Atrocidades

‘En México no hay futuro’: así se esfumaron los sueños de 13 migrantes que viajaban en una camioneta

2021-04-06

El camino rural que el 2 de marzo se convirtió en la escena de uno de los accidentes...

Por Miriam Jordan | The New York Times

HOLTVILLE, California — La Ford Expedition llevaba tanto peso que, al principio, sus neumáticos se quedaron girando en la arena del desierto mientras el vehículo se abría paso por una abertura en el muro fronterizo. Luego se fue a toda velocidad por un camino de terracería, mientras México desaparecía en el espejo retrovisor. Había 25 personas en el interior, muchas apretujadas en el piso y otras encorvadas a medio parar.

Cerca del frente estaba José Eduardo Martínez, de 16 años, quien se subió al vehículo ilegal con la esperanza de reunirse con su tío en Utah para trabajar en construcción. Apiñados en la parte trasera, donde habían quitado los asientos, estaban Zeferina Mendoza, de 33 años, y su prima, Rosalía García González, de 34 años, quienes tenían información sobre empleos en los campos de fresas de California. El chofer era Jairo de Jesús Dueñas, de 28 años, quien planeaba ganar dinero para comprar un auto y trabajar en el servicio de Uber en México.

Viajaron 24 kilómetros por un camino rural en el valle de Imperial en California, 177 kilómetros al este de San Diego. Tal vez el chofer se distrajo o no pudo ver la señal de alto debido a la luz del alba. Tal vez no se percató del tiempo que le iba tomar detener un vehículo cargado de 25 personas. El vehículo dio tumbos hasta encontrarse con un tráiler que viajaba a toda velocidad por la ruta estatal 115.

Pocos de los sobrevivientes han podido describir qué ocurrió después: vidrios y metal aplastados, cuerpos que volaron por el asfalto. Doce personas murieron en el acto, una decimotercera en un hospital.

José no recordaba nada. “Cuando desperté, estaba en el hospital”, dijo, con dificultades para hablar y 25 centímetros de grapas quirúrgicas que se extendían verticalmente en su vientre y otras más alrededor de su cintura. Pasaron dos días antes de que volviera en sí.

El camino rural que el 2 de marzo se convirtió en la escena de uno de los accidentes fronterizos más mortíferos en décadas recientes es uno de los cientos de corredores ilegales que sirven para ingresar a Estados Unidos. Las personas que murieron ahí se convirtieron en el retrato trágico de una explosión migratoria que ha empezado a abrumar al gobierno de Estados Unidos.

En marzo, las detenciones de migrantes por parte de las autoridades de la frontera suroeste llegaron a 170,000, la cifra más alta en quince años, un aumento de casi el 70 por ciento en comparación con febrero, según la Agencia de Aduanas y Protección Fronteriza. Miles de niños y familias que llegan a diario de Centroamérica, a causa de la violencia, los desastres naturales y la pandemia, han inundado los centros de procesamiento y han creado un problema humanitario en la frontera. A los niños se les mantiene en detención durante más tiempo del permitido por la ley y la mayoría de las familias están siendo liberadas en Estados Unidos porque, a menudo, no hay donde albergarlos.

Un factor importante ha sido el marcado incremento en la cantidad de adultos solteros provenientes de México, donde la pandemia detuvo la economía y dejó a millones de personas sin sustento. Así fue que, en la oscuridad previa al amanecer de un martes de marzo, diecisiete mexicanos, junto con ocho guatemaltecos, se apretujaron en una camioneta con la esperanza de sortear el último tramo de su peligroso viaje.

Este trabajo está basado en las entrevistas con sobrevivientes y familiares, agentes de la Patrulla de Caminos de California, la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos y la Oficina de Investigaciones de Seguridad Nacional, así como en un informe policiaco y la queja federal presentada la semana pasada en contra de un hombre mexicano acusado de organizar el viaje. El hombre, José Cruz Noguez, fue acusado de contrabando humano y causante de lesiones graves.

Antes de subirse al vehículo aquella mañana fatídica, habían coincidido en Mexicali, una ciudad fronteriza de un millón de habitantes separada de Estados Unidos por una valla metálica oxidada que en algunos tramos se alza hasta casi diez metros de altura.

Quien se asoma por los barrotes atisba la atractiva promesa de Estados Unidos: Calexico, la ciudad del otro lado, con 40,000 habitantes, está justo cruzando. Los vehículos de la Patrulla Fronteriza recorren el terreno, motivo por el cual los migrantes habían puesto su vida en manos de los traficantes de personas —a un costo de entre 7500 y 10,000 dólares cada uno— para que los ayudaran a ingresar en la fortaleza estadounidense.

‘En México no hay futuro’

José, el mayor de dos chicos criados en una cabaña del violento estado de Guerrero, al sur de México, se estaba impacientando con la situación de su familia.

Al no tener computadora, José se vio obligado a tomar clases en su celular durante la pandemia.

“En México no hay futuro”, comentó. “Le dije a mi mamá que quería trabajar en Estados Unidos para mantenerlos a ella y a mi hermanito”.

José había crecido con las historias de su tío Pablo, quien llegó a Estados Unidos hace dieciséis años y se volvió experto en la construcción de casas de madera. El tío les mandaba dinero a sus hijos de forma regular, y con eso compraban ropa nueva, aparatos electrónicos y un coche nuevo. Así que José dijo que quería probar suerte.

“Quise convencer a mi sobrino de que el sueño americano no es lo que uno piensa; es mejor quedarte allá y estudiar”, comentó el tío, Pablo Mendoza, de 41 años, quien ha vivido en Utah desde 2004. “Pero cuando insistió, le dije que lo iba a ayudar. Sentí que no me quedaba de otra. Si iba a venir, mejor que estuviera aquí”.

Su madre, María Félix, dijo que ella también intentó disuadir a su hijo. Sin embargo, a la postre, cedió. “Siempre fue un niño maduro, responsable”, dijo de su hijo mayor. “Me dijo que no me preocupara”.

José tramó un plan con su primo Luis Daniel. Hicieron trabajitos con el fin de ahorrar dinero para el viaje. El 24 de enero, partieron para Mexicali, México, donde encontraron un cuarto para rentar y alguien que los cruzara.

Pronto empezaron a hacer intentos, tantos que José perdió la cuenta. Siempre cobijados por la oscuridad.

En cada ocasión, un coyote les ayudó a subir la valla fronteriza con una escalera de soga y se deslizaron por uno de los barrotes al lado de California. Y cada vez, la Patrulla Fronteriza los atrapaba rápidamente.

Para evitar que los enviaran a un albergue durante semanas o meses —como sucede con miles de solicitantes de asilo jóvenes que cruzan la frontera— los muchachos mintieron sobre su edad y les dijeron a los agentes que tenían 18 años. Al tratarlos como adultos, les tomaban las huellas y los retornaban a México rápidamente, donde volvían a tratar de cruzar.

Al otro lado del muro y de regreso

Desde las cifras máximas que alcanzó a inicios de la década de 2000, la migración mexicana a Estados Unidos había bajado de forma drástica conforme se redujo el tamaño de las familias, la economía mexicana se expandió y los cruces se volvieron más peligrosos y caros. Entre 2009 y 2014, por primera vez desde los años cuarenta, se marcharon más mexicanos de Estados Unidos que los que llegaron, con lo cual se acabó la ola de inmigración más grande en la historia moderna de Estados Unidos.

Sin embargo, la dinámica ha cambiado desde que surgió el coronavirus.

Mendoza, que iba en la Expedition con su prima, era una madre soltera que vendía tamales y tejía sombreros para mantener a sus tres hijas en Tlapa de Comonfort, una región montañosa de Guerrero de la que hace mucho salen migrantes con destino a Estados Unidos.

Ella no tenía refrigerador, estufa ni televisión. Y la pandemia había dificultado aún más que se ganara la vida.

“Lo que quería era comprar un terreno, construir una casita”, dijo Mendoza. “Les dije a mis hijas ‘Esto lo hago por ustedes’ y ellas estuvieron de acuerdo en que yo me fuera”.

En una mochila metió algunos pesos, dos mudas de ropa y abordó un autobús con destino a Mexicali con su prima, Garcia. Tres días después se registraron en uno de los muchos hoteles de mala muerte, ubicados a unas cuadras de la frontera internacional, que reciben a migrantes. Pagaron 220 pesos —unos 10 dólares— por una estadía de 24 horas.

“Salimos a comer y un señor se nos acercó y nos ofreció cruzarnos”, recordó Mendoza.

El hombre dijo que podía cruzarlas de manera segura a Estados Unidos y conseguirles trabajo en el campo por 9000 dólares cada una.

“Dijo que podíamos depositarle el dinero cuando empezáramos a trabajar”, dijo Mendoza.

Al menos en dos ocasiones el coyote las llamó, pasó a recogerlas en el hotel y las acompañó al muro, donde las ayudó a trepar con una escalera de sogas hasta lo alto y deslizarse por una de las vigas.

“Después de saltar, caminamos bajo la luz de la luna”, dijo, “pero nos agarró migración”. Los agentes las procesaron en la estación y, horas después, las devolvieron a Mexicali, donde esperaron a que se presentara otra oportunidad.

‘Yo sé lo peligroso que es’

Maynor Melendrez, un obrero de la construcción en Nueva York, todavía está afectado por la vez que cruzó la frontera en 2003. En aquella ocasión estuvo encerrado en Arizona con otros guatemaltecos después de que cayó en manos de coyotes que exigieron un rescate por su liberación. La policía hizo una redada en la casa de seguridad donde los tenían. “Tuve suerte”, dijo.

Melendrez había dejado atrás a su esposa y sus dos hijas. Aunque después se divorció de su esposa, contó que les había enviado dinero a sus dos hijas. La menor, Yesenia Magali Melendrez Cardona, a veces sacaba el tema de hacer el viaje a Estados Unidos, pero su padre siempre se opuso.

“Yo no quería que Yesenia se pusiera en riesgo, yo sé lo peligroso que es”, dijo Melendrez, de 49 años.

No obstante, este año, Yesenia, su hija menor, una estudiante de Derecho de 23 años, comenzó a recibir amenazas de pandillas por teléfono, según Rudy Domínguez, su tío que vive en Brea, California. Al temer por su vida, Yesenia y su madre, Verlyn Cardona, de 47 años, decidieron buscar refugio en Estados Unidos. En febrero, salieron de Chiquimulilla, Guatemala, para emprender un viaje de 4000 kilómetros a Mexicali.

Otra persona que se les sumó en la frontera vivía en Mexicali: Dueñas, de 28 años y padre de tres, había estado trabajando en una panadería y en una maquiladora.

“En la pandemia se desesperó porque había menos trabajo”, dijo su esposa Sofía Castañeda González, en una entrevista en Mexicali.

Dueñas decidió que conducir un auto para una empresa de viajes compartidos podía ser lucrativo. La manera más rápida de ganar dinero para comprarse un auto era trabajar en Estados Unidos.

Los contrabandistas tal vez se aprovecharon de eso cuando decidieron quién iba a conducir la Expedition a través de la barrera y el desierto; según la Patrulla de Caminos de California, Dueñas iba al volante.

Una gran operación de contrabando

El 1 de marzo, el día previo al cruce planeado, José, el adolescente, fue llevado a un rancho a las afueras de Mexicali, donde los coyotes reunieron a unos 40 migrantes. Su primo Luis se quedó para cruzar otro día.

Los migrantes fueron guiados a un área cerca de las Dunas de Arena de Imperial, un destino para los entusiastas de los vehículos todo terreno, donde José vio una brecha en la barrera fronteriza del tamaño suficiente para que cruzara un vehículo. “Yo estaba esperando que iba a tener que volver a saltar el muro”, dijo.

Los migrantes se distribuyeron en dos vehículos, una Yukon de GMC, color rojo, y la Expedition; se aventuraron a cruzar, solo para quedar atascados en la arena.

“Todos tuvieron que bajarse y los hombres comenzaron a empujar”, recordó Mendoza.

Para cuando José volvió a subirse, la Expedition parecía más llena que antes. Sin tener de donde asirse, se quedó de pie gracias a los cuerpos apretujados a su alrededor. “Nadie hablaba, el chofer nos dijo que nos quedáramos callados”, dijo.

Unos minutos más tarde, la Yukon estalló en llamas, esto alertó a la Patrulla Fronteriza, que envió agentes a la escena.

Para cuando respondieron los bomberos de Holtville, California, los agentes ya habían extinguido el fuego. “Me imaginé que se había quemado por el peso de los pasajeros”, dijo en una entrevista Alex Silva, jefe local de bomberos.

Los agentes que peinaron la zona atraparon a 19 pasajeros mexicanos que habían escapado de la Yukon y se escondieron en los arbustos.

Cuando se estaba retirando del lugar, Silva recibió una llamada sobre un choque en la intersección de la ruta estatal 115 y Norrish Road, a 3 kilómetros de Holtville, la sencilla ciudad de la que es originario, conocida como la “capital mundial de la zanahoria”, donde se organiza un festival anual de zanahorias.

Se encontró con el accidente más espantoso que ha visto en sus 29 años de carrera. Por todos lados del camino había cuerpos.

“La gente estalló del vehículo y aterrizó a unos doce metros”, dijo. “Varios estaban en la calzada, gimiendo y moviéndose”.

Ubicó a una mujer que sostenía a una persona menor y que pedía ayuda en español. Cree que se trataba de Cardona y su hija Melendres, la estudiante de Derecho.

“Estaba acariciando el pelo de su hija e intentando quitarle la sangre de la cara. De solo ver a su hija supe que había fallecido”, recordó.

Al evaluar el siniestro solo vio el tráiler y la Expedition. “Estaba pensando, ¿dónde están el tercer o cuarto vehículo? ¿Cómo iban tantos cuerpos en una sola camioneta?”.

Dentro de la Expedition aún había personas vivas, amontonadas sobre las muertas. Silva supo que harían falta helicópteros para trasladar a las víctimas a los hospitales de toda la región.

“Pedí todas las ambulancias y vehículos aéreos que pude”, dijo.

Doce personas fueron declaradas muertas en la escena, entre ellas Melendrez, Dueñas y García, la prima de Mendoza. Trece fueron transferidas a hospitales, donde una murió; el chofer del camión, el cual llevaba detrás dos contenedores vacíos, sufrió lesiones moderadas.

Familias rotas

Horas después del choque, Melendrez, en Nueva York, recibió una llamada de su excuñado, quien le contó que su hija había muerto, y su exesposa tenía una hemorragia cerebral. Su hija, contó, había decidido hacer el viaje sin decírselo.

“No tenía idea de que planeaban venir para acá”, dijo. Desde que salió de Guatemala, cuando ella tenía seis años, Melendrez dijo que solo había visto en fotos cómo su hija se había convertido en una bella mujer.

“Después de todos estos años voy a ver su cadáver”, dijo.

En Mexicali, Castañeda, la esposa del chofer, se enteró del choque por las redes sociales. Llamó desesperadamente a su marido pero no obtuvo respuesta. Lo encontraron muerto en el asiento del conductor.

Mendoza despertó en el hospital conectada a máquinas y con dolores en el pecho destrozado y su pierna derecha, la cual estaba hecha añicos de la rodilla para abajo.

“Las enfermeras me dijeron que había estado en un accidente”, dijo. “No recordaba nada”.

El 7 de marzo, fue dada de alta y se reunió con sus parientes en Watsonville, California. Tal vez pasen meses antes de que recobre la salud para volver a trabajar.

El cónsul general de México en San Diego, Carlos González Gutiérrez, comentó que cabía la posibilidad de que los pasajeros que sobrevivieron se quedaran en Estados Unidos si cooperaban con la investigación y cumplen con otros requisitos.

“Espero que mi madre se pueda quedar allá”, mencionó la hija de Mendoza, Matilde, de 16 años, desde Guatemala. “Fue a trabajar por nosotras. Quería darnos algo mejor”.En Guerrero, la madre de José, la señora Félix, estaba preocupada porque no había tenido noticias de su hijo desde el 1 de marzo, cuando él había llamado para contarle que intentaría cruzar otra vez al día siguiente muy temprano.

Llamó a la línea telefónica de ayuda, disponible las 24 horas, del consulado mexicano y se enteró de que su hijo estaba inconsciente y conectado a un ventilador. Tenía fracturas en la columna vertebral, la pelvis, las costillas y un pie y había sufrido daños al bazo y una hemorragia cerebral. Los funcionarios consulares le ayudaron a conseguir una visa especial para ingresar a Estados Unidos y voló a Tijuana con su hijo más pequeño, Santiago, de 11 años.

“Yo esperaba llegar a tiempo para despedirme de mi hijo que se estaba muriendo”, recordó.

En el Hospital Scripps Mercy, el 5 de marzo, encontró a José consciente pero destrozado. Apenas podía alzar la cabeza y, con meses de recuperación por delante, la madre se preguntó si su hijo volvería a ser el joven vigoroso que se había marchado de su casa.

Pero estaba vivo.

“Me dijo bajito ‘Mamá, viniste’”, recordó. “Lloré de alegría”.



Jamileth