Entre la Espada y la Pared

Para las mujeres asiáticas, el racismo y el sexismo son inseparables

2021-03-20

Muchas percibieron en los tiroteos en Atlanta que dejaron ocho personas muertas como la...

Shaila Dewan, The New York Times

Muchas percibieron en los tiroteos en Atlanta que dejaron ocho personas muertas como la culminación de una misoginia racializada que dicen es muy antigua en Estados Unidos.

Después de que ocho personas, seis de ellas mujeres asiáticas, fueron asesinadas a balazos esta semana en una masacre ejecutada cerca de Atlanta, un oficial de las fuerzas del orden dijo que, según las palabras del asesino, sus acciones “no estaban motivadas por la raza”, sino que fueron causadas por una “adicción sexual”.

El capitán Jay Baker de la Oficina del Alguacil en el condado Cherokee, donde se ubica uno de los tres negocios de masajes a los que el tirador se dirigió, advirtió que las investigaciones estaban en sus primeras etapas. Pero la implicación era clara: debía ser un motivo o el otro, no podían ser ambos.

Esa insinuación generó incredulidad entre muchas mujeres asiáticoestadounidenses, para quienes el racismo y el sexismo siempre han estado vinculados de manera inextricable. Para ellas, el racismo suele presentarse como insinuaciones sexuales indeseadas y, a su vez, el acoso sexual muchas veces es abiertamente racista.

Con el aumento en los reportes de ataques antiasiáticos luego de que el gobierno de Donald Trump enfatizó en repetidas ocasiones la conexión de China con la pandemia de la COVID-19, hay evidencia de que gran parte de este odio, a diferencia de otros tipos de crímenes motivados por prejuicios, ha estado dirigido contra las mujeres.

“Aquí la gente de verdad está debatiendo si esto fue un ataque misógino en contra de las mujeres o un ataque racista en contra de los asiáticos”, escribió en un hilo de Twitter Jenn Fang, fundadora de Reappropriate, un blog feminista. “Qué tal si —ahí les va— fueron ambos”.

En la rueda de prensa del miércoles, Baker también afirmó que el tirador acusado, quien es blanco, había tenido “un día muy malo”, lo que muchas mujeres tomaron como otra forma de excusar la violencia perpetrada contra ellas. Sus comentarios fueron muy criticados, además, se supo que el oficial había promovido la venta de una playera con un mensaje antiasiático.

Más tarde la Oficina del Alguacil aclaró en un comunicado que los comentarios de Baker “no tenían la intención de faltarle el respeto a ninguna de las víctimas” o de “expresar empatía o simpatía por el sospechoso”. Pero la disculpa no fue suficiente como para disipar la sensación de que las autoridades no estaban entendiendo el problema.

“Las fuerzas del orden y la sociedad en general suelen no entender en absoluto cómo el racismo, el odio y el prejuicio están dirigidos en contra de los asiáticoestadounidenses y sin duda tampoco entienden cómo se dirigen contra las mujeres asiáticoestadounidenses”, dijo Helen Zia, activista y autora que ha estudiado la violencia antiasiática. “Así que la reacción inmediata es descartar y desestimar”.

Hay una larga historia de misoginia y violencia dirigida específicamente a las mujeres asiáticas por parte de hombres de todas las razas, incluidos los asiáticos. Las mujeres estadounidenses de origen asiático han sido estereotipadas durante mucho tiempo como como sumisas sexualmente y se les representa en la cultura popular como “flores de loto” exóticas, “damas dragón” manipuladoras o como superiores inherentemente a otras mujeres de un modo que las deja sin individualidad. Han sufrido reacciones negativas por no concordar con los estereotipos y se les ha acosado por no elegir parejas asiáticas.

Sung Yeon Choimorrow, directora ejecutiva del National Asian Pacific American Women’s Forum, un grupo de defensoría, dijo que cuando llegó a Estados Unidos en el año 2000 para asistir a la universidad, se sintió “confundida, estupefacta, horrorizada” por la manera en que hombres desconocidos se le solían acercar y le decían que amaban a las mujeres coreanas.

“Es como un ‘Yo muy caliente. Yo amarte desde hace tiempo’ con acentos raros y un ‘¿Ah, eres coreana? Me encanta Corea’”, dijo y añadió que empezó a preguntarse si los hombres estadounidenses estaban dementes. Me contaban sobre “cómo habían servido en el ejército en Corea y que habían tenido una maravillosa novia coreana igualita a mí. ¿Y quería yo ser su novia?”.

Ella dijo que había experimentado eso tanto con hombres muy jóvenes, como con ancianos y ellos nunca parecían entender que su atención no era halagadora. “He sufrido racismo. He sufrido sexismo. Pero nunca viví los dos al mismo tiempo como desde que llegué a Estados Unidos”.

Dijo que muchas mujeres asiáticoestadounidenses consideraban la masacre del martes como la culminación de esta misoginia con tintes raciales.

“De verdad, la mayoría de nosotras no conciliamos el sueño ayer en la noche”, afirmó. “Porque esto es lo que siempre habíamos temido: que la cosificación y la hipersexualización de nuestros cuerpos nos llevaran a la muerte”.

Los datos a nivel federal sugieren que, en todo Estados Unidos, las víctimas de los crímenes de odio más violentos son hombres. Sin embargo, un análisis reciente de un grupo llamado Stop AAPI Hate, que reúne informes de incidentes motivados por odio en contra de comunidades asiáticoestadounidenses e isleñas del Pacífico, dijo que, de casi 3800 incidentes registrados entre 2020 y 2021, más de dos tercios de los reportes provinieron de mujeres.

Es casi seguro que el número de los crímenes de odio contra las mujeres asiáticas está por debajo de la realidad y Zia sostuvo que una de las razones es que los crímenes que tienen una dimensión sexual tienden a clasificarse como delitos sexuales, lo cual hace que se pase por alto el aspecto racial. Además, los estereotipos de las mujeres asiáticas como sumisas quizá envalentonen a los agresores, dijo. “Nos consideran vulnerables”, comentó. “Ya sabes, el objeto que no se defiende”.

Se sabe muy poco de los motivos del atacante de Atlanta, pero las organizaciones que monitorean los crímenes de odio piensan cada vez más que la misoginia es una especie de “droga de entrada” a otros tipos de extremismo, como el racismo violento. Esta hipótesis surgió a raíz de las masacres en estudios de yoga o gimnasios a los que acuden mujeres y del asesinato en 2018 de 10 personas en Toronto a manos de una persona que se describía a sí misma como un “incel”, que significa célibe involuntario.

Las muertes de 77 personas en Noruega en un tiroteo y ataque de bomba en 2011 también fueron representados como resultado del extremismo de derecha pero el atacante, Anders Breivik, también percibía al feminismo como una amenaza grave.

En 2018 el Centro Southern Poverty Law y el Consorcio Nacional para el Estudio del Terrorismo y las Respuestas al Terrorismo empezó a rastrear lo que llaman terrorismo de supremacismo masculino, alimentado por el privilegio masculino agraviado y un deseo de preservar los roles de género tradicionales, según un informe del Centro Internacional para el Contraterrorismo. La Liga Antidifamación publicó un informe titulado “Cuando las mujeres son el enemigo: la intersección de la misoginia y el supremacismo blanco”.

Los académicos aseguran que la fetichización de las mujeres asiáticas y la correspondiente emasculación de los hombres asiáticos tiene una larga historia impactada por las políticas y leyes de Estados Unidos. La Ley de Inmigración Page de 1875, que prohibía la importación de mujeres con fines de prostitución, impidió que las mujeres chinas ingresaran a Estados Unidos, mientras que las leyes que prohibían los matrimonios interraciales dejaron a los inmigrantes varones chinos en una soltería perpetua.

Kyeyoung Park, profesora de Antropología y Estudios asiáticoestadounidenses en la Universidad de California, campus Los Ángeles, dijo que históricamente los inmigrantes asiáticos solo han sido vistos desde la perspectiva de sus trabajos o negocios.

En el caso de los spas en Georgia, ella explicó que el capitalismo basado en la explotación racial ha sido entremezclado con la sexualización de las mujeres asiáticas, sobre todo las coreanas, a lo largo de muchas décadas. La policía no ha dicho si alguno de los tres salones de masajes tenía vínculos con el comercio sexual.

“Creo que el origen de estos salones de masajes puede rastrearse a las novias de guerra coreanas y a las esposas militares”, sostuvo Park.

En el extranjero, la pobreza y las privaciones de la guerra originaron una industria de la prostitución que proporcionaba sexo barato a los militares estadounidenses asignados a Corea, Filipinas, Tailandia y Vietnam, lo cual agravó los estereotipos de las mujeres asiáticas como objetos sexuales exóticos o manipuladoras que intentaban cazar maridos estadounidenses.

El imperialismo sexual no fue exclusivo de los estadounidenses; los japoneses también obligaron a mujeres chinas, filipinas y coreanas a prostituirse como las llamadas “mujeres de consuelo” en los años treinta y cuarenta.

Muchas mujeres que se dedicaban al comercio sexual fueron traídas a Estados Unidos como esposas y, algunas de ellas, que luego se separaron o divorciaron de sus maridos, abrieron establecimientos de masajes. Esta historia probablemente contribuyó a la percepción de que todos los espás gestionados por asiáticos son ilícitos y las mujeres que trabajan en ellos son trabajadoras sexuales, conjeturó Park.

La fetichización de las mujeres asiáticas ha sido reforzada en la cultura popular. Un ejemplo notable se da con las palabras pronunciadas por una trabajadora sexual en una escena de Cara de guerra [Full Metal Jacket], una película sobre la guerra de Vietnam, cuando dos soldados intentan regatearle el precio: “Yo muy caliente. Yo amarte desde hace tiempo”.

Divorciadas de su origen, esas palabras se han convertido en una frase de seducción, usadas, en lo que Ellen Wu —historiadora de la Universidad de Indiana, campus Bloomington, y autora de The Color of Success: Asian-Americans and the Origins of the Model Minority— califica de “un tipo de piropo acosador específico para una raza”.

“Unas cuantas palabras encierran toda una historia en una frase”, expresó.



JMRS