Cabalístico

El hombre, la ciencia y la tecnología

2021-05-20

Entonces el problema no es la ciencia o la técnica, sino el hombre que no sabe lo que quiere...

Miguel Carmena

En los años 20, cuando nuestros abuelos tenían ante sí un futuro prometedor, era absurdo plantearse si la ciencia y la tecnología eran realmente un bien para el hombre. 

La idea de progreso parecía triunfar sobre la “barbarie” en la que había vivido el ser humano hasta entonces. La energía eléctrica, la aviación que había desempeñado un papel de protagonista en la gran guerra, el teléfono, el cinematógrafo y todos los adelantos que hacían bella la “belle epoque” creaban un mundo nuevo y atractivo. Eran los años en que un alucinado se permitía pintar bigotes y barba a la Mona Lisa, en que surgía el “Manifiesto Dada” y el “Manifiesto Realista” con los que el arte se enfrentaba a lo que hasta entonces se llamaba arte, los años de la locura del progreso que se reía a mandíbula batiente de la cultura y de las artes de los tiempos pasados. 

Nuestros abuelos empezaban a concebir que por fin iba a ser posible construir un mundo perfecto donde no hubiera hambre ni dolor. Estaban en la era de las utopías, y esas utopías luego degeneraron en los grandes autoritarismos que provocaron muchos años de terror y de muerte en todo el mundo. Aquellas utopías costaron muy caras, pero sirvieron para hacer descubrir al hombre una gran verdad: la ciencia y la tecnología no bastan para construir el futuro.

Hoy, nuestros jóvenes, que usan Internet como nosotros usábamos las canicas, y están familiarizados con un lenguaje de la ciencia y de la técnica que haría desmayar a nuestros abuelos, simplemente se divierten con sus video-juegos o sus maquetas de bombarderos invisibles. Oyen hablar de clonación, de agujeros de ozono, de ojivas nucleares, de misiles termo-dirigidos, de sofisticados artilugios anticonceptivos, de píldoras del día después y de Viagra, y lo toman todo como normal. Es el regreso de la idea de la felicidad en el progreso, aunque ahora con un nuevo matiz de cotidianeidad, de “aquí no pasa nada”. Y uno piensa: ¿Qué es mejor, no preocuparse del futuro como estos jóvenes o construirse falsas ilusiones como nuestros abuelos?

En uno y otro caso, está y estaba presente el inocente mito del mundo mejor que ya cantaba el poeta latino Virgilio: “magnus ad integro saeclorum nascitur ordo”: nace un nuevo orden de un siglo íntegro y grande. Como mito, muy motivador, pero para que haya orden tiene que haber una mente que ordena según algún criterio, según algún fin buscado. Si no, hablar de orden es un poco arriesgado porque el orden, en las cosas humanas, no se da por sí solo. 

La siguiente pregunta es más difícil de contestar: ¿El hombre domina a la ciencia o la ciencia domina al hombre? ¿La técnica esclaviza o libera? La primera respuesta que nos viene a la cabeza es que la solución del problema no está en las manos de la ciencia y de la técnica, sino del hombre que es el único que puede resolverla. El ser humano crea la ciencia y la técnica y sólo el ser humano puede dominarlas. Entonces el problema no es la ciencia o la técnica, sino el hombre que no sabe lo que quiere de ellas o las usa como medio de destrucción o de poder.

¿Y quién pone coto y da orientación a las ansias de poder del hombre? La ética. La solución al problema de la relación hombre-ciencia y técnica se encuentra en la ética, pero no en una ética cualquiera de todas las que ofrece hoy el mercado del pensamiento humano, sino en una que se interese por buscar la verdad del hombre y de su entorno y no sólo una simple convivencia pacífica basada en un débil equilibrio de fuerzas, de intereses personales en juego; una ética que busque con coherencia un nuevo modelo de hombre y de sociedad, la ética entendida como una ciencia normativa y categórica del actuar humano que compromete el sentido de la vida del hombre tocándolo en lo más profundo de su existencia.

Entre el positivismo y el escepticismo, la ética de los valores fuertes, de la defensa de la vida humana, como principal valor que sin embargo puede ser puesto en peligro por el descontrol de la ciencia y de la técnica; la ética de la solidaridad real en la familia humana, que va más allá de la idea a veces vaga y confusa de la globalización; la ética de la familia como primera institución social y elemento primordial para la inserción del ser humano en su medio; la ética de la dignidad del hombre, de la justicia y de la verdad, del derecho y de la paz; una ética que toca al hombre en su centro e interpela a lo más profundo de su conciencia invitándole siempre a exigirse más en la búsqueda del bien común.

Es verdad que siempre el trigo y la cizaña crecerán juntos, pero sólo el esfuerzo del hombre en la lucha por una vida ética hará realidad la frase de Lincoln Steffens: “he visto el futuro y les aseguro que funciona”.



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