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El fracaso veloz de la Superliga, jugada a jugada

2021-04-23

La forma en que se gestó ese plan, es una historia de egos e intriga, de avaricia y...

Por Tariq Panja y Rory Smith | The New York Times

LONDRES — Fueron 48 horas en las que el fútbol estuvo al borde. Los hinchas tomaron las calles. Los jugadores se rebelaron abiertamente. El caos acechaba en los pasillos del poder, desatando una onda sísmica por todo el mundo, de Manchester a Manila, de Barcelona a Pekín y de Liverpool a Los Ángeles.

Ese internacionalismo es lo que ha convertido al fútbol europeo, en los últimos 30 años, en una obsesión global. Los equipos de élite de Europa occidental están dotados con estrellas de África y Sudamérica y todos los rincones intermedios. No solo atrae a fanáticos de Inglaterra, Italia y España sino también de China, India y Australia en cantidades tan tentadoras para las emisoras de todo el planeta que están dispuestas a pagar cientos de millones de dólares por los derechos para transmitir sus partidos.

Pero aunque el fútbol es ahora el mayor negocio deportivo, sigue siendo, en el corazón, un asunto intensamente local. Los equipos arraigados en barrios, originarios de pequeñas ciudades, juegan en torneos nacionales que tienen más de un siglo de existencia, competencias en las que los grandes y buenos comparten la cancha —y al menos una parte del dinero— con los menores y de relleno.

Una tregua incómoda entre ambas caras del juego del mundo se había establecido durante décadas. Y luego, la noche del domingo, se fracturó cuando una improbable alianza de fondos estadounidenses, oligarcas rusos, magnates industriales europeos e integrantes de la realeza del golfo Pérsico buscaron tomar el control de las ganancias del deporte más popular del mundo al crear una Superliga europea cerrada.

La forma en que se gestó —y luego colapsó de forma espectacular— ese plan, es una historia de egos e intriga, de avaricia y ambición, de reuniones secretas y almuerzos privados, de finanzas internacionales y luchas intestinas. Duró dos días frenéticos y afiebrados pero fueron más que suficientes para estremecer al mundo.

El secreto

El jueves pasado, Javier Tebas y Joan Laporta debían celebrar un almuerzo cordial y de celebración. Días antes, Laporta había sido electo a un segundo periodo como presidente del Fútbol Club Barcelona. Tebas, el ejecutivo honesto y desvergonzadamente belicoso a cargo de la liga nacional de España, quería ser de los primeros en felicitarlo por su victoria.

El asunto no salió así. Laporta le reveló a Tebas que el Barcelona estaba casi con certeza por unirse a algo así como una decena de los equipos más famosos y exitosos de Europa en un torneo separatista, uno que liberaría a sus miembros de las amarras de las estructuras tradicionales del juego y, lo crucial, de su economía multimillonaria.

La amenaza no era nada nuevo. Hay una antigua percepción, al menos entre los equipos ricos y poderosos de fútbol, de que como tienen la mayor cantidad de seguidores, ellos son los que generan la mayor parte de las ganancias del deporte. Resulta, entonces, que deberían recibir una tajada más grande de los ingresos. Cada tanto, como con reloj, se lanzaba un plan de agrupar a los mejores equipos en un solo torneo. Y, como con reloj, el gran plan fracasaría pues los grandes clubes se dejaban comprar por la promesa de que se les daría más poder y más dinero solo si aceptaban quedarse.

Pero Tebas sentía que este esfuerzo era más serio, más real. Laporta le dijo que una media docena de equipos ya estaban comprometidos. Otros más le habían dicho que tenían hasta el final del fin de semana para decidir.

Tebas dio la alarma. Llamó a funcionarios de las ligas de toda Europa. Llamó a los ejecutivos de clubes poderosos. Y contactó a Aleksander Ceferin, presidente del organismo rector del fútbol europeo, la organización que Tebas sabía que tenía más que perder.

Ceferin, un abogado esbelto de 53 años y poseedor de un modo claro de expresarse, originario de Eslovenia, estaba perplejo. Apenas unas semanas antes, su amigo y aliado cercano, Andrea Agnelli, presidente del campeón de la liga italiana, la Juventus, heredero de una de las grandes familias industriales de Europa y líder de una asociación que representa a clubes de fútbol europeos, le había asegurado que las habladurías de una nueva ronda de discusiones sobre una escisión eran solo “un rumor”.

Justo un día antes, de hecho, Agnelli y su organización se habían vuelto a comprometer a un conjunto de reformas para la Liga de Campeones, la joya de la corona del fútbol europeo y su principal fuente de ingresos. Todo estaba listo para que se aprobara el lunes.

Pero el runrún de los rumores continuaba y Ceferin necesitaba estar seguro. Así que al acomodarse en el asiento delantero de su Audi Q8 el sábado para emprender el viaje de ocho horas de su casa en Liubliana a su oficina en Suiza, decidió llegar al fondo del asunto. Llamó a Agnelli. Su amigo no respondió.

Ceferin —el padrino del hijo menor de Agnelli— envió un mensaje de texto a la esposa del italiano y le preguntó si podría pedirle al presidente de la Juventus que lo llamara urgentemente. Llevaba tres horas de viaje cuando sonó su celular. Despreocupadamente, Agnelli aseguró a Ceferin, una vez más, que todo estaba bien.

Ceferin sugirió emitir un comunicado conjunto para callar el asunto. Agnelli estuvo de acuerdo. Ceferin preparó un borrador del documento desde el auto y lo envió a Agnelli. Una hora después, Agnelli pidió tiempo para devolverle una versión corregida. Pasaron horas. Los hombres intercambiaron más llamadas. Al final, el dirigente italiano le dijo a Ceferin que necesitaba otros 30 minutos.

Luego Agnelli apagó su teléfono.

La rebelión

La razón por la que el riesgo de una superliga ha sido una amenaza durante tanto tiempo es que gran parte de la vasta economía del fútbol descansa en un vínculo frágil.

Tanto los campeonatos nacionales —como la Liga Premier de Inglaterra y La Liga de España— como los torneos continentales —como la Liga de Campeones— dependen en cierta medida de la presencia de los clubes de élite para atraer a los aficionados y, a través de ellos, a las emisoras y los patrocinadores. Sin ellos, los flujos de ingresos que se filtran y sostienen a los equipos más pequeños podrían colapsar.

Durante décadas, el sistema se basó en apaciguar a los equipos ricos lo suficiente como para animarlos a mantener su lealtad al colectivo. De repente, esta confianza se resquebrajaba.

A su llegada a Suiza, Ceferin recibió otras dos llamadas que dejaban claro lo real que se había vuelto la amenaza para el futuro del fútbol europeo. Dos equipos, uno inglés y otro español, le informaron que los habían presionado para que se inscribieran en la liga separatista. Habían decidido aceptar, pero querían mantener las buenas relaciones con el organismo rector del fútbol europeo.

La respuesta de Ceferin fue educada, pero contundente. De aliarse con los rebeldes, debían prepararse para un ataque sin cuartel.

Ceferin se puso a trabajar con su círculo íntimo. Dieron la noticia a algunos miembros de la junta directiva de la Asociación Europea de Clubes, el grupo que reúne a unos 250 equipos europeos. Dijeron que su presidente, Agnelli, y altos ejecutivos como Ed Woodward, del Manchester United, los habían engañado al apoyar el plan de reforma de la Liga de Campeones.

Les dijeron que, aunque los clubes separatistas tenían la intención de permanecer también en sus propias ligas nacionales, el plan causaría que el valor de los acuerdos de transmisión de esos torneos se desplomara. Los auspicios se evaporarían. El resto de las finanzas del fútbol sería diezmado. “Estaban indignados, no podían creerlo”, dijo Ceferin en una entrevista el miércoles. “Incluso las organizaciones mafiosas tienen algún tipo de código”.

A la hora del almuerzo del domingo, ya se conocía la lista de los insurgentes. Ceferin empezó a referirse a ellos como los doce del patíbulo. Además del Barcelona, desde España se habían apuntado el Real Madrid y el Atlético de Madrid. Había seis de Inglaterra: Manchester United, Manchester City, Liverpool, Chelsea, Arsenal y Tottenham. En Italia, a la Juventus se le unieron el A. C. Milán y el Inter de Milán.

No todos eran socios en igualdad de condiciones. Los ejecutivos del Manchester City y del Chelsea, por ejemplo, no se enteraron hasta el viernes de que el plan estaba en marcha. Se les dijo que no tenían más de un día para decidir si estaban dentro o fuera. En cualquier caso, se les advirtió que el tren abandonaba la estación.

El City sucumbió rápidamente, pero otros fueron más renuentes. El Bayern Munich y el Paris Saint-Germain, las fuerzas dominantes de Alemania y Francia, habían sido contactados. Rechazaron la oferta, prefiriendo permanecer —al menos por el momento— alineados con el resto de Europa.

Suministraron parte de la información que permitió a la UEFA y a las ligas nacionales de España, Italia e Inglaterra planificar su contraataque. Cuando el grupo se enteró de que a última hora del domingo se haría una declaración oficial en la que se revelaría la creación de un nuevo torneo, llamado Superliga, hizo planes para emitir la suya propia, desautorizando el proyecto.

Pero antes de que pudieran hacerlo, la noticia se filtró. La indignación pública, especialmente en Gran Bretaña, fue inmediata. Los hinchas colgaron pancartas frente a los estadios de sus equipos, y los legisladores salieron a los medios de comunicación para denunciar a los rebeldes por su codicia y su falta de respeto a las tradiciones del fútbol.

Gary Neville, excapitán del Manchester United, soltó una diatriba de varios minutos contra su antiguo equipo y el Liverpool, los dos clubes más populares del fútbol inglés. La perorata se hizo viral y pronto fue compartida por los opositores al proyecto a través de la aplicación de mensajes WhatsApp.

Esto era precisamente lo que temían algunos de los implicados en el proyecto. Había dudas de que el plan estuviera listo para ponerse en marcha; a los conocedores les preocupaba que no sobreviviera a un feroz rechazo inicial. “No es el momento de hacerlo”, advirtió un ejecutivo involucrado en el proyecto y sugirió esperar hasta el verano.

Para entonces, se esperaba que los clubes pudieran haber encontrado un líder para la disidencia. Florentino Pérez, presidente del Real Madrid, había sido el motor detrás de gran parte de la iniciativa que, de cierto modo, era su idea. Pero sus pares sabían que tendría dificultad para convencer a un público inglés, en particular.

El copresidente del Manchester United, Joel Glazer, cuya familia también es dueña del campeón del Supertazón, los Bucaneros de Tampa Bay, Roman Abramovich el billonario ruso del Chelsea y Stan Kroenke del Arsenal, quien controla más de una decena de equipos profesionales, rara vez hablan en público. El dueño del Manchester City, Sheikh Mansour bin Zayed al-Nahyan, miembro de la familia real de Abu Dhabi, no habla con la prensa. Y otros de los que fueron considerados para el papel, como el dueño mayoritario del Liverpool, John W. Henry, no estuvieron dispuestos a aceptarlo.

También había preocupación de que la estrategia de comunicación de los rebeldes —liderada por Katie Perrior, una operadora política cercana al primer ministro británico, Boris Johnson— estuviera demasiado enfocada en conseguir el apoyo gubernamental más que el popular. No hubo ningún esfuerzo por consultar o involucrar a los hinchas, jugadores ni entrenadores. Una protesta podría destruirlo todo antes de siquiera empezar de lleno el esfuerzo de lobby.

No se les prestó atención a esas preocupaciones. Agnelli, en teoría la voz de todos los clubes europeos en su papel de dirigente y amigo cercano de Ceferin, sentía la presión de ser, de hecho, un doble agente. Había guardado el secreto de los rebeldes durante semanas, ocultando la verdad —o algo peor— en conversaciones con amigos y aliados. La mañana del lunes, sin embargo, tendría que sentarse con el resto del consejo de la UEFA cuando se votara para aprobar los cambios a la Liga de Campeones que quedaría bajo amenaza de muerte con la Superliga.

Sabía que venía la liga. Con la firma del Chelsea, del Manchester City y del Atlético de Madrid en la mano, los miembros fundadores estaban listos. El dinero, proporcionado por la firma de consultoría española Key Capital Partners y respaldado por el banco estadounidense JP Morgan Chase, representaba miles de millones en nuevas riquezas. Agnelli necesitaba que se supiera.

Glazer, uno de los presidentes del Manchester United, estuvo de acuerdo. Estaba empeñado en que era el momento de apretar el botón.

Y a pesar de todas las dudas, los clubes dieron a conocer sus intenciones poco después de las 11 de la noche del domingo en Londres. Un anuncio oficial, publicado simultáneamente en las páginas webs de los 12 equipos, reveló que todos se habían unido a lo que llamaron de la Superliga. Pero para entonces, la narrativa de que el proyecto estaba impulsado por la codicia de unos pocos clubes ricos y sus dirigentes ya habían tomado forma.

“A las 11:10 ya estaba muerto”, dijo el ejecutivo involucrado en el plan. “Todo el mundo se había embarcado y ahora ya no se podían bajar”.

Guerra grosera

Al día siguiente, con las primeras luces del día, las líneas de batalla ya estaban definidas. Y rápidamente quedó claro que los 12 disidentes casi no contaban con apoyo.

Pero en lugar de organizar una defensa pública y enviar a una falange de funcionarios para argumentar que la liga era buena para toda la pirámide del fútbol, y alegar que haría llover millones sobre los equipos y las ligas que quedaran fuera, el primer acto de la Superliga fue entregar una carta a la UEFA y a la dirección mundial del fútbol en la FIFA.

En la carta se notificaba que la liga ya había presentado mociones en varios países europeos para evitar el bloqueo del proyecto.

Ceferin, por su parte, volvió a hacer llamadas telefónicas para reunir a la oposición. Buscó el apoyo de Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, a pesar de que difícilmente se ponen de acuerdo. También tuvo una larga llamada con Oliver Dowden, el ministro responsable del deporte y la cultura en Gran Bretaña. Dowden dijo que el gobierno británico haría todo lo posible para impedir que los clubes separatistas “robaran” el juego.

Poco después, Johson, el primer ministro británico, fue entrevistado en televisión, donde fijó posición en contra del plan en una jugada inteligente para obtener el apoyo del público. El presidente de Francia, Emmanuel Macron, emitió una declaración en la que condenaba el plan. El príncipe Guillermo publicó un tuit en el que expresaba su “inquietud” sobre la Superliga.

Para cuando apareció en público el lunes, Ceferin había dirigido una reunión del comité ejecutivo de la UEFA en la que Agnelli brilló por su ausencia. Agnelli había renunciado a su puesto en la junta directiva —y a su papel como jefe de la asociación de clubes europeos— minutos después del anuncio de la Superliga a última hora de la noche. Con su asiento vacío, los miembros restantes votaron por los cambios en la Liga de Campeones, y luego redoblaron su esfuerzo por aplastar a la nueva liga que amenazaba el torneo.

Ceferin, con rostro severo, criticó al grupo separatista en sus primeras declaraciones a los periodistas. Reservó su virulencia específicamente para Woodward, del Manchester United, que en su opinión lo había engañado, y para Agnelli. Ceferin llamó a los hombres “víboras” y “mentirosos”, y describió cómo le habían hecho creer que tenía todo su apoyo para las enmiendas en la Liga de Campeones.

“Agnelli es la mayor decepción de todas”, dijo Ceferin. “Nunca vi a una persona que mintiera tantas veces y tan persistentemente como él lo hizo”.

Para entonces, la amargura se extendía por el panorama del fútbol europeo. La Liga Premier celebró una reunión sin sus seis equipos rebeldes, y los 14 clubes restantes discutieron qué medidas punitivas tomar contra los que se habían apuntado a la Superliga. Daniel Levy, presidente del Tottenham, uno de los clubes rebeldes, le pidió a Paul Barber, director ejecutivo del Brighton, que compartiera un mensaje de arrepentimiento en la reunión. Barber lo hizo, pero pocos parecían interesados en el sentir de Levy.

En Italia, una reunión organizada apresuradamente fue aún más febril. Propietarios y directivos de los equipos de la Serie A, la principal liga del país, se enfrentaron a los directivos de la Juventus, el Inter y el Milán. Las tensiones ya se habían disparado; los equipos con poco dinero, con sus presupuestos devastados por la pandemia de coronavirus, habían estado discutiendo con sus rivales más adinerados sobre los contratos de televisión y sobre si deberían aceptar la inversión de un consorcio de empresas de capital privado.

Ahora Agnelli, que se había convertido rápidamente en un pararrayos de la Superliga, era llamado traidor por el presidente del rival de la Juventus en la ciudad, el Torino. Agnelli, con su típica actitud combativa, respondió con un insulto, y dijo que no le importaba si el Juventus seguía o no en la Serie A.

“Es una traición”, dijo el presidente del Torino, Urbano Cairo, a los periodistas. “Es lo que hace un Judas”.

Los equipos ingleses, sobre todo el Liverpool y el Chelsea, tenían otros motivos para estar preocupados. Sus hinchas ya se estaban reuniendo fuera de los estadios de los que se les había prohibido la entrada a causa de la pandemia, para colgar pancartas de denuncia de la Superliga en las paredes y las puertas de entrada.

A última hora de la tarde, cientos de hinchas enfurecidos rodearon el camión del equipo del Liverpool cuando se dirigía al estadio Elland Road del Leeds United para jugar un partido. Dentro del estadio, durante el calentamiento los jugadores del Leeds llevaban camisetas que expresaban su solidaridad con el sistema actual del fútbol. Cuando el Leeds marcó un gol en los últimos minutos para asegurar el empate 1-1, su cuenta oficial de Twitter se burló de los visitantes.

También los jugadores empezaron a manifestar su opinión. La plantilla del Manchester United había exigido una reunión con Woodward para expresar no solo su furia por haberse visto obligados a conocer el plan a través de la prensa, sino su desaprobación de la idea en sí. Varias otras estrellas de alto nivel, que juegan en equipos que no están implicados en la ruptura, habían publicado en las redes sociales mensajes en los que repudiaban el plan.

El lunes por la noche, tras el partido de su equipo con el Leeds, el jugador más veterano del Liverpool, James Milner, reveló que ni él ni sus compañeros habían sido consultados sobre la participación del club en el plan. “No me gusta y espero que no ocurra”, dijo.

Dentro de los clubes, el descontento iba en aumento. El plan se había mantenido en secreto, incluso para los ejecutivos de alto nivel —“era un asunto de propiedad”, dijo un ejecutivo de uno de los equipos involucrados— y se había avisado poco de lo que iba a ocurrir. En algunos clubes, se envió un correo electrónico a toda la plantilla justo antes de publicarse el comunicado.

En otros equipos, figuras de alto nivel se enteraron a través de las redes sociales. Paolo Maldini, un legendario exjugador y ahora ejecutivo del A. C. Milan, no había oído nada hasta que se anunció. A Michael Edwards, director deportivo del Liverpool, lo tomó por sorpresa. Algunos empezaron a preocuparse por la seguridad de sus familias a medida que se extendía la indignación.

En Suiza, Ceferin estaba en su habitación de hotel, donde redactaba y volvía a redactar un discurso que iba a pronunciar al día siguiente en la reunión anual de la UEFA. Ya había empezado a recibir llamadas de los clubes de la Superliga, principalmente de Inglaterra, preocupados por la creciente reacción y las posibles consecuencias a las que ellos —y sus jugadores— podrían enfrentarse al inscribirse en un torneo no autorizado.

En enero, la FIFA había advertido a los clubes y a los jugadores que cualquiera que participara en una liga separada se arriesgaba a ser expulsado de eventos como el Mundial. El lunes temprano, Ceferin repitió la amenaza, pero ahora su tono se había suavizado.

“Tenía la sensación de que querían reparar este error y no sabían cómo hacerlo”, dijo Ceferin. Así que cambió su discurso. Ahora ofrecía una tregua a los equipos que sabían que buscaban paz.

Estuvo más cerca de ganárselos cuando Pérez, el presidente del Real Madrid, tomó lo que en retrospectiva fue la desastrosa —aunque valiente— decisión de defender el plan de la Superliga en un chabacano programa nocturno de televisión.

Sin que los presentadores lo cuestionaran, prometió que la liga era una empresa altruista aunque fuera a canalizar aún más miles de millones a un puñado de equipos ricos, y arremetió contra las reformas a la Liga de Campeones que Agnelli, ahora vicepresidente de la Superliga, había descrito solo unas semanas antes como “hermosas”.

En las sedes de los demás clubes de la Superliga, los ejecutivos se llevaron las manos a la cabeza. Sin embargo, permanecieron mudos, sin querer salir a defender un plan que, según Pérez, había sido diseñado expresamente para “salvar el fútbol”.

El colapso

Mientras Ceferin se preparaba para pronunciar su discurso de apertura el martes por la mañana en Montreux empezaron a surgir informes de que varios equipos —el Chelsea y el Manchester City entre ellos— consideraban abandonar la competencia. Las cadenas de televisión y los patrocinadores se habían manifestado en contra del plan de separación, y el gobierno británico amenazaba con tomar medidas oficiales para bloquearlo.

Las dudas entre los equipos se reforzaron cuando Infantino, de la FIFA, disipó las crecientes especulaciones de que, en secreto, albergaba esperanzas de que el proyecto triunfara.

“Si algunos eligen seguir su propio camino, entonces deben vivir con las consecuencias de su elección, son responsables de su elección”, dijo Infantino, quien planteó de nuevo la posibilidad de que los clubes renegados y sus jugadores pudieran enfrentarse a la excomunión. “Concretamente esto significa: o estás dentro o estás fuera”.

Luego fue el turno de Ceferin. Habló de avaricia y egoísmo, pero también de la importancia del fútbol para el tejido de la cultura europea, y para la vida de los millones de personas que siguen el juego en todo el continente. A continuación, hizo su planteamiento directo a los clubes ingleses, el que había escrito en su borrador horas antes.

“Señores, han cometido un grave error”, les dijo, mirando directamente a las cámaras. “Algunos dirán que es avaricia, otros desdén, arrogancia, ligereza o completa ignorancia de la cultura futbolística de Inglaterra. No importa”.

“Lo que sí importa es que aún hay tiempo para cambiar de opinión. Todo el mundo comete errores”.

En pocas horas, la desaparición del proyecto se precipitó. En una reunión con el director ejecutivo de la Liga Premier, Richard Masters, y con grupos de hinchas de los seis equipos ingleses, Johnson dijo que consideraba detonar “una bomba legislativa” para detener la intentona. Cada vez más jugadores se manifestaban en contra de la idea. Marcus Rashford, delantero del Manchester United y formado en la casa, publicó una imagen en Twitter que decía: “El fútbol no es nada sin los hinchas”. Toda la plantilla del Liverpool lanzó un mensaje simultáneo en el que repudiaba el proyecto.

El capitán del equipo, Jordan Henderson, había convocado a una reunión con sus homólogos de todos los equipos de la Liga Premier para discutir una respuesta concertada. El respetado entrenador del Manchester City, Pep Guardiola, declaró su oposición a la mera idea de una liga cerrada de superclubes, al decir que “no es deporte si no puedes perder”. Fue un giro de los acontecimientos que los clubes rebeldes no habían previsto.

Al caer la tarde, cientos de aficionados se reunieron frente al Stamford Bridge, el estadio del Chelsea, para protestar contra el plan antes del partido del equipo con el Brighton. Bloquearon las calles y cuando llegó el camión que transportaba a los jugadores, lo rodearon. Petr Cech, una leyenda del club, salió para intentar hablar con los manifestantes. En el interior, los responsables del equipo filtraron la noticia de que el Chelsea estudiaba la forma de rescindir su contrato con la Superliga.

Pero fue el Manchester City el primero en romper filas oficialmente, al publicar un breve comunicado en el que decía que se retiraba.

Los directivos de la Superliga se quedaron atónitos, sin saber qué estaba pasando. Esa noche, el Arsenal y su rival del norte de Londres, el Tottenham, anunciaron sus salidas con pocos minutos de diferencia. El Manchester United confirmó que Woodward —su máximo responsable y uno de los principales artífices de la Superliga— dejaría el club a finales de año. A continuación, el club publicó un comunicado en el que decía que también se retiraba. Casi de inmediato, el Liverpool confirmó su salida.

La Superliga, tras haber perdido la mitad de sus miembros, y todo su arraigo en Inglaterra, estaba acabada. El Inter de Milán se retiró unas horas más tarde, y luego, cuando el reloj marcaba 48 horas desde su gran anuncio, la Superliga publicó una declaración sin firma en la que reconocía que el plan ya no era viable.

Para entonces, Ceferin ya estaba de vuelta en Eslovenia, tras completar el viaje de ida y vuelta de ocho horas desde Montreux. Estuvo despierto hasta las 2 a. m., mientras digería la noticia. Publicó un comunicado en el que daba la bienvenida a los equipos ingleses al redil europeo. Comenzó a responder a los miles de mensajes que habían inundado su teléfono durante los dos días anteriores.

Luego cerró su laptop y se sirvió un whisky doble.



Jamileth