Reportajes

La COVID-19 y la transformación del turismo

2021-03-19

Alyss Leow, ejecutiva de recursos humanos de 36 años, trabaja desde la sala de espera cada...

Patrick Scott, Peter Kujawinski, Elaine Sciolino, Tacey Rychter, Charu Suri, Sui-Lee Wee |The New York Times

El 11 de marzo de 2020, la Organización Mundial de la Salud calificó el brote de coronavirus como una pandemia, con “niveles alarmantes de propagación y severidad”. Casi de inmediato, los viajes internacionales frenaron por completo, mientras los países cerraban sus fronteras, las aerolíneas cancelaban sus vuelos, y las ciudades de todo el mundo imponían confinamientos. La pérdida de vidas, salud y sustentos seguía aumentando.

El impacto en la industria del turismo y todos los que dependen de ella fue impresionante: las llegadas internacionales en los aeropuertos de Estados Unidos disminuyeron un 98 por ciento en abril de 2020 en comparación con el año anterior, y permanecieron así durante meses. De acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, se prevé que la economía turística mundial se contraiga alrededor de un 80 por ciento para cuando se cuente con todos los datos de 2020. Ahora que la pandemia ya cumplió un año, observamos distintos lugares del mundo que dependen en gran medida del turismo para ver cómo se han adaptado.

Le Van Hung salió de su deteriorada casa bajo los cocoteros de la costa central de Vietnam con una mezcla de angustia y esperanza; rodeó a las gallinas que cacareaban y subió por el breve camino para intuir las olas, el cielo y el Sol.

Un mar en calma significaba que, tras meses de tormentas, lograría remar con seguridad en su redondo bote de bambú tejido hacia el mar de la China Meridional para pescar peces y cangrejos y poder mantener a su familia.

Por estas fechas, los habitantes de Skagway suelen empezar a tomarse más en serio el verano que se aproxima. Y no es broma, porque, si se toma en cuenta la temporada media de mayo y septiembre, tienen que ganar todo su dinero en cinco meses intensos. En un día ajetreado de verano, 13,000 pasajeros desembarcan de los cruceros para sumergirse en la atmósfera de este pueblo de la época de la Fiebre del Oro en el sureste de Alaska rodeado de glaciares, montañas, fiordos profundos y la naturaleza del Parque Nacional Tongass.

Pese a una población de solo unas 1000 personas que viven ahí de manera permanente, antes de la pandemia Skagway ocupaba el puesto 18 en la lista de puertos de cruceros más visitado del mundo y cada año sumaba 160 millones de dólares a su economía. Para el verano de 2020, Skagway esperaba que 1,3 millones de turistas se pasearan por Broadway, su calle principal de cantinas y hoteles históricos convertidos en tiendas de recuerdos. Es el tipo de pueblo centrado en el turismo en el que incluso el alcalde Andrew Cremata tiene un segundo empleo de venta de recorridos turísticos en el muelle.

En épocas normales, el restaurante Aux Lyonnais es un lugar imperdible para disfrutar de la comodidad y convivencia de un clásico almuerzo de negocios parisino. Cerca de la Bolsa de París, las oficinas del periódico Le Figaro y la agencia de noticias Agence France-Presse, este bistró al interior de un edificio de la década de 1890 solía abarrotarse todos los días con ejecutivos empresariales, periodistas y burócratas gubernamentales ávidos de carcajadas ruidosas y preparaciones gastronómicas a la vieja usanza de Lyon.

Hoy en día, la fachada color rojo sangre de Aux Lyonnais luce igual, pero al interior, reina el silencio. Las mesas sencillas de madera de roble con bordes de hierro están desnudas sin sus caminos al centro, sus cubiertos y sus copas globo de vino. Algunas de las sillas se han guardado en la bodega. La barra de zinc se ha pulido. Los enormes espejos biselados, las molduras color blanco cremoso y los azulejos florales verdes y rosas se han limpiado con esmero, en espera del momento en que los restaurantes de París puedan volver a abrir.

Antes de la pandemia, los turistas chinos bajaban de grandes autobuses y entraban a los restaurantes de Apollo Bay, un pequeño poblado costero situado al costado de la Gran Ruta Oceánica de Victoria, de 240 kilómetros, en el sureste de Australia, y una parada popular en una excursión costera de un día para viajeros con poco tiempo.

Los turistas abarrotaban restaurantes como el restaurante chino Apollo Surfcoast, un local de doble fachada, orientado a la playa y preparado para atender simultáneamente a cerca de 200 comensales apurados con ganas de disfrutar el sabor de casa. Ahora, el restaurante está a oscuras a la hora del almuerzo. Las grandes mesas con bancas de madera, recién instaladas en la acera antes de que golpeara el coronavirus, están desiertas.

En una mañana reciente de jueves en el Aeropuerto Internacional Changi, en Singapur, seis personas tecleaban en sus computadoras portátiles, rodeadas de sillas lujosas en la sala de espera Changi Lounge. Cada dos sillas, había una calcomanía que exhortaba a las personas a mantenerla vacía y les recordaba que “mantener la distancia nos brinda seguridad a todos”. Ya no estaba el bufé de bocadillos y refrigerios. En su lugar, había meseros que ofrecían café y croissants.

Alyss Leow, ejecutiva de recursos humanos de 36 años, trabaja desde la sala de espera cada dos o tres semanas. Pagó 200 dólares por un periodo de tres meses.

Jennifer Olah acababa de firmar las escrituras de una granja de casi una hectárea, un nuevo hogar para su organización ecuestre sin fines de lucro en el extremo occidental de Santa Cruz (Saint Croix), cuando llegó la COVID-19.

Cruzan Cowgirls comenzó operaciones en 2013 para rescatar y rehabilitar caballos en la isla y educar a los jóvenes del lugar sobre estos animales. Olah necesitaba a los voluntarios para cuidar a los caballos y a los visitantes internacionales para pagar las cuentas. Las cabalgatas de aproximadamente una hora y media a lo largo de Rainbow Beach y a través de la selva tropical de la isla le generaban unos 100 dólares por jinete, sin propina incluida. Olah ofrecía recorridos a unas 25 personas a la semana.



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