales para el tratamiento. A pesar de ser seguro y pagado por el gobierno federal, el tratamiento de anticuerpos no ha sido ampliamente implementado.

Houston es una excepción. Methodist, el sistema médico más grande de la ciudad, administró aproximadamente 3000 dosis desde fines de noviembre, según funcionarios del hospital, que se apresuraron a crear centros de infusión especializados en toda la región. Estiman que el tratamiento ayudó a prevenir 300 hospitalizaciones y 30 muertes solo en el sistema de Methodist. “Se siente como si estuviéramos empezando a jugar a la ofensiva”, dijo Vicki Brownewell, una funcionaria que supervisa el programa.

Pero cuando Flores experimentó los primeros síntomas, su esposa ni siquiera pudo comunicarse con el médico en una clínica que ofrecía atención de bajo costo o sin costo. Le dijeron que los médicos estaban ocupados haciendo visitas remotas. “Tenían una larga lista de espera”, dijo. “Y me colgaron”.

‘Ya se nos acabaron los trucos’

Al día siguiente de su hospitalización, Flores fue trasladado a la unidad de terapia intensiva. Los médicos creían que su única opción para sobrevivir era conectarlo a un respirador. Su historial tenía la orden de “No resucitar/no intubar” porque había escuchado que las personas con COVID-19 a quienes conectaban a respiradores “solo se morían”, dijo más tarde su hijo Manuel Flores.

La decisión de rehusarse a la intubación era más común entre los pacientes varones hispanos del hospital, según comenta Jason Prasso, médico de cuidados intensivos. “Lo que piensan es: ‘Si ya me llegó la hora, no quiero estar conectado a un respirador tres semanas para luego morir’”. Algunos pacientes muy enfermos incluso piden dejar el hospital para volver a trabajar, debido al miedo de perder sus salarios o ser desalojados de sus viviendas.

De cualquier forma, el 86 por ciento de los pacientes de COVID-19 que fueron intubados en el MLK murieron, según las estadísticas del propio hospital. Esa semana, 12 personas que estaban en la unidad de terapia intensiva fallecieron en solo tres días.

“Eso es una tragedia”, comentó Nida Qadir, codirectora de la unidad de cuidados intensivos médicos en el Centro Médico Ronald Reagan de la Universidad de California sobre las estadísticas del MLK. Su hospital tenía niveles de mortalidad “mucho más bajos que eso”, dijo la doctora, aunque ese centro no ha publicado las cifras. Un nuevo estudio de pacientes en 168 hospitales encontró que aproximadamente la mitad de los pacientes con covid que usaban ventiladores murieron y la supervivencia varió ampliamente entre los hospitales.

Theodore J. Iwashyna, médico de cuidados intensivos de la Universidad de Michigan, dijo que las diferencias en los resultados hospitalarios reflejaban una “elección de sistema”. Él y otros especialistas han estudiado a pacientes con enfermedades pulmonares complejas y descubrieron que los que son tratados en hospitales más pequeños, con menos recursos y menos experiencia en el manejo de la enfermedad tienden a tener peores tasas de supervivencia. “Los grandes hospitales deberían haber aceptado a esos pacientes y sacarlos” del MLK, afirmó.

Durante el aumento repentino de contagios en Los Ángeles, la mortalidad hospitalaria también aumentó porque se hospitalizó a menos pacientes con enfermedades leves, dijo Roger J. Lewis, profesor de medicina de emergencia en el Centro Médico Harbor-UCLA que ayuda a analizar los datos de covid para el condado. Probablemente eso fue lo que sucedió con hospitales pequeños como el MLK, que están ubicados en zonas con altas tasas de enfermedades crónicas, dijo.

El equipo médico invitó a la esposa de Flores al hospital, que por lo regular no permite el ingreso de visitantes durante la pandemia. Encontró a su esposo espantado y tembloroso. Uno de los doctores le explicó que no lograba obtener suficiente oxígeno y que, a menos que le pusieran el respirador, moriría en dos días. Flores le dijo que quería irse a casa, pero después cambió de parecer. Se sentía exhausto y le dolía el pecho, le dijo. Se decidió a probar el respirador porque quería vivir más para estar con su familia.

Sin embargo, sus niveles de oxígeno no subieron. Los médicos le aplicaron esteroides y algunos fármacos para evitar la formación de coágulos. Lo voltearon boca abajo e incluso lo paralizaron durante algunos periodos para que el respirador pudiera trabajar con más eficacia. Pero nada parecía ayudar. Flores sufrió una “falla pulmonar por COVID-19”, informó Prasso.

Algunos pacientes con COVID-19 cuentan con una última opción: un tratamiento con una máquina que les permite a los pulmones descansar y, en el mejor de los casos, recuperarse. Ese tratamiento, llamado oxigenación por membrana extracorpórea y conocido también por su sigla ECMO, por lo regular se ofrece solo en hospitales más grandes a pacientes que cumplen con requisitos muy estrictos.

Flores podría haber sido candidato a ese tratamiento en algún momento, explica Christopher Ortiz, especialista en terapia intensiva de UCLA, uno de los hospitales más reconocidos, que colabora con el MLK. Sin embargo, Prasso comentó que dejó de considerar el tratamiento. En las primeras etapas de la pandemia, intentó transferir a algunos pacientes del MLK a hospitales donde se ofrece la ECMO, pero a fin de cuentas se dio por vencido.

“Nunca lo hemos logrado”, se lamentó. “Nadie acepta sus seguros”.

Vadim Gudzenko, director médico del servicio ECMO para adultos en UCLA, dijo que su hospital había tratado a unos 30 pacientes de covid con la técnica, y dos tercios aún estaban con vida. Casi todos habían sido trasladados desde otros hospitales y uno o dos no tenían seguro. Sin embargo, reconoció que varios pacientes remitidos a UCLA habían sido rechazados porque su seguro no cubría el tratamiento. “Esa es la parte fea de lo que es la medicina en este país”, dijo.

Mientras Flores luchaba, el MLK también estaba bajo una enorme presión. Un viernes por la tarde, la sala de emergencias de 29 camas estaba llena con 104 pacientes, 44 de los cuales habían sido ingresados ​​y estaban en pasillos o en tiendas de campaña al aire libre esperando camas en la UCI o las salas médicas. Los pacientes habían estado atrapados en el departamento de emergencias hasta por dos semanas. Se asignó a un médico de emergencia para responder al Código Azul —pedidos de labores de reanimación— en todo el hospital. Había 12 en el turno de 12 horas de ese día. Las enfermeras estaban atendiendo a casi el doble de pacientes de lo que las regulaciones permitían, a veces en las salas, después de que el gobernador flexibilizó las medidas para ayudar a los hospitales a enfrentar la crisis.

El MLK despejó toda una sala médica para crear una unidad de cuidados intensivos ampliada, principalmente para pacientes con respirador, dos por habitación, con gruesas láminas de plástico colgando sobre las puertas abiertas. En su punto máximo la unidad tenía 40 pacientes, cuatro veces el número habitual antes de la pandemia y mucho más de lo que el personal estaba acostumbrado a manejar. Decenas de otros pacientes que requerían oxígeno de alto flujo y que normalmente estarían en la unidad fueron tratados en otros pisos. “Todo el mundo ha sido expulsado de su zona de confort”, dijo Prasso sobre el equipo médico, y agregó que habían trabajado duro y estaban a la altura de las circunstancias.

Ortiz, el médico especialista de la UCLA, dijo que a su llegada “literalmente se sintió como en una zona de guerra”, con más muertes, menos recursos y un personal sometido a un estrés mucho mayor que en la UCI de su hospital que es mucho más grande. “Era una forma de cuidados intensivos que nunca había visto”, dijo.

Aunque admira la dedicación del equipo médico, dijo que estar tan sobrecargados y tan cortos de personal significaba que las emergencias de los pacientes más enfermos desviaban la atención requerida para prevenir las complicaciones en los demás, lo cual exige un monitoreo casi constante. Perderse “incluso algo aparentemente trivial” en los enfermos críticos, dijo, “puede ser mortal”.

Una mañana justo antes de pasar visita, murió el compañero de habitación de Flores. También él se encontraba en condición crítica. Esa tarde, pidieron un Código Azul en su nombre e intentaron reanimarlo. Sus niveles de oxígeno estaban en los 70. Sus riñones apenas funcionaban. Su ritmo cardíaco era de alrededor de 140, y las cavidades superiores fibrilaban. El equipo le aplicó electrochoques para restablecer el ritmo normal.

A Prasso no se le ocurrieron muchas más opciones para esa situación. “Ya se nos acabaron los trucos”, dijo. Llamó a la esposa de Flores para informarle que su situación era grave. Tanto él como los demás médicos de cuidados intensivos deben dar ese tipo de noticias varias veces al día. “¿Vas a quitarle las medicinas y matarla?”, le dijo un familiar a un médico que había sugerido suspender la atención de otra paciente.

“Es una comunidad históricamente privada de derechos”, dijo Prasso, “por lo que la idea de suspender la atención a menudo no se ve como algo compasivo sino como que le están negando el tratamiento”.

Esa noche, la esposa de Flores y su hijo mayor fueron a visitarlo. Gabriela Flores sostuvo la mano de su esposo y acarició su frente. “Mi amor”, repetía. “Te amo”.

Decir adiós

En ese mismo corredor, Emilio Virgen, el conductor de minibús, también yacía inconsciente conectado a un respirador. Tras una ligera mejoría, su condición había sufrido un deterioro repentino.

Al igual que Gabriel Flores, había desarrollado una grave lesión en los riñones, una complicación común en los casos graves de COVID-19 que puede requerir diálisis temporal. El MLK solo tenía tres máquinas para dar diálisis continua, una forma del tratamiento empleado para los pacientes más inestables de terapia intensiva. Esa situación forzó al hospital a establecer prioridades para decidir a quién asignarle las máquinas y por cuánto tiempo, además de tratar a otros pacientes con medicamentos.

En el hospital de la UCLA no había esa escasez. “Es una tecnología realmente asombrosa”, dijo Gudzenko. “Es notable cuán diferente puede ser la medicina cuando se tienen suficientes recursos”.

Los médicos gestionaron la falla renal de Virgen de manera conservadora, sin necesidad de emplear diálisis. No obstante, comenzaron a surgir otros problemas, por lo que le avisaron a su familia que no le quedaba mucho tiempo. En una llamada de Zoom el 20 de enero, con una tableta al lado de su cama, sus hijos intentaban consolarse diciendo que habían hecho todo lo posible por ayudarlo y se lamentaban por lo rápido que se había deteriorado.

“No quiero decir adiós”, les dijo Tiffany Virgen a sus hermanos. “No quiero vivir una vida sin él”.

“Era mi papá, el mexicano fuerte, guapo y alto”, dijo su hermana, Eunice Virgen, llorando. “Creyó que era invencible. Pensó que era Superman”.

Temprano a la mañana siguiente, lo perdieron.

Cinco horas y cinco minutos después, Flores también murió.

Su madre, María Alcalán Magallón, llegó de Guadalajara al día siguiente. Con la ayuda del hospital, había logrado conseguir una visa pero no pudo llegar a tiempo. Madre e hijo no se habían visto en más de dos décadas; ahora ella quería enterrarlo en su hogar en México.

Pero eso también tendría que esperar. Las funerarias en Los Ángeles tenían largas listas de familias en duelo esperando para reclamar los restos de sus muertos. “Dicen que en dos o tres meses”, dijo. “A mí eso no me parece”.



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